viernes, 17 de agosto de 2012

La época del padre Borges

Cardenal José Humberto Quintero Parra
Primado de toda Venezuela
1902-1984
En 1953 el gobierno venezolano quiso honrar la memoria del padre Carlos Borges, eminente literato caraqueño y excelente orador sacro y patrio. El acto se celebró 2 de marzo de ese mismo año en la Biblioteca Nacional y se invitó como orador de orden a Mons. José Humberto Quintero Parra, al momento Obispo Auxiliar de Mérida, quien en pocos años sería el primer Cardenal venezolano.

Fue el Cardenal Quintero un verdadero Príncipe de la Iglesia; unía en sí una sincera vocación sacerdotal, inteligencia, mansedumbre, criterio político y una sólida formación intelectual, que lo llevó a ser individuo número de las academias de la Historia y de la Lengua. Era también un buen orador, lo que tal vez motivó que se le seleccionara para la ocasión.

Sin embargo, este no es el tema del artículo sino el padre Carlos Borges y su época; una de las mejores para la literatura venezolana (y de las peores para las libertades ciudadanas). Era una Venezuela que se recuperaba lentamente de casi un siglo de guerras civiles y caudillismo; plagada de enfermedades; con escasa población y una expectativa de vida de 42.5 años; una economía agraria (sólo el 10% de los venezolanos vivía en ciudades), una alta tasa de analfabetismo, y vivía bajo la PAX GOMERA... mas en las pocas ciudades de Venezuela bullía la vida intelectual. Veamos lo que nos dice Mons. Quintero:
Presbítero Carlos Borges (1867-1932)
con su uniforme de Capellán del Ejército
Foto tomada de http://lbarragan.blogspot.com/
Mi agradecimiento al amigo Luis Barragán.
Indiscutible título de hidalguía fue para Carlos Borges haber nacido en Caracas; pero a este título lo aventaja otro más elevado, fuerte y meritorio: haber triunfado en Caracas. La evocación, al menos en rápidos trazos del medio literario en que le cupo vivir, nos servirá para apreciar a cabalidad la magnitud de ese triunfo. No eran mediocridades, o figuras de oropel las que en esos años formaban aquí el augusto senado de las letras: un numeroso grupo de escritores selectísimos daba entonces a esta capital facciones atenienses. Basta pensar en esos tiempos, tan vecinos a los nuestros y a la vez tan lejanos, se veía frecuentemente, platicando en las puertas de la Casa Amarilla, a escritores de la talla y fama de (José) Gil Fortoul, (César) Zumeta y Lisandro Alvarado. La ceiba de San Francisco, con amor de abuela venerable, escuchaba silenciosa y complacida los diálogos vespertinos que a su amparo sostenían Manuel Díaz Rodríguez, Pedro-Emilio Coll, Andrés Mata y Santiago Key-Ayala, mientras que de la cercana Universidad, concluída la clase y rodeado de discípulos, salía Esteban Gil Borges. Con (Rufino) Blanco Fombona, (Francisco) Lazo Martí, Eloy González, (Laureano) Vallenilla Lanz, (José Manuel) Núñez Ponte, Pedro Manuel Arcaya o Luis Correa fácilmente tropezaba el transeúnte en las calles. Y no era excepcional cruzarse en la Plaza Bolívar o en las cercanías de las Academias con la gravedad de Monseñor Juan Bautista Castro, con la elegancia de Eduardo Calcaño, con la imponencia de Eduardo Blanco o con la honorabilidad de Don Felipe Tejera. Puede sin duda una colina llamar la atención cuando en torno suyo sólo se extiende la pampa; pero para que en toda una cordillera un monte se haga especialmente notar, requiere no pequeña altura. Y Carlos Borges logró distinguirse en medio de estas cumbres de la literatura venezolana.
Ceiba de San Francisco,
lugar de tertulias
Ciertamente, esa breve lista es como un inventario de lo mejor de las letras venezolanas. Es también un indicio de la riqueza intelectual de un país empobrecido, cuya capital era poco más que una aldea. Para 1920 la población de Caracas alcanzaba 92.212 habitantes, y hacia 1936 ya eran 203.342. La irrupción de la industria petrolera en la economía nacional explica ese salto cuantitativo en la población. Para el momento del discurso de Mons. Quintero, Venezuela era ya el primer exportador mundial de petróleo; se había combatido eficazmente el paludismo; los planes de alfabetización daban muy buenos resultados, y había mucho dinero que permitía a la dictadura militar "modificar el medio físico", a los ciudadanos "bajarse de los cocoteros para abordar Cadillacs", y la población de Caracas se acercaba al millón de habitantes.

Universidad Central de Venezuela
hoy Palacio de las Academias
Lamentablemente, el número de intelectuales y literatos no aumentó de manera proporcional a la población. Las nuevas generaciones, muy valiosas, que ocuparon el lugar que dejaban los positivistas y modernistas, pertenecerían a otras la corrientes literarias y políticas, pero nunca volvería a haber tal concentración de escritores per capita. ¿Sería a causa del petróleo y el bienestar económico? ...Quién sabe.

Ya conocemos a algunos de los personajes mencionados por José Humberto Quintero. Hace unos días publiqué una vieja foto en la que aparecen algunos de estos escritores, junto a otros de generaciones posteriores.  También he publicado algo de Pedro-Emilio Coll, Luis Correa, Santiago Key-Ayala,  y Francisco Lazo Martí; poco a poco iremos aproximándonos a esta era dorada.


Eloy González, César Zumeta, Miguel Mármol, Leopoldo Torres,
Pedro E. Coll, Andrés Mata y Luis Lecuna

Esa generación también tuvo un lado oscuro que Mons. Quintero, tal vez por pudor, no nos menciona: entre ellos se cuentan los ideólogos que apoyaron la tiranía más larga que haya vivido Venezuela. Sea suficiente mencionar a José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, César Zumeta, o Esteban Gil Borges para identificarlos; o a Manuel Díaz Rodríguez y al propio padre Carlos Borges como escritores al servicio del régimen de Juan Vicente Gómez. Talento sin probidad..., pero eso no les quita mérito intelectual; debe servirnos de reflexión.

Juan Vicente Gómez
1857-1935
La generación de relevo insurgiría con un mayor compromiso con la sociedad venezolana y su libertad. A ellos también los iremos conociendo.

Generación del 28


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