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martes, 18 de septiembre de 2012

El arte de la amistad

Marco Tulio Cicerón
106 a C - 43 a C
El afán de la inmediatez y el deseo de las soluciones instantáneas, han llevado a muchos a pensar que por el solo hecho de contactar a alguien en una red social o comunicarse con otra persona vía correo electrónico, ya tienen resuelto el problema que les representa "hacer nuevos amigos" en un mundo donde el individuo está cada vez más aislado de sus congéneres. Este fue uno de los temas de conversación que tuve el domingo con un ciberamigo en el curso de una actividad cultural a la que asistimos. Sergio, tal es su nombre, ahora no sólo es amigo virtual, sino también un conocido a quien adornan virtudes.

De éste y otros temas conversamos, y quedé con él de escribir sobre la amistad en este blog y a la vez presentar una obra de Marco Tulio Cicerón: Laelius sive de Amicitia, cuya edición venezolana fue publicada bajo el título de El arte de la amistad (EDUVEN, Caracas, 2011). Este texto, junto con El arte de envejecer, destaca en la obra de este gran pensador, orador y político romano por ser uno de los mejor logrados.

Está escrito en forma de diálogo, o más bien conversación, entre Catón el viejo (234 149 a C); Publio Cornelio Escipión (el segundo Africano, famoso por sus victorias en la tercera guerra púnica y el asedio de Numancia), y Lelio, apodado El Sabio, orador y profundo conocedor de aspectos religiosos y derecho augural. 

Usando esta forma de discurso, Cicerón afirma que "no es verdad que la amistad nazca de la utilidad y tienda a ella; por el contrario, encuentra su fundamento en la naturaleza misma, y cuanta mayor virtud revela un individuo, tanto más nos sentimos arrastrados hacia él por sentimientos de amistad, que son nobles correspondientes espirituales y no vulgares apetitos de los sentidos. Hay amistades prudentes y doctas, amistades vulgares y superficiales: no es necesario decir que las primeras son preferibles a las segundas, porque se fundan verdaderamente en la virtud y tienden al bien común de los amigos".
Escipión y Cicerón
Ghirlandaio

Estamos, pues, ante una amistad virtuosa, con base en valores morales y cultivada en el tiempo; nada de frivolidades ni tonterías vanas. La amistad no puede confundirse con una sopa de sobre, ni un café instantáneo, que es lo que nos ofrecen las redes sociales cuando no son bien comprendidas. No se me malinterprete; la tecnología sirve para acercarnos y mantenernos en contacto, salvando el tiempo y la distancia. Eso me lo probó mi viejo amigo Adolfo (52 años de leal y buena amistad), quien por su espíritu gregario y franco me llevó a reencontrarme con los amigos de la infancia y renovar una amistad, que dormía a la espera del momento oportuno. Veamos qué nos dice Cicerón, de quien entresaco algunos párrafos:
...Muchas veces, pues, cuando pienso sobre la amistad, me parece necesario detenerme en un punto digno de la mayor consideración. Es el siguiente: ¿acaso buscamos la amistad impulsados por la debilidad y por la necesidad y porque, según la lógica de dar y recibir, esperamos obtener por nuestra cuenta para restituirlo más adelante? ¿O la causa, sin negar que ésta sea una característica de la amistad, es otra, más noble, bella y natural? En verdad, el amor, del que la amistad recibe su nombre, le confiere el primer impulso al vínculo afectivo. También es cierto que con mucha frecuencia se obtienen ventajas también del que es objeto de una amistad simulada, pero en la verdadera amistad nada es fingido y simulado; todo cuanto hay en ella es verdadero y proviene de la voluntad.
Si la fuerza de la honestidad es tan grande que la amamos tanto en quienes jamás hemos visto y, cosa más sorprendente aún, hasta con los enemigos ¿por qué nos asombramos si el ánimo humano se conmueve cuando descubre ciertas virtudes o signos de bondad en las personas con las que se puede vincular en los diferentes avatares de la vida? En todo caso, el amor se afianza cuando recibimos un provecho, cuando nos manifiestan simpatía o cuando se establece una relación de intimidad: y si a todo ello se añade una atracción mutua e inmediata, se obtiene una querencia tan maravillosa como intensa.
Si alguien piensa que la amistad deriva de la debilidad y de la necesidad de encontrar a alguien que esté en condiciones de proporcionarnos lo que nos falta, es porque le atribuye a la amistad un origen de verdad mezquino y nada noble, pues pretende que sea hija de la necesidad y de la pobreza. Si esto fuera cierto la predisposición para la amistad estaría supeditada a cierta inseguridad; pero la realidad es otra.
... Por ello es necesario mantener a estos mezquinos fuera de nuestros discursos e intentar entender, por nuestra cuenta, que el sentimiento de afecto y de aprecio deriva de la naturaleza, siempre que se derive de la honestidad. El que aspira a este sentimiento de amistad se acerca y se une cada vez más al otro para gozar de la presencia y del carácter de esta persona que comienza a amar y que quiere que su afecto sea mutuo y, es más, tiende a ofrecer sus favores en lugar de pedir los del otro, fomentando así una noble competencia de virtudes. De semejante modo, la amistad proporciona grandes ventajas y, al derivar de la naturaleza y no de la necesidad, tiene un origen noble y verdadero. En efecto, si la conveniencia fuera la base de las amistades, el cambio de intereses determinaría la disolución del vínculo; pero, puesto que la naturaleza es inmutable, las auténticas amistades son eternas. He aquí el origen de la amistad....
Dejo la cita aquí porque no voy a transcribir el libro completo, que se puede bajar de varios sitios. Mientras lo leo, me parece escuchar a mi madre como una matrona romana, tal vez como Porcia o Cornelia, chequear la calidad de los amigos y poner a Vicente como ejemplo (otra vieja amistad de 52 años). La experiencia me ha confirmado las afirmaciones de Cicerón y sólo las mejores amistades perduran en el tiempo porque se basan en la virtud y la confianza.

¡Qué diferentes son las relaciones cuando priva el interés o el querer llenar un vacío existencial! Esto me lleva de nuevo al tema de los contactos por internet. Como ya dije, su valor principal es mantener en contacto a los amigos, aunque hayan pasado 40 años sin verse (como fue mi caso). También podemos hacer amigos de los contactos fortuitos, pero esa amistad, si perdura, se debe a las condiciones que nos ha indicado Cicerón, no a los mensajitos ocasionales o, peor aún, a los acosos de personas con desajuste emocional. No hay manera de forzar la amistad. Tengo unos cuantos amigos nuevos, de gran calidad, que primero fueron simples contactos, y con el trato pasaron al nivel de amistad. Eso es bueno, pero siempre se requiere el trato personal; como me dijo un taxista: hay que mirarse a los ojos o tomarse un trago...


Tomado de www.lapatilla.com

domingo, 27 de noviembre de 2011

Cicerón nos muestra cómo envejecer



Hace unos días me topé en una librería con un libro clásico: El Arte de Envejecer (Eduven, Colección Sapientiae, Caracas, 2011), obra de Marco Tulio Cicerón (106 adC - 43 adC). Como ya se acerca el momento que entre a la Tercera Edad, comience a cobrar mi pensión del seguro social y a disfrutar de pequeños privilegios tales como viajar gratis en metro, recibir trato preferecial en los bancos, o pagar la mitad de la entrada al cine, me compré un ejemplar. Aunque no represento la edad, la tengo y me imagino de los órganos internos lo saben, por eso quise saber lo que me diría Cicerón si nos sentáramos a conversar en un triclinio en su casa del Palatino.

Del prólogo del editor, entresacamos:

De entre la vasta obra de Cicerón destacan dos escritos en forma de diálogos: Cato mayor sive senectute (Catón Mayor o sobre la vejez) y Laelius sive de Amicitia (Lelio o sobre la amistad) que en este volumen ofrecemos como el Arte de envejecer. Esta obra constituye todo un tratado de moral práctica, en el que se manifiesta el talento de su autor. Dedicado a Tito Pomponio Ático, se hace eco de una conversación que tuvo lugar en 150 adC entre Catón el viejo, Escipión Emiliano, el segundo africano, y Lelio. Catón (234-149 adC) fue cuestor en 204, cónsul en 195 y censor en 184, destacando en el ejercicio del cargo como modelo de severidad.  ... El segundo, hijo adoptivo de Publio Conelio Escipión, era profundo conocedor de la cultura griega, y famoso por sus victorias sobre Cartago en la tercera guerra púnica y sobre los españoles (sic) en el asedio de Numancia. El último de éstos, Lelio, llamado el Sabio, gozó de prestigio entre los oradores de su tiempo y alcanzó fama de profundo conocedor de los aspectos religiosos y en el derecho augural.
Asombrados ambos interlocutores del Censor al observar cómo afrontaba las circunstancias de la vejez, Catón se constituye en defensor de esta última etapa de la vida y hace frente a las socorridas censuras que suelen hacerse, tales como; que la senectud aparta a los hombres del manejo de la cosa pública, debilita su vigor físico, es obstáculo para el goce de los placeres de la vida y constituye el augurio de la proximidad de la muerte.
Pero dejemos que sea Catón quien nos aconseje:

  • No hay fuerzas en la vejez; tampoco ella las pide, ni las necesita para nada. De manera que por las leyes y costumbres, absuelven a nuestra edad de las tareas que no pueden cumplirse sin vigor físico; así no estamos obligados a hacer lo que no podríamos hacer; sino tampoco aquello que aún lograríamos hacer.

  • ¿Qué hay de raro en que los viejos sean débiles y enfermos, si los jóvenes tampoco lo pueden evitar? Lelio y Escipión: hay que enfrentar la vejez con coraje y compensar sus defectos con los cuidados, hay que combatir contra ella como contra una enfermedad, hay que cuidar la salud.

  • Practicar el ejercicio con moderación y comer y beber cuanto basta para reponer las fuerzas y no para saciarse: no se debe atender sólo el cuerpo sino más bien la mente y el ánimo para evitar que ellas se apaguen con la vejez, como sucede con una lámpara que no se agregara el aceite, la vejez los apaga; y mientras el cuerpo se siente pesado, gracias al ejercicio, el ánimo se hace más ligero.

  • La vejez es respetada si se sabe defender por sí sola, si mantiene inalterados sus derechos, si se sabe gobernar con absoluta independencia, si hasta el final ejerce la autoridad y el predominio sobre todos los suyos. Por tanto, así como se alaba a un joven que tiene algo de viejo, así también se debe aceptar el viejo que tiene algo de juvenil; quien se atenga a esta norma llegará a ser viejo de cuerpo pero jamás de espíritu.

  • (Luego de contarle a Escipión y Lelio cómo se mantiene activo) ...Porque el que vive estudiando y trabajando, no siente cuando llega la vejez. De esta manera, transcurre la vida envejeciendo; no se advierte la quiebra de la edad, sino que a fuerza del mucho vivir, la vida se acaba.

  • Decía Arquitas (de Tarento) que no había dado la naturaleza a los hombres más dañina enfermedad que los deleites del cuerpo, cuyos perturbadores deseos del placer sensual, excitan las pasiones más desenfrenadas. Esta es la razón de la traición de la patria, el derrumbe de las repúblicasa, las secretas complicidades con los enemigos; en suma, no hay delito ni crimen que no tenga su razón de ser en la tiranía del placer, y el estupro, el adulterio y cualquier otra infamia semejante no tienen otro origen que la incitación a los deleites.

  • Pero ¿qué quiero decir con todo esto? Que entendáis que si no bastara la razón y la sabiduría para lograr rechazar el placer, deberíamos agradecer a la vejez el hecho de no dejarnos desear lo que no debemos. Los deleites, en efecto, obstaculizan la capacidad de juicio, sion enemigos de la razón y, por así decirlo, obscurece los ojos de la mente y no tiene ninguna relación con la virtud.

Pero también nos indican Catón y Cicerón:

  • Tened presente que cuando en mi discurso alabo a la vejez, me propongo alabar tan sólo la vejez que reposa sobre los principios de una buena juventud. De ello deriva que, como ya lo he mencionado con la aprobación de todos, la vejez es miserable si necesita apologías. No pueden el cabello cano y las arrugas conquistar de golpe la autoridad; el transcurrir de la vida, si ha sido buena, es la que consigue mayores frutos de ella...

  • Se dice que los viejos suelen ser intratables, inquietos, iracundos e imprtinentes, y hasta avarientos, pero estros son vicios de las costumbres, no de la vejez. En cuanto a estos vicios que he mencionado, algunos tienen excusa, no diré legítima pero por lo menos en parte comprensible.

Excelente libro y me he deleitado leyéndolo. Me recuerda a un amigo quien, luego de casi 30 años sin verme, me pregunta sobre "el secreto de mi eterna juventud". A él y a los que me preguntan por el retrato de Dorian Gray que supuestamente tengo en un clóset, les digo: Vivir como los romanos; es decir, dar a cada uno lo suyo (Suum cuique tribuere, diría Ulpiano), vivir honestamente y no hacer daño a nadie. Agrego que disfruto de ligeros placeres de la vida, como la buena mesa, la lectura, la música, la bebida con moderación, las orquídeas y el cultivo de la amistad.

Gracias, Cicerón, por tus consejos.