domingo, 8 de abril de 2012

Pira multifacética

Pira blanca, hierba Caracas o bledo
Amaranthus viridis

La falta de tiempo y la pereza se han coligado para hacer desaparecer de la mesa del venezolano platos nacionales de innegable tradición y alto valor nutritivo. Un ejemplo de ello son las guarniciones; todo se limita ahora al arroz blanco, plátano frito (verde o maduro)  o puré de papas. Nada de verde, “porque no somos chivos”, o tal vez una ensalada de tomate, lechuga y cebolla, como para no dejar.  Hoy hablaremos de la PIRA, que es un acompañante muy versátil, sabroso y nutritivo y de vieja tradición. Mi madre la preparaba con una receta que le dio una amiga guayanesa, quien la servía acompañando al pastel de morrocoy.
En Venezuela la palabra Pira tiene diversos significados. Uno de ellos es la pira, bledo o hierba caracas[i] (Amaranthus Sp) de la cual hay dos variedades, siendo la blanca comestible, mientras que la roja es venenosa.

Rafael Cartay (DICCIONARIO DE COCINA VENEZOLANA) nos da una larga lista de platos regionales venezolanos que llevan esa denominación. Por ejemplo, que en …“los Llanos, una sopa hecha con arvejas frescas, verduras y trozos de carne de res. En Caracas y Barlovento, estado Miranda, en Semana Santa, comida hecha con chayota, lechosa verde, pira blanca, cebolla y pimentón sofritos, con el añadido de un aliño y salsa de tomate. En la región central, chayota sancochada preparada con vinagre, aceite, cebolla y pan tostado rallado y servido en su propia corteza. En los estados Anzoátegui y Guárico, berenjena sancochada y molida. En Guayana y los llanos, puré de plátano o auyama. En la zona rural del estado Lara, preparación de las hojas de la planta llamada pira, cocida con arvejas, lentejas, garbanzos o caraotas blancas..." Cada región venezolana tiene su pira y valdría la pena probar.

Ramón David León  en su GEOGRAFÍA GASTRONÓMICA DE VENEZUELA la llama Pira Terapéutica. “Es una combinación culinaria, nos dice, genuinamente vegetal, que sirve para acompañar otros platos. Con la carne a la parrilla o guisada, con el pescado frito o asado, con adobo de cerdo, o con algunos otros alimentos sólidos, resulta magnífica. También se le puede gustar sola, sin secundarla con algo, sino íngrima con sus propios méritos”. Luego de advertirnos que originalmente se usaba en su preparación la pira o amaranto, de donde tomó su nombre, Don Ramón también nos la describe someramente:
Hoy se elabora con berenjena, a la cual se le añade plátano maduro y conveniente cantidad de chayota y auyama, todo hervido con su punto de sal y molido concienzudamente hasta formar una masa compacta. Hecho esto, se le añaden sofritos juntos, cebolla, ajo, perejil y tomate bien machacados, que luego se le incorporan, y pasada la mezcla a un caldero, se le deja cocer durante breve rato. Se le pone dulce al gusto

La señora Juana Berroterán, ante la imprecisión de las descripciones de don Ramón, trató de reproducirlas, con cierto éxito, en su recetario LA COCINA VENEZOLANA (Libros de Plon, Caracas 1997) y nos da dos versiones de pira: la de auyama, o terapéutica, y la de arepas. A continuación transcribo ambas.

PIRA TERAPÉUTICA (20 porciones)

Pira terapéutica acompañando a un pescado
Ingredientes:

  • 3 berenjenas
  • 3 plátanos maduros
  • 3 chayotas
  • 500 gr. de auyama
  • 6 dientes de ajo
  • 1 cebolla grande
  • 3 tomates de perita maduros
  • 3 cucharadas de mantequilla
  • 2 ajíes dulces
  • 1 ramillete de perejil
  • Sal al gusto

Preparación:

  1. En una olla hervir pelados los plátanos, berenjenas, chayotas y auyama. Cuando todo ablande colarlos y triturarlos. Pasarlos a un caldero u olla amplia.
  2. En sartén aparte, sofreír en la mantequilla el ajo, la cebolla, el ají dulce y los tomates pelados, todo finamente picado. Verterlo todo en la preparación anterior y dejarlo cocinar durante 15 minutos hasta obtener mayor espesor. Se adorna con perejil picadito.

PIRA DE AREPAS

Arepa de maíz pilado. La consistencia de esta arepa es superior
a la de harina precocida y se adecúa a la preparación
de la PIRA DE AREPAS.
Foto cortesía de la amiga Mary Heras

Ingredientes:

  • 8 arepas del día anterior (por supuesto, arepas de maíz pilado)
  • ¼ de Kg de jamón crudo (cortado en tiritas o cubitos)
  • 2 cebollas finamente picadas
  • 1 Kg. de tomates de perita maduros, pelados y sin semilla
  • 1 taza de aceite
  • 1 taza de caldo
  • 1 copita de vino dulce (Jerez, moscatel, oporto)
  • 2 cucharadas de alcaparras
  • 1 cucharada de perejil finamente picado
  • 1 cucharada de salsa picante (opcional)
  • 1 cucharadita de vinagre
  • Sal al gusto

Preparación:

  1. Trocear las arepas en dados y ponerlas a remojo durante 2 horas. Escurrirlas.
  2. En la cantidad de aceite indicada, sofreír la cebolla y el jamón. Agregar el tomate troceado con su jugo, las alcaparras, el vinagre, la salsa picante y la sal.
  3. Agregar las arepas escurridas y la taza de caldo. Remover y comprobar la sazón.  Cuando ha reducido un poco agregar el vino dulce. Cocinar hasta que espese.
  4. Adornar con perejil picadito.

La pira de arepas se ve interesante, pero nunca la he preparado. Yo la serviría para acompañar una carne a la parrilla o un adobo de cerdo.





[i] Le dio el nombre al valle de Caracas, a una de las tribus indígenas que la habitaban y a la ciudad de Santiago de León de Caracas. Los indios caracas la usaban en su cocina.

sábado, 7 de abril de 2012

Marcucho el modelo


Si sigo así nunca voy a terminar de limpiar y arreglar la biblioteca. Digo limpiar no porque esté quitando el polvo a los libros, sino que estoy decidiendo quién se queda y quién se va. Me encontré con LA ANTIGUA Y LA MODERNA LITERATURA VENEZOLANA (Ediciones Armitano, Caracas, 1966), primera edición de la obra del filólogo Pedro Díaz Seijas. Es un estudio histórico-crítico de la literatura venezolana con antología.  Este se queda.

Leoncio Martínez "Leo"
1889-1941
Autor
Hojeando las páginas me detuve en el cuento que a continuación transcribo. Lo leí por vez primera, como tantos textos venezolanos, en bachillerato. Es obra de Leoncio Martínez "Leo" (1889-1941), quien lo dedicó "A la memoria de Pablo W. Hernández, alumno que fue de la Academia Nacional de Bellas Artes, en la cual se despertó su espíritu de artista a las verdaderas emociones de la Belleza y donde, en cordial camaradería, adivinamos la grandeza de su alma y de su talento."

Leo fue uno de los periodistas y caricaturistas más famosos de Venezuela durante la última época de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Desde las páginas de su semanario Fantoches libró una campaña política de tremendos alcances, bajo el signo de la sátira y del humorismo, lo que le valió cárceles y persecuciones. Deslenguado en su crítica, muchas veces se le pasó la mano.

El lenguaje homoerótico del cuento MARCUCHO EL MODELO, contrasta con las expresiones homofóbicas contra un joven político socialcristiano, quien, vengando su honor, apaleó al deslenguado para que aprendiera a respetar. Murió en octubre de 1941, dicen que a consecuencia de la golpiza.

Bueno, el político no era gay, como tampoco, al parecer, lo era Leo. Marcucho, el protagonista del cuento era un narciso; amaba su bello cuerpo, que era bello hasta los huesos. Su narcisismo lo llevó a empapelar "su pieza" con bocetos elaborados por los alumnos. Espero que lo disfruten.

Lo ilustro con obras de Pedro Centeno Vallenilla porque sus modelos me recuerdan a Marcucho.

MARCUCHO EL MODELO

Cuadrado de espaldas, liso y apelmazado el cabello, que se partía en una raya recta, casi sobre la sien izquierda, teniendo en el color un vago reflejo ambarino del indio ancestral, Marcucho, el modelo de la Escuela de Pintura, a primera vista confundíase con un mandadero cualquiera, con un individuo sin relieve ni importancia, acostumbrado a cargar carretilla, o a encorvarse bajo la mole de los fardos.

Su estura baja, sus blusas de dril descoloridas entre los estrujones de la batea y la caliente opresión de la plancha, sus manos entretejidas de gruesas venas y siempre colgantes, congestionadas al peso de la sangre, no revelaban la menor particularidad que pudiera destacarlo junto a los demás hombres de su clase.

Pero Marcucho era un elemento primordial de belleza para el grupo de aquella incipiente Academia. Cuando, despojado de la ropa, subíase a la tarima del modelo, asumía a los ojos de los estudiantes proporciones inconmensurables. Desnudo crecía. Adquiría una alteza espectacular de ilimitadas proporciones para los alumnos, que lo miraban, con los párpados entrejuntos, lamiendo con la vista los variables secretos de su armoniosa contextura. Al saltar a la tarima, en ágil pirueta que hacía sonar la tabla al golpe de los talones, y al erguirse en una pose preparatoria impensada, dijérase que con un impulso muscular se estiraba como si recóndito sentido de la plástica lo magnificara, lo elevase de su condición vulgar de hombre de pueblo a una simbólica serenidad de sacerdocio y de mando.

El cajón destartalado prestábale trono. Dominando su cabeza por sobre todos los que le rodeaban, cualquiera que entrase al salón en horas de estudio lo primero que vería al abrir la puerta era a Marcucho, imponente e inmóvil como un dios o pensativo y ceñudo como un personaje de tragedia griega o a veces en una contorsión resignada de mártir cristiano.

Los demás, en torno suyo, doblegados sobre los caballetes o sobre las tablas de dibujo, parecían venerarle sumidos en devoto silencio.


Al chischisbeo del carboncillo o los pinceles sobre el grano del papel y de la tela, buscaban fijar el contorno estatuario, apresar en líneas firmes la amplitud del tórax, abombado al ritmo de la respiración potente; el torso lleno y duro como una montaña; la red de sus músculos pujantes sin alardes, eslabonados en suaves declives, la cadera saliente y brava, las piernas sólidas...

O en afán ferviente perseguían —ya logrado el trazo—, en la reciedumbre de la masa, los secretos del claroscuro que torturan y enfebrecen al artista y que en el cuerpo moldeado de Marcucho ascendían hasta los tonos cálidos del cobre, envolviéndose en grises mortecinos, en dulces ocres, con reflejos azulescos y verdores inasibles, valores que mezclaban, se desvanecían, se profundizaban en la gama e iban a ahogarse en las frescas oquedades del rojo de Venecia y del sepia. La cabeza, retostada, asoleada, se cortaba la base del cuello en una línea precisa como plumaje tornasol en el cuello de las palomas montañeras; luego los hombros, el pecho, el vientre, lividecían en tenues luminosidades que resbalaban a flor de piel, iban a dividirse en las piernas, como la horqueta de un río de aguas opalescentes bifurcadas por un islote fértil y sombrío, desvanescencias relamidas que se arremolinaban en el nudo rosáceo de las rodillas.

Abajo, más abajo, los calcañares donde engañosos bermellones fundidos entre sombras, con las vetas protuberantes de arterias y nervios, le daban la fortaleza y el apoyo de un zócalo rotundo. Y los pies, pesados como cimientos.

Para los presuntos artistas, el cuerpo de Marcucho era un universo de cotidianos hallazgos.

¿En qué pensaba Marcucho mientras, encaramado en la tarima, aguantaba inconmovible las horas de pose de la Escuela? En ese largo ocio mental, donde las ideas se adormecen como bajo la influencia de un exceso de cigarrillos, ¿qué visiones, qué recuerdos, qué propósitos pasarían en lenta tornavolta por la mente del modelo?

En los descansos, sentado al extremo del cajón, con las manos entrecruzadas sobre las rodillas, ¿era cansancio, resignación o menosprecio de toda voluntad lo que doblegaba su espalda y hundía su barba entre los pulgares, dilatando sus pupilas en abstracto espionaje del vacío?

Silencioso, aliviando su forzada inmovilidad en otra inmovilidad nueva, Marcucho parecía reflexionar o idiotizarse en la monotonía de su trabajo al igual que un burro de noria.

Pero, no; Marcucho había nacido para aquello. Amaba instintivamente su oficio, se sentía partícipe de la obra de arte como el tipógrafo incluye algo de su ser en las ideas que compone. Amaba su tarima como aquel se apega al chivalete, como el marino al barco; y, como el marino, al erguirse en su cajón, pensárase de pies en una proa escrutando escrutando, fijo, lejanías de horizonte de donde hubieran de surgir fantasmagóricas corporizaciones de antiguas leyendas.

Había nacido predestinado. La mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia antes de echarlo al mundo y ennobleció su barro tosco. Ya consustanciado con la belleza esencial, al hacer un movimiento elástico, al caer como involuntariamente en una actitud eurítmica, sonreía satisfecho y orgulloso si algún estudiante entusiamado exclamaba:

—¡Qué bien está así!... ¡Quédate así!

Y sonreía también, sin perder la posición, a las bromas habituales de los pintorcetes:

—Marcucho, no muevas la oreja izquierda.

—No engurruñes el dedo gordo, Marcucho.

—¡Caray, Marcucho! s que tiene la piedra del zamuro para las mujeres. ¡Dios, como que le echó la bendición con la zurda!

Y reprimía la carcajada, moviendo sólo el vientre, cuando un dicharacho obsceno estremecía la parvada estudiantil alborotándola en cacareo de gallinero.

Cumplía su trabajo con severidad de ritual. En ocasiones, iba de caballete en caballete observando las "academias". Miraba los dibujos y luego se miraba sus propios brazos y sus piernas, en comparativo conocimiento de su cuerpo como si se lo supiera de memoria y lograra verse entero a sí mismo. Su espejo multifaz, durante años de años, lo tuvo en las tablas de dibujo y parecía exponer un gesto desaprobatorio cuando alguno lo reflejaba deforme o sin semejanza. Y, con humildad, preguntando: "¿lo necesita?", solía pedir un estudio que le gustara entre las innumerables imágenes suyas que poblaban la Escuela, clavadas por aquí y por allá o tiradas por el suelo, para llevárselo a "su pieza" cuyas paredes era un museo unipersonal de sí mismo.

Ya para los últimos tiempos, Marcucho se entregó al alcohol. Bebía demasiado. Las facciones se le fueron abotagando, enflaqueció algo y los tonos rojos de su encarnadura se iban tornando más calientes. A veces, al tomar la posición lo sacudía un latigazo nervioso, pero luego, en pie, apoyado en la vara, se mantenía rígido, sereno, delatándolo sólo un casi imperceptible movimiento giratorio, como el de una peonza.

Por fin un día, después de tantos años de haber sido el modelo predilecto, el único, Marcucho faltó a las sesiones y al cabo de una semana llegó a la Escuela la noticia deplorable para todos: había muerto en el Hospital.

Pulpa de anonimia, corazón sin amores inmediatos, balsa a la deriva, su cuerpo sepulcral no dio con el puerto y encalló sin reclamo sobre la mesa del anfiteatro; él, que había servido para que lo estudiaran por fuera, se ofrecía íntegro en el momento de abandonar la vida para que lo estudiaran por dentro, como esos muñecos sin más voluntad que su destino, a los cuales los niños curiosos, hastiados de jugar con ellos, les sacan el aserrín.

Llegó el profesor seguido de los estudiantes a la clase de anatomía práctica. Rodearon el cadáver y comenzó la postrera lección de dibujo para Marcucho, que, inmóvil más que nunca, resistía la pose definitiva. Comenzó la lección y los bisturíes afilados como carboncillos iniciaron el trazado, ya no sobre el papel y el lienzo, sino sobre aquellos mismos músculos moliciosos, siguiendo la red de nervios, perforando la carne empalidecida, abriendo, como las páginas de un libro secreto, el pecho magnífico... En medio de su perorata didáctica y de sus minuciosas explicaciones, el profesor se empinó en un súbito ¡Oh!... Y después de una pausa, alargó la exclamación, acomodándose las gafas:

—¡Oh, que anatomía tan estupenda la de este hombre! ¡Vean ustedes qué admirable! ¡Debe tener un esqueleto precioso, precioso!

Los discípulos se inclinaron sobre el muerto, siguiendo la lección del maestro, como sobre un mapa. El profesor se entusiasmaba con los músculos, con las arterias, con las vísceras. Lo iluminaba un gozo risueño y sapiente. E interrogó:

—¿Este cadáver no tiene reclamantes?

—No tiene ni familia —respondió un estudiante burlón.

—Pues, vamos a aprovecharlo; en la sala de Anatomía de la Universidad —prosiguió el maestro—, nos hace falta un buen esqueleto: este es un bello esqueleto, ¡perfecto!

Era la consagración total de Marcucho. Los estudiantes se dieron de nuevo a la tarea; pronto desbarataban articulaciones, desprendían miembros completos, limpiaban huesos hasta dejarlos mondos, encumbraban montículos de carne sanguinolenta, en sugestiones de matadero.

Ya de Marcucho no queda sino una masa fragmentaria. Pero luego apartaron con cuidado su osamenta, la calavera de ojos estupefactos y sin luz, los fémures gruesos como piernas de buey...

Y, más tarde, en procedimiento macabro que legaliza la augusta ciencia, lo cocinaron, lo hirvieron, pulieron sus huesos como valiosos marfiles, armaron de nuevo el esqueleto, soldando y embisagrando las piezas, y allí, en el anfiteatro de la Universidad, dentro de una larga caja, colgando por el centro del cráneo con un alambre de acero, está Marcucho, sin carne, sin nervios, sin vida, en su última pose, predestinado a servir hasta más allá de la muerte para el estudio de la belleza y del dolor, porque antes de echarlo al mundo la mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia y enalteció su barro tosco.


viernes, 6 de abril de 2012

Pesach o Pascua judía

Del libro LA COCINA SEFARDÍ (Editorial Zendreda Zariquiey, Barcelona 1998), del Rabino Robert Sternberg, entresaco un artículo  sobre la Pascua Judía o Pesaj (Pesach) como lo acostumbran las comunidades sefarditas (sefardim). La comunidad sefardita venezolana es la más antigua de América hispana con un cementerio muy venerable en la ciudad de Coro, luego se nos unieron hebreos procedentes del Medio Oriente (mizrajim). A raíz de la II Guerra Mundial hubo un poderoso flujo de emigrados del centro de Europa (ashkenazim).


Tus amados hijos están cantando una nueva canción:
Se han ahogado los egipcios en el mar
Y la gente de bien colmó las alabanzas a Dios
Cuando las ruedas de sus carros quedaron atrapadas entre las olas.
Tus hijos estaban cansados y llorosos
Cuando el rugido de las olas cayó sobre sus enemigos
Y Tu Mano firme les condujo a salvo hacia la libertad.

Solomon Ibn Gabirol (1021-1058 dC)
Salmo de Pascua




Una de las mayores fiestas del año para los judíos es el seder de Pascua. Se usa una fuente especial para disponer los alimentos rituales del seder, que simbolizan los diferentes aspectos de la fiesta de Pascua, incluyendo las cosas que pasaron durante el Éxodo de Egipto y los sacrificios de los hebreos en el antiguo templo de Jerusalem. Los alimentos rituales son el vinagre, las verduras dulces, y amargas, el cordero, los huevos y el haroset, pasta dulce de frutas y frutos secos, que, según dicen, se asemeja al color de la argamasa que empleaban los esclavos hebreos. El vinagre simboliza las lágrimas derramadas por los hebreos durante su cautividad (los judíos asquenazi usan agua salada en lugar de vinagre). Los vegetales dulces suelen ser hierbas: las primeras de la temporada simbolizan la llegada de la primavera y se mojan en vinagre antes de comerse. Las verduras amargas están para recordarnos la amargura de la esclavitud. Se comen con haroset durante el seder. El cordero y los huevos simbolizan los sacrificios del templo. Se guardan y no se comen en la comida.



Los platos de la comida seder van paralelos a los alimentos rituales dispuestos en la fuente seder. El primer plato siempre es pescado, símbolo de paz y esperanza mesiánica. En Turquía y Grecia se sirve con salsa de nueces, en Marruecos y otras partes del norte de África, con una pasta de almendras. La salsa se parece en el color al haroset. La salata de maror, ensalada de lechugas y hierbas dulces y amargas, simboliza la primavera. El plato principal es siempre el cordero asado, que representa el sacrificio del templo del pueblo de Israel.
Las primeras hortalizas y hierbas de la temporada son las que se ponen en la mesa de los judíos mediterráneos para el seder de la Pascua. La alcachofa, las habas y el eneldo se sirven para acompañar el cordero. El apio, o guiso de apio y zanahorias, se hace en el caso de que no queden tubérculos de invierno. Algunos sefardíes arroz pilafi o sopa de pollo con arroz.
Estas costumbres judías mediterráneas pueden parecer extrañas a los ojos de los asquenazi, que durante la Pascua no toman cordero ni carnes asadas, legumbres o arroz.  las razones obedecen a una diferencia de costumbres. 
Existe una costumbre inusual o Santak khandra del seder de Pascua sefardí, que consiste en que el cabeza de familia, con una gavilla de trigo nuevo en la mano, golpea ligeramente la cabeza de cada miembro de la familia e invitados al tiempo que recita una bendición especial para que el año sea bueno, próspero y productivo.

“Y esta promesa fue la que sostuvo a nuestros ancestros y nos sostiene a nosotros. Porque no fue sólo uno que se levantó contra nosotros para exterminarnos, sino que en cada generación se levantan para procurar nuestro exterminio. Y el Santo Bendito Es nos salva de sus manos”. (Hagada de Pesaj)


La flor emblemática de Venezuela

Cattleya mossiae var semi-alba

LA FLOR DE MAYO

Flor voluptuosa de la agreste selva,
Del verde mayo lúbrica sonrisa,
En cuyo seno la sonora brisa
El ámbar de otras flores va á guardar,
Cuando tu cáliz ví tan hechicero
Y tu vívida tinta encantadora,
Me pareciste de la virgen Flora
La huella leve que dejó al pasar.

Bella cual la sonrisa de un arcángel,
Cual los sueños de América, inocente,
Mayo, para diadema de su frente,
En un jardín del cielo te escogió
Y tal vez de la noche en el silencio
El dios de la montaña te enamora
Y acaso junto á tí la roja aurora
Dulcemente dormido le encontró.

Flor de Mayo o Cattleya mossiae
Flor nacional de Venezuela

Poema de Abigaíl Lozano (1823-1866); uno de los introductores de la poesía romática en Venezuela, lo que le causó ser víctima de los ataques de sus detractores. Tuvo una vida azarosa en la que compartió la poesía con la actividad política. Diputado en 1860 y luego Cónsul del Perú en St. Thomas (1861), donde conoce al general mexicano Antonio López de Santa Anna, de quien fue secretario privado. Con él viaja a Nueva York, donde muere.

miércoles, 4 de abril de 2012

Curioseando en mi biblioteca con una pipa.


Revisaba mi biblioteca fumando una pipa y me topé con: EL LIBRO DE LAS PASIONES, Palabras para conocer nuestros deseos (Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2003). Esta mañana, hojeándolo encontré un texto de Paul Gaugin sobre el deterioro progresivo de su amigo Vincent van Gogh. Se llama Fumando su pipa y lo ilustré con obras del protagonista. Espero sea de su agrado.


Fumando su pipa
Quise hacer su retrato mientras él estaba pintando una de sus naturalezas muertas que tanto le gustaban: unos arados. Cuando lo terminé me dijo: "Por cierto que soy yo, pero yo me he vuelto loco".

Esa misma tarde fuimos al café. Tomó un ajenjo liviano. De pronto me arrojó el vaso con su contenido.Esquivé el golpe; lo alcé en mis brazos, salimos del café y cruzamos la plaza Victor Hugo. Pocos minutos después Vincent estaba en su cama, y se durmió sin despertar hasta el día siguiente.

Al despertarse me dijo con gran calma: "Mi querido Gauguin, tengo la vaga impresión de que ayer a la tarde te ofendí".

Respuesta: "te perdono gustoso y de todo corazón, pero la escena de ayer puede volver a ocurrir, y si me golpearas, no me podría contener y te estrangularía. Déjame que le escriba a tu hermano y le comunique que me vuelvo".

¡Dios mío, qué día!

Por la tarde, después que tragué mi almuerzo, sentí necesidad de salir solo y tomar aire a lo largo de algunos senderos bordeados de laureles florecidos.Ya casi había cruzado la plaza Victor Hugo cuando oí detrás de mí unos pasos bien conocidos, cortos, veloces, desiguales. Me volví en el preciso instante en que Vincent se arrojaba sobre mí con una navaja abierta en la mano.


En dos saltos llegué a un hotel en el que pregunté la hora, tomé una habitación y me acosté.

Me sentía tan inquieto que no me pude dormir hasta las tres de la mañana, y me desperté algo tarde, a eso de las siete y media.

Cuando llegué a la plazoleta vi que se había reunido una muchedumbre. Cerca de nuestra casa había algunos policías y un caballero menudo con sombrero hongo, que era el inspector.


Lo que había pasado era lo siguiente:

Van Gogh, apenas volvió a casa, se había cortado una oreja.


Cuando por fin pudo salir, con la cabeza cubierta por una boina que se encasquetó lo más que pudo, se fue directamente a una de esas casas en las que a falta de compañera uno puede elegir una amiga, y le dio la oreja al encargado, cuidadosamente lavada y metida en un sobre."Aquí tiene un recuerdo mío", le dijo. Luego se fue a casa y se acostó a dormir.
 

La última carta que me envió estaba fechada en Auvers, cerca de Pontoise. Me decía: "Querido maestro" (y esta fue la única vez que usó esa palabra), "después de conocerte y haberte hecho sufrir, prefiero morir en un buen estado mental y no en uno degradado".
Se pegó un tiro en el estómago y murió unas horas después, recostado en su cama y fumando su pipa, en pleno uso de razón, lleno de amor por su arte y sin odio hacia los demás.
Paul Gaugin