domingo, 21 de octubre de 2012

Himno epitalámico

Nacimiento de Venus, por William-Adolphe Bouguerau (1879)

HIMNO EPITALÁMICO




No en esa estancia penetréis divina:
Sobre el ara de aromas,
Pálida de pasión, llevó Ericina
Sus risueñas palomas.

¡Atrás! ¿No veis que hasta el dorado plinto
Cae el flotante velo?
La diosa ha descendido a ese recinto
En un rayo del cielo.

Velad tanto esplendor, oculte Apolo
La luz de sus mañanas:
Que a la estancia nupcial penetren sólo
Las flores por galanas.

La madre del amor desciñe estrecho
El ceñidor de oro.
Roja la boca y palpitante el pecho
Del oculto tesoro

Suelte temblando, al seductor desvío
La crencha perfumada…
¡Cuán divina estarás, rosa de Chío,
Así, medio velada!

Fortunado amador, la diosa esbelta
Yá besa al dulce niño;
Mirad como el rapaz sonriendo suelta
Su túnica de armiño.

¡Silencio! Ni un suspiro en el imperio
De los castos amores.
No temáis que una flor rompa el misterio.
Que mudas son las flores.


El autor de este Himno Epitalámico es José Ramón Yepes (con S, no con Z), uno de los más destacados poetas románticos venezolanos, nacido en Maracaibo en 1822. De él nos dice Luis Correa en un artículo escrito en diciembre de 1922 y publicado en Terra Patrum (Biblioteca Popular Venezolana, Caracas, 1961):
...educado en el peligro, fuerte de ánimo y robusto de complexión, caldeado en su niñez por los hálitos de la epopeya emancipadora y en contacto con muchos de sus héroes, en el pecho de Yépez ardía la llama de las supremas resoluciones.
El amor, en hombre de tal reciedumbre debía ser, no pasión momentánea ni deseo escurridizo, sino compromiso de honor, apretada sensación de belleza, empeño sostenido, lumbrarada perenne. Sus versos amatorios llevan casi todos el nombre de la compañera de su vida.
Su cultura literaria, los buenos estudios que hizo bajo la dirección de maestros inolvidables, y un sentido permanente de las reglas, paralelo al recto concepto del deber que cimentó su vida ciudadana, lo libraron de las manifestaciones de mal gusto, de las caídas dolorosas y de los desbordamientos de la inspiración en que abundan los poetas de su época. Fue comedido y señoril en la espera de la amada, y dio así a sus versos cierto sesgo elegante, cierta gracia inconfundible en el cancionero de amor venezolano.
Tardas, La Ramilletera, la Elegía a la niña María Luisa Álvarez y su Canto Epitalámico en las bodas de Ignacio de la Plaza, figuran en las antologías como obras de un arte exquisito, suave y consolador. Adornado con ellas, como con un ramo de rosas pálidas, su nombre ha traspasado los lindes inciertos de la posteridad.
En efecto, cuando se revisa la poesía del siglo XIX venezolano hay mucha hojarasca sensiblera, palabrería patriotera, o halagos al caudillo de turno; la obra de Yepes destaca. Nuestro poeta, quien fue también Almirante, murió ahogado en el Lago de Maracaibo de un accidente, en el cumplimiento del deber. Sucedió en 1881.

sábado, 20 de octubre de 2012

La Manzanita criolla

Manzanitas criollas, de las huertas venezolanas
Cuando veo las cada vez más escasas manzanas criollas recuerdo el cuento de Julio Garmendia que hoy leeremos. También viene a mi mente el esfuerzo de los castellanos por aclimatar los frutos que les eran familiares en la lejana Castilla a las condiciones del trópico. Caracas tuvo sus buenas huertas con manzanos, perales, higueras, membrillos y duraznos, y hasta exportaba trigo a las Antillas.  
Las manzanas criollas son muy buenas para comerlas como fruta (con un gusto entre dulce y ácido que traiciona su adaptación al trópico) o para prepararlas en almíbar. Con tal fin las compré, pero no resistí la tentación. Aquí está la receta, que también se puede hacer con las frágiles manzanas del Norte (o del Sur, si vienen de Chile); está tomada de La cocina de Casilda, dulces y bocadillos de la Venezuela de ayer (Los Libros de El Nacional, Caracas, 2005) por Graciela Schael.


Dulce de manzanitas refrescándose antes de pasarlo a una dulcera.
Foto de una cosecha anterior


Dulce de manzanitas criollas

9 manzanitas criollas color verde tierno;
3/4 de kilo de azúcar;
agua
Preparación:
Se lavan las manzanas, se pelan reservando las cortezas y se colocan en agua (acidulada con jugo de limón para que no oscurezcan).
Mientras tanto, se sancochan las cortezas y, cuando el agua tome color, se sacan de la olla. Se le añaden 3/4 de kilo de azúcar y luego las manzanas, dejándolas cocinar a fuego bajo hasta hasta que estén blandas y el almíbar tenga buen punto, es decir, que espese.

Mientras nos deleitamos con esta delicia criolla, tal vez acompañado de un manjar blanco, podemos leer un cuento alusivo, como LA MANZANITA, de Julio Garmendia, que es un clásico de la literatura venezolana.

Julio Garmendia
1898-1977
autor

LA MANZANITA


Cuando llegaron las grandes, olorosas y sonrosadas manzanas del Norte, la Manzanita criolla se sintió perdida.

—¿Qué voy a hacer yo ahora –se lamentaba–, ahora que han llegado esas manzanas extranjeras tan bonitas y perfumadas? ¿Quién va a quererme a mí? ¿Quién va a querer llevarme, ni sembrarme, ni cuidarme, ni comerme ni siquiera en dulce?

La manzanita criolla se sintió perdida...
La Manzanita se sintió perdida, y se puso a cavilar en un rincón. La gente entraba y salía de la frutería. Manzanita les oía decir:

—¡Qué preciosidad de manzanas! Déme una.

—Déme dos.

—Déme tres.

Una viejecita miraba con codicia a las brillantes y coloreadas norteñas; suspiró y dijo:

—Medio kilo de manzanitas criollas, marchante; ¡que no sean demasiado agrias, ni demasiado duras, ni demasiado fruncidas!

La Manzanita se sintió avergonzada, y empezó a ponerse coloradita por un lado, cosa que rara vez le sucedía.

Y las manzanas del Norte iban saliendo de sus cajas, donde estaban rodeadas de fina paja, recostadas sobre aserrín, coquetonamente envueltas en el más suave papel de seda. Habían sido traídas en avión desde muy lejos, y todavía parecían un poco aturdidas del viaje, lo que las hacía aún más apetitosas y encantadoras.

—A mí me traen en sacos, en burro, y después me echan en un rincón en el suelo pelado… –cavilaba Manzanita, con lágrimas en los ojos, rumiando su amargura.

Estaba cada vez más preocupada. Aunque a nadie había dicho palabra de sus tribulaciones, las otras frutas, sus vecinas, veían claramente lo que le pasaba; pero tampoco decían nada, por discreción. Hablaban del calor que hacía; de la lluvia y el sol; de los pájaros, los insectos y la tierra; o bien cambiaban reflexiones acerca de las gentes que entraban o salían de la frutería, en tanto que la pobre Manzanita se mordía los labios y se tragaba sus lágrimas en silencio.

Ya las norteñas se acababan, se agotaban; ya el frutero traía nuevas cajas repletas, con mil remilgos y cuidados, como si fueran tesoros que se echaba sobre los hombros. La Manzanita no pudo aguantarse más.

—Señor Coco… –llamó en voz baja, dirigiéndose a uno de sus más próximos vecinos, un señor Coco de la Costa, que estaba allí envuelto en su verde corteza.

—Usted que es tan duro, señor Coco –repitió Manzanita con voz entrecortada y llorosa–; que a nada le teme; que se cae desde lo alto de los brazos de su mamá, y en vez de ponerse a llorar, son las piedras las que lloran si usted les cae encima…


Manzanas criollas (pequeñas e irregulares)
y las importadas (olorosas y sonrosadas)
Esto ofendió un tanto al buen señor Coco, el cual creyó necesario hacer una aclaratoria, poniendo las cosas en su puesto.

—Es cierto que soy duro –explicó–, pero eso no quiere decir que no tenga corazón. Es mi exterior, que es así. Por dentro soy blando, tierno y suave como una capita de algodón.

—Es lo que yo digo, señor don Coco –se apresuró a conceder la Manzanita–. Yo sé que su agua es saladita como las lágrimas, y que eso viene de su gran corazón que usted tiene.

—Así es –asintió el buen Coco, satisfecho–. ¿Y qué quería usted decirme, amiga Manzanita? ¡Estoy para servirle!

—Ya usted se habrá fijado –dijo la Manzanita, conteniendo a duras penas sus sollozos– en lo que está pasando aquí en la frutería. Esas del Norte, ¡esas intrusas! ocupan la atención de todo el mundo, y todos las encuentran muy de su gusto, señor Coco, ¡señor Coooooooco!… –y la pobre Manzanita rompió a llorar a lágrima viva.

El Coco no hallaba qué hacer ni qué decirle a Manzanita. Viendo esto otra vecina, se acercó pausadamente para tratar de consolarla.

—¡Ay, señora Lechosa! –gimió Manzanita echándole los brazos al cuello–. ¡Qué desgracia la mía!

—Cálmate, Manzanita, cálmate –le decía maternalmente la Lechosa (que era una señora Lechosa bastante madura y corpulenta).
Lechosa
Volviéndose hacia otro de los vecinos, con los ojos húmedos –tan blanda así era–, preguntó la Lechosa:

—¿Qué me dice usted de esto, señor Aguacate? ¿No comparte el dolor de Manzanita? ¡Usted, que parece una lágrima verde a punto de caer!

—¡Ay, cómo no, señora Lechosa! –se apresuró a decir el Aguacate, rodando ladeado hasta los pies de Manzanita–. Mi piel puede ser dura y seca, pero por dentro me derrito como mantequilla.

En esto se desprendió un Cambur de uno de los racimos que colgaban del techo, y fue a caerle encima a la Guanábana. Pero la Guanábana no se irritó ni protestó, ni siquiera pareció darse cuenta de lo sucedido; es tan buena ella, que hasta las mismas espinas que la protegen por fuera, son tiernas a tal punto que un bebé puede aplastarlas con la yema de su dedito. Pero la Naranja también había acudido a consolar a Manzanita, y se puso amarilla de rabia –amarilla como un limón.

—Esos Cambures… –dijo desdeñosamente–. Siempre cayéndole a una encima.

—¿Qué se habrá creído la Naranja? –refunfuñó el Cambur–. Nada más que porque es redonda y amarilla, ya se cree el Sol.

La Naranja se puso aún más encendida, como fuego.

—Nosotros somos tan amarillos como ustedes –le gritó un contrahecho Topocho pintón.

—Yo también soy amarillita –murmuró la Pomarrosa dentro de una cesta.

—Sí, sí, amarilla –rieron los Nísperos–, pero hueles demasiado, te echaste encima todo el perfume.

—No les hagas caso, Pomarrosa –le dijo al oído la Parcha–. Ésos parecen papas; están envidiosos de tu color, y porque no huelen tanto como tú.

La Parcha Granadina, la señora Badea, había llorado también, y tenía la redonda cara más lisa y lustrosa que de costumbre.

—Oiga, señora Parcha –le dijeron unos Mamones–, ¿por qué no le pide prestada su pelusilla al Durazno, y se la unta en la cara para que no se vea tan lustrosa?

—Pues a mí –dijo de repente, cuando menos se esperaba, un grueso señor Mamey–, a mí no me importa lo que le pase a Manzanita. Al fin y al cabo, esas son cosas de ella, un pleito de familia entre Manzanas. No hay que ocuparse más de esa llorona. ¡Mocosa!

Estas palabras del Mamey causaron un momentáneo desconcierto.

Miráronse las frutas unas a otras, con aire perplejo. Fue el eminente señor Coco quien, reponiéndose el primero de la sorpresa, tomó al fin la palabra.

—No, amigo Mamey –dijo sosegadamente el Coco–; yo creo que sí tenemos que ayudarla. Oiga usted, amigo –añadió bajando significativamente la voz y echando una rápida ojeada alrededor–, no sabemos lo que puede suceder mañana; ¿qué sé yo?, ¿qué sabe usted? ¡Un día de éstos pueden comenzar a llegar también Cocos del Norte, Lechosas del Norte, Aguacates del Norte, Guanábanas del Norte, Mamones, Mangos, Tunas, Guayabas, Nísperos, Parchas, Mameyes del Norte! Sí, señor, óigalo bien, señor Mamey: ¡Mameyes del Norte! ¿Y qué será entonces de nosotros? ¿De usted y de mí? ¿Y de nosotros todos?… ¡Nos quedaremos chiquiticos, frunciditos, encogiditos y apartaditos, como le pasa hoy a Manzanita!
Guanábana, de amplio consumo como fruta fresca
y en la preparación de dulcería criolla.
El rechoncho Mamey no palideció por esto; para sus adentros, se puso aún más amarillo, aunque siguió siendo marrón por fuera. Las ideas expuestas por el Coco, a las claras denotaban su elevación nada común.

En los cocales, en efecto, se mueve él a grande altura sobre el nivel del suelo; por esto se supone –o supone él– que ya desde muy lejos ve venir los acontecimientos, los peligros, y es por eso el más llamado a hablar en nombre de las frutas tropicales. Pero esta elevada posición del Coco, sin embargo, también suscita envidias y resentimientos… El ventrudo Tomate, por ejemplo, se puso rojo como un… ¡tomate!

—Yo no les tengo miedo a los Tomates del Norte –dijo, inflamado y brillante–. ¿Qué me dicen con eso? Ellos no pueden ser más colorados que yo. Además, yo no puedo ponerme contra las Manzanas del Norte, porque nosotros, los de la familia Tomate, tenemos un cierto parentesco con ellas. Mi abuelita me contaba que en algunos países nos llaman a nosotros “manzanas de oro”; de modo, pues, que…

—También yo –dijo uno de los Cambures, cortándole la palabra al Tomate–, también yo tengo cierto grado de parentesco con esas extranjeras, por el lado materno, como bien puede verse por mi segundo apellido, pues, como saben, soy el Cambur Manzano.

Unos muchachos que venían de la escuela entraron ruidosamente en la frutería y empezaron a comprar manzanas –¡manzanas del Norte, por supuesto!–. Las acariciaban, las sopesaban, las olían, hasta les daban algún beso o mordisco allí mismo, ante los mismos ojos de Manzanita, como si dijéramos en sus propias barbas. La Manzanita, que se había quedado distraída y pensativa oyendo lo que decían las frutas, como si todo se hubiera arreglado con sólo palabras, volvió a gimotear perdidamente, acordándose otra vez de sus pesares. Entonces se le acercó la Piña y se puso a acariciarla y a mimarla. Pero cada vez que doña Piña le hacía un mimo en la mejilla, Manzanita se escurría un poco hacia atrás, diciendo:

—¡Ay, señora Piña! ¡Ay! ¡Ay!
Piña o ananás, las mejores se cultivan en los Andes
Pero la Piña no pensaba que esto pudiera ser a causa de las escamas y las sierritas punzantes que la adornan por todos lados, sino que era a causa de la pena que seguía afligiendo a Manzanita, y que a cada instante se le hacía más viva y aguda; y continuaba acariciándola y mimándola. Mientras más ayes lanzaba la pobre Manzanita, más y mejor la acariciaba y la estrechaba entre sus brazos la buena señora Piña, haciéndola gritar más todavía.

Hasta que unas dulces Parchitas se apiadaron de ella y empezaron a decir, para distraer la atención de la Piña:

—Señora Piña… Señora Piña… Oiga lo que dicen los Mangos.

—Pues, ¿qué dicen? –interrogó la Piña, volviéndose.

—Que usted y que es agria…

Esto reavivó inesperadamente el dolor de Manzanita.

—¡Agria la Piña! ¡Ay! –exclamó fuera de sí–. Pues ¿qué no dirán de mí? Y más ahora que han venido ésas, y que todos andan con la boca abierta de lo buenas y sazonadas que son!

—No, nosotros no hemos dicho nada de usted, misia Piña –explicaban los Mangos–. Nosotros somos frutas que venimos de gran árbol, y no nos ocupamos de frutas que viven pegadas al suelo.

—¡De gran árbol! –rió la Piña con sarcasmo–. Pero no estamos hablando de eso, sino de gusto y sabor. ¿Y quién más dulce que yo, cuando quiero serlo? Y no olviden ustedes ¡pegajosos! –añadió levantando la voz– que están tratando con una dama de mucho copete; ¿o es que no lo saben?

El Mango soltó la risa.

—Porque lleva un moño de hojas duras en la cabeza –dijo–, ya se cree dama de gran copete.

—Yo tengo algo que es más, mucho más que copete –se oyó–. ¡Tengo corona!

Todos se volvieron, mirando a la Granada, que llevaba una corona, una verdadera y auténtica corona real, esto era innegable.
Granada, otra fruta europea aclimatada en Venezuela.
Cada vez más escasa. Antes era abundante en los jardines.
—¡Sí! –repitió orgullosamente la Granada–. Llevo una corona de seis picos; por consiguiente, soy la reina de las frutas…

—¿Tú? –gruñó en seguida el Membrillo, como de costumbre tieso y reseco–. ¡Tú, que apenas estás madura y no encuentras quien te lleve, te entreabres ya sola y empiezas a pelarle los dientes a todo el que pasa, a ver si te cogen! ¡Dientona!

La Granada enrojeció mucho al oír tales palabrotas.

La señora Patilla venía acercándose hacía rato, arrastrándose como un morrocoy. Ahora llegaba, e intervino para decir, aunque algo tardíamente:

—Las frutas pegadas al suelo, como han dicho antes esos caballeritos Mangos, y yo en particular, que por mi tamaño y otras cosas puedo considerarme también reina de las frutas…

—¡Ay, Patilla! –susurró la Piña.

—¡La Patilla se cree reina! ¡La Patilla se cree reina! –rieron dentro de un canasto unas niñitas muy traviesas, y que tenían fama de loquillas, las Guayabas.

Ni siquiera reparó en ellas la bonachona y plácida Patilla; pero la Tuna, erizada de pelillos y aguijoncitos, parecía pronta a defenderse y zaherir, a pesar de que nadie estaba metiéndose con ella.
Manguitos de bocado, se quita la concha, se come pelao
La frutería estaba ya cerrada hacía rato, y todavía hablaban las frutas (como si exhalaran su aroma, cada una el suyo). La Manzanita no durmió en toda la noche. Hasta la madrugada no pudo cerrar los ojos. De modo que, al amanecer del día siguiente, cuando volvieron a abrir la frutería, dormía aún, y soñaba… Estaba muerta. La Manzanita criolla se había muerto de pena y de vergüenza de verse tan chiquita, tan verdecita, tan fruncidita, tan acidita y tan durita. ¡Pobre Manzanita! Y a pesar de todo, tenía buen corazón, sí, tenía su corazón jugoso, tierno, perfumado, ella también, y la prueba es que para hacer dulce era muy buena.

Esto era lo que ahora decían todos alrededor de ella, y la lloraban y la compadecían, la llevaban sobre sus hombros y le ponían flores encima.

La llevaban a enterrar. Pero la que más lloraba en el entierro de Manzanita, la que más triste iba, era la misma Manzanita, que se tenía mucha compasión y se daba una gran lástima. El cortejo pasaba por la falda del cerro, y estaban presentes las frutas más importantes y representativas, todas las grandes frutas. Sólo la señora Patilla, entre éstas, no había podido llegar hasta allí; varias veces lo intentó, pero se vino rodando hasta el pie de la cuesta una y otra vez; allí se quedó al fin, inmóvil, sudorosa, echando la colorada lengua hacia afuera. El lento cortejo subía por la ladera; los pájaros piaban tristemente, siguiéndolo de rama en rama; murmuraban las hojas, alguna se desprendía y venía a posarse en tierra.

La neblina cubría la faz del sol.

Cuando la echaron al hoyo, cerca de un arroyuelo, hubo un formidable estremecimiento. “Seguramente disparan el cañón por mí, o se hunde el cerro” –pensó Manzanita envanecida. Llevó luego la palabra el joven Durazno, amigo de infancia y compañero de juegos de Manzanita, y todos comenzaron en seguida a echarle tierra encima… Manzanita se enderezaba, pataleaba, se empinaba en la punta de los pies; se sacudía la tierra como una gallinita en un basurero. Pero la tierra seguía cayendo a paletadas, y al fin Manzanita quedó tapada.
Ciruela de huesito, la reina de mayo.

Cuando ya estaba enterrada, y todos se habían ido cuesta abajo, hacia la frutería otra vez, llegó por entre la tierra oscura y recién removida un gusano, y le dijo al oído a Manzanita:

—¿De qué te moriste, Manzanita, tú tan dura?

—De dolor, señor Gusano, viendo llegar a esas ricas Manzanas del Norte, y que nadie más sentía gusto por mí –contestó ella–. Ni a los niños, ni a los pajaritos, ni a nadie le gustaba ya, ¿para qué iba a seguir viviendo?

—Mira, Manzanita –le dijo otra vez al oído el gusano–, te voy a dar un consejo. Mejor es que no te mueras todavía. Oye lo que te voy a decir: esas lindas manzanas fácilmente perecen aquí, yo lo sé, y te lo digo porque soy tu viejo amigo y porque somos los dos de aquí del cerro.

La Manzanita vio una lumbre de esperanza en aquello que le decía el gusano.

—¿Y crees tú que se van a morir de verdad esas bichas? –preguntó con los ojos brillantes.

—De seguro que sí, Manzanita. Es el calor lo que las daña –explicó el gusano, con aire entendido y científico.

Entonces Manzanita comenzó a escarbar con fuerza la tierra que le habían echado encima, se salió afuera y se vino rodando cerro abajo hasta la frutería otra vez.

Acababan de alzar ruidosamente la reja de hierro que servía de puerta a la frutería (fue éste el estampido que oyó en sueños Manzanita), y todas las frutas lanzaron exclamaciones y gritos de sorpresa al ver entrar tan fresca y ágil a Manzanita.

—Pero, ¿cómo es eso, Manzanita? –le preguntaban todas a la vez–. ¿No te dejamos esta mañana muerta y enterrada?

—¡Ah, sí! ¡Dispensen! –dijo Manzanita, olorosa todavía a tierra–. Pero es que he venido a ver una cosa, una sola cosa no más, y después me voy otra vez; si no es nada, me vuelvo a ir a enterrarme yo misma. Ustedes no tienen que volver a llevarme, ni acompañarme, ni volver a subir el cerro, ni echarme otra vez la tierra encima. ¡Muchas gracias! Yo misma me la echo… ¡Un momento!

Y Manzanita se hizo aún más pequeña de lo que era en realidad, al ver que ya el frutero abría las cajas. Estaba más fruncida que nunca, de miedo y esperanza a la vez, viendo aparecer los rollos de paja y de papel de seda en que venían envueltas las norteñas… Y empezaron a salir manzanas manchadas, o con puntos hundidos y abollados, o ya próximas a descomponerse… Y el frutero estaba consternado; se ponía las manos en la cabeza y hablaba para sí mismo, jurando y maldiciendo; y Manzanita iba al mismo tiempo recobrando ánimos. Al fin ya no pudo contenerse más, y corrió por toda la frutería llevando la noticia. Tropezó con la Lechosa, se montó en la Patilla, dispersó a los Mamones, empujó al Tomate, se hincó en la Piña, resbaló entre los Mangos, le dio un golpe al Mamey y un apretón a la mano de los Plátanos; diciendo entusiasmada:
Parcha gradanina o badea, sazona en junio.

—¡Están dañadas! ¡En un solo día de gran calor se dañan todas!

Y Manzanita reía; reía y bailaba en un solo pie.

Entretanto, el afligido frutero iba echando en una cesta sus manzanas inservibles, e iba metiendo en la nevera las que todavía estaban sanas, no fueran a perderse también, con el gran calor que hacía. Subida sobre el montón de Cocos, Manzanita se puso a mirar a través del cristal de la nevera; tenía los ojos todavía hinchados y enrojecidos por el llanto.

Miraba a las rosadas y opulentas Manzanas instaladas ahora dentro del frío esplendor de la nevera –entre Uvas y Peras–, como reinas y princesas en el interior de su palacio.

—¡Aquí no pueden estar sino en nevera, y seguro que en su tierra no son nadie! –les dijo, mirándolas de soslayo.

Pero ya Manzanita estaba consolada, y en el fondo de su corazón, ya les estaba perdonando su belleza y su atractivo. Su ira se aplacó inesperadamente… y, en lo secreto y profundo de sí misma, un súbito vuelco se produjo…

—Después de todo –dijo al cabo de un momento, bajándose del montón de Cocos y echando otra mirada a la cesta de las manzanas desechadas–, son frutas como yo, hijas de la tierra y el sol, buscadas por los niños y los pájaros… ¡Perecederas frutas, como yo!
La fruta importada se deteriora facilmente
La naricilla estaba todavía lustrosa; la voz, ronca y quebrada por los sollozos. Pero lanzó un largo y hondo suspiro de pena apaciguada… Y como por encanto desaparecieron las huellas de la amargura y el rencor; y se hizo presente aquella pizca de dulzura y de frutal delicia que la Naturaleza misma también puso en la sensible pulpa de que hizo a Manzanita, el día en que la hizo… Y la alegría, la maravillosa alegría de Manzanita, estalló, de pronto, incontenible y desbordante, al sentirse, nuevamente, entrelazada, y en paz, como entre hermanas, con todas las demás frutas del trópico y del mundo…

Y la maravillosa alegría cundió por todos lados; se comunicó a todas las frutas; sus fantásticos colores refulgían, bajo el rayo del sol que las tocaba; se juntaban o se separaban sus formas, con capricho; confundíanse sus aromas en la tibieza del aire tropical. Materialmente fulguraban las Naranjas, como soles echados en montón; bailaban los Cambures, jubilantes; el Aguacate daba traspiés, su cuello largo y retorcido impedíale moverse acompasadamente; la Patilla sonaba a hueco, y se deslenguaba; Nísperos y Chirimoyas y Frutas de Pan saltaban fuera de las cestas y los sacos; los mismísimos señores Cocos Secos se echaron a rodar por aquí y por allá, con sordo ruido, exhibiendo al sol sus largos y duros pelos; y los Mamones, así como las Guayabas y las pequeñas Ciruelas fragantes y coloradas –¡cuándo no!–, aprovecharon también la confusión para ponerse a corretear por el suelo, como ratones, persiguiéndose y jugando, deslizándose entre las Piñas, escondiéndose entre las Lechosas, las Parchas o las Guanábanas. El frutero se afanaba, recogiendo aquí, atajando allá, sin saber qué pensar ni qué hacer ante aquel desbarajuste inusitado… A través del cristal de la nevera, Manzanita se sonreía con las norteñas. El rechoncho Mamey le dio un beso en la frente. El maduro Tomate le echó el brazo. ¡Y hasta las avispas y abejas que merodeaban por allí en busca de dulzores, bailaron frenéticamente unas con otras!

Julio Garmendia

El durazno es otra de las frutas introducidas por los españoles
El dulce de duraznos en almíbar es un clásico.

viernes, 19 de octubre de 2012

El olvido de los próceres

5 de julio de 1811 (fragmento)
Juan Lovera

Hace unos días, revisando en los anaqueles de una librería, me encontré con una publicación reciente. Se trata de El olvido de los próceres. La filosofía constitucional de la Independencia y sus distorsión producto del militarismo (Editorial Jurídica Venezolana, Caracas, 2012), que corresponde al Cuaderno N° 4 de la Cátedra Fundacional Dr. Charles Brewer Maucó sobre "Historia del Derecho en Venezuela" de la Universidad Católica Andrés Bello. El volumen recopila una serie textos de Giovanni Meza Dorta sobre el tema (El olvido de los próceres; La política y la guerra de Independencia; Francisco de Miranda y la Constitución de 1811; Miranda y Bolívar: republicanismo, liberalismo y dictadura, y Otra lectura de Marx y Bolívar), con Prólogo del Asdrúbal Aguiar y Epílogo de Allan Brewer Carías. En él se expone, de manera clara y bien documentada, el secuestro y suplantación del ideario republicano de los próceres civiles venezolanos por el caudillismo militarista y el olvido de los autores de la Independencia.

Del Prólogo entresacamos:
El libro breve y esencial, de pedagógica lectura y fácil asimilación, cuya página liminar me encomienda escribir-y lo atiendo como un honor- el profesor y noble amigo Giovanni Meza, sociólogo e investigador histórico de nuestra Alma Mater, la Universidad Central de Venezuela, se basta por sí solo. Su título es ya suficiente y más que descriptivo. Nos interpela a los venezolanos de la hora presente: El olvido de los próceres.
No es intención del autor brindarnos otro ensayo más o reunión de ensayos o discursos sobre la historia patria a propósito de una efemérides bicentenaria -pues ya tiene ganado prestigio su libro Miranda y Bolívar: Dos visiones- para así llevarnos de la mano y empujarnos en el desván de la misma historia. Menos pretende invitarnos al patio de los lamentos, por todo aquello que alcanzamos imaginar como proyecto de nación y abandonamos en el camino por dejadez, abulia, o falta de voluntad, o por un sino trágico de esa historia dominada, como se sostiene, por meros arrestos de epicidad.
(...)
El título del libro del profesor Meza, siendo decidor, no obstante reclama de un énfasis o complemento a fin de destacar lo relevante, el olvido de los próceres civiles. Como lo pide y pretende el autor, urge disipar de una vez por todas y en este nuevo trance de la venezolanidad la grave confusión que mucho pesa sobre el carácter no acabado de nuestra identidad nacional. ¡Es que desde antes, no sólo en el momento actual, nuestra historia se escribe a puñetazos y la dibujan a su arbitrio y con arbitrariedad las bayonetas!
De tanto en tanto, el militarismo y su visión heróica de la historia y de la política borra de la memoria lo que somos, para mantenernos dentro de la cárcel de ciudadanía que son los cuarteles y los caudillos, o los partidos cuando los segundos mutan en "jefes civiles".
Salvo en los prolegómenos de nuestra Independencia, bajo la égida moderadora y orientadora de nuestros verdaderos padres fundadores como Cristóbal Mendoza, Francisco Javier Yánez, Juan Germán Roscio, Manuel Palacios Fajardo, Martín Tovar Ponte o Miranda, entre otros tantos, en las pocas circunstancias en las que nos aproximamos como pueblo a la vida democrática, sea en 1830 o en 1936, sea en 1958, no alcanzamos hacer de ésta forma de vida y estado del espíritu. No atinamos, o no tenemos el coraje de renunciar al mesianismo, es decir, conjurar al "gendarme necesario" que observamos en Bolívar, en los dictadores que intentan sucederle, y que describe como fatal e inevitable Laureano Vallenilla Lanz. Del respeto al mismo Bolívar, pasamos al fetichismo bolivariano, considerando una traición cualquier enmienda a la conducta de quienes nos preceden y haciendo de la misma dogma de fe.
La búsqueda existencial de ese hombre superior, quien resuelva nuestras necesidades inmediatas, a quien invocamos a cambio de la hipoteca nuestra dignidad y para no asumir el peso de nuestros propios proyectos de vida, se hace hábito durante casi doscientos años, bajo gobiernos militares -la mayoría- y también durante los civiles, meros accidentes. No por azar en su Discurso sobre la servidumbre, Étienne de la Boétie recuerda que "de lo que aquí se trata es averiguar cómo tantos hombres, tanta ciudades y tantas naciones se sujetan a veces al yugo de un solo tirano, que no tiene más poder que el que le quieren dar; que sólo puede molestarles mientras quieran soportarlo; que sólo sabe dañarles cuando prefieren sufrirlo que contradecirle". (...) 
El olvido de los próceres
Carátula
El libro es de fácil lectura, muy ameno, y nos lleva a la reflexión cívica. Ampliamente recomendable. Me parece una invitación a aproximarse al pensamiento auténticamente republicano y democrático que encarnó el espíritu de 1811 y al rescate de sus autores. Es de lamentar, digo yo, que los venezolanos hayamos dejado de lado el ideario de los padres fundadores (que implica trabajo y ejercicio responsable de la ciudadanía) por la aventura del mesianismo caudillesco (que en teoría nos resolverá todo y que en la práctica ha demostrado no llevarnos a ningún lado). Como dicen en mi pueblo: ¡Quien vive de ilusiones, muere de desengaños!

jueves, 18 de octubre de 2012

Dalila seduce a Sansón

Sansón y Dalila
de Andrea Mantegna
Una de mis óperas favoritas es Samson et Dalila Op. 47, de Camille Saint-Saëns. Es una obra de profunda musicalidad y gran sensualidad.  La primera vez que escuché algo de ella fue por la Radio Nacional de Venezuela, en los años 70. Se trataba de la Danse Bacchanale, cuando los filisteos llevan a Sansón, ya cegado, al templo de Dagón para celebrar. Me cautivó y pasaron muchos años antes de que pudiera ver la ópera completa. Es una ópera de conmueve.

El argumento esta Grand Opéra francesa es simple. Se sitúa en Gaza en tiempos bíblicos y sigue la narración del libro de los Jueces; el pueblo de Israel, oprimido por los filisteos, implora la misericordia divina. Sansón, a pesar de las advertencias, se enamora de Dalila, la bella filistea. En una noche de tormenta la visita en su casa del valle de Sorek. Allí la idólatra seduce al hebreo, a quien traiciona y entrega a los sacerdotes de Dagón. Ciego Sansón, y atado a una noria, implora a Dios en su miseria y le pide fortaleza. Lo conducen al templo, donde se celebra la famosa bacanal. Allí Sansón implora por última vez al Señor, derriba las columnas y cae el templo sepultándolo en vida con todos los filisteos, incluida la pérfida Dalila.

Hoy compartimos dos piezas de esta interesante obra de arte, estrenada en 1877:

Camille Saint-Saëns
1835-1921
Compositor
De la escena de seducción, el aire sensual que canta Dalila para convencer a Sansón de entregarse a ella: Mon cœur s'ouvre à ta voix. La interpretación es de Maria Callas (1923-1977), bajo la dirección de Georges Pretre (grabación de 1961).




Letra:
Mon cœur s'ouvre à ta voix comme s'ouvrent les fleurs
Aux baisers de l'aurore!
Mais, ô mon bien-aimé, pour mieux sécher mes pleurs,
Que ta voix parle encore!
Dis-moi qu'à Dalila tu reviens pour jamais!
Redis à ma tendresse
Les serments d'autrefois, ces serments que j'aimais!
Ah! Réponds à ma tendresse!
Verse-moi, verse-moi l'ivresse!
Ainsi qu'on voit des blés les épis onduler
Sous la brise légère,
Ainsi frémit mon cœur, prêt à se consoler
À ta voix qui m'est chère!
La flèche est moins rapide à porter le trépas,
Que ne l'est ton amante à voler dans tes bras!
Ah! Réponds à ma tendresse!
Verse-moi, verse-moi l'ivresse!
Traducción libre:
¡Mi corazón se abre a tu voz como se abren las flores
a los besares de la aurora!
Mas, oh bien amado, para mejor secar mis llantos,
¡que tu voz hable otra vez!
¡Dime que a tu Dalila regresas por siempre!
¡Repite a mi ternura
los juramentos, esos juramentos de antes que yo amé!
Ah! ¡Responde a mi ternura!
¡Viérteme, viérteme la ebriedad!
Así como se ve a las espigas de trigo ondularse
bajo la brisa ligera,
¡Así tiembla mi corazón, listo a consolarse
a tu voz que me es querida!
¡La flecha es menos rápida a llevar la muerte
que lo es tu amante a volar a tus brazos!
¡Ah, Responde a mi ternura!
¡Viérteme, viérteme la ebriedad!


La segunda pieza es la Danse Bacchanale, que es un balet característico du Grand Opéra français. La música se presta a un buen montaje coreográfico; a veces muy clásico, en otras ocasiones más moderno. Aquí vemos la Bacanal en el montaje del Metropolitan Opera de Nueva York en 1983.


miércoles, 17 de octubre de 2012

El protervo

José Antonio Ramos Sucre
1890-1930
Autor

EL PROTERVO

Nosotros constituíamos una amenaza efectiva.
Los clérigos nos designaban por medio de cincunloquios al elevar sus preces, durante el oficio divino.
Decidimos asaltar la casa de un magistrado venerable, para convencerlo de nuestra actividad y de la ineficacia de sus decretos y pregones.
Esperaba intimidarnos al doblar el número de sus espías y de sus alguaciles y al lisonjearlos con la promesa de una recompensa abundante.
Ejecutamos el proyecto sigilosamente y con determinación y nos llevamos la mujer del juez incorruptible.
El más joven de los compañeros perdió su máscara en medio de la ocurrencia y vino a ser reconocido y preso.
Permaneció mudo al sufrir los martirios inventados por los ministros de la justicia y no lanzó una queja cuando el borceguí le trituró un pie. Murió dando topetadas al muro del calabozo de piso hundido y de techo bajo y de plomo.
Gané la mujer del jurista al distribuirse el botín, el día siguiente, por medio de la suerte. Su lozanía aumentaba el solaz de mi vivienda rústica. Sus cortos años la separaban de un marido reumático y tosigoso.
Un compañero, enemigo de mi fortuna, se permitió tratarla con avilantez. Trabamos una lucha a muerte y lo dejé estirado de un trastazo en la cabeza. Los demás permanecieron en silencio, aconsejados del escarmiento.
La mujer no pudo sobrellevar la compañía de un perdido y murió de vergüenza y de pesadumbre al cabo de dos años, dejándome una niña recién nacida.
Yo la abandoné en poder de unas criadas de mi confianza, gente disoluta y cruel, y volví a mis aventuras cuando la mano del verdugo había diezmado la caterva de mis fieles.
Muchos seguían pendientes de su horca, deshaciéndose a la intemperie, en un arrabal escandaloso.
Al verme solo, he decidido esperar en mi refugio la aparición de nuevos adeptos, salidos de entre los pobres.
Dirijo a la práctica del mal, en medio de mis años, una voluntad ilesa.
Las criadas nefarias han dementado a mi hija por medio de sugestiones y ejemplos funestos. Yo la he encerrado en una estancia segura y sin entrada, salvo un postigo para el paso de escasas viandas una vez al día.
Yo me asomo a verla ocasionalmente y mis sarcasmos restablecen su llanto y alientan su desesperación.

Fuente:
José Antonio Ramos Sucre. Antología. (Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1992)


De la pluma del extraño y prodigioso poeta José Antonio Ramos Sucre; uno de los más interesantes escritores del siglo XX en Venezuela... insomne, postromántico y postmodernista. Su lenguaje vanguardista lo destacan del resto de su generación. Me gusta su expresión, siempre rica, y la construcción directa de sus frases... Ni una palabra más, ni una palabra menos. Uno de mis favoritos, sin duda.