jueves, 25 de octubre de 2012

La muerte de Aníbal

Me gusta leer la historia antigua cuando viene unida a leyendas moralizantes que no fueron reales, pero le dan valor agregado a un cuento que puede ser árido. Cuando se fijaron esas historias se buscaba, además, formar a la juventud (generación de relevo) en la virtudes ciudadanas, el amor a la patria y la honestidad. Sin estas "anécdotas" nos perderíamos una parte importante del mundo clásico. De nada sirven los nombres de los individuos, que siempre se repitieron, y de lugares que ahora no existen, si no se saca alguna enseñanza para la actualidad.

De Armagedón a la caída de Roma
Carátula
Desde hace días, cuando publiqué en este espacio Los higos de Catón, he querido compartir uno de los hechos más interesantes de la historia de Roma; la empatía que entre Publio Cornelio Escipión Africano y Aníbal Barca, el enemigo Número Uno de Roma. Recurriremos a un libro que compré en Namibia hace unos años titulado From Armageddon to the Fall of Rome; How the Myth Makers Changed the World (Hodder & Stoughton, Londres, 2002), obra de Erik Durschmied. Lamentablemente, no lo he visto en castellano. Traduciré algunos párrafos del capítulo In Death, There is No Difference (En la muerte, no hay diferencias) sólo para entretenernos.

Luego de la batalla de Zama, que marca el fin de la segunda guerra púnica con la derrota de Cartago, el pueblo elige a Aníbal como su nuevo gobernante, con la oposición del clan Hanno, que controlaba el Senado. En su administración trató, con la seguridad del que sabe obrar honestamente, combatir la corrupción y la injusticia que azotaban su patria, reorganizó las finanzas públicas y pagó las compensaciones de guerra impuestas por Roma luego de la derrota en Zama. Lo que no contraba era con la perfidia de sus conciudadanos:
Prusias I, Rey de Bitinia
Los suyos traicionaron a Aníbal. ¡Pérfida Cartago! Su Senado colaboró con Roma para entregarlo, pensando que ésto les salvaría el cuello. Para escapar de tal indignidad, Aníbal huyó a bordo de un barco. Los romanos le dieron caza por todo el Medio Oriente hasta Anatolia, donde había obtenido protección del rey Prusias de Bitinia. Esta no vino de gratis; Bitinia estaba en guerra contra su vecina Pérgamo. Estaba en juego el control de los estrechos del Mar Negro al Mediterráneo. Aníbal jugó un papel importante en la victoria naval de Bitinia cuando llenó con serpientes ánforas de barro, las cuales fueron lanzadas a las naves enemigas.
Tiempo después, en 192 a C., durante la guerra de Roma contra Antíoco III, rey de Siria Seléucida, Aníbal y Escipión se encuentran de nuevo en Éfeso. Allí se produce un interesante diálogo que ha llegado hasta nosotros.
Escipión Africano: ¿A quién consideras el más grande genio militar?
Aníbal: Alejandro de Macedonia
¿Y segundo lugar?
Pirro, el Epirota.
Entonces, ¿A quién pondrías en tercer lugar?
Sin pensarlo, Aníbal respondió: ¡Yo mismo! Era ya un muchacho cuando conquisté Iberia. Después de Hércules fui el primero en cruzar los Alpes. Entonces pasé a Italia y ninguno de vosotros tuvo el coraje de enfrentarme mientras yo incendiaba 400 de vuestras ciudades, e incluso amenacé a la misma Roma - y todo esto sin la menor ayuda de Cartago.
Publio Cornelio Escipión Africano
Escipión pensó sobre esto: ¿Pero cuál posición te asignarías si yo no te hubiera derrotado en Zama?
Bueno, en ese caso, me colocaría por encima de Alejandro.
Escipión regresó a Roma donde él y su hermano Lucio fueron acusados de peculado por el Senado, manejado por Catón (el de los higos). Enfermo y caído en desgracia, se retiró a la vida campestre. Todos los vestigios suyos, incluyendo su victoria sobre los cartagineses en Zama, fueron borrados. Envidias, falsedades y mezquindades de los políticos, que recayeron sobre la memoria del perpetrador y no sobre la víctima, de cuya sangre saldrán los hermanos Tiberio y Cayo Graco, sus nietos. Esta noticia llegó rápido a Bitinia. Prusias lo comenta con su huésped:
Escipión ha caído ¿Te alegra esto? Preguntó el rey Prusias a Aníbal sobre el hombre que lo había derrotado en batalla.
¿Por qué habría de alegrarme? Él era el único romano por quien guardaba respeto.
¡Qué extraño eres, Aníbal! Pareciera que se te debe derrotar para ganar tu respeto.
En 183 a C. Roma alcanzó por fin a Aníbal. En un torcido arreglo político, el Cónsul romano Flaminio prometió al rey Prusias asistencia militar romana a Bitinia en su guerra contra Pérgamo. El precio no era otro que la entrega de Aníbal.
Él es mi huésped, y la vida del huésped es sagrada, replicó Prusias.
¿Y  la asistencia que solicitaste?
¡A lo que hemos llegado! Yo, poderoso entre los reyes, tener que pedir un favor de alguien del común.
Flaminio se mostró enojado. Yo no soy del común. Soy un Cónsul de Roma.
El torcido Prusias se retractó rápidamente. Así sea, entonces. Yo impediré que Aníbal cruce las fronteras de mi reino.
Rey, tú otorgas algo que Roma ya adquirió por la fuerza de sus armas. No, el Senado espera de ti que le des una prueba de que tienes en mente algo más que tu beneficio. Ellos exigen a Aníbal.
¿Y qué precio está dispuesta Roma a pagar por ello? Mi pueblo ama a Aníbal. Si lo traiciono, ellos me traicionarán.
El día que se me entregue Aníbal, Roma pagará su deuda.
Aníbal Barca
Bueno, eso es realpolitik: Roma traiciona a Pérgamo, que era su aliada, y Prusias al huésped, que tenía para los romanos un valor especial, en particular desde la caída en desgracia de Escipión y sus aliados políticos. Roma no podía perdonarle los años de guerra en la Península Itálica y las derrotas humillantes. Prusias cumple su parte y una mañana la casa donde vivía el anciano Aníbal es rodeada por soldados listos para entregarlo a Flaminio.
Pero en sus momentos finales había algo de magnífico en este hombre que había desafiado por tantos años a la superpotencia de la antigüedad. El gran Aníbal parecía tanto levantarse de su tumba como descender a ella. El vio los fantasmas esperándole - su padre ahogado en la inundación, sus hermanos yendo a la muerte en batalla. Morir violentamente era el destino de los Barca. Su turno había llegado.
¡Dioses de venganza! Yo os pongo por testigos por la muerte de un huésped invitado y para castigar la muerte de un hombre indefenso. Maldito sea el rey de Bitinia que traicionó al huésped. Y que llueva destrucción sobre Roma.
El joven centurión romano que le había sido enviado, estaba admirado por la presencia del más grande de los enemigos que su país haya enfrentado: Gran Aníbal, no te vayas con una maldición en tus labios. Ve en paz.
Paz, hijo, nunca he conocido. No puedo; mientras yo respire vive en mi un juramento que hice cuando niño. Pero todo esto parece una cosa del pasado. La hierba crece ya en nuestros campos de batalla, Pronto todo será olvidado. nuestros nombres llegarán a ser el polvo que el viento dispersa. No podría estar más errado. En los siglos por venir, el nombre de Aníbal estará vinculado con grandeza, el eterno símbolo de coraje y genio.
Nunca hubo nada más expresivo que su temple, nunca nada más desafiante que el aspecto de su cara el momento de levantar la copa de veneno a sus labios y tomarlo. Su muerte voluntaria fue el último acto de desprecio en la adversidad, el último gesto de veracidad ante él y la historia.
Cuando vinieron a decirle a Escipión Africano, éste miró al cielo: Lloro por el hombre, no por el cartaginés...

Escipión muere en 183 a C, pocos meses después que su rival; 33 años después de la batalla de Cannas y 19 de la de Zama.

Otros textos históricos, menos dramáticos, nos dan las últimas palabras de Aníbal (Indro Montanelli. Historia de Roma):
(Tito) Livio cuenta que, al llevarse el veneno a la boca, dijo irónicamente: Devolvamos la tranquilidad a los romanos que no tienen paciencia para aguardar el fin de un viejo como yo. Tenía seseta y siete años...
Aníbal cruza los Alpes. Segunda Guerra Púnica


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