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martes, 25 de septiembre de 2012

El soldado y la Virgen del Rosario (leyenda)

Nuestra Señora del Rosario, protagonista de la leyenda
Colección Museo Sacro, Caracas
Foto de Brisa del Mar 72
http://www.flickriver.com/photos/fotobrisa/tags/museo/
La imagen de Nuestra Señora del Rosario que vemos tras la vitrina del Museo Sacro de Caracas perteneció al convento y templo de San Jacinto. Ante ella muchas generaciones de caraqueños se acercaron a implorar alguna gracia, o agradecer favores concedidos. Es una pieza de valor histórico y de indudable mérito artístico. La imagen luce un elegante traje de diseñador, está colocada bajo un dosel antiguo con varas de plata labrada y lleva una corona sobredorada.


Carmen Clemente Travieso
Escritora
Esta histórica pieza es también protagonista de una vieja leyenda caraqueña, ya desaparecida de la memoria popular, que encontré en el libro Anécdotas y leyendas de la vieja Caracas (Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, 1971), escrito por Carmen Clemente Travieso. Se titula El soldado de Morillo y la Virgen del Rosario y me llevó a hacerle una visita al museo, anexo a la Catedral. Aprovecharé la ocasión para incluir las fotos que tomé en el edificio.

La leyenda incluye al Pacificador don Pablo Morillo, Conde de Cartagena y Marqués de La Puerta, quien es además objeto de muchas consejas caraqueñas sobre entierros de tesoros y otras minucias. Ahora nuestra leyenda:
Iglesia y Convento de San Jacinto
a mediados del siglo XIX
Cada vez que se celebraba la fiesta de la Virgen del Rosario en la extinta Capilla de San Jacinto, perteneciente al antiguo convento de los dominicos, la imagen era adornada con los más vistosos trajes y sus más costosas joyas. Se prendía a sus hombros un espléndido manto de tisú bordado de oro y tachonado de pequeñas estrellas de plata y una hermosa túnica de raso fino ricamente galoneada; y sobre sus cabellos se colocaba la corona de plata sobredorada en que lucían piedras preciosas de gran precio, entre las manos el largo rosario de cuentas de oro y en las orejas se prendían los pendientes cuajados de diamantes, Así, entre flores y luces aparecía la Virgen ante los ojos del público fervoroso, montada en alto trono de macizas columnas de plata labrada, se destacaba la imagen con todo su esplendor desde la nave central de la iglesia.
Soldado expedicionario español
La leyenda comienza cuando un veterano militar, robusto y de gruesos músculos, se sintió atraído por aquel lujo de joyas que lucía la imagen. El joven formaba parte de uno de los regimientos que componía el cuerpo de tropas que comandaba el futuro Conde de Cartagena.
Y refiere la tradición, -no precisa fecha- que el asombro del Prior del convento llegó al extremo cuando se dio cuenta, al día siguiente de la fiesta celebrada en honor de la Virgen del Rosario, que ésta había sido despojada de sus más ricos y notables ornamentos y joyas: la corona, el anillo, el rosario y los pendientes habían desaparecido como por encanto.
Llamado a declarar el guardián del templo, dijo que él había cerrado y atrancado bien las puertas después de la minuciosa requisa que acostumbraba generalmente hacer; y que durante la noche no había percibido ningún ruido extraño, ni en lo interior ni en la parte exterior del edificio.
Cundió la alarma entre los vecinos y los feligreses; y pocos días después comenzó a regarse el rumor de que a un platero de la ciudad se le había presentado un desconocido proponiéndole la venta de varios objetos de arte muy valiosos por un precio ínfimo. El platero entró en sospechas, por lo que dio parte a la autoridad para que persiguieran al presunto ladrón sacrílego. Y no pasó una semana sin que se propalase la noticia de que el autor del hurto había sido un soldado de los que ses hallaban de guarnición en la capital, y al que se le seguía ya por ello el correspondiente juicio criminal.
El joven militar fue llevado al Consejo de Guerra ordinario que las Reales Ordenanzas españolas establecían para estos casos. Seguido el proceso en todos sus trámites hasta su conclusión, fue condenado como "reo de sacrilegio", a ser ahorcado según lo estatuía la ordenanza del Ejército entonces vigente en España y sus dominios (art. 3 y 4, título 10, trat.8).
La imagen de la Virgen del Rosario en su vitrina.
La foto es mía y se nota la vitrina sucia
No obstante que el mismo reo acusado hizo su original defensa, no fue absuelto. Comenzó por decir que no necesitaba un defensor, sosteniendo que él era completamente inculpable del hecho que se le imputaba y que él francamente había confesado. Y refirió lo siguiente:
"Aquel día yo fui a visitar la Virgen del Rosario por la que siento especial devoción porque me recordaba las glorias de Lepanto. Hallándome de hinojos ante ella, rogándole fervorosamente me protegiera en mi carrera y me remediara en mi penuria, oí una suave, celestial, dulce voz, que me decía: - Buen cristiano, acojo benigna tu petición; levántate, toma estas prendas de que no tengo necesidad y dispón de ellas como quieras: mas no olvides nunca a la madre del Rosario".
"Lleno de santo temor y alborozado de júbilo al mismo tiempo, y sin cuidarme de que alguien me viese, tomé buenamente del cuello de la efigie el magnífico rosario que ostentaba y la despojé también del anillo y los pendientes y de la corona, que en mi concepto, de nada servían al simulacro, y sí habrían de servirme a mí de mucho para salir de la pobreza en que me hallaba".
Los militares que oyeron este relato supusieron que algo insólito había sucedido a aquel veterano, cuyo valor era proverbial entre sus camaradas, por lo que no lo creyeron capaz de recurrir a una mentira para salvar su vida. Y todos se sintieron inclinados a votar por su absolución; pero al mismo tiempo les contuvo el temor de infringir la letra de la ley que prescribía para el caso la pena de la horca. Por ello, y con el debido respeto hablaron con el Capitán General, quien ya había sido informado del caso, logrando que el mismo Morillo oyese de boca misma del reo la relación del suceso que ya algunos oficiales consideraban sobrenatural.
Pablo Morillo
El joven, dueño de una gran serenidad y calma, repitió lo que ya había declarado ante el Consejo y expuso su convicción de su inocencia y de no haber hecho otra cosa que cumplir un mandato superior, aceptando el regalo que la Virgen buenamente quiso hacerle. Él era cristiano que tenía fe en Dios y en sus santos y como militar estaba obligado a la obediencia.
Morillo se dejó impresionar por las declaraciones, lo mismo que los oficiales que lo habían juzgado, quienes comenzaron a pensar que seguramente este hombre estaba refiriendo un "milagro". Influyeron sobre él para que lo absolviera y llegaron a persuadir a Morillo de la conveniencia "que bajo el doble aspecto de la religión y la política habría de no aplicarle al asunto militar la pena en que justamente había incurrido".
(... En este punto, Carmen Clemente repite los lugares comunes de los historiadores venezolanos del siglo XIX contra don Pablo Morillo...)
.... nuestra leyenda dice que el General Morillo desoyendo el dictamen del auditor de guerra, suspendió la ejecución de la sentencia librada contra el sacrílego soldado. Mandó que se revisara el proceso en la forma dispuesta por las Reales Ordenanzas que para entonces regían en los dominios de las Indias.
Al mismo tiempo el terrible caudillo, temiendo que se relajara la disciplina militar, hizo publicar un Bando en el que dispuso que "en lo adelante ningún individuo del ejército, cualquiera que fuese su empleo o graduación, pudiese recibir regalos de Dios, de María o de los Santos sin permiso especial otorgado previamente y con conocimiento de causa, por el Rey de España o por el Capitán General".
Y fue así como el mentiroso soldado salvó su vida.
Patio del Museo Sacro (ala sur). Se aprecia en la base de las
columnas la diferencia de nivel entre el Colegio Episcopal
del Siglo XIX y el pavimento del siglo XVII, con la acequia,
que se ve a la izquierda. Se nota el deterioro; las tejas
cayeron hace tiempo y no han recogido los cascajos.
Historia extraña la relatada. De ser cierta, la decisión de don Pablo Morillo de absolver al culpable obedecería a la consideración del valor del soldado y a mantener la moral de las tropas expedicionarias. Para comprender mejor su actitud frente a la disciplina militar y el soldado español, en vez de recurrir a Felipe Larrazábal, historiador de la mitología criolla, mejor buscamos a Salvador de Madariaga, quien en su biografía de Simón Bolívar, se refiere a Pablo Morillo:
...Escribía (Morillo) a su colega inglés Winpfen (19.XII.13): "Vuelvo a a reiterar a V.S. que esta tropa (se refería a las tropas españolas en Francia) ha observado una disciplina más rigurosa que en su propio país; y habiendo sido hasta esta época el modelo de subordinación por su buen comportamiento en todas ocasiones, no creo que se pueda ya exigir más de estos oficiales y soldados, cuando todo lo compran, hasta la luz y sal en sus propios alojamientos, llegando ya al extremo de que los paisanos franceses se encuentran con un orgullo superior al del soldado español, que además de haber vencido, no puede distraer de su memoria el triste estado en que dejan a su desgraciada patria, destruida y arruinada por las tropas del Tirano".
Este episodio revela la actitud de Morillo en cuanto a la disciplina y conducta militar. Soldado salido del pueblo, comprendía los sentimientos y las flaquezas de la naturaleza humana que brotaban de los amargos recuerdos que la soldadesca francesa había dejado en España o del hambre crónica que padecían los ejércitos anglo-españoles en Francia; pero "sufría lo indecible" ante la mera idea de que sus soldados se condujeran mal...
Ala norte del Museo. La estructura que sobresale (se ve sobre
el techo), corresponde a la cúpula de la Capilla del Pópolo,
contruída por el Obispo Diego de Baños y Sotomayor.
Por otro lado, sólo habría que averiguar el itinerario del Pacificador para al menos tratar de ubicar la supuesta fecha del evento y otros que se le atribuyen:

El 7 de abril de 1815 llegó a Margarita. De allí pasó a Caracas de donde partió en julio hacia Puerto Cabello, donde recluta personal, para seguir luego a poner sitio a Cartagena a la que toma el 6 de diciembre del mismo año. Permanece en Nueva Granada durante 1816 y regresa a Venezuela a principios de 1817, cuando se dirige desde Guasdualito a Margarita y envía a Miguel de la Torre a Guayana. Lo vemos de nuevo en 1818 en los llanos; es derrotado en Calabozo y vence a Bolívar en Semén, donde recibe una herida grave. Siguió en campaña por los llanos hasta junio de 1820, cuando se hace la jura de la Constitución de Cádiz, y envía comisionados a Angostura para iniciar las negociaciones para la suspensión de hostilidades. El Armisticio se firma en noviembre de 1820 y un mes después abandona Venezuela por siempre.

Desde 1815 a 1817 la Capitanía General estuvo bajo el mando de Salvador de Moxó, quien es destituído por Morillo por inepto, "cruel, injusto y corrupto" y le enrostra  el hecho de haber construido en Caracas una casa a prueba de terremotos para su compañero y socio Jaime Bolet; lo acusa también de vender perdones y lo califica de cobarde. Lo despacha para Puerto Rico en agosto de 1817. Ese Jaime Bolet, catalán con quien Moxó tenía su jujú, era pariente de Nicanor y Ramón Bolet Peraza. Me pregunto si la casa antisísmica es la misma donde nació Nicanor. Calculen ahora la posible fecha de la manifestación generosa de la Virgen hacia el soldado ladrón.

Lápida de mármol conmemorativa del
primer centenario de la independencia. Recuerda
el vínculo de la familia Bolívar con la
Catedral y su devoción por la
Santísima Trinidad
Me gustan las leyendas que incluyen a Morillo (la mayoría falsas), y que excluyen a don Salvador de Moxó, quien si era muy ladrón y sinvergüenza, pero los venezolanos parecen perdonale todo. Estoy en deuda con el amigo Sergio Guzmán para referirle una recopilación de ellas.

Una nota sobre el Museo Sacro:

Como en muchos museos, no se permite la toma de fotografías, sino en las áreas abiertas y en el espacio que existe entre las paredes exteriores de la Catedral y el Museo. Como no vi un vigilante ni un guía, tomé la foto sin el flash. El Museo podría tener un ingreso adicional publicando y vendiendo fotos de de las piezas más interesantes y hasta publicar un catálogo para la venta al público.

Me llamó la atención cierto descuido en el aseo del lugar, que se nota principalmente en las vitrinas. Los vidrios están sucios y polvorientos. Así mismo noté, como se ve en una de las fotos, que ha habido un desprendimiento de tejas y no han sido repuestas y se han dejado los cascotes en el suelo. Eso da mala impresión.

Sin embargo, aún vale la pena visitar el lugar, admirar la muestra que es muy buena y conocer la cárcel canónica y el osario del cementerio.

Uno de los respiraderos de la cripta de la
Capilla de la Santísima Trinidad. Me asomé
y vi latas de refresco y basura.
Pasillo entre los muros de la Catedral y el Museo.
Al fondo, el busto de Francisco Ibarra, primer
Arzobispo de Caracas.
Otro aspecto del patio del Museo

lunes, 17 de septiembre de 2012

La luz del Tirano Aguirre

El Tirano Lope de Aguirre
Los caraqueños de antaño, muy dados a creer cosas inverosímiles, tenían una leyenda que involucraba al alma en pena de Lope de Aguirre, conocido en Venezuela como El Tirano y también, según quien escriba, como Traidor, Peregrino o Príncipe de Libertad. Don Lope nunca estuvo en Caracas pues murió en Barquisimeto seis años antes de que Diego de Lozada llegara a las riberas del Guaire.  Dejemos que Carmen Clemente Travieso nos cuente esta vieja leyenda, que tomo de Anécdotas y leyendas de la vieja Caracas (Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, 1971), pero antes debo advertir que la historia está "agarrada por los pelos" y llena de inexactitudes, pero la copio textual para conservar el sabor que quiso darle doña Carmen, al fin y al cabo es sólo una leyenda, y una excusa para poner algunas fotos que tomé en el Paseo El Calvario:
En todo el país fueron conocidos y comentados los crímenes del Tirano Aguirre, el audaz aventurero nacido en la Villa de Oñate, en Vizcaya. Durante muchos años "el tirano" vivió en el Perú domando potros y tomando parte en los levantamientos que allí se sucedían. El historiador (Rafael María) Baralt dice que "por sus alborotos continuos le habían desterrado continuamente de todas las ciudades del Perú, y en el Cuzco estuvo a punto de ser ahorcado".
Arco de la Federación recién restaurado.
Presenta figuras mutiladas por años de vandalismo
(...) A su llegada a Borburata quemó sus tres embarcaciones, junto con las demás que se hallaban allí ancladas. En Valencia y Barquismeto cometió toda clase de crímenes. Sus secuaces lo abandonaron con excepción de Juan Llamoso, quien le permaneció fiel. Entonces viéndose ya casi perdido, resuelve matar a su propia hija para que mañana no fuera llamada "la hija de un traidor" Esta hija había sido amada al extremo por él, y la había llevado desde el Perú con solícito cuidado, según rezan las crónicas. Sus propios compañeros, impresionados por este parricidio, pidieron a Paredes que les permitiera arcabucearle, lo que fue ejecutado al instante. Uno de ellos le cercenó la cabeza.
Espera un momento, Carmen... ¿parricidio? ¿la adolescente mató al padre? Será filicidio. Sus compañeros no estaban impresionados por la muerte de la niña, sino que buscaban los perdones reales y así mostraban su celo. Al matar a su hija, lo que quería don Lope era que, a su muerte, no se convirtiera en "colchón de soldadesca", que ese era el destino que él esperaba, y así lo comprendieron tanto Diego García de Paredes (el tal "Paredes"), como los marañones, ahora "fieles" a su Católica Majestad.
Fue así -nos dice doña Carmen-, como Lope de Aguirre murió el 27 de octubre de 1561, dejando trágicos recuerdos entre sus gentes. Sus crímenes fueron inspiración para muchos proverbios populares.
Gazebo victoriano estilo gingerbread, está ubicado en la parte
más alta del parque, muy cerca de la antigua caja de agua. 
Los ánimos de los habitantes de Caracas se habían quedado fuertemente impresionados por estos horrendos hechos; y fue así que nació la Leyenda de que en la colina de El Calvario aparecía "el alma en pena del tirano Aguirre", en una lucecilla vaporosa y tenue que se miraba brillar en las noches oscuras: la luz subía y bajaba, aumentaba de brillo para luego desaparecer en algún punto y aparecer en otro más lejos. Sí, era el alma del tirano Aguirre que venía a la tierra a implorar misericordia de los vivos. Y también para asustar a los malvados. Y a los que no lo eran, pues la ciudad entera, hasta los niños salían a la calle cuando oían la voz de algún vecino que decía:
- ¡Mírenla! Allá va la lucecita del alma en pena del tirano Aguirre...
Los viejos señalaban a los niños con voz trémula de miedo la fatídica lucecilla; las mujeres rezaban una oración, y los muchachos espantados con los relatos del tirano Aguirre, corrían a esconderse bajo los fustanes de la madre.
Refiere la crónica que "las almas piadosas tuvieron ocasión de aplicar sus oraciones por aquella ánima que sufría en el purgatorio".
La explicación de estas "visiones", o sea la luz del tirano Aguirre, la explica así el cronista:

Vista del valle de Caracas desde El Calvario
Hacía muchos años, existía en Caracas un famoso ladrón que era el azote de las familias y de las autoridades que nunca podían dar con él. Había sido perseguido a muerte por la policía, pero siempre escapaba de sus garras. Viéndose en apuros, pues se veía cercado, resolvió un día dispersar su cuadrilla de forajidos y esconderse. Muchos de ellos habían caído ya en manos de la policía y la verdad es que no quería correr la misma suerte. Así que aquel día los reunió por última vez y les dijo: "traten de esconderse ustedes que yo haré lo mismo". Y diciendo y haciendo buscó refugio bien lejos del sitio de sus fechorías.
... en la colina de El Calvario, en los espesos matorrales que existían en la meseta superior. No obstante, ni aquí se sintió seguro, por lo que ideó cavar una cueva que le serviría al mismo tiempo de habitación contra las lluvias, de sitio donde esconder su tesoro. Y armado de pico y pala abrió una cueva en el sitio más elevado del centro. En aquel escondrijo se puso a cubierto de las persecuciones de que era objeto por parte de la policía.
Estatua pedestre de Simón Bolívar ubicada en el punto más
alto del parque, donde estuvo la gigantesca
estatua de El Manganzón
Pero el ladrón -cuyo nombre no cita el cronista-, no tenía confianza en nadie y así resolvió encerrarse en su escondrijo con el cuantioso tesoro que había logrado reunir, producto de sus robos. Una especie de cueva de Alí Babá y los cuarenta ladrones, pero en pequeño.
La excavación era profunda y la realizó de manera que no se podía distinguir por la parte de afuera. Pero el ladrón no estaba solo, sino que lo atendía, llevándole el alimento y la ropa, una mujer que compartía su suerte con él.
Nuestro ladrón se sepultó en su cueva que le servía de segura habitación y su compañera le llevaba diariamente las provisiones que necesitaba para su alimentación. Así, apenas oscurecía, la pobre mujer se encaminaba hasta el escondite, dando muchas vueltas y rodeos para no llamar la atención de los vecinos ni de la patrulla que por allí rondaba. Llevaba en una mano un farol cuya llama oscilaba a los impulsos de la brisa...
Y ésta era la lucecita que miraban brillar y desaparecer los asustadizos y que, de acuerdo con su miedo - inspirado en las aventuras del tirano Aguirre-, le atribuyeron a su alma en pena.
Pero una noche, la mujer no pudo dirigirse temprano al lugar donde el ladrón se hallaba, debido a sus ocupaciones. Y eso bastó para que la patrulla que rondaba, vieran la lucecita que ésta portaba, la siguieron y dieron con el escondite del famoso ladrón. Antes tuvieron que dar muchas vueltas y revueltas por los matorrales, porque la luz parecía apagarse de repente. Hasta que la siguieron, ya seguros de dar con el escondrijo, Allí en su cueva, dieron con él y le hicieron prisionero. Su vida terminó en el patíbulo, "de acuerdo a las leyes de aquellos tiempos".
Caja de Agua del antiguo acueducto de Caracas,
colina El Calvario
Y fue éste el fin de "la luz del tirano Aguirre". Como vemos todo fue producto de la imaginación de los caraqueños. Pero he aquí lo increíble: este descubrimiento y el hecho de haberse apagado la lucecita nocturna de la colina, no bastó para que muchos empecinados siguieran creyendo ver en cada luz que atravesaba la colina , "el alma en pena del tirano Aguirre". Y no fue sino cuando desapareció totalmente la colina y los matorrales, en la transformación del Paseo Independencia, cuando los caraqueños dejaron de creer en la "luz del tirano Aguirre".
Me parece exagerada la expresión de Carmen Clemente cuando dice que "desapareció totalmente la colina y los matorrales". La colina no desapareció, sino que fue convertida en un bello paseo de gusto europeo, con caminerías, jardines y esculturas, que se designó primero con el nombre del ilustre ególatra Antonio Guzmán Blanco, luego Paseo Independencia, y desde hace pocos años, en un arranque de montonerismo decimonónico, Parque Ezequiel Zamora. Junto con el cambio de nombre, se realizaron trabajos de recuperación y rescate; no se puede hablar de "restauración" porque la idea, loable por cierto, era abrir un espacio para la recreación ciudadana. Ojalá se mantenga en el tiempo y se preserve lo que se ha podido rescatar.

Aspecto de la primera zona desarrollada del Paseo Independencia
Allí se encuentra ahora un cafetín con música en vivo; unos vecinos
cantan mejor que otros. Al fondo, la Capilla de Lourdes, recién rescatada.
Si la leyenda de la luz del tirano Aguirre se hubiera desarrollado entre la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, podríamos atribuirla a los fogonazos de los fumadores de piedra (crack) o marihuana... o tal vez a los ajustes de cuentas entre bandas rivales. El ladrón excavador de la leyenda era un niño de pecho comparado con los hampones del presente. Yo le daría un premio por su ingenio, sobre todo porque cavar ese cerro para hacerse una cueva de Alí Babá es muy difícil, en especial si sólo se tiene un pico una pala. La colina es de piedra, como lo pude observar en las bases de la Capilla de Lourdes.

Capilla de Lourdes, asentada sobre roca firme

Recuerdo que mi primera visita a El Calvario fue una noche de 1972 con mis amigos Carlos Coll y Manuel Paolillo y llegamos en carro hasta la estatua de Colón, que se elevaba al final de las escalinatas, donde hoy está un Ezequiel Zamora hierático y sin gracia. Para entonces, como ahora, había seguridad en la zona. Luego vino un período de abandono y el lugar se convirtió en guarida de maleantes y mal vivientes. Hubo una operación rescate en los años 90 y lo volví a visitar con unos compañeros del Ministerio de Relaciones Exteriores; subimos por las escalinatas bajo la canícula del mediodía y llegamos hasta el Jardín Parnasiano y luego regresamos por la misma vía hasta Carmelitas.

Jardín Parnasiano
El Paseo está limpio, bastante bien tenido y, lo más importante, hay seguridad. Creo que es una buena opción de un paseo por el centro de Caracas. Le ha sido entregado a los Consejos Comunales de los vecindarios colindantes, quienes cuidan de él , lo mantienen y lo disfrutan.

Busto de Agustín Codazzi
Lamentablemente, será muy difícil que el Parque recobre su antiguo esplendor . Es grande el daño causado por el vandalismo, la desidia y el abandono. Da lástima ver las estatua mutiladas, o los elementos decorativos maltratados y sólo queda viajar la imaginación a ese momento en que las élites políticas venezolanas maquillaban a la capital para que se pareciera a Europa, pero a una Europa de pastillaje.

La luz del mediodía no es la mejor para fotografiar este elemento decorativo


Busto de Miguel de Cervantes y Saavedra


Al pie de esta estatuilla de hierro colado se lee en francés:
Flor de los Alpes


Banca de azulejos (o lo que queda de ellos)


Caminería, cerca de la Capilla de Lourdes

Fuente en una redoma cerca del parque infantil.
Vista hacia la Basílica de Santa Teresa y el
Teatro Municipal, ambas obras de Guzmán Blanco

Vista hacia el sur

miércoles, 12 de septiembre de 2012

El día que la estatua de Páez habló

Tarjeta postal de principios del siglo XX
Aparece la Plaza Paéz en El Paraíso,  ... au milieu d'un inmense jardin public.
Tomada de Viejas Fotos Actuales

Hay una leyenda caraqueña, poco conocida, que involucra a la estatua del General José Antonio Páez en El Paraíso. La escultura es obra de Eloy Palacios, el mejor escultor venezolano del siglo XIX, quien también es autor del Monumento a la Batalla de Carabobo, mejor conocido como La India de El Paraíso, ambas realizadas por comisión del Gobierno Nacional presidido entonces por el General Cipriano Castro. La Plaza Páez, como se la conoce, fue inaugurada  el 23 de mayo de 1905, acompañado de su gabinete ministerial, el autor de la obra, curiosos y el grupo de gente arrocera que gusta agolparse en todas las inauguraciones. El discurso de orden estuvo a cargo del insigne escritor don Eduardo Blanco, quien en su juventud fuera secretario de Páez. Encontré esta leyenda en el libro Santiago de León de Caracas en sus leyendas históricas, de Luis Beltrán Reyes.

Ramón Tello Mendoza y Eduardo Blanco
Antes de entrar en la leyenda, es útil ubicarse en el contexto histórico. Estamos en los primeros años de la hegemonía andina. Desde que Cipiarno Castro tomó el poder, ha debido enfrentarse a revoluciones como la Libertadora y al bloque de las costas de Venezuela por las potencias europeas. Sólo dos años antes el Vicepresidente, Juan Vicente Gómez, había ganado la batalla de ciudad Bolívar y pacificado definitivamente el país. El recuerdo de "la planta insolente del extranjero" había hecho renacer el fervor patriota y el entusiasmo por los hechos heroicos del pasado. Es también la época de "los doctores de Valencia", que encabezados por don Ramón Tello Mendoza, rodeaban al caudillo acaparando cuotas de poder y relegando a los sectores andinos. Cipriano Castro se creía casi la reencarnación de Simón Bolívar.

Naturalmente, entre los ardorosos y apasionados cantores de la nacionalidad se encontraban personajes que, como siempre ha sucedido, buscaban medrar del poder, enriquecerse en él y obtener prebendas. Eso es ya tradicional; se llama "cuadrarse" con el que está al mando, o "jugar a ganador".

En este contexto es cuando se inaugura la obra y se rumoró en Caracas los detalles. Según la especie, "algunos de los personajes asistentes a la inauguración de la estatua" jamás habían escucha a una estatua hablar como si tuviera movimiento y vida. Veamos qué nos dice Luis Beltrán Reyes:
Cipriano Castro, El Cabito, El Siempre Invicto,
...Cierto o no lo que se aseguraba al respecto, se sabe con seguridad, y propalado por otra leyenda en esos mismos días, que Páez se le había presentado al Presidente Castro con un mensaje aterrador, traído desde su tumba, (...) que nada halagüeño tenía. Ahora era la estatua del inmortal llanero, que una vez que don Eduardo Blanco terminó su discurso en tan solemne inauguración, tan artística y bella estatua empezó a hablar agradeciendo en nombre del mismo representado cuánto de él se había expresado el orador.
Dice nuestra fuente que sólo uno de los ministros asistentes al evento contó algo de lo sucedido. Se trata del General Alejandro Ibarra, quien dijo haber escuchado a la estatua del Centauro de los Llanos hablar como cualquier humano. Nos dice Luis Beltrán Reyes:
¿Cuánto le dijo, y por qué a él sólo? No lo sabemos exactamente pero sí sus últimas palabras que copiamos fielmente y en las que le dijo: "General, parte de esta gloria que será extensiva en los venideros tiempos, será manchada y traicionada por hombres venales y sin dignidad, que no vacilarán en pasarse a enemigos de la libertad y la justicia...."
Sin duda, Cipriano Castro fue un personaje que por su pintoresquismo y sus actitudes histriónicas se presta a las leyendas y comentarios, muchos de ellos falsos o exagerados. Pudo haber hecho un buen gobierno, porque  las tenía todas consigo, pero, en su vanidad, se creyó los halagos de los áulicos que fueron su perdición.

La otra obra comisionada por Cipriano Castro a Eloy Palacios, el Monumento a la Batalla de Carabobo, conocido también como la India de El Paraíso, fue inaugurada por Juan Vicente Gómez en 1911. En esa oportunidad la India prefirió callar. Es una bella obra que representa a Venezuela libre (la india), que surge de un chaguaramo con una palma de olivo y una antorcha. Eloy Palacios es también autor del Monumento a Ribas en La Victoria y de la escultura del Dr. José María Vargas, en el Hospital que lleva su nombre en Caracas.

Monumento a la Batalla de Carabobo,
obra de Eloy Palacios.
Tomada de Viejas Fotos Actuales

martes, 14 de agosto de 2012

El carretón de la Trinidad


Ruinas de la Iglesia de la Santísima Trinidad, viaducto y puente de la Trinidad
Ferdinand Bellerman

Cuando Ferdinand Bellerman visitó Caracas en la década de los 40 del siglo XIX, Venezuela aún no se había recuperado de los estragos de la Guerra de Independencia y Caracas aún mostraba las ruinas causadas por el terremoto del 26 de marzo de 1812.  Nada mejor para un pintor del romanticismo que encontrar ruinas en un  ambiente bucólico, y la capital venezolana abundaba de ellas.


En el cuadro que muestro, vemos el valle de Caracas se extiende hasta la Fila de Mariches (al fondo), bajo un cielo tropical, que por la inclinación de los rayos del sol y la nubosidad parece ser el mes de octubre, y en primer plano, el objeto de esta historia: el barrio de la Trinidad, con las ruinas de la Iglesia de la Santísima Trinidad -hoy Panteón Nacional-, y el viaducto y puente del mismo nombre que salva las barrancas de la quebrada de Catuche (entonces de suaves y cristalinas aguas) y une al vecindario con el centro de la ciudad, al sur. Se ve también, muy cerca del puente un samán que aún existe, hijo del famoso Samán de Güere, al cual Andrés Bello dedicó algunos versos.

Pero el tema de esta entrada no es el cuadro de Bellerman sino lo que sucedía en ese interesante barrio luego del toque de ánimas... Que sea Carmen Clemente Travieso quien nos cuente esta vieja historia caraqueña, que llenó de terror a varias generaciones de familias del norte de la ciudad.
El barrio de la Trinidad estaba rodeado de quebradas y hacia el norte el cerro. Entonces los caraqueños de aquellos tiempos consideraban que los terrenos deshabitados estaban muy lejos del centro de la ciudad, y como no existía alumbrado público, en las calles,era un sitio tenebroso cuando las sombras de la noche envolvían la ciudad. Sombrío y lleno de leyendas, de fantasmas, de ociosos que se refugiaban durante el día en las quebradas o en el cerro cercano y por las noches salían a cometer sus fechorías disfrazados de fantasmas o de "hermanos penitentes" sembrando el pánico en la ciudadanía.
El carretón sorprendió a este valiente beodo, pero el de la Trinidad
no tenía bestias que lo arrastraran y el chofer era Mandinga en persona.
 Así surgió  esta leyenda del "Carretón de la Trinidad". Dicen los que la vieron que era una visión pavorosa, y los cronistas la refieren así:
"En las noches oscuras, y en horas ya avanzadas, se divisaba en la ciudad, a favor de la tenue luz de las estrellas, las correrías del carromato que generalmente se extendían desde la plaza del Panteón (antigua Iglesia de la Trinidad), hasta dos o tres cuadras al sur del puente que lleva el mismo nombre; o bien desde Las Dos Pilitas hasta la Plaza de de La Pastora, en la parte norte de la población".

Guá! ¿Cuándo vamo a firmá ese pacto, mi vale?
Ya me monto en el carro pa' buscate.
"En el silencio de la media noche, cuando la naturaleza parecía reposar, y hasta el ave que sirve de centinela en el hogar parece dar la voz de alerta; y duerme, a esa hora, que según las gentes cándidas y las leyendas más antiguas, es la escogida por Satán para venir a este mundo a celebrar pactos con los que han sabido evocarlo; a esa hora se despertaban sobresaltados los habitantes de aquel barrio a causa de un ruido atronador, semejante al que produjeran muchos carros arrastrados por bestias cuyos cascos desempedrasen las calles".

"Algún curioso que se atrevía a averiguar lo que producía tal ruido, contaba a la mañana siguiente a los vecinos, con los pelos "erizados", que el carretón era una especie de arcón que en vertiginosa carrera atravesaba la calle por entre chispas de fuego que las ruedas despedían al tocar el pavimento, sin que en la parte delantera, ni en los costados, se viese bestia alguna que lo condujese, sino un bulto rojo que también lanzaba fuego por los ojos y boca y que al compás de un canto diabólico iba dando saltos como un demonio que era, ya que en la cabeza ostentaba enormes cuernos y en la parte posterior, a guisa de rabo, llevaba un enorme apéndice, justamente como nos representan al arcángel caído, esas antiguas estampas que tanto asustan a los niños."
Para beneficio de quienes no estén familiarizados con el Centro-Norte de Caracas, coloco el plano de la zona, incluyendo, claro está, a La Pastora, que forma también parte de la historia que nos cuenta doña Carmen. Para llegar al Panteón Nacional, cruzar el Puente de la Trinidad y ver lo que queda del viejo barrio del mismo nombre, no situamos en la esquina de La Torre y seguimos en dirección norte:  
Torre a Veroes; Veroes a Jesuitas (muy interesante esta cuadra allí están restaurando la antigua casa donde funcionó el Restaurant de los Hermanos Álvarez por más de 40 años; la antigua sede del Colegio Santa María -Casa Nuestra América "José Martí-, y la Casa Estudio de la Historia de Venezuela "Lorenzo Mendoza Quintero" esta última tiene librería, museo y un restaurant); Jesuitas a Tienda Honda (si vemos a nuestra izquierda está una plaza dedicada al Mariscal Juan Crisóstomo Falcón, erigida en terrenos que fueron del convento de los mercedarios, destruido por el terremoto de 1812 y si vemos hacia la derecha tendremos a media cuadra el colegio San Juan Bautista de la Salle; seguimos por la cuadra Tienda Honda a Puente Trinidad (al fondo veremos el Panteón Nacional con una explanada que ocupa el lugar de la Plaza del Panteón) Hay un viaducto que pasa por encima, la zona se ve fea, aceleramos el paso y al llegar a la esquina de Puente Trinidad cruzamos una amplia pasarela peatonal construida sobre el antiguo puente del siglo XVIII.
El trayecto desde la Torre hasta el Panteón en
vieja foto. El Panteón aún conservaba
la fachada neogótica de 1868
Este es el corazón del antiguo barrio de la Trinidad. El carretón bajaba de noche desde lo que hoy es el Panteón hasta la cuadra de Jesuitas a Tienda Honda, aterrorizando a los pobres vecinos. Me pregunto cuál sería la ruta que tomaba este carro endemoniado para llegar hasta la Plaza de La Pastora. Se me ocurre que una buena vía sería subir desde el Panteón hasta la esquina de Misterio (un nombre muy apropiado) y de allí bajar por el callejón Macuro, buscando el Cuartel San Carlos y luego subir hacia Dos Pilitas y luego Portillo, Torrero, para luego bajar a Pastora... Quién sabe si de vez en cuando nuestro diablo se inspiraba y hacía una ruta más amplia.

Hace unos días pasé cerca de allí. Estaba buscando granjerías criollas: pan de horno, almidoncitos, coquitos, conservitas de coco, suspiros... Era muy temprano y no contaba con que los dulceros del centro comienzan su faena hacia mediodía y se retiran cuando cierran las oficinas de la zona. Hay dos a quienes generalmente compro: un señor que se ubica de Madrices a Marrón y una señora por la esquina de Veroes. Como ninguno de los dos estaban; decidí tomar un paseo y subí hasta Tienda Honda y de allí bajé hasta Santa Bárbara y de allí subí a Fe; para este trayecto se cruza Puente Páez, que no es tan antiguo. Al cruzar el puente tendremos en todo el frente el edificio de la Biblioteca Nacional, a la derecha la Capilla de la Trinidad, recientemente pintada y refaccionada por los vecinos, y a la izquierda una plaza un poco abandonada que lleva el nombre del insigne poeta Vicente Gerbasi. En la plaza habían unos sujetos que me recodaban a los "ociosos que se refugiaban durante el día en las quebradas o en el cerro cercano" a los que se refería Carmen Clemente... mal aspecto tenían estos señores que parecían haber pasado la noche fumando y ahora se reposaban.

Puente Páez que salva el barranco sobre la quebrada de Catuche.
Tomada de Santa Bárbara a Canónigos, acera Norte

El siguiente paso era buscar el famoso Cerrito del Diablo, que era el verdadero objeto del paseo. Regresé sobre mis pasos a la esquina de Santa Bárbara y de allí, en dirección este hacia Canónigos, o Cerrito del Diablo. Después decidí bajar siguiendo el trayecto de la aventura de la madre que maldijo a su hija malcriada y vana (Abanico a Socorro). Mejor no podía ser el paseo, a pesar de no conseguir los dulces que buscaba... Otra vez será.



martes, 7 de agosto de 2012

El enano de la Catedral

Revisando entre mis libros de costumbres y crónicas de Caracas, me tropecé con esta interesante leyenda que formó parte del imaginario caraqueño, que se mantuvo vigente hasta principios del siglo XX. Varios cronistas la mencionan y es siempre más o menos la misma historia. Tomaremos la que nos da Carmen Clemente Travieso en su libro Anécdotas y leyendas de Caracas (Concejo Municipal del Distrito Federal, Caracas, 1971). Que sea doña Carmen quien nos cuente, con su prosa de caraqueña amable. No busquemos exactitudes, ni precisiones, que lo importante es el cuento del espanto:
¡Uy, qué miedo!
Foto tomada de El Universal
Es posible que muchos de los caraqueños de hoy desconozcan la leyenda del "Enano de la Torre de la Catedral", porque, aunque parezca mentira, nuestra Torre de la Catedral tiene su "enano fantasma", lo mismo que la de Notre Dame de París tiene su historia del Jorobado que casi todos conocemos.
...Las crónicas dicen que sólo los transnochadores, los aventureros, los que se arriesgaban en las tétricas noches, embozados y valientes en busca de una hora de placer, eran los que podían ver y aún hablar con el "enano de la torre de la catedral".
(...)
La leyenda del enano fantasma corría de boca en boca. Y era corriente en cualquier salón caraqueño mirar y oír algún personaje importante, quien después de aclararse la voz y ponerse de pie, comenzaba a relatar la leyenda del día, ante el asombro y terror de las jóvenes y damas encopetadas de la sociedad.
Buenosmozos o patiquines, espíritus
de la movida nocturna...

El mes de enero ha sido siempre un mes neblinoso en la ciudad de Caracas. las noches son friolentas y luminosas. Fue precisamente en una de esas noches neblinosas cuando comienza nuestra historia.
Un joven muy buen mozo, muy enamorado, muy simpático, muy parrandero y amigo de nocturnas aventuras, se dirigía una noche a su casa situada en la apartada barriada de Candelaria, después de pasar una noche de diversiones y aventuras. Al pasar bajo la torre de la catedral, vio, en el ángulo de la esquina Noroeste, un hombre pequeño, que desde lejos se le hubiere tomado por un niño.
En hombrecito estaba fumando un puro y nuestro aventurero se le acercó para pedirle:
- ¿Puede usted darme una candela para este cigarrillo?, por favor...
Después de darle las gracias por el favor prestado, se disponía a retirarse cuando se le ocurrió preguntarle:
El enano catedralicio
- Puede usted decirme qué hora es?
El enano fantasma contestó con voz cavernosa:
- Pronto darán las doce en el reloj de san Pedro en Roma.
Al oír aquella voz de bajo profundo y aquella contestación, el joven se asustó, y su miedo se transformó en terror cuando vio al enano crecer de tal manera que llegó a alcanzar con la mano la gran muestra situada bajo la estatua de la Fe, que está en lo alto de la torre de la iglesia.
Señalándole con un dedo gigantesco el minutero del reloj, le dijo:
- ...y sólo cinco minutos faltan para que en este reloj suenen las cinco de la mañana...
Torre a Gradillas. El enano endiablado esperaba
al patiquín donde estaba La Iberia.
Imagen tomada de Viejas Fotos Actuales
El joven cayó desvanecido de terror en medio de la calle. Allí fue hallado al día siguiente por un transeúnte que se dirigía temprano a su trabajo.
Trasladado a su casa, el joven aventurero estuvo a los bordes de la muerte. Los médicos le hicieron volver de su desvanecimiento, pero su estado general era tan lastimoso que apenas abría los ojos comenzaba a temblar y los volvía a cerrar horrorizado ante la visión que había tenido aquella noche. Una especie de terror se había apoderado de él.
Muchos meses permaneció postrado en cama recibiendo cuidados de sus familiares y amigos, hasta que al fin pudo recobrarse de la sacudida de terror que le invadía. Y refieren  las crónicas que después de restablecido, se le erizaban los cabellos, palidecía y temblaba como un poseído cuando alguno le exigía el relato de aquella tremenda aventura.
Me pregunto en qué tugurio de El Silencio se habrá metido este patiquín y qué habrá consumido para tener tal visión. Tal vez fue que el chino lavandero lo invitó a echarse un pipazo de opio y luego siguió con absinthe, miche y cocuy. ¡Qué susto pasó! Pero los cronistas no nos cuentan si trabajaba o estudiaba... Tal vez su padre, un pulpero canario de Candelaria, le daba para sus gastos menudos ¿Quién sabe?

Antonio Guzmán Blanco
1829-1899
Existe otro personaje, importante y con nombre y apellido a quien el enano se le apareció una noche. Era masón, liberal, ilustrado y positivista, pero también le salió el enano y le pegó tamaño susto. Me refiero al Ilustre Americano Antonio Guzmán Blanco. Lamentablemente, no encuentro la referencia en mis libros... Se las debo.

La historia es la siguiente: En su afán "civilizador", pensó que le había llegado el turno de hacerle obras de pastillaje europeizante a la Catedral de Caracas, que ya desentonaba con su París de un piso. Así que una noche, tarde, salió de la Casa Amarilla (para entonces sede de la Presidencia), cruzó la recién inaugurada Plaza Bolívar y se puso a dar vueltas por la fachada para ver por dónde comenzaría las demoliciones e instruir al efecto a sus arquitectos. Al llegar a la torre se encontró con nuestro enano fumándose un buen cigarro de tabaco guácharo. El Ilustre pegó un brinco y en tres trancos llegó a Casa Amarilla, donde se encerró y decidió no tocar el histórico templo.

lunes, 30 de julio de 2012

Las disciplinas de Santa Rosalía

Santa Rosalía de Palermo
Abogada contra las pestes
A pesar de su desorden al narrar, siempre da gusto hojear los papeles de Arístides Rojas, que nos ayudan a desentrañar el turbulento y misterioso pasado de Caracas. Cuando traté el tema de los santos patronos de Caracas, mencioné a las disciplinas de Santa Rosalía de Palermo y prometí tratar el tema más adelante. Hoy cumplo
Vamos a relatar -nos dice don Arístides-, los diversos incidentes de una epidemia física que trajo una epidemia moral.
Iglesia parroquial de Santa Rosalía
Santa Rosalía a Candilito
El actual templo de Santa Rosalía, con su graciosa plazuela, no es el primer templo de ese nombre fundado en 1696, a consecuencia de la primera epidemia de fiebre amarilla de que fue víctima una porción de la ciudad, en la época indicada. El pequeño templo pajizo levantado a la abogada de la peste, por ambos cabildos, con obligación de fiesta solemne anual como agradecimiento de la protección dispensada a Caracas, estuvo cerca de cien varas al Sud del actual, al comenzar la siguiente manzana. Destruido por la incuria del tiempo, los moradores de la capital quisieron levantar un templo más al Norte, y escogieron el sitio actual. Comienza la obre, y surgía el modesto edificio, cuando de repente se despierta el deseo de levantar contiguo al templo un pequeño convento de Carmelitas Descalzas, pensamiento que patrocinaba desde 1724 monseñor (Juan Joseph de) Escalona y Calatayud. Aislado se presentaba el edificio en el sitio indicado, pues en aquellos días la actual parroquia de Santa Rosalía era casi un erial, con población diseminada, llena de arbustos y de árboles frutales, y a distancia del centro de Caracas. Ésta no había podido extenderse sino un poco en la dirección Sud.
Obispo José Félix Valverde
Desde el momento en que se pensó crear un convento de Carmelitas Descalzas, anexo al templo de Santa Rosalía, la fábrica tomó creces, animóla el entusiasmo público, y todo llegaba a su término, cuando en 1728 dejó a Caracas el Obispo Escalona y Calatayud. Muerto éste en 1729, sucedióle Monseñor (José Félix) Valverde, que de Méjico salió para su obispado, trayendo consigo tres monjas para el beaterio de las Carmelitas. Instaladas en la obispalía, aguardaron en ésta que la fábrica del beaterio estuviese en disposición de recibirlas, hasta que a poco fueron conducidas, con gran pompa al nuevo convento de Caracas. El permiso real que abre la historia de este monasterio, tiene fecha de 1725. En 1727 se pone la primera piedra en la fábrica de Santa Rosalía, el día de San Miguel, el 29 de septiembre, día en que según superstición popular, está suelto el diablo. Valverde llegó en 1728, y el beaterio fue instalado el 19 de marzo de 1732.
Pero el Obispo Valverde, como todo mortal, tenía sus émulos que a la sordina le minaban su reputación, y no perdían ocasión de hacerle el mal que deseaban; porque entre los mortales el deseo del mal ahoga el sentimiento del bien, y más se satisfacen ciertos corazones dando rienda suelta a sus pasiones feroces, que ejerciendo el apostolado de la caridad.
Santa Teresa y sus carmelitas reformadas
Sucedió lo que era de esperarse y lo que la práctica enseña donde quiera que se instalen comunidades. Recluidas aquellas buenas madres, por una parte, en un lugar solitario y húmedo, lejano de la población; y por la otra, teniendo constitución anémica y carácter timorato, comenzaron a ser víctimas de multitud de dichos maléficos inventados por el objeto premeditado de alucinarlas. Ya se decía que las madres monjas eran todas las noches amenazadas de hombres de poblada barba que llevaban cuernos en la cabeza y abrían las puertas de las celdas; ya que espíritus malignos en forma de jovencitos llenos de gracia, llamaban  a las madres con palabras y frases suplicantes. Con invenciones de éste género que tomaban creces, en cada hora, y llegaban al convento de una manera sigilosa y alarmante, todas estas vulgares invenciones de los enemigos del Obispo, exaltaron el ánimo timorato de las buenas señoras. Al instante  se presenta la polémica entre las madres que desean abandonar el convento y regresar a Méjico, y el Obispo que trata de disuadirlas de semejante propósito. Al fin vencen las monjas, y nada pudieron las súplicas del prelado y de muchas familias. Al mes de estar en Santa Rosalía, salen del sitio... 


Escudo de la Orden de las
Carmelitas Descalzas
Y se trasladan a una casa cerca de Catedral, a la espera de un navío que las regresase a Veracruz. Sólo una de ellas se quedó, sin contagiarse con la histeria de las otras dos. Fue la primera abadesa del segundo Convento de Carmelitas. Decía que se quedaba porque Dios le ordenaba permanecer en Caracas. Seguro que tenía una verdadera vocación religiosa y no se dejaba intimidar. También ¿A quién se le ocurre enviar tres mujeres solas a ese chirivital? Creo que corrieron con suerte. El nuevo convento quedó instalado en 1736, en casas que pertenecieron a la viuda de don José de Ponte y Aguirre, que bondadosamente las cedió para tal fin. Allí permanecieron hasta que Guzmán Blanco las echó a la calle como criminales y convirtió el Convento en sede del Ministerio de Hacienda.

A este bicho lo encontré
mirando feo al Colegio
El Pilar, pero las monjas
de la Caridad de Santa Ana
no son unas "escuinclas" y
saben espantar.
Sigamos con nuestra historia, que no todo queda en un final relativamente feliz. La memoria de los escasos y supersticiosos vecinos de la Sabaneta del Viento y sus alrededores no olvidaron no echaron al olvido las visiones de las monjas, al hacerse de noche -me imagino la oscuridad en ese monte-, las imaginaciones calenturientas, y las torcidas también, empezaron a rememorar los eventos y a darles más sustancia. La cosa se ponía peor cuando veían el cascarón vacío del convento  desocupado; allí cobraba vida el espectro del mismo Mandinga, lascivo y barbado, merodeando por el lugar (no hablemos de esquinas, que esa zona era casi rural). El tiempo pasa, pero las costumbres en la Caracas de entonces no pasaba, Llega el año de 1752y con él don Felipe Ricardos, el nuevo Gobernador y Capitán General  de la Provincia, quien trae consigo 200 veteranos peninsulares.... Ahora la cosa se pone buena; pero volvamos a don Arístides:
...Lleno de mala intensión, y más celoso de los intereses mercantiles de la Compañía Guipuzcoana que de la grandeza de España, (Felipe Ricardos) da comienzo a su obra de persecuciones premeditadas.
Al instalarse, Ricardos dispone que los doscientos veteranos que habían llegado con él, y los demás que estaban en Caracas, fuesen acuarteladas en los solitarios claustros de Santa Rosalía; y como era natural, los soldados no se preocuparon con el hecho de que allí habían estado unas monjas, menos aún pensaron en Santa Rosalía, la abogada de la peste. corrían los años unos tras otros y nada indicaba temores en el cuartel, cuando por los años de 1756-1757, prende en la tropa una epidemia de fiebre amarilla con intensidad alarmante, tan alarmante que hubo soldados que desaparecieron  en cortas horas.. Al momento, cunde el espanto en los vecinos y a poco toda la población, que recordaba los días calamitosos de 1696, cuando por primera vez en Caracas se presentó la fiebre amarilla. Notóse que sólo los soldados españoles sucumbían, mientras que no era atacado por la epidemia ninguno de los hijos de Caracas.
Soldados españoles del siglo XVIII
en una pulpería de El Silencio
Al haberse desarrollado la epidemia solamente en los antiguos claustros abandonados hacía años, y el no ser víctimas de ella sino los soldados de Ricardos, fueron suficientes razones para que los moradores de Caracas vieran en el hecho un castigo de Santa Rosalía contra aquellos pobres infelices, que en nada eran culpables de estar acuartelados junto a la casa sagrada de Rosalía de Palermo...
El Gobernador, preocupado por la moral de sus tropas, manda retirar de la edificación a la mitad del personal, pero apenas éste primer grupo se retira, se agrava la situación y aumenta el número de víctimas, y la mente creativa de los caraqueños se agita.
Disciplinas de fuego
...Decíase y repetíase por todo el mundo, que Santa Rosalía, cansada de sufrir las vejaciones de la soldadesca había resuelto castigarla; que la santa, armada de disciplinas de fuego, fustigaba sin piedad a los soldados, los que corrían por los claustros, pidiendo misericordia. A poco todo el mundo veía esto, durante la noche, y oía igualmente los gritos de los soldados, y los ayes de los moribundos, lo que motivó el que las familias del vecindario, en constante oración, pidieron a la Santa de Palermo que tuviera piedad de tantos desgraciados.
Plano de la zona hacia 1775.
El espacio al centro con la plazoleta,
es el lugar de los hechos. Era una zona
casi despoblada.
Ricardos era un señor serio y decidido. Tenía un problema en manos y debía resolverlo de manera expedita antes de que degenerase. Necesitaba calmar los ánimos de los enfermos del convento, convertido ahora en un hospital, y a los vecinos supersticiosos que lo estaban volviendo loco. Decide enviar al capitán Rosales, quien, por lo que se ve era tan timorato como las monjitas mexicanas. Una noche, luego del toque de ánimas envía a Rosales al cuartel-hospital para tener información válida y poder tomar la decisión más oportuna. El oficial parte hacia Santa Rosalía en la noche solitaria -recuérdese que era una zona casi despoblada-, y en el camino se encuentra con un vecino que le aconseja no seguir y le narra lo que sucede. En lugar de cumplir con su deber, se sube a un árbol y observa. Contagiado de pánico, regresa en una carrera donde el Gobernador, quien está a la espera y le pregunta sobre el resultado de su gestión (lo que sigue debería leerse con acento guipuzcoano):
-¿Que hay, Capitán Rosales? -pregunta Ricardos, con altivez.
- Mi General, mi General, contesta Rosales, algo trémulo.... Quiso hablar y no pudo.
-Habla, estúpido; ¿por qué tiemblas?
- Mi General, la vi.... vi a Santa Rosalía con las disciplinas de fuego.
- Alma de Lucifer -grita el Gobernador en medio de la concurrencia que lo rodeaba. Voto al diablo, ya éste miserable está contagiado. Y llamando dos sargentos, les dice:
-Inmediatamente, pongan este oficial en el cepo.
Ricardos se dirige al instante al Capitán Capella, joven arrogante y pundonoroso.
-Siga usted, Capitán Capella, al cuartel de Santa Rosalía para que se informe del estado sanitario de los soldados y oficiales. Le advierto - agrega Ricardos, ya encolerizado-, que si usted al desempeñar su encargo, me habla de Santa Rosalía y de las disciplinas de fuego, le hago pasar inmediatamente por las armas.
El pobre Capella, a pesar de su valor e inteligencia, no llegó a completar su misión. Su muerte será producto de un accidente que se produjo a su ingreso al cuartel. El suceso es extraño. Un soldado está moribundo y lo asiste su sobrino, mientras tres soldados esperan el triste desenlace. Capella, al tratar de ingresar al edificio tiene que forzar la puerta y se desprenden sobre él grandes trozos de la pared, que lo matan al instante. Al mismo tiempo, al moribundo se lo lleva la Pelona y el sobrino grita: "Ya murió... Ya murió". Cuando los presentes fijan su mirada en un bulto en el suelo. Al voltearlo reconocen al valiente Capella, exánime. Van de inmediato donde Ricardos; ya era de madrugada:
-¿Qué hay señores? ¿Qué traen ustedes? ¿Dónde está el Capitán Capella?
- Dos desgracias, General, nos traen a estas horas delante de V. E. : la muerte de nuestro compañero que como sabe V. E. estaba moribundo desde ayer, y la muerte violenta del Capitán Capella al empujar la puerta del cuartel.
Le relatan la historia y, sin pérdida de tiempo, esa misma madrugada manda evacuar el cuartel y trasladar los enfermos a Catia, fuera de la ciudad. Así resolvió Felipe Ricardos un serio problema y pudo dedicarse a los intereses de la Compañía Guipuzcoana y al gobierno de la Provincia (en ese orden).

Plano actual de la zona
La iglesia sigue en el mismo lugar, pero el convento-cuartel desapareció hace tiempo. La Iglesia es Monumento Nacional desde 1960. En ella fueron bautizados Luisa Cáceres de Arismendi, Rómulo Gallegos, Armando Reverón y el Cardenal Jorge Urosa Savino y contrajo nupcias el expresidente Ramón J. Velásquez. Concepción Palacios, madre del Libertador la frecuentaba y hasta le bordó un manto a la imagen de la Dolorosa.

Cerca del lugar se encuentra la famosa Cuadra Bolívar (Piedras a Bárcenas), uno de los lugares favoritos de Concepción Palacios. Está abierto al público desde 1967, cuando fue restaurada. Cerrado los lunes.

Un paseo por la zona puede ser gratificante. Cerca de allí en la esquina de Isleños se encuentra la Iglesia de San Agustín, obra del arquitecto Alejandro Chataing. También  podremos aprovechar para pasear por el Mercado de Quinta Crespo (esq. de Quinta Crespo). Si nos detenemos en la esquina El Carmen veremos adosada a la pared de un edificio de los años 30 una imagen muy antigua de la Virgen del Carmen que fue objeto de devoción por mucho tiempo. Tal vez nos provoque visitar la Panadería Torbes (Glorieta a Maderero, subiendo desde el mercado por la Av. Baralt, a una cuadra de la Lecuna), que tiene 50 años produciendo panes tradicionales andinos en el mismo lugar; y luego acercarnos a la Capilla de las Siervas del Santísimo (de Hospital a Glorieta), en estilo neogótico; o tal vez prefiramos almorzar en la esquina de Muerto. Para una visita a la Iglesia parroquial y algunas fotos de la Cuadra Bolívar ingresar por aquí.

Panadería Torbes
Tablitas a Sordo
Casas republicanas