lunes, 31 de octubre de 2011

A don Lope no le den arepa ni cazabe



Don Lope de Aguirre, el terrible oñatiarra de vida novelesca, es conocido en la historia como el Tirano, el Peregrino, el Príncipe de la Libertad, el Azote de Dios, dependiendo de quién cuente su historia. Nació en 1514 "hijo de medianos padres", pobres pero decentes, diríamos en criollo; progenitores libres de herejía, limpios de sangre mora o judía. Hidalgos los padres, hidalgo el hijo por gracia de Ordenanzas Reales por el sólo hecho de haber nacido en Oñate, País Vasco. Murió en Nueva Segovia de Barquisimeto en en 1561, en la casa de don Damián del Barrio.

Salió del Perú alistado en la expedición de Pedro de Ursúa al Amazonas en la búsqueda del País de la Canela, cruzó América del Sur y llegó hasta Margarita a la que asoló. De allí se dirigió a Borburata, Valencia y Barquisimeto, buscando el regreso al Perú, donde se amarraban los perros con longaniza. Aguirre y sus Marañones encontraron resistencia en las menguadas fuerzas castellanas de Venezuela.  Era tal la pobreza en Tierra Firme que El Peregrino llegó a arengar a su desarrapada tropa:

"¡Por vida de tal! Que los hados permitan que yo sea vencido por esta gente vil de arepa y cazabe."

Y también:
"Mirad, caballeros, a qué tierra os ha traído Dios y vuestra fortuna y donde os queréis quedar y huir! ¡Mirad qué monteras los galeones de Meliola! ¡Mirad qué medrados están los servidores del Rey de Castilla! ¡Mirad! ¡Ánimo, marañones, a ellos, que ya estaremos holgando en Barquisimeto, como lo estuvimos hace un rato en La Margarita!".
Al final sus hombres desertaron y se acogieron a los perdones reales. Quedó muy mal parado el Gobernador Pablo "Faldetas" Collado, pero los pertrechos y la tropa marañona quedó en poder de las autoridades y sirvieron para avanzar en el proceso de conquista y población de la provincia de Venezuela. Los marañones arrepentidos se quedaron en Venezuela y aportaron sus genes para el establecimiento de muchas generaciones de amantes de la arepa.

Es nuestro pan nacional,  herencia aborigen que ha evolucionado junto con los venezolanos. Las hay dulces, con anís y papelón; también de coco, chicharrón o queso; de trigo o de plátano; fritas, asadas u horneadas; delgadas como una telita o grandes y gruesas como piedra de molino; de maíz pelado con ceniza; maiz amarillo o blanco, pero siempre circular. Una arepa cuadrada es mala, por eso redondear la arepa es bueno. Todo el mundo llega a la vida con la arepa bajo el brazo.

La arepa básica, la blanca, es un gusto adquirido porque sola es realmente insípida y, muy a nuestro pesar, no place todos. Don Pablo Morillo, el Pacificador que nos envió Fernando VII, confesó a sus amigos criollos realistas que: “Todo lo puedo pasar en esta tierra, menos esas perrísimas tortas de maíz que llaman arepas, que sólo se han hecho para estómagos de negros y de avestruces”. Pero no sólo los extranjeros rechazaban la arepa. Los positivistas, liberales y masones del siglo XIX atribuían a la arepa el retraso cultural del venezolano y preferían el pan de trigo. Afortunadamente no todo el mundo era positivista y la arepa sobrevivió incólume.

La peor amenaza que tuvo que enfrentar nuestra arepa fue el surgimiento de la industria petrolera y la consecuente agitación de la vida moderna, además de la incorporación de la mujer al mercado del trabajo. Hacer una arepa en el pasado requería mucho tiempo y esfuerzo. Suponiendo que se adquiriese el maíz blanco pilado, aún había que escogerlo, lavarlo, hervirlo, reposarlo, molerlo fino y amasarlo hasta que la masa tomara la consistencia adecuada. Luego había que formarlas, asarlas en el budare y luego hornearlas. Había señoras que levantaban dignamente su familia preparando masa y arepas. En efecto, estaba destinada a desaparecer a mediados del siglo XX, de no haber sido por el ingeniero Luis Caballero Mejías, inventor de la harina de maiz precocida, y el surgimiento de las areperas.

La harina precocida permitió prepararlas para la familia con poco tiempo y esfuerzo. Las areperas la popularizaron en forma de tostadas (rellenas), que resolvió el problema de comer rápido fuera de casa. Volveremos en otra oportunidad al tema de la arepa comercial y sus rellenos. Bástenos mencionar ahora que fueron los portugueses dueños de areperas quienes ampliaron la paleta tradicional de rellenos con gustos lusitanos como el salpicón de oreja de cochino, el bacalao o el atún a la vinagreta. Luego de estos dos eventos, la arepa se eternizará.


En mi caso, desde que en mi casa se comenzaron a hacer arepas de harina precocida me puse casi al nivel de Lope de Aguirre. Aún mi memoria gustativa se aferra a las arepas que hacía La Mamá de Coca, cerca de mi casa. El sabor de la arepa de maiz pilado y procesado de la manera tradicional es inigualable, la costra y miga interna toman una consistencia que no logra la masa "de paquete". Recuerdo el "sabor" de mi primera arepa de harina y la comparo con las originales. Lamentablemente, en casa no puedo hacerlas como aquellas. En la búsqueda de la textura y sabor de antaño, hago mis arepas usando un aripo o budare de barro que compré en Maturín y hasta he conseguido la harina precocida que más se ajusta a mi gusto. Quedan bien, pero no es lo mismo. En la foto, mi budare con dos arepas de queso de año.

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