domingo, 21 de octubre de 2012

Himno epitalámico

Nacimiento de Venus, por William-Adolphe Bouguerau (1879)

HIMNO EPITALÁMICO




No en esa estancia penetréis divina:
Sobre el ara de aromas,
Pálida de pasión, llevó Ericina
Sus risueñas palomas.

¡Atrás! ¿No veis que hasta el dorado plinto
Cae el flotante velo?
La diosa ha descendido a ese recinto
En un rayo del cielo.

Velad tanto esplendor, oculte Apolo
La luz de sus mañanas:
Que a la estancia nupcial penetren sólo
Las flores por galanas.

La madre del amor desciñe estrecho
El ceñidor de oro.
Roja la boca y palpitante el pecho
Del oculto tesoro

Suelte temblando, al seductor desvío
La crencha perfumada…
¡Cuán divina estarás, rosa de Chío,
Así, medio velada!

Fortunado amador, la diosa esbelta
Yá besa al dulce niño;
Mirad como el rapaz sonriendo suelta
Su túnica de armiño.

¡Silencio! Ni un suspiro en el imperio
De los castos amores.
No temáis que una flor rompa el misterio.
Que mudas son las flores.


El autor de este Himno Epitalámico es José Ramón Yepes (con S, no con Z), uno de los más destacados poetas románticos venezolanos, nacido en Maracaibo en 1822. De él nos dice Luis Correa en un artículo escrito en diciembre de 1922 y publicado en Terra Patrum (Biblioteca Popular Venezolana, Caracas, 1961):
...educado en el peligro, fuerte de ánimo y robusto de complexión, caldeado en su niñez por los hálitos de la epopeya emancipadora y en contacto con muchos de sus héroes, en el pecho de Yépez ardía la llama de las supremas resoluciones.
El amor, en hombre de tal reciedumbre debía ser, no pasión momentánea ni deseo escurridizo, sino compromiso de honor, apretada sensación de belleza, empeño sostenido, lumbrarada perenne. Sus versos amatorios llevan casi todos el nombre de la compañera de su vida.
Su cultura literaria, los buenos estudios que hizo bajo la dirección de maestros inolvidables, y un sentido permanente de las reglas, paralelo al recto concepto del deber que cimentó su vida ciudadana, lo libraron de las manifestaciones de mal gusto, de las caídas dolorosas y de los desbordamientos de la inspiración en que abundan los poetas de su época. Fue comedido y señoril en la espera de la amada, y dio así a sus versos cierto sesgo elegante, cierta gracia inconfundible en el cancionero de amor venezolano.
Tardas, La Ramilletera, la Elegía a la niña María Luisa Álvarez y su Canto Epitalámico en las bodas de Ignacio de la Plaza, figuran en las antologías como obras de un arte exquisito, suave y consolador. Adornado con ellas, como con un ramo de rosas pálidas, su nombre ha traspasado los lindes inciertos de la posteridad.
En efecto, cuando se revisa la poesía del siglo XIX venezolano hay mucha hojarasca sensiblera, palabrería patriotera, o halagos al caudillo de turno; la obra de Yepes destaca. Nuestro poeta, quien fue también Almirante, murió ahogado en el Lago de Maracaibo de un accidente, en el cumplimiento del deber. Sucedió en 1881.

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