miércoles, 18 de julio de 2012

La balandra "Isabel" llegó esta tarde.

Guillermo Meneses
Cada vez que leo y releo el cuento La balandra "Isabel" llegó esta tarde, de Guillermo Meneses (1911-1978), no cesa de asombrarme la calidad del lenguaje utilizado y de las imágenes plasmadas por el autor en este cuento venezolano, que es un clásico desde hace mucho tiempo. Pero no me asombra tanto por ello, ya que un escritor debe tenerlo rico y expresivo (al menos, es lo que espero como lector), sino por la edad que tenía el autor cuando lo escribió. Cuando Guillermo Meneses publicó su Balandra, en 1934, contaba sólo con 22 años de edad. Lo comparo con los jóvenes de hoy que no logran aprender el castellano y hasta los 40 esperan que "papá los mantenga". La escritura de Meneses, al salir de la adolescencia, ya era madura, rica, florida, y sin un asomo de vulgaridad. ¡Qué diferencia!

Era ya era un hombre experimentado; en 1928 había formado parte del grupo estudiantil de oposición a la tiranía de Juan Vicente Gómez, con lo que se ganó trabajos forzados en la carretera a Guatire. Era un muchacho intelectualmente bien formado y comprometido. No era ésta su primera obra. Cuatro años antes la revista Elite había publicado su primer cuento.

Veamos cómo nos describe a la nave que se lleva a Segundo Mendoza -que se va para no volver, pero Esperanza no lo sabe:

Una balandra. "Isabel" era una nave como esta y
hacía cabotaje entre La Guaira y diversos puertos
del Oriente de Venezuela.
Una mujer desnuda -su única ropa el gran pañuelo blanco de las velas tremolando en los brazos- era Isabel al salir de La Guaira. Chirriante, alegre y sucia se echó en medio del viento sobre el mar.
Parecía una mujer. Porque todas las cosas del mar pueden parecerse a la mujer. Se hinchan las velas como pechos redondos; en el calor del sol hay un regazo ardiente y en los vientos toda una gran caricia amplia. Cuando chocan las olas, dentro de las espumas rotas, viven brazos desnudos y muslos y suaves torsos de mujer. Las tierras lejanas también son ariscas muchachitas oscuras dormidas sobre el mar.
Pero no es solo lenguaje exuberante y sensual lo que atrae. Aparece el habla popular, sin esa exageración que suena a falso como el llanero de Daniel Mendoza, o los negros de hablar mocho e incomprensible. Con Meneses, casi sin darse cuenta, uno siente el dejo y el acento local. Lo logra poniendo un lenguaje más sencillo en la boca de los protagonistas, mientras que el narrador usa una lengua culta. Es algo muy moderno.
Esperanza en el rancho de Pedro Martín
Fotograma de la película
La balandra Isabel llegó esta tarde (1949)

Guillermo Meneses también fue de los primeros autores venezolanos en llevar la vida y drama de gente del común a la literatura.Esto fue algo escandaloso en la Venezuela pacata de hace 80 años. Hoy es frecuente ver en nuestra literatura al delincuente, el drogadicto y la prostituta, pero en aquella época era impensable. En el prólogo de Carlos Sandoval a Diez cuentos (Fundación Educativa Caroní/ Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2011), leemos:
En general, lo que ha hecho de la obra de Meneses una alcabala inevitable en el contexto de la narrativa venezolana es el tratamiento de ciertos temas considerados antes y quizá hoy, escabrosos. En su conjunto pueden tomarse como un alegato, lúcido e incisivo, contra las muelles conciencias de unos lectores reacios a admitir que se les mostraran, en código ficticio y sin doramientos, atroces e injustas realidades bullendo en sus propias narices apenas entrar a la calle. Es tal la magnitud de este hallazgo, de vastas repercusiones en el desarrollo de nuestro cuento, que resulta imperativo conocer ese tercer nivel de composición menesiana.
El oficio literario del autor siempre estuvo signado por polémicas y malentendidos. Su exacto debut como cuentista de peso: "La balandra Isabel llegó esta tarde" (debo repetirlo: 1934), cuatro años después de bautizar su nombre en las páginas de una revista, le acarreó fama de desadaptado y atrabilario. Se criticó, ya lo dije,  la libidinosidad de un par de menesterosos que se refocilan en el derruido cuarto de un puerto también precario. Se atacó el rito santero de unos negros cubanos como procedimiento de rescate de un amor no correspondido. Se cuestionó la metáfora desesperanzadora que, como saldo, nos deja su cierre. Sin embargo, el texto consigue estremecer la mansedumbre de los salones literarios -y de los lectores curiosos- narcotizados por una narrativa acusadora y reformista. Y es que "La balandra..." puso en evidencia un país oculto, una sensibilidad de arrabal tan plena y voluptuosa, legítima, como aquella otra que colonizaba, desde hacía décadas, la ficción. Más aún, dejó abierta la posibilidad de leer zonas secretas.
Esperanza (Virginia Luque) y Segundo Mendoza
(Arturo de Córdova). Fotograma de la película
Como mi idea no es copiar el cuento, sino invitar a leer y explorar la obra de Guillermo Meneses en su centenario, transcribo fragmentos del rito santero que tanto escándalo causó en su época.

Primero está la llegada de Esperanza al rancho de la loca María y la preparación para el rito:
Cuando llegó a la casa tuvo que saludar a José la Trinidá.  
El negrito se rió:
-¿Ahora empieza la cosa? Te voy a vigilar.
Desde dentro la llamó la negra loca.
- Anda, vente.
Esperanza entró temerosa, temblona. En ese momento le pareció que efectivamente no necesitaba a Segundo; que todo esto lo hacía así, como obligada. La negra cerró la puerta. Ya estaba echada la suerte.
-Ahorita viene Pedro Martín. Debe estar saliendo ya de su trabajo.
La negra, silenciosa, buscó bajo la cama y sacó una vela mohosa. Sonó la caja de fósforos en su mano y, dando vuelta al foco, dejó el cuarto a oscuras. Entre las sombras se acercó a Esperanza:
- Sostén la vela, muchacha.
Luego, la luz del fósforo hizo saltar los perfiles de las cosas pintándolas de un amarillo descarnado. La negra, lenta, cogió la vela y apagó el fósforo con un soplo suave, mirando cómo moría la llama pequeña.
-Bocú nos acompaña.
Despacio, caminó hacia el fondo del cuarto y corrió una cortinilla de tela basta. Tras la cortina estaba el "altar": sobre una mesa negruzca un Cristo boca abajo; dentro de una totuma, granos de maíz y caraotas rojas; una mazorca de maíz colgaba de la pared junto a un par de maracas redondas y, sujetos a un cromo de la Virgen del Carmen, chorreaban collares rojos y blancos y unas plumas de gallo negro. Bajo la imagen estaba otra totuma vacía y manchada.
Esperanza temblaba más. Enseñando la tapara manchada preguntó a la negra para qué servía.
- Está manchada de sangre. Ahí Bocú dejaba la sangre de los gallos. Yo no la toco. Es santa. Solamente los hombres la pueden tocar. Por eso viene Pedro Martín.
... ... ...
Esperanza se pegaba a la pared angustiada, llena de temores. Entre la oscuridad, la voz de los hermanos negros hacía sus rumores de misterios. Las palabras saltaban vestidas de raras excelencias. El negro decía un vago charloteo ininteligible.
- Bocú nos acompaña.
-Verdad.
-¿El hombre va por mar?
-Por el mar.
Las voces se huyen por las rendijas de las puertas desniveladas. Como mariposas  oscuras irán volando entre la noche negra, sobre las aguas del océano. Se ensedarán en los mástiles de la balandra Isabel. Se harán pensamientos del marinero oscuro que silba una canción.
-Por el mar va, el mar lo traerá. Enciende, María, negra cumbamba, mi hermana.
La vela brotó su luz entre las manos de la negra. Ante el altarcillo escondido, Pedro Martín se adelantaba desnudo. Entre los dedos largos, huesudos y morenos, de largas uñas amarillas por el tabaco, piaba el pollito negro.
-Oricha de Obatalá, que la sangre del gallo diga la verdá. María, el cuchillo.
La hermana le extendió el brillante pedacito de metal; y el negro, levantándolo en el aire, recitó el ensalmo.
-Si su sangre va a decir mentira, que no salga de su cuerpo.
Brilló el cuchillo un momento y terminó el pío-pío entre las manos del negro, que se extendieron para que la sangre cayera en la tapara ennegrecida.
Esperanza, abiertos los ojazos, miraba la escena. A cada momento que pasaba se le apretaba más el miedo en el cuerpo frío. Sobre el negro desnudo la luz temblona se la vela dibujaba sus brillos.
De pronto, Pedro Martín comenzó a cantar y a bailar. Ya no sonreía. María lo miraba asombrada y cantaba con él.
La culebra se murió.
Sángala muleque.
La culebra se murió.
El negro movía las caderas al son de una música grave, que repetía continuamente. Cuando se detenía, miraba fijamente a Esperanza, moribunda en su temblor.
De pronto, la negra María cesó de cantar. Tendido en el suelo su cuerpo huesudo saltaba como en el mal de San Vito, apretado en el castañeteo de sus dientes, salía de su boca el rezongo religioso de "la culebra se murió".
El negro, apresurado apagó la vela. Su voz alta brincó sobre el miedo de Esperanza.
-A la muchacha. Venga. Bocú dice así.
Entre un rezongo moribundo le negra se opuso: -Hermano. Acuérdate. Bocú era el taita. No lo nombres en vano.
-Lo nombro con buen fin. Venga, muchacha.
Esperanza, entre la sombra densa del cuartucho iba buscando al negro con los brazos delante. Al tocarlo se detuvo. Pedro Martín la atrajo hacia sí y, como la muchacha se oponía débilmente, siguió diciendo:
- El ensalmo lo necesita.
Entre la sombra densa del cuartucho su voz cálida se extendió:
-Eres divina, mi amor!...
Luego, volvió a sonar su alegría de siempre:
-María, negra cumbamba, mi hermana. Enciende la luz.
... ... ...
Puerto de La Guaira durante la década de 1930
Se ve una balandra como la "Isabel"
Tomada del grupo Caracas en Retrospectiva de Facebook

Escena fuerte, que 15 años después fue llevada al cine quitándole un buen porcentaje de morbosidad. Veamos al siempre recordado don Tomás Henríquez (Pedro Martín), para entonces un muchacho de 27 años, haciéndole el ensalme a Virginia Luque (Esperanza), asistido por Juana Sujo (María). La película se ganó el premio de fotografía del Festival de Cannes en 1951. Espero que la disfruten y que quienes detentan los derechos de autor no se quejen.

3 comentarios:

  1. Por qué se llamaba Isabel? A que se debe el nombre?

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    1. Segundo Mendoza, el protagonista, la llamó Isabel porque ese era el nombre de su esposa.

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