lunes, 30 de julio de 2012

Las disciplinas de Santa Rosalía

Santa Rosalía de Palermo
Abogada contra las pestes
A pesar de su desorden al narrar, siempre da gusto hojear los papeles de Arístides Rojas, que nos ayudan a desentrañar el turbulento y misterioso pasado de Caracas. Cuando traté el tema de los santos patronos de Caracas, mencioné a las disciplinas de Santa Rosalía de Palermo y prometí tratar el tema más adelante. Hoy cumplo
Vamos a relatar -nos dice don Arístides-, los diversos incidentes de una epidemia física que trajo una epidemia moral.
Iglesia parroquial de Santa Rosalía
Santa Rosalía a Candilito
El actual templo de Santa Rosalía, con su graciosa plazuela, no es el primer templo de ese nombre fundado en 1696, a consecuencia de la primera epidemia de fiebre amarilla de que fue víctima una porción de la ciudad, en la época indicada. El pequeño templo pajizo levantado a la abogada de la peste, por ambos cabildos, con obligación de fiesta solemne anual como agradecimiento de la protección dispensada a Caracas, estuvo cerca de cien varas al Sud del actual, al comenzar la siguiente manzana. Destruido por la incuria del tiempo, los moradores de la capital quisieron levantar un templo más al Norte, y escogieron el sitio actual. Comienza la obre, y surgía el modesto edificio, cuando de repente se despierta el deseo de levantar contiguo al templo un pequeño convento de Carmelitas Descalzas, pensamiento que patrocinaba desde 1724 monseñor (Juan Joseph de) Escalona y Calatayud. Aislado se presentaba el edificio en el sitio indicado, pues en aquellos días la actual parroquia de Santa Rosalía era casi un erial, con población diseminada, llena de arbustos y de árboles frutales, y a distancia del centro de Caracas. Ésta no había podido extenderse sino un poco en la dirección Sud.
Obispo José Félix Valverde
Desde el momento en que se pensó crear un convento de Carmelitas Descalzas, anexo al templo de Santa Rosalía, la fábrica tomó creces, animóla el entusiasmo público, y todo llegaba a su término, cuando en 1728 dejó a Caracas el Obispo Escalona y Calatayud. Muerto éste en 1729, sucedióle Monseñor (José Félix) Valverde, que de Méjico salió para su obispado, trayendo consigo tres monjas para el beaterio de las Carmelitas. Instaladas en la obispalía, aguardaron en ésta que la fábrica del beaterio estuviese en disposición de recibirlas, hasta que a poco fueron conducidas, con gran pompa al nuevo convento de Caracas. El permiso real que abre la historia de este monasterio, tiene fecha de 1725. En 1727 se pone la primera piedra en la fábrica de Santa Rosalía, el día de San Miguel, el 29 de septiembre, día en que según superstición popular, está suelto el diablo. Valverde llegó en 1728, y el beaterio fue instalado el 19 de marzo de 1732.
Pero el Obispo Valverde, como todo mortal, tenía sus émulos que a la sordina le minaban su reputación, y no perdían ocasión de hacerle el mal que deseaban; porque entre los mortales el deseo del mal ahoga el sentimiento del bien, y más se satisfacen ciertos corazones dando rienda suelta a sus pasiones feroces, que ejerciendo el apostolado de la caridad.
Santa Teresa y sus carmelitas reformadas
Sucedió lo que era de esperarse y lo que la práctica enseña donde quiera que se instalen comunidades. Recluidas aquellas buenas madres, por una parte, en un lugar solitario y húmedo, lejano de la población; y por la otra, teniendo constitución anémica y carácter timorato, comenzaron a ser víctimas de multitud de dichos maléficos inventados por el objeto premeditado de alucinarlas. Ya se decía que las madres monjas eran todas las noches amenazadas de hombres de poblada barba que llevaban cuernos en la cabeza y abrían las puertas de las celdas; ya que espíritus malignos en forma de jovencitos llenos de gracia, llamaban  a las madres con palabras y frases suplicantes. Con invenciones de éste género que tomaban creces, en cada hora, y llegaban al convento de una manera sigilosa y alarmante, todas estas vulgares invenciones de los enemigos del Obispo, exaltaron el ánimo timorato de las buenas señoras. Al instante  se presenta la polémica entre las madres que desean abandonar el convento y regresar a Méjico, y el Obispo que trata de disuadirlas de semejante propósito. Al fin vencen las monjas, y nada pudieron las súplicas del prelado y de muchas familias. Al mes de estar en Santa Rosalía, salen del sitio... 


Escudo de la Orden de las
Carmelitas Descalzas
Y se trasladan a una casa cerca de Catedral, a la espera de un navío que las regresase a Veracruz. Sólo una de ellas se quedó, sin contagiarse con la histeria de las otras dos. Fue la primera abadesa del segundo Convento de Carmelitas. Decía que se quedaba porque Dios le ordenaba permanecer en Caracas. Seguro que tenía una verdadera vocación religiosa y no se dejaba intimidar. También ¿A quién se le ocurre enviar tres mujeres solas a ese chirivital? Creo que corrieron con suerte. El nuevo convento quedó instalado en 1736, en casas que pertenecieron a la viuda de don José de Ponte y Aguirre, que bondadosamente las cedió para tal fin. Allí permanecieron hasta que Guzmán Blanco las echó a la calle como criminales y convirtió el Convento en sede del Ministerio de Hacienda.

A este bicho lo encontré
mirando feo al Colegio
El Pilar, pero las monjas
de la Caridad de Santa Ana
no son unas "escuinclas" y
saben espantar.
Sigamos con nuestra historia, que no todo queda en un final relativamente feliz. La memoria de los escasos y supersticiosos vecinos de la Sabaneta del Viento y sus alrededores no olvidaron no echaron al olvido las visiones de las monjas, al hacerse de noche -me imagino la oscuridad en ese monte-, las imaginaciones calenturientas, y las torcidas también, empezaron a rememorar los eventos y a darles más sustancia. La cosa se ponía peor cuando veían el cascarón vacío del convento  desocupado; allí cobraba vida el espectro del mismo Mandinga, lascivo y barbado, merodeando por el lugar (no hablemos de esquinas, que esa zona era casi rural). El tiempo pasa, pero las costumbres en la Caracas de entonces no pasaba, Llega el año de 1752y con él don Felipe Ricardos, el nuevo Gobernador y Capitán General  de la Provincia, quien trae consigo 200 veteranos peninsulares.... Ahora la cosa se pone buena; pero volvamos a don Arístides:
...Lleno de mala intensión, y más celoso de los intereses mercantiles de la Compañía Guipuzcoana que de la grandeza de España, (Felipe Ricardos) da comienzo a su obra de persecuciones premeditadas.
Al instalarse, Ricardos dispone que los doscientos veteranos que habían llegado con él, y los demás que estaban en Caracas, fuesen acuarteladas en los solitarios claustros de Santa Rosalía; y como era natural, los soldados no se preocuparon con el hecho de que allí habían estado unas monjas, menos aún pensaron en Santa Rosalía, la abogada de la peste. corrían los años unos tras otros y nada indicaba temores en el cuartel, cuando por los años de 1756-1757, prende en la tropa una epidemia de fiebre amarilla con intensidad alarmante, tan alarmante que hubo soldados que desaparecieron  en cortas horas.. Al momento, cunde el espanto en los vecinos y a poco toda la población, que recordaba los días calamitosos de 1696, cuando por primera vez en Caracas se presentó la fiebre amarilla. Notóse que sólo los soldados españoles sucumbían, mientras que no era atacado por la epidemia ninguno de los hijos de Caracas.
Soldados españoles del siglo XVIII
en una pulpería de El Silencio
Al haberse desarrollado la epidemia solamente en los antiguos claustros abandonados hacía años, y el no ser víctimas de ella sino los soldados de Ricardos, fueron suficientes razones para que los moradores de Caracas vieran en el hecho un castigo de Santa Rosalía contra aquellos pobres infelices, que en nada eran culpables de estar acuartelados junto a la casa sagrada de Rosalía de Palermo...
El Gobernador, preocupado por la moral de sus tropas, manda retirar de la edificación a la mitad del personal, pero apenas éste primer grupo se retira, se agrava la situación y aumenta el número de víctimas, y la mente creativa de los caraqueños se agita.
Disciplinas de fuego
...Decíase y repetíase por todo el mundo, que Santa Rosalía, cansada de sufrir las vejaciones de la soldadesca había resuelto castigarla; que la santa, armada de disciplinas de fuego, fustigaba sin piedad a los soldados, los que corrían por los claustros, pidiendo misericordia. A poco todo el mundo veía esto, durante la noche, y oía igualmente los gritos de los soldados, y los ayes de los moribundos, lo que motivó el que las familias del vecindario, en constante oración, pidieron a la Santa de Palermo que tuviera piedad de tantos desgraciados.
Plano de la zona hacia 1775.
El espacio al centro con la plazoleta,
es el lugar de los hechos. Era una zona
casi despoblada.
Ricardos era un señor serio y decidido. Tenía un problema en manos y debía resolverlo de manera expedita antes de que degenerase. Necesitaba calmar los ánimos de los enfermos del convento, convertido ahora en un hospital, y a los vecinos supersticiosos que lo estaban volviendo loco. Decide enviar al capitán Rosales, quien, por lo que se ve era tan timorato como las monjitas mexicanas. Una noche, luego del toque de ánimas envía a Rosales al cuartel-hospital para tener información válida y poder tomar la decisión más oportuna. El oficial parte hacia Santa Rosalía en la noche solitaria -recuérdese que era una zona casi despoblada-, y en el camino se encuentra con un vecino que le aconseja no seguir y le narra lo que sucede. En lugar de cumplir con su deber, se sube a un árbol y observa. Contagiado de pánico, regresa en una carrera donde el Gobernador, quien está a la espera y le pregunta sobre el resultado de su gestión (lo que sigue debería leerse con acento guipuzcoano):
-¿Que hay, Capitán Rosales? -pregunta Ricardos, con altivez.
- Mi General, mi General, contesta Rosales, algo trémulo.... Quiso hablar y no pudo.
-Habla, estúpido; ¿por qué tiemblas?
- Mi General, la vi.... vi a Santa Rosalía con las disciplinas de fuego.
- Alma de Lucifer -grita el Gobernador en medio de la concurrencia que lo rodeaba. Voto al diablo, ya éste miserable está contagiado. Y llamando dos sargentos, les dice:
-Inmediatamente, pongan este oficial en el cepo.
Ricardos se dirige al instante al Capitán Capella, joven arrogante y pundonoroso.
-Siga usted, Capitán Capella, al cuartel de Santa Rosalía para que se informe del estado sanitario de los soldados y oficiales. Le advierto - agrega Ricardos, ya encolerizado-, que si usted al desempeñar su encargo, me habla de Santa Rosalía y de las disciplinas de fuego, le hago pasar inmediatamente por las armas.
El pobre Capella, a pesar de su valor e inteligencia, no llegó a completar su misión. Su muerte será producto de un accidente que se produjo a su ingreso al cuartel. El suceso es extraño. Un soldado está moribundo y lo asiste su sobrino, mientras tres soldados esperan el triste desenlace. Capella, al tratar de ingresar al edificio tiene que forzar la puerta y se desprenden sobre él grandes trozos de la pared, que lo matan al instante. Al mismo tiempo, al moribundo se lo lleva la Pelona y el sobrino grita: "Ya murió... Ya murió". Cuando los presentes fijan su mirada en un bulto en el suelo. Al voltearlo reconocen al valiente Capella, exánime. Van de inmediato donde Ricardos; ya era de madrugada:
-¿Qué hay señores? ¿Qué traen ustedes? ¿Dónde está el Capitán Capella?
- Dos desgracias, General, nos traen a estas horas delante de V. E. : la muerte de nuestro compañero que como sabe V. E. estaba moribundo desde ayer, y la muerte violenta del Capitán Capella al empujar la puerta del cuartel.
Le relatan la historia y, sin pérdida de tiempo, esa misma madrugada manda evacuar el cuartel y trasladar los enfermos a Catia, fuera de la ciudad. Así resolvió Felipe Ricardos un serio problema y pudo dedicarse a los intereses de la Compañía Guipuzcoana y al gobierno de la Provincia (en ese orden).

Plano actual de la zona
La iglesia sigue en el mismo lugar, pero el convento-cuartel desapareció hace tiempo. La Iglesia es Monumento Nacional desde 1960. En ella fueron bautizados Luisa Cáceres de Arismendi, Rómulo Gallegos, Armando Reverón y el Cardenal Jorge Urosa Savino y contrajo nupcias el expresidente Ramón J. Velásquez. Concepción Palacios, madre del Libertador la frecuentaba y hasta le bordó un manto a la imagen de la Dolorosa.

Cerca del lugar se encuentra la famosa Cuadra Bolívar (Piedras a Bárcenas), uno de los lugares favoritos de Concepción Palacios. Está abierto al público desde 1967, cuando fue restaurada. Cerrado los lunes.

Un paseo por la zona puede ser gratificante. Cerca de allí en la esquina de Isleños se encuentra la Iglesia de San Agustín, obra del arquitecto Alejandro Chataing. También  podremos aprovechar para pasear por el Mercado de Quinta Crespo (esq. de Quinta Crespo). Si nos detenemos en la esquina El Carmen veremos adosada a la pared de un edificio de los años 30 una imagen muy antigua de la Virgen del Carmen que fue objeto de devoción por mucho tiempo. Tal vez nos provoque visitar la Panadería Torbes (Glorieta a Maderero, subiendo desde el mercado por la Av. Baralt, a una cuadra de la Lecuna), que tiene 50 años produciendo panes tradicionales andinos en el mismo lugar; y luego acercarnos a la Capilla de las Siervas del Santísimo (de Hospital a Glorieta), en estilo neogótico; o tal vez prefiramos almorzar en la esquina de Muerto. Para una visita a la Iglesia parroquial y algunas fotos de la Cuadra Bolívar ingresar por aquí.

Panadería Torbes
Tablitas a Sordo
Casas republicanas










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