sábado, 2 de junio de 2012

La luna de Fausto

Francisco Herrera Luque
1927-1991
Esta semana, con casi 30 años de atraso, leí novela histórica (¿o historia novelada?) La luna de Fausto (Alfaguara, Caracas, 2006), obra del psiquiatra y escritor Francisco Herrera Luque. De este interesante autor ya había leído puntualmente: Viajeros de Indias; La huella perenne; Bolívar de carne y hueso y otros ensayos; Boves, El Urogallo; En la casa del pez que escupe agua; Los amos del valle; Manuel Piar, caudillo de dos colores; Los cuatro reyes de la baraja, y más recientemente, Bolívar en vivo. Me faltan por leer algunos más.

Como en sus otras novelas, La luna de Fausto se basa en hechos históricos reales, con algunas licencias que permitieron al autor dar agilidad y forma a la narración. Al final del texto tiene un apéndice titulado Fundamentos históricos, que aclara cualquier duda.  La historia trata la aventura del alemán Felipe de Hutten en Venezuela durante la vigencia del contrato de Carlos V con los banqueros Welser; desde su encuentro con el famoso astrólogo Dr. Fausto hasta su asesinato en la Sierra de Coro por los sayones de Juan de Carvajal. Esta es una novela en el mejor estilo que nos acostumbró el Dr. Herrera Luque, a pesar de algunas de sus fijaciones.

Escudo de la familia Welser, banqueros de Ausburgo
En la contraportada los editores nos dicen:
Esta es una novela de caballerías escrita en el siglo XX. Herrera Luque traza una epopeya en la que se mezclan la magia y la violencia de la Alemania y la España medioevales, con el mito y el salvajismo presentes en toda la gesta de la conquista de América. Usa una técnica innovadora y maneja el diálogo como un maestro. Nos introduce al célebre doctor Fausto, personaje de Goethe y hombre de carne y hueso que vivió entre 1480 y 1540. Parte de la profecía que Fausto le hizo a Felipe de Hutten, enviado por los banqueros Welser y el Emperador Carlos V en busca de El Dorado, y luego nos lleva por una vertiginosa travesía de océanos y selvas, en medio de brujas e inquisidores. Para concluir en un drama de soledad y crueldades vaticinadas todas por Fausto y presididas por la fatídica Luna color de sangre.
Para tener una idea del trabajo de investigación que realizó el Dr. Herrera Luque para escribir su Luna de Fausto, entrar por aquí. No deja de ser interesante la dedicación del autor para resucitar los personajes y sacarlos del polvo de la historia.

Mapa de la Concesión de los Welser en la provincia
de Venezuela o Klein-Venedig.
Leí en libro "de una sola sentada" y una vez concluido, me quedaron ganas de buscarme algún testigo del asesinato de Felipe de Hutten y Bartolomé Welser y lo encontré en mi biblioteca, esperando contarme algún detalle. Veamos qué me contó el florentino Galeotto Cey, que estuvo presente. Primero me recapituló sobre la provincia de Venezuela y el gobierno (o desgobierno) de los Welser o Belzares, comenzando por su ubicación:
Esta provincia de Venezuela fue dada a los Welser para descubrir, los cuales han gastado en ella 150 mil escudos y hoy está más pobre que nunca. Llámanla Venezuela por un lago de agua dulce que hay en ella (es el Lago de Maracaibo), entre cabo de la Vela y dicha ciudad y puerto de Coro, situadas las bocas a 10 grados y 1/4 y la culata de ellas a 8 grados y 1/2, dicen que tiene un perímetro de 400 leguas de circunferencia; yo he estado en ellas y no me parece que sea tanto. Allí los indios tienen sus casas casi sobre el agua y hay muchas barcas, es decir, canoas, pequeñas y grandes, están siempre sobre el agua, y son muy diestros y valientes en ellas, y por eso los españoles dicen que es como Venecia y le dieron el diminutivo llamándola Venezuela, de donde ha tomado la denominación toda la provincia y descubrimiento hecho en ella.
Nos presenta a los protagonistas:
...quiso mi pérfida suerte que la cancillería de Santo Domingo proveyese en aquel tiempo, por Gobernador y Capitán General de dicha provincia, a un Juan de Carvajal, español, de nación gallego, porque habían pasado cuatro años que el gobernador de ella, llamado Felipe de Hutten, hermano del obispo de Eichstadt, y un hijo de Bartolomeo Welser, llamado Bartolomé, habían ido a descubrir y nunca habían vuelto y no había llegado noticia alguna de ellos; en defecto de éste habían mandado a dicho Juan de Carvajal y llegó y se embarcó en dicha nave, prometiéndome sólo favores.

Fachada de la Catedral de Coro, aspecto actual
Partimos de Santo Domingo el 17 de diciembre de 1544 y después de muchas perturbaciones sufridas en el camino, llegamos a Coro el 6 de enero, que es una ciudad de 10 casas de paja, distante 2 leguas del mar. Y no sólo no encontramos 20 mil escudos, ni siquiera 50, y determiné hacer otra escala, pero el buen Gobernador agarró al patrón, le quitó un esclavo negro y lo hizo descargar, a despecho mío, toda la mercancía en tierra y después lo hizo partir con la nave, y a mí me tocó recibir la mercancía y por amor o por fuerza, venderla a los soldados, a un monto de 2500 ducados; yo puse el precio y ellos el plazo, el cual no llegó nunca, y lo peor fue que me tocó ir con ellos a descubrir, para recuperarlo, que nunca obtuve ni 500 escudos, y me habría sido mejor haberlo perdido todo y haber vuelto a Santo Domingo, porque sin dinero y con muchos disgusto, perdí el mejor tiempo de mi vida en medio de muchos peligros.
Aquí los tenemos: Felipe de Utre, en vez de dedicarse a abrir minas y fundar ciudades, se lanza a la quimera de El Dorado, llevándose consigo al joven heredero Welser; no se sabe de ellos por mucho tiempo. Es como un "abandono del cargo", causa de despido justificado, digo yo. Nombran como remplazo al bandido de Carvajal, que era abusivo al extremo y "maula", como lo describe Galeotto. Carvajal procede a despoblar Coro y se lanza a fundar El Tocuyo, tierra adentro. Nos describe a Coro:
...con pocas casas y menos gente; tiene una bella iglesia para ser de madera, cañas y paja, y es episcopal; está ubicada en un llano (...) Es un país sano pero seco, ventoso y misérrimo...
No se parece en nada a la Florencia del Renacimiento. Ahora nos trasladamos al Tocuyo y presenciamos en encuentro entre Hutten y Carvajal:
Estela conmemorativa al asesinato
de Felipe de Hutten.
El original se encuentra
en la iglesia de Santa María de
Sonheim, Arnstein, Alemania
Colección Catedral de Coro
...Siendo ya el mes de enero, yendo por aquellas montañas a 8 leguas de distancia, buscando y robando maíz, entendimos de los indios que en ciertos llanos, a 20 leguas de distancia, pasaban cristianos. Dimos noticias de esto al Gobernador, de modo que se detuvo, esperando saber quienes eran, y a fines de febrero llegaron a nuestro pueblo Bartolomeo, hijo de Bartolomé Welser, con 20 compañeros, todos mal vestidos, con solamente dos caballos. Habían sido enviados por Felipe de Hutten, su capitán general, al puerto de Coro, para que allí tomasen gente o fuesen a buscarla a Santo Domingo, y la condujesen donde nosotros habíamos poblado, o a aquellos contornos donde él volvería a esperarlos, pues permanecía atrás con otros 20 cristianos y 6 caballos, que quedaban de los 130 hombres y 150 caballos que, 4 años y medio antes, habían ido a descubrir. Llegado dicho Bartolomé Welser con esta gente al pueblo nuestro, se asombró de encontrar otro gobernador en aquella tierra y pidió licencia para volver con su capitán o para seguir su camino al puerto, lo que no le fue concedido por maldad de nuestro gobernador, sabiendo que en Santo Domingo, conocidas estas noticias, no podían dejar de quitarle el cargo y volvérselo a dar a aquel, como estaba previsto por el consejo de España.Y en dejarlo volver atrás dudaba, porque luego podrían devolverse y por otro camino llegar al puerto. Por eso le negó la licencia y lo retuvo, y envió prontamente a un lugarteniente suyo con 60 hombres, a encontrar al dicho Felipe de Hutten para conducirlo ante él.
Detalle de la estela conmemorativa
Vemos a Felipe (de armadura) y su
hermano Mauricio, Obispo.
Así salieron y, parte por amor y parte por fuerza, lo trajeron el Sábado Santo del año 1546, que era aquel año 24 o 25 de abril, donde estuvo 2 días en las fiestas, y en aquel tiempo no faltaron muchos descontentos que hablaban o proferían contra nuestro gobernador y el de ellos, que no era bienquisto y, aunque le advertí que no se confiase en los rebeldes, que lo meterían en el baile y después se quedarían de mirones, no me quiso nunca creer, aunque fuésemos amigos, que me conocía de Santo Domingo cuando vino el Welser de España y le alquilé, cargué y compré caballos, y el navío en que pasó a dicha provincia. Igualmente le hablé a nuestro gobernador demostrándole cómo era malquisto por su gente, y que retenerlos aquí con nosotros les daría ventaja y que lo mejor sería dejarlos ir a su viaje y acordar con ellos que les dejaría la tierra; y que a fines de octubre, con mucho ganado que él tenía, la mitad robado, y otro que podría comprar con plata labrada que poseía, podría irse con sus amigos al Nuevo Reino de Granada, donde haría 15 o 20 mil ducados. No me quiso creer, más bien mandó a hacer un cepo para ponerlos en prisión y asegurarse contra ellos. No faltó quien los advirtiera, de modo que el tercer día de Pascua, dicho Felipe de Hutten y con él Bartolomé Welser y todos los que con ellos habían venido, con las armas que tenían salieron a la plaza donde estaba el gobernador, y con corteses y buenas palabras, le pidieron licencia, pero él respondió bruscamente, no queriéndola dar, y echaron mano a las armas.El gobernador se retiró y al sonido del tambor, cada hombre corrió a cabalgar y Felipe de Hutten y el Welser salieron a la plaza donde no encontraron a ninguno de aquellos que habían prometido seguirles; sólo hicieron un bien: no favorecer al gobernador. Y al rato se anduvo en escaramuzas, hasta que el Welser, hombre decidido, se enfrentó al Carvajal, nuestro gobernador, el cual estaba mucho mejor armado y a caballo, pero tan cobarde que se salvó por la ligereza del caballo.
Así se partió la cuestión, y cada uno se retiró con los suyos a sus estancias, y se esperó hasta la noche para hacer protesta el uno a los otros, queriendo los de allá irse, y los otros, que se diesen presos. Siendo de noche, Felipe de Hutten con todos los suyos tom´sus cosas y caballos con algunos del campo nuestro que se habían descubierto, se fueron del pueblo y se dirigieron a cinco leguas de allí, en aquellos llanos que llaman de Quíbor. Allá encontraron a 20 personas, con sus armas y caballos, de nuestro campo, que regresaban de buscar maíz; los apresaron y desvalijaron de armas y caballos, sin tomar otra cosa que ellos.

Felipe de Hutten en la lápida.
No era tan viejo como se ve en ella
Aquella noche hubo gran confusión, hasta el otro día, en el cual nuestro gobernador dijo muchas cosas, animando a la gente a ir con él. Pero habiendo visto el descontento, tomó mejor consejo, y mando a su lugarteniente, al cura y a un suizo, Melchor Gruhel (o será Grubel como dice Herrera Luque), que había venido con él, a parlamentar con ellos. Así anduvieron y se acordó que del pasado no se hablase ni se hiciese proceso ninguno, y que ellos dejasen todos los prisioneros, armas y caballos; y quien quisiese partir o quedarse de las dos partes, fuese libre de hacer lo que quisiera, y nuestro gobernador, con todos los principales del campo suyo, prometieron, por pacto escrito, bajo pena de traidores y castigo, no seguirlos, ni hacer violencia alguna, sino dejarlos ir libremente donde quisieren, y así quedaron.
Bueno, le digo a Galeotto, eso se ve demasiado bien para gente fementida como el bandido de Carvajal o el terco-ciego de Hutten... No todo termina allí, acota:
El Tocuyo a finales del siglo XIX
Grabado de Ramón Bolet Peraza
Después de 4 días en aquellos llanos, donde con licencia de nuestro gobernador los fuimos a visitare y yo les volví a advertir que se cuidasen y se fuesen pronto, y que se convencieran de que no se cumpliría cosa alguna de lo prometido, pero no me quisieron creer y partieron a principios de mayo. Nosotros volvimos al pueblo con 7 u 8 de su gente que se quedaron con nosotros y con ellos se quedaron sólo dos de nuestro campo, y podían ser como 30 personas con 8 caballos. Tornamos a nuestro pueblo, donde de pronto vimos grandes cambios y tomados y vigilados todos los caminos, para que ninguno fuese a darle ayuda. Traté, aquella noche, de hacer cualquier cosa para zafarme, pero no me valió de nada: en la mañana temprano, me encontré en prisión con otros tres que aquella noche habíamos hablado a los principales, mostrando la traición que quería hacérsele: y que no sólo estaban obligados a no ir con él sino a impedir que alguno se fuese.
Reunió el gobernador toda la gente, y comenzó a clamar su dolor por las injurias y a demostrar que no estaba obligado a observarles ninguna fe, ni pactos, pero le fue respondido y rogado que se quitase de eso. Viendo que no podía abiertamente lograrlo, perdonó públicamente de nuevo a todos, y dijo que solamente para procesarlos quería perseguirlos. Me hizo liberar de la prisión, con los otros, y me predicó mucho para que siguiera su voluntad, pero siempre respondí libremente que no.
Hecho esto, comenzó a decir que quería ir a descubrir e hizo escogencia de gente a su modo, todos del ánimo suyo, prometiéndoles despojos, botines y bajo este pretexto salió del pueblo a los llanos de Quíbor. Reunió toda la gente y a los otros que dejó allí hizo mandato bajo pena de vida, de no partir del pueblo sino a su regreso; hizo de noche tomar las armas y los caballos, excepto pocos, que partimos con estos a un bosque donde no se atrevieron a entrar por ellos; así anduvo tras ellos sin cuidarse de nada que lo pudiese retener, y Dios me sea testigo si no predije todo aquello que ocurrió.
Campos del Tocuyo
Siguiólos y a mediados de mayo los alcanzó entre ciertas montañas distantes 40 leguas de nuestro pueblo, que se habían detenido en un barranco entre grandísimas piedras, donde los apresó al fin del día sin obstáculos, y prontamente les cortó la cabeza a los dos cristianos de su campo que estaban con ellos, que era uno de las Islas canarias, llamado Juan Romero, y el otro de España, llamado Gregorio de Placencia. Después, incontinenti, hizo lo mismo a Bartolomé Welser y a Felipe de Hutten, no teniendo respeto de que estuviese emparentado con la casa de Austria, y ni siquiera les concedió que se confesaran, estando un cura con ellos, cosa muy contra la costumbre española, que son muy católicos en apariencia, pero la rabia le hizo olvidar su perspectiva.
Hecho esto, encadenó a la mayor parte de las personas de importancia y las llevó con él, y al resto los dejó ir, aunque en parte habían huido ya; con gran fatiga dejó enterrar aquellos cuerpos en un pequeño foso cercano, y en seguida volvió al pueblo, donde aprisionó a muchos y estuvo muchos días entre el si y el no troncharles la cabeza o colgar a una docena de nosotros, que no faltaba quien lo mereciese por haber propagado esos rumores. A mí trató de hacerme matar de noche, secretamente, en el lecho, pero fui advertido y no dormía en casa, sino una noche en un cañaveral, otra en un bosque, a veces con un amigo y a veces en un lugar o en otro...
¡Ajá,! Allí aprendió nuestro buen Galeotto algunas lecciones de la vida. Sobrevivió a Carvajal y regresó a Italia. Antes de despedirse me habla con deleite de los corderos y cabritos de Coro. Me dice:
Los cristianos han llevado cantidad de ganado de las islas circunvecinas: vacas, caballos, asnos, cabras, ovejas, y con estas se contentan, con la casa llena de de indias e indios a su servicio, y las carnes salen buenísimas como en Francia, porque los pastos allí son buenos, la hierba como grama y salada por la vecindad del mar.
 Entre Coro y El Tocuyo se consume un plato típico, entre muchos, que lleva vísceras de chivo, o de ovejo, para cuya preparación se usa lo que los italianos llaman la coratella: Asaduras de chivo (o de ovejo). Galeotto lo recomienda.

Asaduras de chivo, como se sirven en Coro, con arroz, ensalada y arepas


ASADURA DE CHIVO

Ingredientes:

  • 1 1/2 Kg. de vísceras de chivo (corazón, riñón, bofe, hígado –bastante hígado) limpias y picadas
  • 2 pimentones cortados en juliana
  • 2 cebollas cortadas en juliana
  • 1 cabeza de ajo machacado (o al gusto)
  • 1/2 cucharadita de comino
  • 2 ajíes dulces sin semillas
  • Aceite suficiente
  • Sal y pimienta al gusto

Preparación:

  1. Se sofríen las vísceras para sellarlas bien. Al estar listas se le agrega la sal, el comino y el ajo machacado; luego la cebolla, el pimentón y el ají dulce. Se guisan bien y se ajusta la sazón.
  2. Se sirve con arroz blanco, arepas peladas y, si se desea, caraotas refritas con queso blanco.



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