sábado, 11 de agosto de 2012

¡Zape, Mandinga!

Mi prima Margarita, desde la soleada Mallorca, en añoranza del suelo patrio, me pide que publique de vez en cuando el origen de ciertas expresiones criollas. Me imagino que siente perder su dejo caraqueño luego de tantos años hablando mallorquín. Me pide también que le busque libros sobre costumbres criollas para llevárselos a Palma y leerlos con detenimiento. Hoy, para complacer a Marga, invito al filólogo Ángel Rosenblat para que nos ilustre sobre una palabra del habla venezolana, casi caída en desuso y que significa diablo, Satán o Belcebú. Para ello recurrimos al tomo II de Buenas y malas palabras (Edime, Madrid, 1982), que es uno de los libros que quiere la prima, y que iré resumiendo porque los artículos son un poco largos.

Don Ángel nos menciona tres palabras asociadas con la maldad y la diablería: Mandinga, Caplán y Guardajumo. Caplán ha desaparecido del habla cotidiana, pero las otras dos aún se usan entre los mayores. Me gusta la expresión: más malo que Guardajumo... o esta otra: este muchacho es mandinga. Mejor entramos en materia, o nos lleva Caplán.


Mandinga es uno de los nombres más populares del demonio en Venezuela, y en gran parte de América. En Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri -nos dice Rosenblat-, Espíritu Santo, el esclavo de la fundación, cuenta relatos fantásticos:
- El mentado Matías era un indio grande, mal encarado, gordo, que andaba alzado por los lados del Pao y tenía pacto con el Diablo, y por ese pacto nadie se la podía ganar. Mandinga le sujetaba la lanza. ¡Pacto con Mandinga!
La voz se hizo cavernosa y lenta, rebasó el corro de ocho negros en cuclillas que la oían, y voló, llena de pavoroso poder, por el aire azul, bajo los árboles bañados de viento, sobre toda la colina ¡Mandinga! La voz rodeó el edificio ancho del repartimiento de esclavos, estremeció a las mujeres que lavaban ropa en la acequia, llegó a jirones a la casa de los amos, y dentro del pequeño edificio del mayordomo alcanzó a un hombre moreno y recio tendido en una hamaca. ¡Mandinga! Los ocho negros en cuclillas contenían la respiración.

También Rómulo Gallegos, en Doña Bárbara, Pajarote relata sus encuentros con espantos y aparatos del llano, entre ellos "las piaras de cerdos negros que Mandinga arrea por delante del viajero y las otras mil formas bajo las cuales se presenta". También en Cumboto, de Ramón Diaz Sánchez, la Abuela Anita, en sus relatos separa las ánimas en pena de los demonios, culpables de todos los males. Pascua, la nieta, le pregunta si tienen jefe los demonios, y ella contesta:
- Sí, el más grande de todos los diablos: Mandinga.
Al nombrar a este personaje, la Abuela se santiguaba invariablemente con gran reverencia. Y sus labios musitaban la fórmula de un piadoso conjuro: "¡Ave María Purísima!" Mandinga, llamado también Belcebú, el Maligno y el Enemigo, sólo se hacía sentir en las grandes conmociones del mundo...
- Cuando Mandinga anda suelto, temblemo. La ruina, la peste, la sangre, y la muerte van con el por toda parte. Su pata de cabra quema la tierra que pisa, seca la hierba y marchita la flore. Hay persona que llevan el demonio por dentro y que no están contenta sino cuando hacen el mal.
Diablo blanco
Los cuentos de la Abuela Ana sumían al negrito Natividad en cavilaciones:
- Yo había oído decir , por ejemplo, que Satanás y mandinga eran una misma persona y que su color era negro; incluso en el libro de las razas humanas figuraba cierta casta de negros africanos a la que se denominaba Mandinga. Sin embargo, en el Paraíso Perdido, Satán no aparecía como un murciélago negro, sino como un joven blanco y hermoso, provisto de cabellera magnífica y de grandes alas de ave, como las del Espíritu Santo. 
Ahí asoma ya la explicación, y el rechazo de la injusticia del nombre, agrega don Ángel.

Los mandingas pertenecen a una etnia del grupo bantú que habita una zona entre los ríos Senegal y Níger y ocupan la costa africana entre Senegal y Liberia. Tuvieron su época de grandeza y esplendor cuando dominaron un amplio imperio que decayó con la abominable trata de esclavos. Los mandingas llegaron a América, España y Portugal desde el siglo XVI. Dice Alejo Carpentier en El reino de este mundo:
... todo mandinga -era cosa sabida- ocultaba un cimarrón en potencia. Decir mandinga era decir díscolo, revoltoso, demonio. Por eso los de ese reino se cotizaban tan mal en los mercados de negros. Todos soñaban con el salto al monte.
Y me pregunto ¿Quién no? a nadie le gusta ser esclavo.

Rosenblat nos da luego varias referencias sobre esta palabra en la literatura española del siglo XVII (Correas, Polo de Medina, Jiménez Patón) Con el tiempo la designación se hizo ofensiva, y mandinga ha quedado como "hombre flojo o baldagras" en Murcia, y "cobarde" en Canarias. En Navarra se dice chato mandingo de las personas muy chatas (en Venezuela se les llamaría cara 'e cachapa).
Griot mandinga y dos señoras
Son gente de porte agraciado

Mandinga, como equivalente de negro, se encuentra en gran parte de América y Rosenblat nos cita varios casos: a la jutía mandinga (roedor cubano de color negro parecido a la rata, o jutía conga - Capromys Sp.) y a un pez negro o peje mandinga. También nos reporta expresiones racistas: en Chile -nos dice-, ¡negro mandinga! es un insulto; en Perú se acuñó una frase, que circula también en Ecuador y Colombia: El que no tiene de inga, tiene de mandinga (el que no tiene de indio, tiene de negro); en Costa Rica equivale a afeminado y rufián, y en Cuba a torpe. Y aun en Venezuela se conservan recuerdos de ese valor: en Falcón se llama mandinga al negro rechoncho y feo, y Luis Arturo Dominguez ha recogido la siguiente copla (Rafael Pineda la ha oído en Oriente, como canto de los curanderos de Cumanacoa).

Con esta ramita
voy a santiguá
al negro mandinga
pa su alma salvá.

He escuchado cantar esa coplilla, que en algún momento se enseñaba en las escuelas como parte del folcklore; se le llamaba el Santiguao y se cantaba con tono fúnebre (existen arreglos para voces blancas u oscuras). Al final decía:
...currutá, cutá
currutá, cutá...

Principales Loas del panteón haitiano
Allí aparece también la asociación del negro con la brujería. Los africanos llegaron a América desarraigados de su ambiente cultural, pero con sus sistema de creencias intacto. Los mandingas eran animistas con influencia islámica entre sus clases dominantes. Al encontrarse compartiendo cautiverio con otros grupos africanos, crearon una nueva realidad sincrética, mezclando las creencias de la lejana África con el cristianismo impuesto en su nueva realidad, y el ingrediente indígena que aún era fuerte. Los europeos en América no eran ajenos a la superstición y la brujería y pronto se produjo un intercambio, aunque siempre con una combinación de atracción y rechazo hacia lo africano por parte de la población blanca. Allí surgieron el candomble, la santería y el vudú.
Al mandinga se le asocia con la brujería: en Brasil -nos dice Ángel Rosenblat-, mandinga es un fetiche o talismán, y es común decir que una cosa tem mandinga (está embrujada). Daniel Granada registra en el Río de la Plata: "parece mandinga que no puedo dar con estas llaves", "tienes mandinga en el cuerpo, muchacho, todo lo rompes y desarreglas". De tener mandinga en el cuerpo a a tener a mandinga en el cuerpo no hay más que un paso, muy fácil de dar en una época que creía en la posesión demoníaca, y en que había exorcistas, aún dentro del mismo clero, para expulsar a los demonios del cuerpo de hombres y mujeres.

De este modo, mandinga ha pasado a significar diablo, no sólo en el Río de la Plata y Venezuela, sino también en Colombia y América Central....
San Miguel Arcángel y el
demonio moruno
(...)
La asociación entre negro y diablo  se explica, además por otras razones. En la tradición española es frecuente representar al diablo de ese color: el dragón vencido por San Miguel es negro (pero sin facciones africanas); de negro se pinta con frecuencia al diablo en la pintura española; el diablo que se aparece a las brujas -a juzgar por los procesos inquisitoriales-, tenía frecuentemente la cara de color negro, o estaba vestido de negro, con barba negra y gorro negro. En parte , sin duda, como reflejo de la lucha contra los moros, que eran de color moreno (hubo entre ellos verdaderos negros). Y en parte también porque el diablo es el Príncipe de las Tinieblas. El negro es el color de la muerte, de lo tenebroso, de las intenciones perversas, del espíritu del mal...
Todo este conjunto de circunstancias, aunado al temor supersticioso de un pueblo "falto de luces"- como diría Antonio Guzmán Blanco-, hizo que se transfiriera el nombre de un pueblo levantisco y amante de la libertad al Diablo mismo y que se aplicara por extensión a las personas malas y perversas. También, en un tono más amable, se aplica a los niños traviesos y tremendos.

En memoria de los amables mandingas del pasado, les dejo este video con una interpretación del Santiguao (Preludio y fuga sobre una melodía folcklórica, de Federico Ruiz), por el Quinteto Cantaclaro.


2 comentarios:

  1. Qué bueno, primo! La verdad es que esta explicación de Mandiga me aclara muchas ideas; gracias por la excelente entrada de hoy.
    La dedicatoria me llegó al corazón! Muchas gracias! Te quiero!

    Marga

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    1. Muack, muack, primocha. Otro día pondré otra entrada ilustrativa. Tqm.

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