sábado, 7 de abril de 2012

Marcucho el modelo


Si sigo así nunca voy a terminar de limpiar y arreglar la biblioteca. Digo limpiar no porque esté quitando el polvo a los libros, sino que estoy decidiendo quién se queda y quién se va. Me encontré con LA ANTIGUA Y LA MODERNA LITERATURA VENEZOLANA (Ediciones Armitano, Caracas, 1966), primera edición de la obra del filólogo Pedro Díaz Seijas. Es un estudio histórico-crítico de la literatura venezolana con antología.  Este se queda.

Leoncio Martínez "Leo"
1889-1941
Autor
Hojeando las páginas me detuve en el cuento que a continuación transcribo. Lo leí por vez primera, como tantos textos venezolanos, en bachillerato. Es obra de Leoncio Martínez "Leo" (1889-1941), quien lo dedicó "A la memoria de Pablo W. Hernández, alumno que fue de la Academia Nacional de Bellas Artes, en la cual se despertó su espíritu de artista a las verdaderas emociones de la Belleza y donde, en cordial camaradería, adivinamos la grandeza de su alma y de su talento."

Leo fue uno de los periodistas y caricaturistas más famosos de Venezuela durante la última época de la dictadura de Juan Vicente Gómez. Desde las páginas de su semanario Fantoches libró una campaña política de tremendos alcances, bajo el signo de la sátira y del humorismo, lo que le valió cárceles y persecuciones. Deslenguado en su crítica, muchas veces se le pasó la mano.

El lenguaje homoerótico del cuento MARCUCHO EL MODELO, contrasta con las expresiones homofóbicas contra un joven político socialcristiano, quien, vengando su honor, apaleó al deslenguado para que aprendiera a respetar. Murió en octubre de 1941, dicen que a consecuencia de la golpiza.

Bueno, el político no era gay, como tampoco, al parecer, lo era Leo. Marcucho, el protagonista del cuento era un narciso; amaba su bello cuerpo, que era bello hasta los huesos. Su narcisismo lo llevó a empapelar "su pieza" con bocetos elaborados por los alumnos. Espero que lo disfruten.

Lo ilustro con obras de Pedro Centeno Vallenilla porque sus modelos me recuerdan a Marcucho.

MARCUCHO EL MODELO

Cuadrado de espaldas, liso y apelmazado el cabello, que se partía en una raya recta, casi sobre la sien izquierda, teniendo en el color un vago reflejo ambarino del indio ancestral, Marcucho, el modelo de la Escuela de Pintura, a primera vista confundíase con un mandadero cualquiera, con un individuo sin relieve ni importancia, acostumbrado a cargar carretilla, o a encorvarse bajo la mole de los fardos.

Su estura baja, sus blusas de dril descoloridas entre los estrujones de la batea y la caliente opresión de la plancha, sus manos entretejidas de gruesas venas y siempre colgantes, congestionadas al peso de la sangre, no revelaban la menor particularidad que pudiera destacarlo junto a los demás hombres de su clase.

Pero Marcucho era un elemento primordial de belleza para el grupo de aquella incipiente Academia. Cuando, despojado de la ropa, subíase a la tarima del modelo, asumía a los ojos de los estudiantes proporciones inconmensurables. Desnudo crecía. Adquiría una alteza espectacular de ilimitadas proporciones para los alumnos, que lo miraban, con los párpados entrejuntos, lamiendo con la vista los variables secretos de su armoniosa contextura. Al saltar a la tarima, en ágil pirueta que hacía sonar la tabla al golpe de los talones, y al erguirse en una pose preparatoria impensada, dijérase que con un impulso muscular se estiraba como si recóndito sentido de la plástica lo magnificara, lo elevase de su condición vulgar de hombre de pueblo a una simbólica serenidad de sacerdocio y de mando.

El cajón destartalado prestábale trono. Dominando su cabeza por sobre todos los que le rodeaban, cualquiera que entrase al salón en horas de estudio lo primero que vería al abrir la puerta era a Marcucho, imponente e inmóvil como un dios o pensativo y ceñudo como un personaje de tragedia griega o a veces en una contorsión resignada de mártir cristiano.

Los demás, en torno suyo, doblegados sobre los caballetes o sobre las tablas de dibujo, parecían venerarle sumidos en devoto silencio.


Al chischisbeo del carboncillo o los pinceles sobre el grano del papel y de la tela, buscaban fijar el contorno estatuario, apresar en líneas firmes la amplitud del tórax, abombado al ritmo de la respiración potente; el torso lleno y duro como una montaña; la red de sus músculos pujantes sin alardes, eslabonados en suaves declives, la cadera saliente y brava, las piernas sólidas...

O en afán ferviente perseguían —ya logrado el trazo—, en la reciedumbre de la masa, los secretos del claroscuro que torturan y enfebrecen al artista y que en el cuerpo moldeado de Marcucho ascendían hasta los tonos cálidos del cobre, envolviéndose en grises mortecinos, en dulces ocres, con reflejos azulescos y verdores inasibles, valores que mezclaban, se desvanecían, se profundizaban en la gama e iban a ahogarse en las frescas oquedades del rojo de Venecia y del sepia. La cabeza, retostada, asoleada, se cortaba la base del cuello en una línea precisa como plumaje tornasol en el cuello de las palomas montañeras; luego los hombros, el pecho, el vientre, lividecían en tenues luminosidades que resbalaban a flor de piel, iban a dividirse en las piernas, como la horqueta de un río de aguas opalescentes bifurcadas por un islote fértil y sombrío, desvanescencias relamidas que se arremolinaban en el nudo rosáceo de las rodillas.

Abajo, más abajo, los calcañares donde engañosos bermellones fundidos entre sombras, con las vetas protuberantes de arterias y nervios, le daban la fortaleza y el apoyo de un zócalo rotundo. Y los pies, pesados como cimientos.

Para los presuntos artistas, el cuerpo de Marcucho era un universo de cotidianos hallazgos.

¿En qué pensaba Marcucho mientras, encaramado en la tarima, aguantaba inconmovible las horas de pose de la Escuela? En ese largo ocio mental, donde las ideas se adormecen como bajo la influencia de un exceso de cigarrillos, ¿qué visiones, qué recuerdos, qué propósitos pasarían en lenta tornavolta por la mente del modelo?

En los descansos, sentado al extremo del cajón, con las manos entrecruzadas sobre las rodillas, ¿era cansancio, resignación o menosprecio de toda voluntad lo que doblegaba su espalda y hundía su barba entre los pulgares, dilatando sus pupilas en abstracto espionaje del vacío?

Silencioso, aliviando su forzada inmovilidad en otra inmovilidad nueva, Marcucho parecía reflexionar o idiotizarse en la monotonía de su trabajo al igual que un burro de noria.

Pero, no; Marcucho había nacido para aquello. Amaba instintivamente su oficio, se sentía partícipe de la obra de arte como el tipógrafo incluye algo de su ser en las ideas que compone. Amaba su tarima como aquel se apega al chivalete, como el marino al barco; y, como el marino, al erguirse en su cajón, pensárase de pies en una proa escrutando escrutando, fijo, lejanías de horizonte de donde hubieran de surgir fantasmagóricas corporizaciones de antiguas leyendas.

Había nacido predestinado. La mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia antes de echarlo al mundo y ennobleció su barro tosco. Ya consustanciado con la belleza esencial, al hacer un movimiento elástico, al caer como involuntariamente en una actitud eurítmica, sonreía satisfecho y orgulloso si algún estudiante entusiamado exclamaba:

—¡Qué bien está así!... ¡Quédate así!

Y sonreía también, sin perder la posición, a las bromas habituales de los pintorcetes:

—Marcucho, no muevas la oreja izquierda.

—No engurruñes el dedo gordo, Marcucho.

—¡Caray, Marcucho! s que tiene la piedra del zamuro para las mujeres. ¡Dios, como que le echó la bendición con la zurda!

Y reprimía la carcajada, moviendo sólo el vientre, cuando un dicharacho obsceno estremecía la parvada estudiantil alborotándola en cacareo de gallinero.

Cumplía su trabajo con severidad de ritual. En ocasiones, iba de caballete en caballete observando las "academias". Miraba los dibujos y luego se miraba sus propios brazos y sus piernas, en comparativo conocimiento de su cuerpo como si se lo supiera de memoria y lograra verse entero a sí mismo. Su espejo multifaz, durante años de años, lo tuvo en las tablas de dibujo y parecía exponer un gesto desaprobatorio cuando alguno lo reflejaba deforme o sin semejanza. Y, con humildad, preguntando: "¿lo necesita?", solía pedir un estudio que le gustara entre las innumerables imágenes suyas que poblaban la Escuela, clavadas por aquí y por allá o tiradas por el suelo, para llevárselo a "su pieza" cuyas paredes era un museo unipersonal de sí mismo.

Ya para los últimos tiempos, Marcucho se entregó al alcohol. Bebía demasiado. Las facciones se le fueron abotagando, enflaqueció algo y los tonos rojos de su encarnadura se iban tornando más calientes. A veces, al tomar la posición lo sacudía un latigazo nervioso, pero luego, en pie, apoyado en la vara, se mantenía rígido, sereno, delatándolo sólo un casi imperceptible movimiento giratorio, como el de una peonza.

Por fin un día, después de tantos años de haber sido el modelo predilecto, el único, Marcucho faltó a las sesiones y al cabo de una semana llegó a la Escuela la noticia deplorable para todos: había muerto en el Hospital.

Pulpa de anonimia, corazón sin amores inmediatos, balsa a la deriva, su cuerpo sepulcral no dio con el puerto y encalló sin reclamo sobre la mesa del anfiteatro; él, que había servido para que lo estudiaran por fuera, se ofrecía íntegro en el momento de abandonar la vida para que lo estudiaran por dentro, como esos muñecos sin más voluntad que su destino, a los cuales los niños curiosos, hastiados de jugar con ellos, les sacan el aserrín.

Llegó el profesor seguido de los estudiantes a la clase de anatomía práctica. Rodearon el cadáver y comenzó la postrera lección de dibujo para Marcucho, que, inmóvil más que nunca, resistía la pose definitiva. Comenzó la lección y los bisturíes afilados como carboncillos iniciaron el trazado, ya no sobre el papel y el lienzo, sino sobre aquellos mismos músculos moliciosos, siguiendo la red de nervios, perforando la carne empalidecida, abriendo, como las páginas de un libro secreto, el pecho magnífico... En medio de su perorata didáctica y de sus minuciosas explicaciones, el profesor se empinó en un súbito ¡Oh!... Y después de una pausa, alargó la exclamación, acomodándose las gafas:

—¡Oh, que anatomía tan estupenda la de este hombre! ¡Vean ustedes qué admirable! ¡Debe tener un esqueleto precioso, precioso!

Los discípulos se inclinaron sobre el muerto, siguiendo la lección del maestro, como sobre un mapa. El profesor se entusiasmaba con los músculos, con las arterias, con las vísceras. Lo iluminaba un gozo risueño y sapiente. E interrogó:

—¿Este cadáver no tiene reclamantes?

—No tiene ni familia —respondió un estudiante burlón.

—Pues, vamos a aprovecharlo; en la sala de Anatomía de la Universidad —prosiguió el maestro—, nos hace falta un buen esqueleto: este es un bello esqueleto, ¡perfecto!

Era la consagración total de Marcucho. Los estudiantes se dieron de nuevo a la tarea; pronto desbarataban articulaciones, desprendían miembros completos, limpiaban huesos hasta dejarlos mondos, encumbraban montículos de carne sanguinolenta, en sugestiones de matadero.

Ya de Marcucho no queda sino una masa fragmentaria. Pero luego apartaron con cuidado su osamenta, la calavera de ojos estupefactos y sin luz, los fémures gruesos como piernas de buey...

Y, más tarde, en procedimiento macabro que legaliza la augusta ciencia, lo cocinaron, lo hirvieron, pulieron sus huesos como valiosos marfiles, armaron de nuevo el esqueleto, soldando y embisagrando las piezas, y allí, en el anfiteatro de la Universidad, dentro de una larga caja, colgando por el centro del cráneo con un alambre de acero, está Marcucho, sin carne, sin nervios, sin vida, en su última pose, predestinado a servir hasta más allá de la muerte para el estudio de la belleza y del dolor, porque antes de echarlo al mundo la mano modeladora de la greda humana le hizo una caricia y enalteció su barro tosco.


2 comentarios:

  1. "El lenguaje homoerótico del cuento MARCUCHO EL MODELO, contrasta con las expresiones homofóbicas contra un joven político socialcristiano, quien, vengando su honor, apaleó al deslenguado para que aprendiera a respetar. Murió en octubre de 1941, dicen que a consecuencia de la golpiza."

    Bueno, ese político socialcristiano dizque no cometía pecados capitales salvo la soberbia (Miguel Otero Silva dixit) pues aqui cometió el de la ira y en grado superlativo. Y quien sabe si cometía los otros cinco también. Carajo con el hombre "socialcristiano"

    Como dicen los chilenos !Chuuuuucha!

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    1. Jajajaja... Creo que la soberbia (el pecado de Satán) es peor que la lujuria. Mosquita muerta también era y le trajo muchas desgracias a Venezuela.

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