martes, 6 de mayo de 2014

La biblioteca de Hitler


Siempre me ha entrado curiosidad por fisgonear las bibliotecas de gente famosa; de hecho, tengo una sección en mis estanterías dedicada a lo que Gabriel el Librero denomina "Libros sobre libros". Desde hace un par de años estaba pendiente de adquirir un ejemplar de Los libros del Gran Dictador (Ediciones Destino, Barcelona, 2010) por el historiador y periodista Timothy W. Ryback, quien lo tituló en inglés Hitler's Private Library. Muy buen libro, bien estructurado y prolijo. La traducción, a cargo de Marc Jiménez Buzzi, es bastante regular al punto de confundir Génova con Ginebra y presentar algunas diferencias de género entre el sujeto y el predicado.

Me llenaba de curiosidad saber qué leía este desquiciado quemalibros, pero dudaba sobre si valdría la pena comprar algo que después me defraudaría. Al fin me decidí por lo que leí en la contraportada y la recomendación de Jesús el Librero. Veamos:
Adolf Hitler quemaba libros... y leía El Quijote, Robinson Crusoe e incluso Shakespeare. Timothy Ryback, el autor de esta obra, nos descubre que una interpretación particular del poema dramático de Ibsen, Peer Gynt, moldeó la ambición despiadada del dictador alemán, y que admiraba El judío internacional, el tratado antisemita de Henry Ford, de lectura obligatoria para los miembros del partido. Ryback muestra cómo las lecturas de Hitler sobre religión y ciencias ocultas alimentaron su creencia en la providencia divina, y el proceso por el cual las palabras de Nietzche se metamorfosearon en los infames temas nazis.
La destructiva ideología de Hitler se formó en buena medida a partir de los libros de su biblioteca privada, que Ryback rescató de su olvido en la sección de libros raros de la Biblioteca del Congreso, en Washington. Durante más de seis años de investigación, el autor ha analizado cientos de estos libros y estudiado minuciosamente (...) las abundantes notas manuscritas, signos y garabatos de Hitler que contienen.
Timothy Ryback sigue el rastro de las frases e ideas que Hitler incorporó en sus propios escritos, discursos, conversaciones, definiciones de sí mismo, y que se traslucen en sus acciones. El análisis de las lecturas de Hitler se convierte así en una forma de leer al propio Hitler; su mente, sus obsesiones, su evolución y su inseguridad intelectual, que no palió la abundancia de libros de su biblioteca.
Adolf Hitler a los 36 años de edad, posando con sus libros.

Conozco a personas que "leen" muchísimo, libro tras libro y línea a
línea, y a las que, sin embargo, no calificaría de "buenos lectores". Es
cierto que estas personas poseen una gran cantidad de "conocimientos",
pero su cerebro no sabe organizar y registrar el material adquirido. Les
falta el arte de separar, en un libro, lo que es de valor para ellos y lo que
es inútil, de conservar para siempre en la memoria lo que interesa de
verdad y desechar lo que no les reporta ventaja alguna.
En efecto, a pesar de ser un lector incansable y dedicado, no llegó a se un hombre culto. Sus gustos literarios, si acaso se les puede designar como tales, no enriquecieron su intelecto ni lo hicieron un mejor hombre.

Me llamó la atención una descripción de su biblioteca por Frederick Oechsner en 1942, que estimaba el fondo bibliográfico en unos 16.300 libros, distribuidos entre la Cancillería en Berlín y su retiro de montaña en Berchtesgaden.

Oechsner divide la colección en tres secciones: la militar con unos 7.000 volúmenes que incluía todos los aspectos de las ciencias y artes militares, libros que había leído de principio a fin; la segunda sección, de unos 1.500 libros incluía libros de arte (arquitectura, escultura, pintura, teatro), que era quizá una de sus aficiones más íntimas; y la tercera era más heterogénea, pues comprendía libros sobre astrología, espiritismo, alimentación y dieta (incluyendo un recetario francés de cocina vegetariana), crianza de animales, 400 volúmenes dedicado a la Iglesia, casi todos sobre la católica, incluyendo mucha pornografía que retrata el libertinaje del clero "que constituyeron las acusaciones en los juicios por inmoralidad que los nazis incoaron contra sacerdotes en el momento álgido de su ataque a la Iglesia católica. Aunque Oechsner no lo menciona, Hitler también tenía muchos libros sobre la cuestión judía y mucha pseudociencia al respecto, así como obras de Shopenhauer, Nietzche, Clausewitz (no puede faltar en la biblioteca de un político), y autoayuda por Carl Ludwig Schleich.

Luego Oechsner nos presenta los gustos literarios de Adolf: un gran número de novelas policíacas (todas las de Edgar Wallace); libros de aventuras; docenas de novelas románticas, incluidas las de la escritora más sensiblera de Alemania, Hedwig Courts-Mahler. "Todos estos libros están forrados con sobrecubiertas neutras que esconden sus títulos. Hitler no quiere que la gente sepa que tiene estas aficiones". También tenía toda la serie de novelas de indios americanos escritas por el alemán Karl May ("estos libros están encuadernados en un caro papel pergamino y guardados en un estuche especial, . Presentan pruebas de una profusa lectura y siempre suele haber uno o dos en la estantería de cabecera del dormitorio de Hitler, detrás de su cortina verde").

Hiltler leía de todo lo que le gustaba, lo anotaba, subrayaba, marcaba, y comentaba con sus colaboradores. Se dedicaba a esta tarea con fruición hasta altas horas de madrugada y requería silencio absoluto. Luego de la caída del III Reich su biblioteca se convirtió en recuerdos de guerra de muchos soldados aliados. Luego las fuerzas de ocupación estadounidenses se ocuparon de colectar lo que quedaba. Buena parte de este fondo se encuentra en la Biblioteca del Congreso y otra en la Universidad de Brown.

No acostumbro a marcar o subrayar libros y mucho menos hacer anotaciones al margen, pero, luego de leer lo que hacía este señor, creo que deberé revisar mi conducta y atreverme a hacer alguna marca, a lápiz como lo hacía el Gran Dictador; al fin y al cabo los libros son míos y no tengo que devolverlos.

Timothy Ryback
Profesor de historia y literatura de la Universidad de Harvard, Autor de The last Survivor: Legacies of Dachau.
 Ha escrito para The Atlantic Monthly, The  New Yorker, The Wall Street Journal y The New York Times.
Cofundador del Institute for Historical Justice ans Reconciliation y secretario general adjunto de la Académie Diplomatique Internationale, con sede en París, donde reside.

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