lunes, 21 de abril de 2014

Cuernos olímpicos

Marte y Venus sorprendidos por Vulcano, por Guillemot Alexandre Charles (1827)
La imagen que encabeza este artículo representa una de las escenas más interesantes de la mitología griega. Este fin de semana largo, me dediqué a releer La Odisea (Biblioteca Edaf, Madrid, 2007), una edición no muy bien cuidada y con errores tipográficos, con una Introducción a cargo de Alberto Bernabé. Allí aparece la escena, que ha sido representada por numerosos pintores y escultores. Se trata de una infidelidad celestial.

Ulises/Odiseo ha llegado al palacio de Alcínoo, rey de los feacios. El rey indica al huésped que entre los méritos de sus súbditos no destacan ni el pugilismo ni la lucha. ...Somos buenos corredores y excelentes marinos -le dice-; pero para nosotros nada vale, en cualquier tiempo, como los banquetes, la cítara, la danza, las vestiduras limpias, los baños calientes y el amor... Los feacios eran, pues, un pueblo coqueto y festivo y para muestra, invita al bardo Demódoco a tomar la cítara y cantar:
Después de un preludio, Demódoco empezó a cantar hermosamente los amores de Ares y de la coronada Afrodita, su primera entrevista secreta en la mansión de Hefesto, los regalos de Ares y el ultraje al lecho  de Hefesto, y cómo el Sol fue a contar al marido que los había sorprendido en flagrante adulterio. Hefesto oyó la desagradable noticia y, dirigiéndose veloz a su fragua, acariciaba en el fondo de su corazón sus propósitos vengativos. Preparó el gran yunque y forjó una red de cadenas irrompibles para atrapar a los amantes. Una vez terminada la trampa, lleno de cólera contra Ares, volvió a la estancia en donde tenía su lecho, atando a sus pies unas cadenas y colgó del techo otras que caían como una tela de araña: una trampa sin igual, invisible para todos, incluso para los dioses inmortales. Una vez dispuesto así el lecho, fingió un viaje a Lemnos, su ciudad predilecta. Ares, que lo espiaba, apenas vio al insigne artífice ponerse en camino, empuñó sus áureas riendas y corrió a casa de Hefesto, encendido de amor por Citérea, la de la hermosa corona.
La hija de Zeus el todopoderoso acababa de llegar de la mansión de su padre y descansaba sentada. Ares entró en la estancia  y tomándola de la mano dijo:
Venus y Marte con Cupido y un caballo, por Paolo Veronese (1570)
-¡Vamos al lecho, amada mía, a disfrutar de nuestro amor...! Hefesto se ha puesto en camino; sin duda se dirige a Lemnos a reunirse con sus gentes de bárbaro lenguaje.
Habló así, y el deseo del amor se apoderó de la diosa. Pero apenas se tendieron sobre el lecho, el ingenioso mecanismo de cadenas preparado por Hefesto cayó sobre ellos, impidiéndoles cualquier movimiento. Comprendieron que no podían escapar.
Avisado por el Sol que acechaba a los adúlteros, Hefesto, el ilustre cojo, desanduvo su camino hacia Lemnos y regresó a su morada, lleno de rabia su corazón.
Se detuvo en el umbral, loco de cólera, y con tremendos gritos invocó a los dioses:
-¡Padre Zeus y todos los demás bienaventurados y sempiternos dioses, venid! ¡Venid y os reiréis  viendo algo insólito!.... Es cierto que soy cojo, pero la hija de Zeus, Afrodita, solo vive para deshonrarme. ¡Se ha enamorado del insolente Ares por la sola razón de que es arrogante y no tiene, como yo,  las piernas torcidas! Pero si yo nací contrahecho, ¿de quién es la culpa? ¿Mía  o de mis padres que nunca debieron haberme engendrado?... Pero venid; ¡venid y veréis el lugar que han elegido para amarse! ¡Mi propio lecho!... Mas aunque mi cólera sea inmensa, no creo que ellos puedan gozar mucho del amor que se tienen, pues mis redes los mantendrán encadenados hasta que mi suegro me restituya hasta el último de los regalos que le hice como dote de la puerca de su hija, tan hermosa como desvergonzada.
Habló así el afrentado esposo, y los dioses acudieron hacia el umbral de bronce de su casa. El primero en llegar fue Poseidón, el que sacude la tierra, y luego el servicial Hermes y Apolo, el de las flechas de largo alcance. Con el pudor de su sexo, las diosas prefirieron quedarse en su mansión...
El grupo de inmortales que nos dispensan todos los bienes se mantuvo en el umbral. Al contemplar la ingeniosa artimaña del hábil Hefesto prorrumpieron en grandes risas.
Mirándose unos a otros se decían:
Afrodita calipigia. Copia romana de un original helenístico
Museo Arquelógico Nacional. Nápoles.
-La mala conducta no proporciona la felicidad...! ¡El cojo ha ganado al ágil! ¡El patituerto Hefesto ha cazado a Ares! ¡El más veloz de los dioses del Olimpo se burló del cojitranco, pero va a pagar caro su adulterio!
Así cuchicheaban entre sí los dioses. Y el soberano Apolo, tomando aparte a Hermes, le preguntó:
-¡Yo creo, Hermes, hijo de Zeus, mensajero divino y sembrador de riquezas, que de buena gana te dejarías aprisionar entre pesadas cadenas con tal de dormir en la cama de la áurea Afrodita!
Dijo así, y de nuevo la risa estalló entre los inmortales. Solo Poseidón, sin reír, implorando de Hefesto la libertad de Ares, decía al insigne artífice estas aladas palabras:
-¡Suéltalo, y yo te garantizo ante los dioses que pagará lo que ordenes!
El ínclito paticojo le respondió:
-¡No me pidas eso, Poseidón, señor de la tierra! ¡A mal pagador, mala garantía!... ¿Cómo podría yo apremiarte ante los dioses, si una vez liberado, Ares olvidara la deuda y las cadenas?
A lo que Poseidón, el que sacude la tierra, contestó:
-Si Ares huyese y se negara a pagar su deuda, seré yo quien te pague, Hefesto.
Dijo así y empleó todas sus fuerzas en deshacer la red. Liberada de las pesadas cadenas, la pareja levantó el vuelo, él hacia Tracia y ella hacia Chipre. La sonriente afrodita volvió a Pafos, para encontrar su bosque cercado y el incienso en su altar. Allí las Gracias la bañaron y ungieron con ese aceite divino que reluce sobre la piel de los dioses sempiternos, y le pusieron sobre su cuerpo una hermosa vestidura que hechizaba a cuantos la contemplaban.

Nacimiento de Venus, por Sandro Boticelli
En el cuadro de Boticelli vemos a Simonetta Vespucci, prima de Américo Vespucio posando como Venus. Afrodita/Venus fue una diosa casquivana, nacida de la sangre de Urano y de la espuma del mar. Su nacimiento dotó de voz a la Naturaleza, hasta entonces muda. Una nota al pie de esta historia nos dice:
Educada por las Horas, hijas de Zeus y de Temis, aprendió el arte de agradar y enamorar, de seducir los corazones y proporcionar la felicidad y el placer. Las horas le regalaron un cinturón tejido por las Gracias que hacía irresistible su hermosura y con él se presentó en la corte del Olimpo, deslumbrando a todos los inmortales.
No le faltaron aventuras amorosas con dioses y mortales.

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