domingo, 9 de junio de 2013

Discurso contemplativo


Gorrión
Foto de Alfonso Martínez, tomada de www.abc.es

DISCURSO CONTEMPLATIVO
Amo la paz y la soledad; aspiro a vivir en una casa espaciosa y antigua donde no haya otro ruido que el de una fuente, cuando yo quiera oír un chorro abundante. Ocupará el centro del patio, en medio de árboles que, para salvar del sol y del viento el sueño de sus aguas, enlazarán las copas gemebundas. Recibiré la única visita de los pájaros que encontrarán descanso en mi refugio silencioso. Ellos divertirán mi sosiego con el vuelo arbitrario y el canto natural; su simpleza de inocentes criaturas disipará en mi espíritu la desazón exasperante del rencor, aliviando mi frente el refrigerio del olvido.
La devoción y el estudio me ayudarán a cultivar la austeridad como un asceta, de modo que ni interés humano ni anhelo terrenal estorbará las alas de mi meditación, que en la cima solemne del éxtasis descansarán del sostenido vuelo; y desde allí divisará mi espíritu el ambiguo deslumbramiento de la verdad inalcanzable.
Las novedades y variaciones del mundo llegarán mitigadas al sitio de mi recogimiento, como si las hubiera amortecido una atmósfera pesada. No aceptaré sentimiento enfadoso ni impresión violenta; la luz llegará hasta mí después de perder su fuego en la espesa trama de los árboles; en la distancia acabará el ruido antes que invada mi apaciguado recinto; la oscuridad servirá de resguardo a mi quietud; las cortinas de la sombra circundarán el lago diáfano e imperturbable del silencio.
Yo opondré al vario curso del tiempo la serenidad de la esfinge ante el mar de las arenas africanas. No sacudirán mi equilibrio los días espléndidos de sol, que comunican su ventura de donceles rubios y festivos, ni los opacos días de lluvia que ostentan la ceniza de la penitencia. En esa disposición ecuánime esperaré el momento y afrontaré el misterio de la muerte.
Ella vendrá, en lo más callado de una noche, a sorprenderme junto a la muda fuente. Para aumentar la santidad de mi última hora, vibrará por el aire un beato rumor, como de alados serafines, y un transparente efluvio de consolación bajará del altar del encendido cielo. A mi cadáver sobrará por tardía la atención de los hombres; antes que ellos, habrán cumplido el mejor rito de mis sencillos funerales el beso virginal del aura despertada por la aurora y el revuelo de los pájaros amigos.
La torre de Timón (1925)
José Antonio Ramos Sucre

José Antonio Ramos Sucre
1890-1930
Tal día como hoy en 1890, nació en Cumaná el gran poeta venezolano José Antonio Ramos Sucre, una de las más finas plumas de la historia de la literatura venezolana. De él dice Rafael Arráiz Lucca en su Antología de la poesía Venezolana (Panapo, Caracas, 1997):
Su poesía, profundamente culta, supuso el trato cotidiano con la literatura clásica, con las estructuras mentales de la edad Media, con otras lenguas. El poeta fue un hombre de biblioteca: allí transcurrió su vida, por más que los avatares lo llevaran al inútil escritorio del diplomático o al siempre fácil estrado del profesor. No fue, sin embargo, un anacoreta. Discurrió por las calles de su tiempo y se le ubica en la camada de la Generación del 18, desde que llegó a Caracas proveniente de su Cumaná natal. Murió en Ginebra cuando apenas contaba cuarenta años: víctima del insomnio, un día no pudo más y dispuso de su vida.
(...) Si la medida de la hondura de un autor es el hecho de regresar a él y no terminar nunca de poseerlo totalmente, la magnitud de la obra del cumanés no tiene igual entre nosotros. 

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