viernes, 7 de junio de 2013

Un paisaje de novela

Caracas vista desde el norte, primera década de 1900
Biblioteca del Congreso
Aporte de Mary Heras al grupo Caracas en Retrospectiva de Facebook.

Hace un par de días me topé en un grupo de Facebook con la foto que encabeza este artículo. La amiga Mary Heras, que siempre anda buscando imágenes interesantes, la encontró en la Biblioteca del Congreso, Washington DC. Es una vista de Caracas desde el norte, lo más probable desde la calle que sube hasta La Puerta de Caracas (y al viejo Camino de la Mar), tomada entre 1900 y 1906. Tiene muchos detalles interesantes de la Caracas de hace cien años; aún era un pueblo bastante bucólico y adormecido, sobre el que habían caído como una plaga los tártaros capacheros de la Revolución Restauradora de Cipriano Castro y la corte de cómplices que lo acompañaban.

Ramón Tello Mendoza, uno de los villanos.
Detrás está Eduardo Blanco sacando provecho.
La visión de los tres hermosos chaguaramos (Roystonea oleracea) meciéndose en el sol de la tarde que forman parte de un jardín o huerto familiar, prestan encanto a la ciudad somnolienta que se ve al fondo. Del otro lado de la calle se ve una hilera de viviendas; son casas pobres con sólo una o dos ventanas y una puerta sin pretensiones. La calle baja hacia la plaza de La Pastora y el centro de la ciudad. Detrás de la primera palmera (a la izquierda del espectador) se ven las torres de la Iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes. Más abajo, detrás de la segunda palmera, se ve la chata torre de la Catedral; hacia el fondo hay construcciones que extienden los límites de la ciudad hacia el sur (Puente Hierro, El Paraíso); también el abra de la Roca Tarpeya, por donde pasa el camino que lleva hacia el Rincón del Valle (Prado de María), Tierra de Jugo (Cementerio) y más allá al delicioso pueblo de El Valle. Cerros verdes, libres de ranchos y contaminación. Caracas era un vergel. Lo que veo en esta foto me recuerda la novela El Cabito, obra que Pedro María Morantes (a) Pío Gil, escribió en 1909; no todo era tan idílico en esa Caracas bucólica.

La novela, que es una crítica política, está planteada como una historia de amor con villanos, pero sin final feliz. Comienza en el despacho del Gobernador del Distrito Federal que está en tratos con una proxeneta para que le consiga una muchacha para presentarla al Cabito y así sacar más provecho. La madama le ofrece una perla conocida por su honestidad. El. Dr. Tello pone a su disposición la partida de Imprevistos del presupuesto de la gobernación a fin de lograr sus objetivos.

La víctima es Teresa, cuya única familia es un anciano. Ama tiernamente a Juan, quien le corresponde. El poder le hace un cerco de hambre y acoso a la inocente niña, mientras ponen preso al novio para que no tenga quien la defienda. Ante esta trampa la joven cede con todo su pesar. Luego, deshonrada, se refugia en un convento donde se enferma de tristeza. Liberan al novio, quien la busca pero no la encuentra. Sus averiguaciones le hacen conocer la triste historia de amor y sacrificio. Jura vengarse. Ve la oportunidad cuando observa a Cipriano Castro en El Paraíso. El golpe falla y Juan es muerto en la acción. En ese mismo momento muere la buena Teresa. En vía al cementerio, cerca de la Roca Tarpeya, ambos cortejos fúnebres se encuentran y siguen su ruta.

Cipriano Castro, el Siempre Invicto, el Mono Lúbrico, El Cabito
Tarjeta postal de la época. 

El ejemplar de El Cabito que poseo (Ediciones Roraima, Caracas, 1978) está enriquecido con una semblanza del autor escrita por Ramón J. Velásquez y por el Elogio pronunciado en la Cámara del Senado de los Estados Unidos de Venezuela por José Rafael Pocaterra en 1939. La novela está completa e incluye el Prólogo de Pío Gil:
Pedro María Morantes
1865-1918
El último cesarismo de Venezuela, con sus asesinatos y sus apoteosis de carnaval, ofreció un extraño contraste de tragedia bufa. La parte trágica estuvo a cargo de un loco sanguinario, que cayó en medio de la reprobación universal. La parte bufa fué desempeñada por palaciegos, contra los cuales no se ha ejercido ninguna sanción.
El concepto de que un solo hombre aherroja a todo un pueblo, es un concepto errado. Ningún tirano triunfa por sí solo. Tiene esbirros ciegos, servidores complacientes, mentores hábiles, con los cuales se impone.
Han escrito contra Castro, en todos los tonos, muchas plumas aceradas: ¿por qué esas plumas nada dicen contra los cortesanos que separaron al Caudillo de los elementos honrados de la Revolución de Mayo, y que fueron aconsejadores e instrumentos de su dictadura? No solo debe castigarse la cabeza del pulpo que nos devoró; punibles son también los tentáculos, sin los cuales el pulpo no habría hecho todo el mal que hizo.
La equivocada creencia del déspota único, de solo un responsable del despotismo, ha hecho incompletas las reivindicaciones populares que castigan a veces a los déspotas, y dejan impunes a los cómplices.
Los venezolanos nos desgañitamos clamando contra la autocracia, y llegamos a veces a tumbar las estatuas y a romper los retratos de los tiranos ausentes; pero no descargamos nuestra condenación inexorable sobre los cortesanos viles, que han creado el foco infeccioso en que se incuban todos nuestros cesarismos: la adulación.
La falta de castigo de los criminales aumenta la criminalidad y la falta de castigo a los aduladores aumenta el servilismo. Por eso la adulación entre nosotros está tomando alarmantes proporciones de calamidad pública.
Ninguna altura se corona con el mérito, sino con el incondicionalismo aplaudidor; no se sube con el vuelo, sino con el arrastramiento; los caracoles babosos vencen a las águilas aladas.
Cayó el Restaurador, pero el telégrafo sigue transmitiendo las felicitaciones ridículas, los periódicos siguen publicando las alabanzas bochornosas, los concejos municipales siguen elaborando los mismos acuerdos sumisos de la Restauración.
Juan Vicente Gómez
A pesar del movimiento dignificador de Diciembre, los cortesanos arrodillados colocan en el turíbulo la resina embriagadora, buscando marear al general Gómez, como marearon al general Castro.
Derribado el déspota, el general Gómez apenas ha realizado la mitad de una gran obra, la otra mitad, la más importante, la hará obligando a todos los postergados de Venezuela a que se pongan de pie, y arrancándoles el incensario de las manos.
Juvenal, Víctor Hugo, Montalvo, Vargas Vila, han rayado con sus plumas el rostro de los déspotas. A veces, la Revuelta, los ejecuta. Sobre los aúlicos no ha caído nunca ni el castigo de la pluma ni el del banquillo.
Esa deficiencia  de la justicia revolucionaria, en lo que se refiere a Venezuela, trata de subsanarla este libro y otros que le seguirán.
¡Hay que tener el valor de exhibir la vileza de los aduladores, aunque se produzca la náusea!
Pio Gil
Diciembre, 1909

Por supuesto que Juan Vicente Gómez no pudo ni quiso realizar la "mitad más importante" de la obra. Al contrario, este libro le valió a Pedro María Morantes el exilio hasta el día de su muerte. Me pregunto si en verdad hemos cambiado algo en el último siglo.


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