martes, 28 de mayo de 2013

Nacimiento de la melancolía

Melancolía, por Alberto Durero


EL NACIMIENTO DE LA MELANCOLÍA


Lentamente fui despertando en una luz de conejos,
frente a un tinajero de rostro de piedra y mojada barba de helechos,
seguido por un perro que hacía volar los gallos
y saltar los fuegos fatuos de la noche.

Todo se iniciaba en secreto:
el olor del cacao en los patios crepusculares,
los rojos navíos celestes,
la campana en el pescuezo de los asnos,
el hollín en las paredes de la cocina,
la araña en el dibujo sideral de los rincones.

Comenzó mi soledad bajo unos árboles de follaje negro
donde se escondía el crepúsculo con siete gatos blancos.

Alrededor ascendían los girasoles
y detrás de los árboles rojos anidaban las serpientes.
¿Había una cigarra cantando en la penumbra de mis ojos?

Los ramajes de la tarde caían sobre los caballos
y una llanura tendía una luz amarilla para las casas de palma.
Había una comarca de nubes donde dormían los tigres.

Todo se iniciaba en secreto:
el sabor del chocolate,
Tío Conejo entre los árboles lunares,
el paso del jinete sin cabeza por la calle de la noche,
el brillo del murciélago en la sombra.

Lentamente todas las mañanas eran nuevas,
con una ardilla que se escondía en la manga de mi camisa,
con una cometa sobre la colina de las cruces,
con un viento de arena cruzado por un río
bajo la sombra azul de los bambúes.

Yo iniciaba la era de las aves migratorias,
de los horizontes fluviales,
de las oscuridades diurnas en el fondo de los juncos.

¿Qué guardaba el agua en su movimiento de penumbra y miedo?
¿Dónde aquel día de naranjo y trueno?

No había límites para las horas,
sino la aparición de alguna mariposa lenta,
de un negro rumor de lluvia en las montañas.

Yo iniciaba la era de los rostros.
Todos se reunían bajo la lluvia y los relámpagos.
Mi padre me sonreía con su pipa entre los dientes.

Mi madre tenía los ojos tristes como si mirara un bosque lejano.

Mis hermanas tenían criznejas y grandes lazos rojos.
Había un anciano de barba blanca que nos hablaba de los animales.

¿Había oído, acaso, el nacimiento de la noche en las guitarras?

Yo iniciaba la era de las puertas.
Había puertas para los hombres y puertas para los caballos,
y puertas para los muertos,
y vi que las hormigas abrían puertas en la tierra
y que las aves habrían puertas en los árboles,
y que la noche cerraba las puertas de las casas.



Los espacios cálidos (1952)
Vicente Gerbasi


Vicente Gerbasi en el patio de la casa de su hija Beatriz
Tomada de www.vicentegerbasi.net

Rafael Arráiz Lucca, al referirse a Vicente Gerbasi en su Antología de la poesía venezolana (Panapo, Caracas, 1997) nos señala:
...Ofrece la mirada deslumbrada y deslumbrante frente al carácter mágico de las tierras equinocciales. Los ojos de Gerbasi son mitad de aquí y mitad europeos. (...) No dejó de asombrarlo la realidad mágica de su universo de la infancia, tampoco abandonó su aldea natal y absoluta, pero aquellos escenarios se le fueron haciendo limpios y delgados, escuetos y esenciales. Cada vez más su mirada como de niño que descubre el alfabeto del mundo se fue haciendo más y más profunda, siempre por el camino de lo elemental y lo luminoso. No me canso de celebrar su obra. En ella se encierra la humildad que sólo a los elegidos les es dada por Dios.


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