domingo, 5 de mayo de 2013

El antihéroe olvidado

General Julián Castro
(1805-1875)
El domingo pasado celebré un encuentro con un amigo de toda la vida. Guillermo Días Jácome, tal es su nombre, es médico de profesión y como todos sus colegas tiene la mente inquieta, es dado a la lectura y con un gran don de gentes. Acordamos vernos en la Feria de la Lectura de Chacao, no sólo para curiosear y comprar libros sino para conversar largo y tendido sobre los últimos 53 años de amistad. Total, los amigos de la infancia siempre son cercanos, a pesar del tiempo y la distancia.

A la hora del almuerzo, conversando no recuerdo qué tema, tal vez política, se me vino a la memoria un presidente venezolano de mediados del siglo XIX. Le conté algo de su historia y de cómo, por andar en manejos políticos sin apreciar la coyuntura nacional, nos llevó a la guerra civil. Interesado, Guillermo me preguntó por su nombre. Allí surgió el problema: Castro -le digo ¿Cipriano? -inquiere. No, el otro. Espera ya te digo el nombre, es corto.... Uy, debió ser pichirre. Ya te lo diré...No recuerdo. ¿Será alzeimer? Al llegar a casa busqué entre mis libros la biografía del General Julián Castro por el historiador Tomás Straka (Biblioteca Biográfica Venezolana El Nacional-Bancaribe, Vol. 55, Caracas, 2007). Nada tiene de particular no conocer a este personaje u olvidarse de él, pues éste fue echado al cajón del olvido. No era ni mejor ni peor que sus conciudadanos de antes y de ahora. Fue campeón del salto de talanquera, que fue lo que causó su caída.
Ermita y Plaza de San Pablo, lugar  donde se formó la sampablera,
en agosto de 1859

Existen dos expresiones del habla común del caraqueño que, en cierta medida se han extendido por todo el país, relacionadas con don Julián: TIENE RAZÓN, PERO VA PRESO y SE ARMÓ LA SAMPABLERA, que se originaron entre el 31 de julio y el 2 de agosto de 1859. Desde ese momento, una sampablera es un desorden tumultuario con violencia, y un saldo de muertos y heridos. Debe su nombre a la plaza de San Pablo donde ocurrió la matazón. Venezuela estaba en guerra civil desde el mes de febrero. El presidente Castro seguía con sus manejos y maquinaciones políticas que crean la desconfianza de conservadores, liberales y federalistas y lo enajenan del apoyo que necesita para poner orden en el país. El 31 de julio convoca a una Junta de Notables a la que asiste una abrumadora mayoría liberal; esperaban que el Presidente adoptase la Federación, pero no sucede nada. Se le trancó el serrucho. Que nos cuente el historiador:
El 1° de agosto
Como con Castro nunca se sabe -tanto es así que ya en Caracas se hacen chistes sobre su supuesta locura-, los militares han decidido atajar cualquier sorpresa. Es decir, han decidido darle un golpe de Estado. En realidad, lo tenían planeado para el 30, pero lo de la Junta de Notables los detuvo un rato. A lo mejor, pensaron, ahí se resuelven las cosas. Pero nada, no se resolvieron. Puras promesas y rumores, como es todo con Castro. El país está desangrándose y ese hombre no parece entender. Ellos no son realmente federales, pero piensan que es su deber patriótico hacer algo para que se pare la hemorragia del país. Como el 31 finalmente se acaba y no se llega a ningún pronunciamiento, acuerdan que a la mañana siguiente le darán un viraje a la situación (...) A la mañana siguiente será el momento y, con él, la última escena en la que Castro pruebe su valor. En efecto, cuando se levanta, le informa (Pedro Vallenilla) que está detenido.
Tomás Straka
Historiador
Aquello es un balde de agua fría, una pedrada en la frente para él, un inesperado huracán. ¿Cómo? ¿Detenido? La sorpresa es completa. Parece que en serio no se lo esperaba. Sin embargo, Castro no es tipo de dejarse detener tan fácil. Se reincorpora. Profiere dicterios. Grita deslealtad. Y se prepara a luchar. Si lo quieren, pues que lo agarren muerto. Él es un valiente. Nunca ha sido de los que se amilanan por esos trances. Que se la jueguen si lo quieren detener. Que aprendan esos edecanes, esos patiquines metidos a militares y que no saben lo que es pegar o recibir un machetazo, o cómo es que se portan los hombres de verdad. Corre a su habitación. No huye busca las pistolas. No están. Busca el sable. Tampoco. No tiene alternativa. Han sido más astutos que él. Tal vez sea lo que le da más coraje. Que se haya dejado atrapar tan fácil. Se entrega. Se  acabó. Acaso no lo puede creer. Acaso nadie lo puede creer, pero se acabó.
Parece un sainete o una comedia de enredos como para un presentación en el teatro de la esquina de Maderero, pero es más bien una tragedia. Las cosas no se quedan allí. Se complican. Volvamos a Straka.
El Dos de Agosto
... si bien sus enredos ayudaron a que las cosas estuvieran tan mal, no eran los únicos culpables del desastre, los episodios que al día siguiente tendrán por escenario a la Plazoleta de San Pablo lo harán plenamente. Son sucesos en los que las confusiones llegan a tal punto, en los que los flujos y reflujos de la política van tan rápido, que a siglo y medio es casi imposible seguirlos sin perderles el sentido, suponiendo que hayan tenido alguno. Entonces la gente lo llamó por su fecha: "El Dos de Agosto", que es una buena forma de llamar a los acontecimientos difíciles de definir: el 14 de febrero, el 18 de octubre, el 27 de febrero. Otros, más precisos, lo llamaron como la "Matanza del Dos de Agosto". El día de hoy lo conocemos por el venezolanismo -mejor, el caraqueñismo- que hemos inventado para nombrar a nuestra realidad y por el que ahora decimos, sin rodeos, que aquél día se formó la sampablera en la capital.
(...)
Plaza de San Francisco, donde se reunió la asamblea de los liberales.
Pues bien, tanto el "Gobierno de San Pablo" (el que habían formado los liberales afectos a la Federación), como la "Sampablera" que se dan entre el 1° y 2 de agosto tendrán por escenario el emblemático lugar y, de hecho, lo lanzarían a la historia nacional. Los hechos fueron muchos y muy complejos y hoy, que al dramatis personae de aquella ciudad dividida entre liberales y conservadores no lo manejamos como lo manejaban los políticos y periodistas de entonces, sólo logramos desenmarañarlos por una carta que le envía Valentín Espinal al padre José Antonio Ponte, futuro Arzobispo de Venezuela (...) El problema comienza unas cuadras más al norte, en la Plaza de San Francisco. Allí se reúnen doscientas personas, en respuesta a la convocatoria de una Asamblea que hacen los golpistas. Naturalmente, todos son liberales. Constituidos en Asamblea reconocieron el sistema federal, reconocieron a  Falcón como jefe supremo de la nación y organizaron un gobierno provincial (...)  quien en la mañana ha proclamado a la Federación en la tarde está reunido con el Arzobispo Guevara y Lira, Soublette, Wnceslao Urrutia, que vuelve por sus fueros, y otros (se refiere al coronel Juan Clemente de las Casas que había dirigido el golpe, pero había quedado fuera del gobierno organizado por la Asamblea). Algo así en la historia venezolana, sólo volverá a repetirse en los acontecimientos del 11 al 13 de abril de 2002. Algunos dirán que desde el principio Soublette estuvo metido en la jugada y que la proclamación del sistema federal fue solo para que salieran los liberales y agarrarlos más fácilmente. Es lo mismo que dicen del 11 de abril. En fin, como el Gobierno recién constituido tiene el apoyo de cien milicianos que dirige el coronel José de Jesús Pineda y que están acuartelados en la Plaza de San Pablo, se le llamará, no sin cierta ironía, "Gobierno de San Pablo". El resto de los militares está tan disgustado con los resultados de su propio golpe que decide asestar un contragolpe y, si no restituir a Castro, que hubiera sido el colmo, poner a uno de los suyos o alguien de consenso. Porque este era el objetivo, no inclinar la balanza sino conseguir la paz.
Plaza Mayor y Catedral de Caracas en 1867. Allí se reunieron los godos
Pero, ¿Quién es ese hombre de consenso? Buscan a Tovar, pero ya estaba en Puerto Cabello. Queda la figura de recio civismo que siempre fue Pedro Gual y, mientras lo consiguen, echan a andar la reacción. En la Plaza Mayor, Francisco Michelena y Rojas empieza a congregar a los conservadores y a denunciar lo ocurrido como un golpe inaceptable. La gente, esa otra mitad de Caracas que es goda, se aglomera en la calle y va a pedir armas a los cuarteles. El Gobierno de San Pablo, que actuó con tanta seguridad en sí mismo y puso y quitó a su antojo, empieza a crujir a pocas horas de nacido. Ya amanece el 2 de agosto. Y es acá donde se cruzan los destinos (...) Es la dialéctica de un país que quiere vivir en las leyes, pero que no puede hacerlo. Que necesita, pero no sabe como, de letrados y sablones. Llevado por los soldados, se encuentra Castro, detenido, con Gual, nombrado Designado, en la Casa de Gobierno. Tal vez los dos van con la misma mala gana. El uno quiere mandar, el otro no. oyendo vivas a la Constitución, Castro cree por un momento en el retorno de los favores de la Providencia. Como ya cualquier cosa es posible, a lo mejor es que lo restituyeron, piensa: "¿Quién gobierna?", grita pero los reunidos le responden dando vivas al Designado, "¿Se clama la Constitución? ¡Pues yo soy el Presidente Constitucional!", vuelve a gritar a lo que esta vez el licenciado Cadenas Delgado le respondió con la frase famosa: "Si, es usted el Presidente constitucional; mas usted está preso". Se habrán reído todos con, tal vez, la sola excepción de Gual. Pero Castro es una fiera. Siguió lanzando dicterios, acusando a sus "amigos" de haberlo tumbado. Los militares simplemente le responden gritándole traidor y encerrándolo en un cuarto...
Croquis de la Plaza de San Pablo para la época
Tomado de www.microhistoriascaracas.blogspot.com
(...) Renuncia. "Ofrezco este sacrificio a mi Patria porque es lo único que me quedaba por sacrificarle y pido a Dios fervientemente  que este mi procedimiento produzca la dicha y felicidad de la República". Ojalá lo haya producido. Justo cuando firma esto, que es el 2 de agosto a la una de la tarde, Caracas es un campo de batalla. El general Pedro Vicente Aguado, creyendo que lo del Gobierno de San Pablo iba en serio, se había alzado en Maiquetía y recorriendo el camino contrario de La Galipanada, avanzo sobre Caracas. Cuando llega a la Plaza de San Pablo con el objetivo de reunirse con Pineda, se encuentra con la inesperada situación de que los conservadores han retomado el poder y de que la plaza está siendo atacada por los batallones "Cinco de Marzo" y "Convención" y por civiles a los que les han repartido armas. Es el momento en que se forma la sampablera. La dura, la más brava de todas cuantas ha habido. Son cuatro horas de plomo parejo. La gente, en vez de esconderse, según narra después de Las Casas, "afluía como si concurriese a una fiesta". Al final cayeron ciento cincuenta liberales presos. El resto huyó. Se contaron sesenta cadáveres, que eran un montón en aquella Caracas. Aguado estuvo entre los que lograron huir. El gobierno lo persigue...
Esta es la historia que dio origen a las dos expresiones. Te recomiendo, Guillermo, que busques esta biografía, muy buena, como todo lo que investiga Tomás Straka. Si no la consigues, te presto mi ejemplar (sé que lo devolverás) y luego podríamos acercanos al lugar de los hechos, bajar hasta la esquina El Muerto a comernos una paella y conversar sobre la Guerra de los Azules, entre conservadores y federalistas y del soldado que "resucitó" en esa esquina

Grabado de la época, referido a la Sampablera del 2 de agosto de 1859.

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