viernes, 11 de mayo de 2012

Feliz día, Madre

El poeta venezolano Manuel María Ramos nació en 1834. De él nos dice José María de Rojas (Biblioteca de Escritores Venezolanos Contemporáneos, 1875): "Desempeñó varios destinos de honor y de confianza y prestó sus servicios  á la República, como oficial valiente y pundonoroso; pero la muerte vino a sorprenderlo, en la flor de la vida, el año 1865, cuando se había dedicado al cultivo del campo y solo se ocupaba de este y de las letras. Dejó varios escritos, de los cuales publicamos ahora algunos."

De los textos de Manuel M. Ramos escogí uno dedicado a la madre como homenaje a todas las madres y en recuerdo de la mía, que se parece mucho a la que describe el poeta. Como de costumbre, he respetado la acentuación y ortografía del original.



Á MI MADRE

Oigo el alma delirar,
Siento el corazón latir,
Por el deleite de amar
Por la quien yo he de vivir
Y que nunca he de olvidar.


Tú que despues del Criador me diste
La dichosa existencia que respiro
Y en tu seno amoroso recogiste
Mi lloro de inocencia y mi suspiro;
Tú que loca de amor me bendijiste
En la dulce quietud de tu retiro
Y velando amorosa con empeño
Fuiste el ángel custodio de mi sueño;

Tú la que á mi primero revelaste
De nuestra religión ese divino
Misterio que ella encierra, y me mostraste
De nuestra vida el áspero camino:
Tú también cariñosa me esplicaste
Que la muerte era al fin nuestro destino,
Que del mundo mentida era la gloria
Y mentida era su historia.

Á ti debo cantar, á quien no alcanza
El título mas noble á ponderarte;
Á ti, fuente de amor, luz de esperanza,
Á quien nada tributo en adorarte;
Porque fuistes el iris de bonanza
Que la senda del bien me iluminaste;
Porque tu amor es único en la tierra
Y tu nombre de madre todo encierra.

Mas en vano del arpa de los cielos
He implorado su grata melodía;
Mas en vano he implorado en mis desvelos
Que algun eco del coro de María
Me lo traigan las auras, que sus vuelos
Por la clara region alzan del dia,
Para cantarte, autora de mi vida,
El amor que por tí mi pecho anida.

Pero ya que los cielos han negado
Lo que tanto ha pedido y lo que siente
Por tí mi corazon entusiasmado
Y mi alma apasionada, reverente,
Aun te puedo ofrecer lo que me es dado:
El eco de mi plectro que no miente,
El lenguaje purísimo del alma
Que no del corazon turba la calma.

Á ti la imágen fiel que me destina
El cielo de su Reina bendecida.
Tú eres el aura celestial divina
Que el árbol mece de mi pobre vida,
Y el sol que si la alumbra no declina
Nunca su luz en magia convertida,
La fuente inagotable de riqueza
Que me brinda placer y no tristeza.

Tú eres como la aurora que alimenta
Con las perlas nevadas de su llanto
De las flores el cáliz que se ostenta
Bajo la noche de enlutado manto;
La estrella de los mares que se asienta
En el azul que veneramos tanto;
El dulcísimo acento de María
Que aduerme el corazon y lo extasía.

Y eres el ser divino que asemeja
Ese poder del cielo soberano,
Que la virtud y la bondad refleja
De ese Dios liberal nunca tirano.
Tú eres el ser que del pesar aleja,
Interponiendo tu potente mano,
Al hijo reverente que te admira
Porque es tuya la vida que respira.



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