martes, 27 de diciembre de 2011

Zombies, una invasión de muertos vivientes

Zombies, los mejores relatos de muertos vivientes
Carátula
Ayer salí a comprar los regalos de Navidad que estaban pendientes. Regalar libros es una buena solución, pero cada vez la gente lee menos. Sin embargo, entré a una librería bien provista de un centro comercial y no pude resistir la tentación de comprar el regalo a mi tía Imelda, que tiene poco más de ochenta años, y dos para mí.  Uno de éstos es la antología que recopiló John Joseph Adams de relatos de muertos vivientes. Son casi 700 páginas de infestación de zombis caníbales.

Leemos en la contraportada:
De La legión de los hombres sin alma a El amanecer de los muertos, de Resident Evil a Guerra mundial Z, los zombies (sic) han invadido la cultura popular y se han convertido en las criaturas que mejor expresan los miedos y ansiedades del mundo moderno. Son los depredadores definitivos: regresan de la muerte y se alimentan de los vivos, sus numerosas hordas siempre están hambrientas, siempre impacientes por saciarse, como máquinas devoradoras sin mente ni rostro. Se ha calificado a los muertos vivientes de subordinados controlados mentalmente, se les ha descrito como los infectados que se arrastran, los muertos descompuestos, el lumpemproletariado definitivo, pero, en cualquier caso,no son más que un reflejo de nosotros mismos, simples mortales que viven asustados por la muerte en una sociedad a borde del colapso.
Esta antología reune la mejor literatura zombie de las tres últimas décadas a través de los autores más reconocidos de la fantasía, la ficción especulativa y el terror actuales, entre los que destacan Stephen King, Harlan Ellison, Robert Silverberg, George R. R. Martin, Dan Simmons, Poppy Z. Brite, Neil Gaiman, Joe Hill, Laurell Hamilton y Joe Lansdale. Zombies cubre el amplio espectro de la ficción de la temática zombie. Los muertos vivientes de esta antología van desde los Zombies de Romero hasta cuerpos reanimados, pasando por zombies vudú o tiernos niños que regresan de la muerte.
Debo confesar que dudé en comprarlo por varias razones. La primera es que en castellano el título debería ser ZOMBIS, plural de ZOMBI, palabra tomada directamente del Créole haitiano. Segundo, no soy fanático de este tipo de historias de terror que recuerdan a producciones cinematográficas de dudosa calidad. Los zombis de esta calaña no tienen la sensualidad de los vampiros y asumo que los autores tampoco tienen la calidad de sus colegas del siglo vampiresco. Hay un tercer aspecto: estos personajes son descendientes directos de las películas de George Romero; es decir, son unos muertos que reviven, canibalizan e infectan a sus congéneres al morderlos. Nada que ver con la zombificación que se practica en Haití, donde nadie teme a los zombis, sino ser convertidos en uno de ellos por artes maléficas de algún bocor. Sin embargo, compré el libro y anoche, antes de dormir, leí tres de las historias, demás está decir cuál fue el tema de alguno de los sueños.

Zonbi, por Wilson Bigaud

El verdadero zombi (Zonbi, en créole haitiano) no es un muerto resucitado, sino un muerto en vida. La leyenda dice que el hechicero zombifica a la persona, que "muere", es revivida y posteriormente llevada a trabajar como esclavo en alguna plantación. La víctima, al ser alimentada se le establece una dieta que no incluye la sal. Si un zombi prueba una comida salada regresará a su tumba, la abrirá con sus propias manos y morirá. La verdad es que el zombi, si prueba sal, no regresa a la tumba, sino a su lugar de origen.

El célebre antropólogo francés Alfred Méthreaux en su libro Le vodou haïtien, trata el tema. Él creía que no había tal, sino que los supuestos zombis recuperados no eran sino personas subnormales con cierto parecido físico a personas desaparecidas. Sin embargo existen numerosos casos documentados como el de Clairvius Narcisse, "muerto" en 1960 y que regresó con su familia 20 años después.

Un caso famoso que forma parte aún de los chismorreos entre la bourgeoisie local es el del párroco de la Iglesia del Sacré Coueur quien encontró a una niña bien robándose hostias para "alimentar a las culebras" (o hacer ouanga). Eso sucedió en plena campaña antisupersticiosa en los años 40 del siglo XX. El sacerdote amonestó públicamente a la aristócrata sacrílega. Poco después el cura enferma, "muere" y luego aparece cortando caña en una plantación en Leogane. Conocí a los nietos de la protagonista (Mme. Mallebranche) y a mucha gente que recordaba el episodio. ¡Qué feo!

El Código Penal haitiano, que es napoleónico en su forma y concepción jurídica, considera la zombificación como un asesinato y contempla la misma pena (cadena perpetua; hasta la época de Jean Claude Duvalier era pena de muerte). Recuerdo un caso de un muchacho que se recuperó y llegó a denunciar a su tío en los tribunales. Generalmente la zombificación se usa para resolver problemas sucesorales, límites de tierras o disputas entre vecinos. El éxito o no del proceso depende del bokó (bocor o hechicero) y de la calidad de la pócima utilizada. El proceso se efectúa en tres etapas: aplicación del "veneno"y fallecimiento civil de la víctima; entierro y levantamiento del "cadáver", y sometimiento a la esclavitud.  Interesante ¿no?

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