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lunes, 8 de septiembre de 2014

Lolomai



Hace uno días, Alexis el Librero me recomendó una novela de aventuras. Se trata de Lolomai; el río de los diamantes (Dahbar / Recuperaciones, Caracas, 2014) obra escrita hace ya unos 50 años por Sadio Garavini di Turno (1904-1991), a quien no hay que confundir con su hijo homónimo que fue Embajador de Venezuela.

La novela, me decía Alexis, está basada en hechos reales y describe la vida en la selva venezolana en los ya lejanos años 40: actividad minera según la antigua Ley de Minas (según la cual todo lo que se extrajera por métodos no industriales al sur del paralelo 5 eran propiedad de quien lo extrajera con muy pocos trámites) el aventurerismo que surgió en ese mundo rico y poco explorado, las "bullas diamantíferas, y el daño causado a las etnias y indígenas y sus culturas debido a la presencia de armas de fuego, vicio y el indispensable contacto con los "racionales". En efecto, esta novela ligera y de fácil lectura nos presenta ese mundo de manera personal e íntima. No es una gran obra literaria, pero da placer leerla y da buenas horas de sano entretenimiento.

No es la primera vez que Lolomai está en manos del público. Al momento de su primera edición estuvo en la lista de los best sellers del New York Times: Veamos la contraportada:
La publicación de esta novela en 2014 es el redescubrimiento de un tesoro, y un nuevo capítulo en una historia tan extraordinaria como los hechos que la novela relata. Cuando este aventurero y trotamundos que fue Sadio Garavini di Turno la publicó, esta historia de mineros, indígenas y seductoras nativas en medio de la selva venezolana llegó a la lista de best sellers del New York Times y fue traducida, en los años siguientes, a varios idiomas. Ahora, una editorial venezolana la devuelve a la luz, para que encuentre nuevos lectores esta pieza que no pertenece a ninguna tradición local y que tiene el sabor de los libros inolvidables.
La novela ha viajado bien en el tiempo y, a pesar de su edad, mantiene su frescura con pocas arrugas, que tal vez sean solo líneas de expresión.

Sitio de una de las más antiguas minas de diamante de la Gran Sabana. Aún sigue siendo lugar de difícil acceso
Fotro www.bbc.co.uk

lunes, 25 de agosto de 2014

Oficina N° 1


Hace unos tres años me acerqué a El Tigre, estado Anzoátegui, para asistir a la ordenación diaconal de un amigo, hoy párroco de María Auxiliadora en Lechería. Eduardo me llevó al club de PDVSA para que viera la Oficina N° 1, el primer pozo petrolero que se perforó en la zona y que dio el nombre a la tercera novela de la trilogía de Miguel Otero Silva. Para entonces, no la había leído aún y ya en Caracas me propuse subsanar esa deficiencia.

Pozo Oficina N° 1
Foto de www.guanipanoticias.com.ve
Oficina N° 1 es una novela fácil de conseguir pues es uno de los clasicos de la literatura venezolana del siglo XX. Encontré la edición reciente por Los Libros de El Nacional (Caracas, 2009) y me dispuse a leerla. ES una novela que describe el paso de la Venezuela agraria semifeudal a la petrolera y moderna. Leemos en la contraportada:
Ambientada en la región Oriental del país (El Tigre), esta novela cuenta la creación de una población que se levanta a partir de la explotación petrolera llevada a cabo por una compañía norteamericana; pueblo de errantes, rústico y precario, con sus casas de bahareque hechas por los indios "en solo un día"; con su bodega, su botiquín y el ávido perfume de sus prostitutas; un poblado de gente piadosa y cauta, desconfiada y tramposa, donde la avaricia, el oportunismo y el atraso social conviven con las formas de desarrollo industrial minero, la planificación económica, y la eficiencia laboral de la compañía extractora. Novela hecha de personajes ya memorables en nuestras letras como Mrs. Taylor y Carmen Rosa, Oficina N° 1 deja constancia, en el imaginario de nuestra nación, de los rigores de una realidad histórica, de "casas mal nacidas" como las llamó el propio autor, realidad que cambió y definió el destino de Venezuela para siempre.
Iglesia de la Virgen del Valle, El Tigre, estado Anzoátegui
Comentario de los editores aparte los personajes de la novela conforman un mundillo, a veces sórdido, otras de trabajo y dedicación. Están, por ejemplo los margariteños que se dedicaban con ímpetu al trabajo; los sindicalistas y activistas de izquierda que luchaban por la agremiación sindical con oposición de la compañía y del Jefe Civil, a pesar de estar autorizada por el gobierno; corruptelas de la compañía con las autoridades locales para hacer lo que les viniera en gana; el cura español que recogía plata para la construcción de una iglesia que nunca inició, sino su remplazo y un sacerdote merideño; los chinos de servicio, los americanos que se adaptan, casan con criolla y se quedan... De todo un poco.

Si hoy paseamos por las calles de El Tigre nos encontramos con la Iglesia de la Virgen del Valle, inaugurada en 1954 (tal vez remplazo de la choza de bahareque construida por los margariteños; en pleno centro la casa de la Asociación china, con los símbolos de la República China del Kuo Ming Tang, pero pintada gris ratón; el mercado, etc. Hay cierta prosperidad en El Tigre. Si se produce el desmembramiento de la Diócesis de Barcelona, será sede episcopal. Nadie podría sospechar en 1911 que un puesto telegráfico podría convertirse tan rápidamente en una ciudad.

El tema petrolero surge aquí y allá en la literatura venezolana. Hay dos novelas de Ramón Días Sácnhez que lo tratan: Mene (1936) y Casandra (1957), que considero de interés para profundizar en este aspecto.


viernes, 22 de agosto de 2014

Casas muertas

Edición príncipe de Casas muertas,
Editorial Losada, Buenos Aires.
Cursaba yo segundo año de bachillerato cuando Severino, el profesor de castellano, propuso una lista de lecturas de obras venezolanas para el año escolar 1967-68. Recuerdo los nombres de algunas de ellas: Casas muertas, Doña Bárbara, Campeones, Puros hombres.... Fue un año que auguraba un buen enriquecimiento cultural pues Severino sabía dictar sus clases. Ese fue mi primer encuentro con Miguel Otero Silva y su obra.

Ya viejo y jubilado se me ocurre releer Casas muertas al verla en los estantes de una librería (Los Libros de El Nacional, Caracas, 2009). Me traía buenos recuerdos y decidí dedicarle un rato. Esta edición tiene un interesante prólogo de Jesús Sanoja Hernández que nos ubica esta novela en la trilogía con Fiebre y Oficina N° 1 y en el contexto histórico en que de desarrolla.

Esta es, a mi juicio, la mejor lograda de las tres novelas. Se trata  del abandono del campo y de los campesinos que se ha prolongado desde las guerras civiles del siglo XIX y concluyen luego de la muerte del General Juan Vicente Gómez, cuando el Estado venezolano se dispone a traer salud y educación para todos. Malaria, fiebre amarilla, anquilostomiasis, sífilis, analfabetismo y resignación son algunos de los males que afectan al país, de los cuales, justo es decirlo, no todos son achacables a la dictadura de Gómez. Era un país volcado hacia París, Berlín y Nueva York, con poco interés en si mismo; y de eso no se puede culpar sólo al gobierno, sino también, en alguna medida, al caudillismo (aniquilado por Gómez) y a unas élites despreocupadas.

Iglesia de Ortiz
Foto de José Jaime Araujo
La acción de Casas muertas comienza, por vía de la reminiscencia, hacia 1890, cuando Ortiz era capital del estado Guárico y concluye con el deterioro total del pueblo, ya venido a menos (aunque lo principal de la acción ocurre entre 1928 y 1932). Carmen Rosa, la protagonista es asertiva y firme, mientras que el pueblo vive resignado, entregados a su destino, resignados y sufridos. Su novio, Sebastián, hombre bregado y de pelo en pecho, muere de hematuria y con él se inicia y concluye el relato.

Veamos qué nos dice Jesús Sanoja Hernández:
Se ha catalogado a Casas muertas como la segunda parte de una trilogía que comenzó con Fiebre y concluye con Oficina N° 1. La sucesión de las etapas cronológicas o la reaparición de algunos personajes fundamentan tal apreciación. Fiebre cubre el período 1928, desde los sucesos preparativos de la Semana del Estudiante, en febrero, hasta el envío de estudiantes rebeldes a Palenque, en el Guárico, cerca de Ortiz, pasando por la montonera, 1929, en la cual el autor, en realidad participó. y Casas muertas, limitada a un pueblo-isla, según Fernando Aínsa, además de transcurrir en ese bienio, por la vía del recuerdo ocupa zonas del pasado, extendiéndose hasta 1890, y penetra en los primeros tiempos del petróleo en Anzoátegui, hacia donde emigraron personajes como Carmen Rosa, tan importante en el argumento de Oficina N° 1, cuyo término cronológico es 1940.
Casa orticeña
Foto de Alfredo Rojas (Flickr)
(...) Fiebre es una denuncia del sistema y del terror gomecistas. Casas muertas es la denuncia del mal morir de una ciudad aniquilada por el paludismo, el gamoralismo y las guerras civiles; Oficina N° 1 es la denuncia del mal nacer de una ciudad al rescoldo de la explotación minera imperialista.
De la contraportada de la edición de Libros de El Nacional:
A pesar de que son más de 5 décadas que separan aquella edición argentina de la que hoy presentamos, la novela mantiene su vigencia, lo mismo en punto a estilo: novedoso, vivo, dinámico, que en lo atinente a su temática. "Casas muertas -advirtió en su tiempo el autor- es la denuncia del mal morir de una ciudad aniquilada por el paludismo, el gamoralismo y las guerras civiles". Enfermedad, autoritarismo y violencia aparecen aquí como tres fantasmas que son uno solo, el que atestigua y propicia la lenta caída de Ortiz, el pueblo donde ha muerto Sebastián, el pueblo en el que Carmen Rosa tendrá que decidir si se queda o se va, ese pueblo donde como en ningún sitio se vivió del pasado, pero donde ahora lo que priva es la urgencia, la inmediatez, la crudísima realidad del presente.
Es una novela, a mi juicio que conviene leer y reflexionar. Por negligencia, han reaparecido enfermedades que se consideraban extirpadas de Venezuela, algunas de ellas las sufrimos hace un siglo y tenemos como muestra a Ortiz, ciudad glamorosa convertida en cascarón. Espero que no nos suceda.

Miguel Otero Silva

jueves, 21 de agosto de 2014

Fiebre

Muchachos de la Generación del 28

Entre la amplia obra de Miguel Otero Silva destaca una trilogía que ya es un clásico de la literatura venezolana del siglo XX. Las tres novelas a las que me refiero son Fiebre (1939), Casas Muertas (1955) y Oficina N° 1 (1961). Las tres, además de ser literatura de denuncia, describen a Venezuela en un momento crucial de su historia.  Hoy comentaremos Fiebre, la primera de ellas, que lanzó a la fama a su autor y se refiere a la rebelión estudiantil de febrero de 1928 frente a la dictadura de Juan Vicente Gómez. La versión actual corresponde a una revisión que hizo el autor, como él mismo nos refiere:
Miguel Otero Silva
Apañé las intentonas anteriores, logré apilar en la nueva coyuntura como 200 páginas y las publiqué con empaque de libro, saliera sapo o rana, sin detenerme a corregirlas, sin mostrárselas previamente a un consejero idóneo. Así vino al mundo la primera edición de Fiebre en Caracas, y la segunda en México y la tercera en lima, tal y como la teclearon mis inexpertas manos juveniles. Cuarenta años más tarde, time present, releí mi lejano relato, y decidí hacer lo que dejé de hacer a su debido tiempo: someterlo a un irremplazable procedimiento de cirugía, despojarlo hasta donde fuera posible de oratoria antinovelesca y de palabras farragosas: corregir es podar. Eso sí, he mantenido intocados los personajes y la trama, y también el estilo digamos"vanguardista" y la intención digamos "romántica" que eran instrumentos peculiares de la generación del 28. La generación del 28 para quienes todavía no lo saben, fuimos nosotros, los protagonistas de Fiebre, 252 estudiantes venezolanos que resolvieron un buen día declarase en desacuerdo con la (ponga usted el adjetivo más espeluznante que conozca) dictadura del general Juan Vicente Gómez.
Beatriz Peña, Reina de los estudiantes en el carnaval de 1928
La leí por primera vez en su edición limeña del Festival del Libro, en un ejemplar que estaba en la biblioteca de mis hermanos. Para entonces yo contaba con solo 11 años y descubría el placer de leer textos fuertes sin ilustraciones. Demás está decir que, debido a mi inmadurez, buena parte del mensaje estaba fuera de mi alcance. Para subsanar esa deficiencia, hace unos meses compré la trilogía completa editada por Los Libros de El Nacional (Caracas, 2009). La leí y quedé complacido. Además de ser una obra de calidad, su mensaje sigue vigente a pesar de que los hechos que narra ocurrieron hace casi 80 años. Debemos agregar también que esta nueva edición incluye, a manera de prólogo, un amplio texto de MOS sobre esta obra, la generación del 28, y entrevistas a los sobrevivientes para 1971. Es pues un verdadero tesoro testimonial.

De la contraportada:
Estructurada en tres partes, "La universidad","Montonera" y "Fiebre", esta historia recrea la aparición de la llamada Generación del 28, grupo de jóvenes universitarios que durante el carnaval de 1928 inició en Caracas un movimiento en contra del gobierno de Juan Vicente Gómez, y que pretendió cambiar los fundamentos de la sociedad y la cultura del país. Los discursos, los hechos armados, los castigos impuestos por la dictadura gomecista forman el núcleo de esta novela política, en un marco geográfico y social devastado por el atraso, la miseria y las enfermedades que asolaban a la Venezuela de entonces.
Transcurridos 70 años de su publicación, los hechos contados en esta obras se muestran más actuales que nunca. Cuando un régimen dictatorial intenta cerrar las puertas de la vida ciudadana, una nación dirigida por la energía, la fe y la fuerza de sus estudiantes lanza el desafío de oponerse y decir no....
En un país tan falto de memoria histórica como lo es Venezuela, donde la historia es vista con menosprecio, me parece interesante recomendar ampliamente a las nuevas generaciones la lectura de Fiebre y de complementarla investigando la época del gomezato, para que las cosas malas no se repitan y el buen ejemplo perdure.

Antigua sede de la Universidad Central de Venezuela, hoy Palacio de las Academias
San Francisco a Bolsa, Caracas

lunes, 4 de agosto de 2014

La muerte de Honorio

Miguel Otero Silva
En estos días he estado releyendo La muerte de Honorio (Seix Barral, Barcelona, 1975) novela de Miguel Otero Silva ambientada en las cárceles de la Venezuela de los años 50, con la presencia ubicua de los famosos esbirros de la dictadura.

Esta novela es ya un clásico de la narrativa venezolana, que se hizo popular desde su primera edición en 1968. La contraportada nos indica algo de su contenido:
La muerte de Honorio es el relato de las torturas padecidas por cinco hombres -el Médico, el Barbero, el Periodista, el Tenedor de Libros y el Capitán - que representan, en la ficción, a muchos otros luchadores de Venezuela de los años inmediatamente anteriores a 1958, que padecieron igual suerte siniestra, como el propio autor señalas. La primera parte del libro o primer cuaderno -"Cinco que no hablaron"- narra, juntamente con los maltratos, los diversos puntos de vista ideológicos y humanos de los protagonistas, su pasado y su presente, su familia y sus historias amorosas, en un montaje casi cinematográfico, de gran agilidad y extraordinaria eficacia. El segundo cuaderno, en forma de diario, es la expresión a nivel humano y literario, de una solidaridad emocionante entre los cinco presos, en torno a la figura ausente de un niño, Honorio, que llega a convertirse en el hijo mítico de todos ellos.
Las turbas enardecidas toman la sede de la Seguridad Nacional.
23 de enero de 1958
La novela tiene el lenguaje característico, rico y sentido de Otero Silva, lo que hace de su lectura un deleite. Como indican los editores, esos personajes simbólicos representan a hechos y personas de la vida real, o como lo pone MOS: Los personajes y el argumento de este libro son imaginarios. En cuanto a los maltratos que en él se narran son auténticos y fueron padecidos por venezolanos de carne y hueso en los años inmediatamente anteriores a 1958.

En efecto, cada uno de ellos representa una ideología y una parcialidad política, siendo el Tenedor de Libros un militante y activista de Acción Democrática; el Periodista es también militante y activista, pero de Unión Republicana Democrática, cuya victoria electoral de 1952 fue escamoteada por los militares y sus dirigentes perseguidos y expulsados; el Médico es comunista y se le sometió a torturas para que revelara el escondite de Santos Yorme (nombre de guerra de Pompeyo Márquez); el Militar era un militar pundonoroso asqueado por la corrupción del régimen, y, por último, el Barbero desconocía la causa de su tortura y encierro, simplemente que los esbirros le tendieron un peine y querían que confesara algo que él, inocentemente ignoraba. El Barbero es el padre de Honorio. La torturas al Tenedor de Libros recuerdan a las que fue sometido Salonm Meza Espinoza, luchador socialista quien, luego de varios días de tortura, salió con el cabello completamente cano. Los esbirros son fácilmente reconocidos, pues sus apodos son los mismos de los personajes de la vida real.

Marcos Përez Jiménez (a) Tarugo
Mucha gente justifica y añora la dictadura festiva y pachanguera de Tarugo, olvidándose de su feo récord de violaciones a los derechos humanos. Muchos dice: ¡¡la Dictadura hacía y sólo perseguían a los políticos!! Pues bien, la persecución de políticos no es sólo un acto vil, sino que también agrede a la ciudadanos de a pie que los siguen y creen en ellos. Esta novela es, pues, algo que todos los ciudadanos deben leer. La última edición que conozco es la de Libros de El Nacional, publicada en la colección Biblioteca de Miguel Otero Silva. Vale la pena buscarla y leerla.

Carátula de la edición de La muerte de Honorio por Libros de El Nacional.


viernes, 30 de mayo de 2014

Ajuar funerario


Debo confesar que fue luego de leer Inquisiciones peruanas (aquí), de Fernando Iwasaki, cuando me decidí a explorar Ajuar funerario (Páginas de Espuma, Madrid, 2012), a pesar de que Jesús el Librero me la recomendaba con énfasis. El Ajuar funerario es una colección de relatos brevísimos, algunos de sólo unas pocas líneas, que al mismo tiempo deleitan e inquietan al lector. En la contraportada:
Ajuar funerario es un homenaje a la literatura de terror y a la micronarrativa, porque Fernando Iwasaki ha logrado concentrar en diez o doce líneas todo el escalofrío, la náusea y el desasosiego del género. ¿Es posible que los fantasmas, las pesadillas, los ritos y las supersticiones nos puedan seguir asustando en pleno siglo XXI? Si se tiene hijos, insomnios o hipotecas, mejor no lea Ajuar funerario.
No es tan grave y preocupante la cosa cuando el lector disfruta de este tipo de literatura, como es mi caso. Los leí de noche, cuando todo estaba en silencio. A pesar de su brevedad, las narraciones no pierden un ápice del terror o la desesperación que intentó el autor. Es buena literatura, sin duda.

En el Epílogo a la quinta edición, Iwasaki nos ilustra sobre su origen e influencias:
Desde que publiqué Ajuar funerario, los lectores han querido saber cuánto de Poe, Lovecraft o Hoffmann crepita en aquellas historias, pero yo trato en vano de hacerles ver que fueron las historias de la casa de mi abuela las que me prepararon para leer a Poe, Lovecraft y Hoffmann...
(...) En Ajuar funerario resuenan los ecos de Borges, Maupassant y Henry James; pero también pululan por ahí el corredor de los cuartos de los tíos muertos, el fantasma irascible de la bisabuela, la risa hweladora de Guillermina, el crucifijo sangriento de la cómoda de mi abuela y aquel Salón de los Muertos donde pasé una noche siniestra en 1970...

Fernando Iwasaki

martes, 27 de mayo de 2014

Cuentos del vampiro


Me gustan los cuentos orientales, pues están llenos de sabiduría y enseñanzas. Hace unos días encontré en una librería, a un precio irrisorio, un ejemplar de Cuentos del vampiro (Paidos Orientalia, Barcelona, 1980), una colección de historias indias de autor anónimo, titulada en sánscrito Vetālapañcavimshatikā. ¿En qué consisten?
Originados en el primer milenio de nuestra Era, estos relatos se cuentan entre los más famosos de la antigua India y se hallan ampliamente difundidos por traducciones o adaptaciones en la mayor parte de las lenguas vernáculas de ese país.
Su narrador es un vetāla (un vampiro, según la traducción consagrada aunque no del todo exacta del término), una especie de fantasma alojado en un cadáver, ser malicioso pero no necesariamente cruel, capaz de engañar a los hombres pero que también puede ser servicial como se observará en esta colección de relatos, en la que en última instancia dará un consejo precioso a su interlocutor, el rey Trivikramasena, cuyo valor admira.
Son historias ligeras, teñidas de una imperceptible ironía, que pintan situaciones precisas, personajes de perfiles nítidos, y en las que le da apariencias de verosimilitud. Testimonio de las costumbres y creencias de la India clásica, la destreza narrativa que en ellas se pone de manifiesto contribuye a estimular la curiosidad y a hacer placentera su lectura.

He pasado largas horas entretenido con las veinticinco historias que este espíritu indio o Baital le contaba al curioso rey mientras éste lo lleva sobre sus hombros, luego de descolgarlo de un árbol. La edición corresponde a una traducción del francés por Alberto Luis Bixio, que contiene muchas notas explicativas que le confieren un valor agregado. Buena adquisición, sin duda.

lunes, 28 de abril de 2014

Inquisiciones peruanas


Rara vez uno consigue un libro tan grato como Inquisiciones peruanas (Páginas de Espuma, Madrid, 2007) colección de cuentos del escritor peruano Fernando Iwasaki, basados en hechos reales extraídos de los archivos de la Inquisición en Lima, en el Archivo del Museo Histórico Nacional de Madrid, y del Archivo General de Indias. El libro, que no tiene desperdicio, está prologado por Mario Vargas Llosa.

Esta colección de historias de beatas, frailes, iluminados y penitenciados me recuerdan a Ricardo Palma y sus Tradiciones peruanas, pero son más sabrosas y sensuales por lo irreverentes. En la contraportada leemos:
Hablar de la Inquisición supone trasladarnos a una época de torturas, represión y oscurantismo que nadie asociaría jamás al humor y la ridiculez. Sin embargo, después de seleccionar unos casos tan reales como inverosímiles, Fernando Iwasaki consigue hacernos reír conjurando a una rocambolesca cofradía de beatas voladoras, confesores pecaminosos, monjas endemoniadas, obispos sodomitas y otras devotas especies que florecieron en el virreinato peruano. Páginas de Espuma se complace en presentar la edición definitiva de Inquisiciones Peruanas, con la esperanza de que su autor sea prohibido p -por lo menos- excomulgado.
Es un libro escrito con donaire y lisura, que deja una sonrisa en el corazón. Lo único lamentable es que el lector se queda con las ganas de conocer más casos... pero de lo bueno poco.

Fernando Iwasaki nació en Lima en 1961. Es escritor, ensayista,
historiador y autor de más de una docena de títulos de diversos géneros
Jesús el Librero, cada vez que paso por la librería de los jesuitas, me recomienda otra obra de F. Iwasaki: Ajuar funerario, de la misma casa editorial. Creo que ese será el próximo título que lea de este autor.

jueves, 10 de abril de 2014

Memorias de un adicto al sexo


Ignoro cuál habrá sido el objeto del autor al escribir Memorias de un adicto al sexo (La Hoja del Norte, Caracas, 2011) obrita sin mucho valor escrita bajo el seudónimo de Antonio Gaggia, "nombre sonoro con apellido de máquina de café". No se puede decir que es literatura erótica, tampoco es pornografía y, sin duda, tampoco pertenece a las bellas letras. Cuando uno abre este macizo ladrillo encuentra párrafos de 5, 6 o 7 cuartillas, sin mayúsculas y con un lenguaje aburrido,hacen regresar a la memoria las peroratas "filosóficas" precoito de los personajes del Marqués de Sade, pero sin el sabor libertino dieciochesco que supo imprimir a su obra el Divino Marqués. No, no entra en el esquema en la filosofía de tocador. Tampoco erotiza, ni provoca, ni incita. ¿Será un alarde?

En la contraportada tratan de venderlo como algo de valor:
(...) Estas memorias auténticas cuentan con detalle lo que puede ocurrir cuando un hombre y una mujer que se desean coinciden en una inocente posada en el mar o la montaña, en un restaurante cerrado, una oficina, un callejón. Cosas que no deberían hacerse en público, aunque no siempre se respeta.
Tampoco es corriente porque es anónimo. Justamente porque lo que cuenta es cierto, su autor optó por publicar bajo un nombre falso, por ocultar su verdadera identidad porque con eso oculta la de las audaces e independientes mujeres venezolanas que aquí miran, susurran, abren, cierran, levantan, acuestan, besan, lamen, muerden, aprietan, agotan enamoran. Las mujeres de distintos temperamentos, cotidianidades, colores, sabores y olores que alimentan la adicción de este hombre que se atrevió a cruzar la frontera que muchos avizoran pero pocos conocen de cerca; la que separa la fantasía de la realización, el sueño del recuerdo.
En un país como Venezuela, donde escasea en papel sanitario, me parece extravagante gastar pulpa de papel y tinta en imprimir esto. Algún uso tendrá, digo yo.

sábado, 11 de enero de 2014

En sueños matarás

La novela más reciente de Fedosy Santaella, En sueños matarás (Alfaguara, Caracas, 2013), salió la la luz pública en noviembre, un mes después de su presentación. Me gusta como se expresa Fedosy, variando el lenguaje según el contenido de la obra. Aquí nos encontramos con una novela negra, escabrosa y sórdida con un léxico de altura y una construcción que recuerda lo mejor del género. El autor tiene un blog con varios artículos sobre esta novela que se puede leer por aquí.

En la contraportada, Ricardo Ramírez Requena nos dice:
La obra narrativa de Fedosy Santaella, heredera del cómic, la novela gráfica, el cine, la novela policial, es un maravilloso melting pot lleno de maestría y conocimiento del oficio. Dueño de una prosa inteligente, satírica y humorística que nos revela las honduras de lo humano, su obra parece un cruce del Lazarillo de Tormes, Edgar Allan Poe y los hermanos Cohen. En sueños matarás es su novela más ambiciosa y lograda, en donde la gravedad de los asuntos, lo gótico, denso, nos llevarán por los meandros de una casona misteriosa en donde la sensualidad de la noche le brindará el silencio que solo nos concede el horror. Pero eso es lo que usted, como lector, agradecerá.
La trama gira en torno al Pantocrátor y su corte de "inmortales", un asesinato y un detective. Estos personajes, todos ligados entre sí, parecen vampiros pero no lo son. Sexo, droga y muerte se conjuran para darnos una lectura inquietante, surreal y onírica que al llegar a la página 100 se desea abandonar. Mejor seguir con calma las próximas 40 páginas que nos ayudarán a comprender lo que Santaella nos quiere decir. Me gustó esta novela y la recomiendo.

Lo que no me gustó fue la diagramación. Me desagradan los márgenes estrechos y desiguales. En eso tengo el mismo gusto de E. A. Poe por el aire que debe rodear al texto. Pero ya esto es es "culpa" de Fedosy, como tampoco lo es el que la tinta no sea completamente negra, sino gris oscuro. Los ojos lo agradecen.

Fedosy Santaella

jueves, 21 de noviembre de 2013

Ana Isabel, una niña decente

Iglesia y Plaza de la Candelaria hacia 1901. La vida de Ana Isabel transcurre en sus alrededores.
Los editores erróneamente identifican al templo como Catedral.

La postal que encabeza este artículo es evocadora de una Caracas que ya no es. A pesar de lo que los editores digan, no es la Catedral de Caracas, sino la Iglesia y plaza de la Candelaria como lucía en 1901 (desde su ángulo sur-oeste, Cruz a Alcabala). Era entonces la última parroquia urbana de Caracas antes de comenzar el camino a Petare; un vecindario de clase trabajadora fundado en el siglo XVIII por canarios, que para el momento de la foto seguía manteniendo su carácter popular, con una fuerte presencia de artesanos isleños y criollos. Es en ese ambiente donde se desarrolla la novela de Antonia Palacios Ana Isabel, una niña decente, publicada en 1949. El ejemplar que he leído mientras pasaba la gripe es una edición de Monte Ávila (Caracas, 1980), prologada por Juan Liscano.

Antonia Palacios
(1904-2001)
Ana Isabel es hija de una familia de abolengo venida a menos; es decir, eran pobres pero decentes y seguían siendo "gente bien", con acceso a ciertas familias por razones de parentesco. Sus compañeritos de juego en la plaza no entraban en la categoría de decentes porque eran pobres o porque como en el caso de la niña catalana, Justina, se desconocía su origen o quiénes eran sus ancestros.

El concepto venezolano de "decencia" no es el que da el diccionario de la Real Academia, sino el de nuestros prejuicios sociales; si se tiene dinero. nos acercamos a la decencia, como aquel Ministro Celestino Fajardo, cuya hermana era vecina de los Alcántara, quien hizo fortuna robando sacos de cemento. El padre de Ana Isabel se parecía al de Antonia Palacios, gente de buena familia venida a menos por no estar enchufados a los gobiernos de turno. La protagonista, inocente niña, no tenía prejuicios y mantenía sincera amistad con los niños buenos, pero no decentes, que jugaban con ella. ¿Habremos cambiado de concepto en los últimos cien años? Claro, ahora no somos tan radicales, pero seguimos prefiriendo a la gente con plata. Luego de varios años, un culpable de peculado puede optar a la categoría de gente bien. ...Pero ese no es el tema, sino la novela de Antonia Palacios.

Es ésta una novela pletórica de reminiscencias que nos lleva a una Caracas semi-rural prepetrolera, en la cual la gran mayoría pasa trabajo, enfermedades y dificultades. Allí todo el mundo se conoce y campean los prejuicios sociales. Es la Caracas de los techos rojo. En ocasiones, Ana Isabel filosofa:
(...) El Señor ha hecho el sol, la luna, las estrellas... y, toda la hermosa y triste Venezuela. Y chiquillos flacos y desnudos y Gregoria soplando junto al anafe, con los ojos llorosos y su dedo negro y cabezón...
- Los pobres son pá aguantá. Sufrí y aguantá...
¿Para aguantar ha hecho el señor a los pobres? ¿Y por qué, Dios mío? Entonces, ¿por qué no roban como Don Celestino Fajardo y se compran una casa grandota, toda de mosaico y comen fresas con leche, según cuenta Cecilia, de Cristina, la hija del Ministro?
¿Por qué los pobres no roban?
Si los pobres robasen, se acabarían los pobres. Todo el mundo seria rico. Todo el mundo estaría contento y el Señor no castigaría a nadie, igual que a Don Celestino, que vive tan feliz.
¡Cristofué! ¡Cristofué!
Cristofué
El cristofué se ha puesto a cantar. Está posado en una rama delgada y se balancea alegremente. Ana Isabel contempla sus ojillos redondos y su cabeza parda.
Si los pobres robasen, se acabarían los pobres. Todo el mundo tendría una casa grande. Perico y Carmencita no vivirían en ese cuartucho sucio y oscuro. Pepe el monaguillo, no se acostaría sobre la tierra negra, en el rancho de San José del Ávila. Ella lo había visto, Ana Isabel, un día en que fue a volar papagallos... Pepe la hizo entrar a su casa. Ana Isabel buscaba la casa por todas partes y sólo miraba un trozo de tierra dura y pelada y una mujer que tosía sin descanso. Aquel día, la señora Alcántara reprendió a la vieja Estefanía, por haber permitido que Ana Isabel penetrase en ese rancho tan sucio.
- Esos ranchos, Estefanía, donde sólo se cogen enfermedades y malas mañas...
¡Si todo el mundo fuese rico! Si todo el mundo fuese rico, ella, conocería el mar. Le comprarían el velo largo y la corona de rosas y todos los días, podría comerse un gran plato de fresas con leche...
¡Cristofué! ¡Cristofué!
Cuando el cristofué canta, seguro que va a llover. Pero el cielo está azul. Ni una sola nube negra. Ana Isabel se ha quitado los zapatos para marchar sobre las tejas sin romperlas. Quiere ver qué dice el tiempo por Petare. Petare está clarito. El cielo es de un azul desvaído, porque ya se oculta el sol.
Por encima de las tejas rojas pasa una brisa tibia, una brisa suave, que adormece los sueños.
Y Ana Isabel está soñando.
¡Si todo el mundo fuese rico, se acabarían los pobres!
Se acabarían los pobres...
Juan Liscano (1914-2001)
Foto Papel Literario. El Nacional
Juan Liscano, en el prólogo, al comparar la obra de Antonia Palacios con la de Teresa de la Parra nos dice:
(...) En primer lugar que con Ana Isabel, como Teresa de la Parra con los dos únicos libros suyos, se da la espalda a un concepto descriptivo, historicista, geográfico y sociológico de la literatura prevaleciente en aquel momento entre los escritores de mayor nombradía y entre los jóvenes de la generación del 28. Antonia Palacios toma el camino de la intimidad, de la vida interior, del conocimiento de sí mismo. Con una obra como Ana Isabel, se pasa de una literatura realista, edificante, de referencia exterior e impersonal, a una literatura  interiorizada, casi confesional, reveladora de la persona en sus oposiciones y atracciones con los otros y el medio social. En este aspecto, Ana Isabel es obra de avanzada y ruptura con la tradición de narrativa agrarista y vernácula.
(...) Para mí es la escritora más importante de nuestro país en estos momentos (se refiere a 1949), porque conjuga los poderes de la narrativa y la poesía en una síntesis expresiva que sitúa ante el vértigo de la instrospección o el develamiento de la extrañeza, de la imprevisto, de lo fantástico aterrador o liberador. A nuestra literatura le ha faltado misterio, imaginación y fantasía. Es lo que le sobra a Antonia Palacios, cuya obra más reciente sorprende siempre con vivencias y fábulas del sueño o de otra vida, más allá o más acá de la realidad que ella renueva, recrea, transfigura. 


jueves, 31 de octubre de 2013

Los comediantes


Graham Greene
1904-1991
Hace ya más de veinte años que leí la novela Los comediantes (The comedians), del escritor británico Graham Greene. Para entonces yo era Primer Secretario en Haití y el Embajador me prestó un ejemplar en francés para que lo leyera durante una de las tantas crisis políticas que me tocó presenciar. Al instante quedé enganchado en su lectura. Es una obra bien estructurada que incluye intriga, romance, aventura y violencia, pero con calidad literaria.

Acabo de concluir su relectura, esta vez en una deficiente y lamentable traducción al castellano (Debolsillo, Buenos Aires, 2004). Al cerrar el libro en su página 438, los recuerdos se agolparon y revivieron como si fuera ayer, pues Greene supo captar la atrocidad del régimen macutista de Papa Doc. Los lugares donde se desarrolla la acción, los personajes, el ambiente, son fácilmente reconocibles.

Recuerdo haber conversado sobre esta novela con el Embajador y las secretarias de la Embajada, quienes me orientaron a conocer algunos aspectos, que es el objeto de este artículo. Carmen y Marina, las secretarias, me decían que el Hotel Trianon, donde se desarrolla parte de la acción, estaba inspirado en el Hotel Oloffson y que el personaje Petit Pierre, el periodista de sociales, era ciertamente Aubelin Jolicoeur (a quien llegué a conocer, era un personaje raro y pintoresco). El Embajador, quien sabía lo que yo leía, sea porque eran lecturas recomendadas por él, o porque le comentaba lo que había explorado en las librerías, me aconsejaba que leyera Los comediantes con detenimiento, que me ayudaría a comprender muchas cosas. El buen Embajador, a quien mucho le debo, sabía orientar a su personal.

Hotel Oloffson, Haití, por Hayy Holcroft
Imagen tomada de www.harryholcroft.com

Todas las solapas y contraportadas de la novela comienzan: Los comediantes es una historia de gentes comprometidas y no comprometidas, en el escenario del terror de Haití. La edición Debolsillo repite la misma frase y agrega:
Afiche de la edición en francés de la película
Les Comédiens (1967)
...Brown está de regreso en el hotel que no ha podido vender en los Estados Unidos (pues el régimen de Duvalier ha alejado a los turistas) y tiene una atormentada relación con la mujer de otro hombre. Jones ha buscado en Port-au-Prince un último refugio. Smith sueña con cambiar la dieta de los haitianos. Como El poder y la gloria o en El revés de la trama, Greene indaga apasionadamente en estas páginas el significado de la vida y los límites de la borrosa frontera que separa el bien del mal.
En efecto, hay personajes que muestran su compromiso, como el vegetariano Smith, el Dr. Magiot o el joven Philipot. Hay otros que, como comediantes, prefieren pasar con bajo perfil o mirando para otro lado. El autor, en carta a A. S. Frere, su editor por 30 años, dice:
(...) La pobre Haití y el personaje del doctor Duvalier no son inventos: ni siquiera he cargado las tintas de este último para lograr más efecto. es imposible pintar las cosas peor de lo que son. Entre los Tontons Macoutes abundan hombres todavía más perversos que Concasseur, el velatorio interrumpido es un hecho real; más de un Joseph cojea por las calles de Puerto Príncipe después de una pesadilla de torturas, y aunque nunca conocí al joven Philipot, he visto guerrilleros tan valientes y mal adiestrados como él en el antiguo manicomio que está cerca de Santo Domingo. Sólo que en Santo Domingo las cosas han cambiado desde que empecé el libro. Han cambiado... a peor.
Graham Green escribió el libro en 1967 y la acción se desarrolla en un período en el cual se afinca con furia el terror duvalierista, que se ve intemporal porque esa tiranía era interminable. Es decir, puede ser 1960 o 1967; da lo mismo. Al seguir los consejos del Embajador me encuentro, ciertamente, con personajes de la vida real si bien con otro nombre. Veamos:

Clément Jumelle
El Ministro de Sanidad, Dr. Philipot, caído en desgracia por haber hecho un comentario ocioso sobre Papa Doc, se esconde en el Hotel Trianon donde se suicida a la orilla de la piscina. El propietario, Monsieur Brown, acompañado del Dr. Magiot, saca el cadáver del lugar y lo abandona en las afueras de Pétionville, con la esperanza de que sea descubierto luego de varios días. Sin embargo, por una aventura sexual de un Tonton Macoute con una campesina, se descubre, pero el gobierno mantiene que el ministro está fuera de la ciudad. La viuda rescata el cuerpo, mas cuando lo lleva a enterrar, el féretro es secuestrado por una comisión de matones y desaparecido en el Palacio Nacional.

Este es el caso de Clément Jumelle, un hombre decente comprometido con su país. Tuvo cargos directivos en el Ministerio del Trabajo durante el gobierno de Dumasrais Estimé. El titular de la cartera para el momento era el Dr. Francois Duvalier. Luego participó también como Ministro del Trabajo (1951-1953) durante el gobierno del General Paul Magloire (tenía 35 años de edad, el miembro más joven del gabinete) y Ministro de Finanzas y Economía (1954-1956). Candidato a la presidencia de la República en las elecciones de 1957, de las que se retiró cuando vio las trampas organizadas por los militares para poner el candidato de su preferencia y acusó el fraude. Allí comenzó su desgracia. Papa Doc no aceptaba un NO y Jumelle, hombre íntegro, no pudo complacerlo. Persecuciones, expulsiones, cárceles... Sus hermanos, Ducasse y Charles, fueron asesinados en la madrugada del 29 de agosto  de 1958 por los Tonton Macoutes, entre quienes destacaba Clément Barbot (otro personaje que cita la novela). Clément Jumelle, el sobreviviente y causa de la desgracia familiar, herido, se refugia en las oficinas de la Embajada de Cuba (quedaba en el local de la carnicería El Oso Blanco, frente al Palacio Nacional) donde fallece. Cuando se le lleva a enterrar, el cadáver, en su urna, es secuestrado por una comisión de los Voluntarios de la Seguridad Nacional. La idea era robarle el cerebro para usarlo en ritos vudú, pero ya se le había hecho autopsia y los órganos removidos.

Los hermanos Clément (derecha) y Harry Barbot (izquierda)
en la cumbre de su saloperie (1960).
El caso de Clément Barbot, jefe de los Tonton Macoutes, es interesante, no sólo porque muestra la ambición y maldad desmedida de los macoutes, sino que tiene un final de realismo mágico. Este torvo personaje, muy cercano a Papa Doc, involucrado en el asesinato de los hermanos Jumelle (seguro seguía órdenes del Presidente; allí no se movía una hoja sin que éste lo autorizara), intentó un golpe de Estado en mayo de 1963, que comenzaría con el secuestro del heredero al trono, Jean Claude Duvalier. Fracasa el golpe y esto causa la caída de los hermanos Barbot. Clément tuvo un fin raro y confuso. Por algún lado leí que, descubierta la intentona, Barbot huye a las montañas, tal vez con dirección a la República Dominicana donde tenía buenos amigos. El viejo Duvalier lo manda a perseguir y al final lo cerca, en una cabaña. Allí hay un tiroteo, mas cuando los macoutes entran al refugio no encuentran restos. Se dijo que Barbot se había convertido en perro negro y desaparecido. Pues bien, Duvalier mandó a matar a todos los perros negros de Haití. Hay una leyenda urbana que escuché en Puerto Príncipe con respecto a este personaje, completamente falsa. Según la especie, los participantes del atentado contra Rómulo Betancourt en junio de 1960, habrían ingresado a Venezuela con pasaportes diplomáticos haitianos conseguidos a través de Clément Barbot -sin autorización de Papa Doc, según algunos. Este era otro comprometido, no con la libertad, la democracia o el progreso de su país, sino con la maldad pura y simple.

Aubelin Jolicoeur, inspiró el personaje
de Petit Pierre
Para concluir, quisiera presentar a otro comprometido: el gobierno venezolano. A lo largo de la novela Greene menciona 5 o 6 veces a la Embajada de Venezuela y siempre como lugar de asilo y refugio a los perseguidos (hasta la viuda y huérfano del ministro Philipot) En efecto, contra viento y marea el gobierno de Rómulo Betancourt defendió la causa de la libertad en Haití y asistió a la víctimas con coraje y determinación: mopistas, dejoistas, fignolistas y hasta duvalieristas caídos en desgracia recibieron protección venezolana. En la caja fuerte permanecía en mi época un viejo libro con mensajes cifrados de esa época hasta la ruptura de relaciones.

Cuando Graham Greene redactó su novela en 1966-67, la Embajada de Venezuela estaba cerrada desde hacía varios años y México representaba los intereses venezolanos. Greene seguro que quedó impresionado con lo que tal vez le habían contado. Vienen a mi mente dos funcionarios que arriesgaron su vida y seguridad en cumplimiento del deber; los embajadores Elías Pérez Sosa, quien estuvo al frente de la misión entre julio y diciembre de 1958 (murió en su oficina el 23 de diciembre frente a su secretaria Carmen Dalencourt... Se decía que Duvalier lo había mandado a envenenar); y su sucesor, el poeta Vicente Gerbasi, contra quien hubo una pertinaz campaña acusándolo de comunista (todo personaje incómodo era "kominis"). Eso se llama compromiso.

El Embajador Vicente Gerbasi saliendo de la Embajada de Venezuela en Haití (1960)
Foto tomada de www.vicentegerbasi.net

martes, 29 de octubre de 2013

La torre de la soledad

La torre de la soledad, carátula de la edición Debolsillo

Yo pensaba que a esta edad, y luego de leer muchos libros serios no iba a encontrar placer en leer una novelita de aventuras al estilo de Indiana Jones. Por un precio irrisorio conseguí un ejemplar de La torre de la Soledad (Alianza Editorial, Madrid, 2000), obra de Valerio Massimo Manfredi. Ya había leído de este autor la trilogía sobre Alejandro Magno (Alexander. Pan Books, Londres, 1998) y La tumba de Alejandro; el enigma (Grijalbo, Buenos Aires, 2011). Al leer la contraportada de la nueva adquisición, le comenté al librero que lo leería de un tirón y que luego lo regalaría a quien deseara leerlo.

En efecto, la novela es apta para menores, sin mucho valor literario, y tiene un encanto cinematográfico. Cualquiera puede disfrutarlo en horas de ocio. La trama se parece mucho a las películas de Indiana Jones, como ya lo indiqué: padre e hijo arqueólogos, búsqueda de ruinas en el desierto, incluyendo una escena en Petra, intriga internacional, sexo suave y hasta un beduino amigo de los protagonistas. Faltaban los nazis, se se completaba con la presencia de seres mitológicos (blemios), de la Legión Extranjera y una intriga vaticana. Creo que ya ha sido llevada al cine.

En la contraportada leemos:
Emblema del enigma sobre el que gira toda la novela, lugar apartado donde suceden desde tiempos ancestrales sucesos inexplicables, LA TORRE DE LA SOLEDAD da título a este absorbente  relato de VALERIO MANFREDI, que aúna en ella su talento de fabulador y su conocimiento del mundo antiguo. Situada en la agitada década de 1930, la trepidante aventura que acomete Philip Garret, joven arqueólogo norteamericano, al partir en busca de su padre, desaparecido en circunstancias misteriosas, es una de las mejores historias de acción y de amor escritas por el autor de "Talos de Esparta".
 Hasta allí llego con Manfredi. Me tomó bastantes horas leer estas aventuras, que he podido emplear en lecturas más profundas. "El tiempo perdido, los santos lo lloran"; decía mi abuela.

Blemio

miércoles, 23 de octubre de 2013

El reino de este mundo


Desde hace varios años buscaba esta novela. Ayer, por fin, conseguí El reino de este Mundo (Alianza Editorial, Madrid, 2012) de Alejo Carpentier. Parece extraño, pero de las obras de este escritor cubano se consiguen con mayor facilidad Concierto barroco y El siglo de las luces, a pesar de que a ésta se la considera una de las mejores que se hayan producido en lengua castellana.

De la contraportada:
El reino de este mundo (1949) recrea de forma incomparable los acontecimientos que, a caballo entre los siglos XVIII y XIX, precedieron y siguieron la independencia haitiana. Estimulado por la prodigiosa historia original y valiéndose de su consumado arete de escritor, Alejo Carpentier (1904-1980) embarca al lector, merced al poder de su palabra, en un mundo exuberante, desaforado y legendario en el que brillan con luz propia el "licántropo" Mackandal, en quien se conjugan la rebelión popular y los poderes sobrenaturales y el dictador Henri Christophe, quien alumbró en su palacio de Sans-Souci y la Ciudadela de La Ferriere arquitecturas dignas de Piranesi.
Leí por vez primera esta novela a la edad de 11 años -y por supuesto no comprendí bien- en una edición del Primer Festival del Libro Popular Venezolano, que estaba en la biblioteca de mis hermanos. Luego, a finales de la década de los 80, lo conseguí en Haití en una excelente traducción al francés y me deleité con su lectura. Para entonces ya era más maduro y conocía con cierta profundidad la cultura haitiana como para comprender la novela, su mensaje entre lo real y lo imaginario, y  la metamorfosis de Mackandal, que no era "licántropo", sino Zobop (que en la religión haitiana es aquel que tiene capacidad de convertirse en animal gracias a hechicerías y sortilegios). Tampoco fue Henri Christophe un "dictador", sino rey de Haití, pero ya eso es harina de otro costal; tal vez los editores no conozcan la realidad mística de ese país.

Me deleitaré con su relectura, sin duda alguna.

Alejo Carpentier

lunes, 7 de octubre de 2013

Pic


Acabo de concluir la lectura de Pic (Ediciones Escalera, Madrid, 2010), novela breve de Jack Kerouac. Me sorprendió gratamente porque, aunque se mantiene en la línea de On the road, está exento de toda sordidez. Se trata de la historia de un muchacho negro de Carolina del Norte, Pic (Pictorial Review Jackson era el nombre completo), que al morir su abuelo viaja con su hermano Slim, primero a Nueva York y luego a California, cruzando el país entero en auto-stop. Slim, ante la falta de empleo para el y su esposa, Sheyla, se ha visto obligado a migrar. Corren pocas, pero entrañables, aventuras que el muchacho va contando a su abuelo, y hacen de esta inocente novela algo grato de leer.

De la contraportada:
Jack Kerouac (1922-1969)
Autor
Jack Kerouac resume en cien páginas los cruces de caminos bluseros de Robert Johnson, la represión de los negros, el desasosiego callejero de Nueva York, la inmensidad natural y el latido abatido de un país entero, todo ello mirado desde la perplejidad infantil del descubrimiento del mundo.
Kerouac dejó inédita esta narración que fue publicada en 1971, dos años después de su muerte (...) La ternura y la inocencia con la que Jack Kerouac es capaz de meterse bajo la piel de Pic retrotrae al lector a sus primeros escritos desde la carretera y evoca las cartas de juventud a Ménére, a Sebastian Sampas, a Allen Ginsberg, John Clellon Holmes o al mismísimo Neal Cassady.
Altamente recomendable, en especial para quienes buscan a un Kerouac distinto, pero con el mismo espíritu.

domingo, 6 de octubre de 2013

El mito de Amalivaca

El mito de Amalivaca, por César Rengifo. Mosaico instalado en el Centro Simón Bolívar. Caracas
Foto de Brisa del Mar
Una de las pocas fotos buenas que he visto del mural de César Rengifo que encabeza este artículo es la de Brisa del Mar. No conozco a la fotógrafa (o fotógrafo), pero veo que se esmeró en buscar un buen ángulo en que apareciera buena parte del mosaico. El lugar es un poco oscuro, la iluminación no es favorable y el sitio no es el más seguro de Caracas. La obra ha sobrevivido a años de buhonería, descuido y vandalismo. Muy bien, me dije -luego de capturar la imagen de la Internet-, ya podré escribir sobre este mito tamanaco que recuerda a Deucalión y Pirra en el mito griego (aquí).

Seguiremos la narración del mito de Amalivaca según Kuai-Mare. Mitos aborígenes de Venezuela (Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993), de María Manuela de Cora:
Cerca de la sierra encaramada, a orillas del Cuchivero, habitaron los tamanacos, que se alimentaban de frutos silvestres y pescados que cogían en las quebradas de la sabana o entre las aguas del Orinoco.
Al Orinoco llegaban el Suapure, el Caura, el Cuchivero y otros muchos ríos, entregándole sus corrientes y aumentando así su poderoso caudal, que se encrespaba unas veces en torbellinos de espuma, deslizándose otras sobre la tierra suavemente, como una enorme culebra.
Habitaciones arborícolas en áreas anegadizass del Orinoco.
Grabado del siglo XIX
Tomado de www.laboratoriodeurbanismo.blogspot.com
En cierta ocasión el gran río comenzó a rugir como si de su fondo estallasen los truenos y rayos de una tormenta. Elevó después sus aguas, se desbordó de su cauce y saltó a borbollones por encima de las matas y de los árboles, sobre las rocas y los cerros, anegando las chozas de las gentes y dejando cubierta toda la superficie de la tierra.
Los tamanacos quedaron ahogados por aquella gran inundación y sólo lograron salvarse un hombre y una mujer que se refugiaron en la altísima roca Tepu-mereme, sobre la gran cordillera que se levanta frente al río.
Desde allí pudo ver la pareja cómo las aguas habían cambiado el aspecto del mundo y cómo en lugar de los valles, de las palmeras y de ceibas, flotaban restos de troncos desgajados, rocas desprendidas, fango y rotos bejucos entre las aguas enfurecidas del gran río, que todo lo había destruido y transformado
Llenos de temor, los ojos del hombre y de la mujer sólo alcanzaban a ver el agua que se batía contra la montaña, con un desconocido estrépito nunca hasta entonces escuchado por las gentes.
Pero cuando ya pensaban morir sobre la roca, vieron de pronto una extraña canoa que avanzaba por encima del oleaje, manejada por un hombre alto y fuerte, de agudos ojos brillantes por la luz.
Mapa del curso superior del Orinoco, según Georges Roux, para
la primera edición de El soberbio Orinoco de Julio Verne. 
Era Amalivaca, padre de las gentes que nacerían después, el cual traía con él en la canoa a su hermano Vochi y a sus dos hijas.
Cuando Amalivaca llego a la Encaramada, pintó sobre la roca Tepu-mereme las figuras de la luna y el sol, atracó luego en una gran caverna abierta en la montaña, y comenzó a rehacer el mundo ayudado por su hermano Vochi, y a arreglar las aguas del río para que volviera de nuevo a su cauce.
Y Amalivaca pensó:
-Si las aguas fuesen hacia arriba y hacia abajo, las gentes no tendrían que cansarse tanto navegando contra corriente y podrían subir y bajar con facilidad.
A Vochi le pareció bien esta idea, y los dos se pusieron a trabajar con toda su fuerza, mayor que la de ningún ser humano, para conseguir su propósito; pero aunque lo intentaron durante mucho tiempo, no pudieron lograrlo, y entonces hicieron que las corrientes bajasen de la montaña hacia el mar y que el viento soplase del mar a la montaña, para que no fueran tan difícil a los hombres remontar el Orinoco.
Después, Amalivaca tocó su tambor, que era una enorme piedra que sobresalía en las llanuras de Maita, y dijo a la pareja:
-He venido de un lugar que está más allá de la otra orill del río y quiero que repobléis de nuevo la tierra.
Frutos de moriche (Mauritia flexuosa)
-¿Cómo haremos para ser pronto tantas gentes como habíamos antes de la inundación? -le preguntaron ellos.
-Coged los frutos de la palmera moriche y arrojadlos hacia atrás por encima de vuestras cabezas -les contestó Amalivaca.
El hombre y la mujer buscaron la palmera de la vida, que otra vez alzaba sobre la tierra seca su tronco floreciente, le arrancaron los frutos y los arrojaron a su espalda, como se lo había dicho Amalivaca.
Y de cada semilla, en cuanto caía al suelo, se iba formando un hombre y una mujer tamanacos, que fueron los padres de las nuevas generaciones.
Las hijas de Amalivaca, acostumbradas a viajar con su padre por los ríos y caminos de la tierra, andaban siempre por la montaña y el bosque, cortando orquídeas para adornarse el cabello; pero Amalivaca quiso que ellas fundasen una raza de hombres y, quebrándoles las piernas para que no pudieran seguir corriendo de un lado a otro, las unió a los varones nacidos de las semillas del moriche, para que fuesen origen de las gentes.
Después de aquello, el padre y salvador de los tamanacos, el  gran Amalivaca, de ojos brillantes como la luz y fuerzas más poderosas que las del gran río, se embarcó de nuevo en su curiara, remontó la corriente del Orinoco y se marchó más allá de la otra orilla, hacia lugares desconocidos, de los que nunca volvió.
Palma moriche en los llanos del Orinoco. Foto de la SVCN
Y sus descendientes se extendieron por la tierra y aprendieron a construir churuatas para defenderse de las lluvias; desbrozaron los bosques para plantar sus conucos y sembraron en ellos yuca y maíz; tejieron cestos y chinchorros con las fibras de las palmeras, y formaron azadas y palos, totumas, taparas, vasijas para cocinar sus alimentos y arcos y flechas para derribar a los venados y a los manatíes.
Arrancaron el brillante plumaje de los arrendajos y de los papagayos para adornar sus cabezas, y formaron con los huesos y las pieles de los animales flautas y tambores para acompañar los movimientos rítmicos de sus danzas sagradas.
Y los más valientes de entre sus hombres fueron nombrados caciques por la tribu, y llevaron a las gentes a la victoria en las luchas contra las tribus vecinas...
Hasta aquí dejo el texto de la señora María Manuela de Cora. Le faltan algunos detalles que, de niño, conocí en la escuela y le agrega otros que no corresponden al mito y muestran errores geográficos e históricos. En Wikipedia aparece un artículo que incorpora el texto de Luis A. Paul y otros que lo complementa. Se puede leer ingresando por aquí.

No es de extrañar que los tamanacos remontaran su origen a la semilla de la palma moriche. Es esa una planta que se puede considerar "el árbol de la vida". Ofrece su madera, fibras, frutos y hasta sus parásitos al hombre para su cobijo y alimentación.


versión del mapa de la parte oriental de la Terra Firma y Guayana, por Theodore de Bry (1599). Se ven seres fantásticos que recuerdan las descripciones de pueblos de la antigüedad clásica. La UCAB posee una copia de esta Carta.
Tomado de www.aleteia.org

En el cartucho inferior se lee: Tabula Geographica nova Omnium oculis exibens et proponensVerissimamam descrptiom potentissimi  et aurifen Regni Guiana Sub linea aequinotiali inter Brasiliam et Peru siti per nautam aliquem qui Gualterio Ralegh navigatione semper adfuit delineata.