Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Eloy Blanco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Andrés Eloy Blanco. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los hijos infinitos



LOS HIJOS INFINITOS


Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un niño, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche que lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ay es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro niño
que acompaña a la ciega
y a las Meninas y la misma enana
y al Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.

Cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con las que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Font quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto los ferrocarriles de cuerda.
Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ay del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
o el modo de alumbrar de las estrellas.


Por Andrés Eloy Blanco

Fuente:
Cien + 20 poetas orientales. 
Fondo Editorial Caribe, Barcelona, 2010


Andrés Eloy Blanco con su esposa Lilina Iturbe y sus dos hijos,
Andrés Eloy y Luis Felipe.
Foto tomada de www.prodavinci.com

Tal día como hoy, en 1896, nace en Cumaná el gran poeta Andrés Eloy Blanco, cuya obra es quizá la más popular en los hogares venezolanos, haciendo de ella un legado inmortal. Para rendir este breve homenaje a Andrés Eloy, debo confesarlo, me costó escoger alguna pieza, pues su obra es ampliamente conocida. Me decidí al final por los Hijos infinitos, que tiene un buen mensaje que pervive en el tiempo y se mantiene vigente.


martes, 10 de diciembre de 2013

La renuncia


LA RENUNCIA


He renunciado a ti. No era posible.
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

Yo me quedé mirando cómo el río se iba
poniendo encinta de la estrella...
hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la estrella estaba arriba...

He renunciado a ti serenamente, 
como renuncia a Dios el delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver del viejo amigo;
como el que ve partir grandes navíos
con rumbo hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus amorosos bríos
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;
como el marino que renuncia al puerto,
y el buque errante que renuncia al faro,
y como el ciego junto al libro abierto,
y el niño pobre ante el juguete caro.

He renunciado a ti, como renuncia
el loco a la palabra que su boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos estáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia soplando en los cristales
de los escaparates de las confiterías...

He renunciado a ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos,
y al final, ¡cuántas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo que antes fuimos!

Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.
Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes, regresaré hasta el hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...


Andrés Eloy Blanco
Poda (1934)


Andrés Eloy Blanco
(1896-1955)
Ayer conversaba con Jesús el Librero sobre el costo de vida, la inflación y los precios de los bienes y servicios, en un ambiente en que no se avizoran aumentos salariales ni mejoras en la condiciones de vida. La depreciación del trabajo campea y la gente debe tomar decisiones las más de las veces desagradables y dolorosas. Me comentaba que muchos lectores habían comenzado a restringir sus compras de libros, pero seguían haciendo el esfuerzo. Sin embargo, hay un sector importante de lectores, los más jóvenes, que sencillamente ya no pueden leer lo que desean y sufren cuando entran a una librería y ven los precios. Coincidí con Jesús en este respecto, y acoté que el caso de los jóvenes es el más lamentable; que al menos la gente de mi generación tuvo acceso a la cultura a precios asequibles. Recordé en ese momento el poema de Andrés Eloy Blanco que acabamos de leer y que le prometí transcribir con un breve comentario.

He renunciado a varias cosas, "como el niño pobre ante el juguete caro", para poder leer lo que deseo. He aprendido a escoger entre un libro y dos o tres copas de vino y he reducido mis visitas a los restaurantes (yo cocino mejor). Como no soy materialista ni consumista no me interesan los últimos perolitos tecnológicos, ni los trapos; por allí encuentro la manera de hacerme de algunos buenos libros y doy gracias a Dios que en casa tengo una buena reserva -como las reservas monetarias de un Estado serio- para asegurarme la lectura en el momento de las vacas flacas.

Dedico este artículo a los libreros que ven en peligro la existencia de las librerías y a aquellos lectores que ven mermadas sus posibilidades de leer.

La renuncia es el viaje de regreso del sueño...




domingo, 28 de octubre de 2012

Canto a España

Andrés Eloy Blanco
1896-1955
Autor

En 1923, Andrés Eloy Blanco obtuvo el primer premio en la Juegos Florales de Santander (Cantabria, España) por su poema Canto a España. El poeta venezolano viajó a la Madre Patria a recibir el premio otorgado por la Real Academia y permaneció allá por un año, que le sirvió para familiarizarse con la vanguardia del movimiento literario español.

A su regreso a Venezuela, su amigo y coterráneo Cruz Salmerón Acosta, desde su confinamiento de leproso, le dedica un bello poema (Bienvenida), del cual extraigo unos versos:

En él las estrofas parecen diamantes
y fingen los versos hermosos cambiantes
y todo el poema semeja un joyel.
No tienen las perlas más ricos fulgores,
ni pinta paisajes con más bellas flores,
la luz que en el lienzo derrama el pincel.
CANTO A ESPAÑA
I
Yo me hundí hasta los hombros en el mar de Occidente,
yo me hundí hasta los hombros en el mar de Colón,
frente al Sol las pupilas, contra el viento la frente
y en la arena sin mancha sepultado el talón.
Trajo hasta mí la brisa su cascabel de plata,
me acribilló los nervios la descarga solar,
mis pulmones cobraron un aliento pirata
y corrió por mis venas toda el agua del mar.
Alcé los brazos húmedos a la celeste flama,
y cuando cayó en ellos el tropical fulgor
cada brazo creció, como una rama,
cada mano se abrió como una flor.
Súbitamente el agua gibóse en un profundo
desbordamiento de maternidad...
Me sentí grande, inmenso, sin cabida en el mundo,
infinito y molécula, multitud y unidad.
Volví los ojos hacia mí: yo mismo
me oí sonoro, como el caracol,
¡y el ave de mi grito voló sobre el abismo,
bebiendo espuma y respirando sol!
Sentí crecer raíces en los pies, y por ellos
una savia ascendente renovaba mi ser;
hubo un afán de brote del torso a los cabellos,
cual si toda la carne me fuera a florecer.
Sombrado allí, bajo la azul rotonda,
integre la metáfora ancestral:
árbol en cuyo tronco se parte en dos la onda
y en cuya copa se hace trizas el vendaval...
¡Noble encina española de los Conquistadores,
que en mitad del Océano perfumas el ciclón,
bajo el mar las raíces, junto al cielo las flores
y perdida a los cuatro vientos la ramazón!
¡Cuando yo florecía, con los brazos tendidos,
eras tú quien estaba floreciéndome así,
y fui sonoro porque tuve nidos
cuando tus ruiseñores anidaron en mí!
¡Árbol del Romancero, Tronco de la Conquista,
Raza donde Dios puso su parte más artista.
Follaje donde vino la paloma a empollar!
Surja a tu sombra el canto que incendie la ribera,
mientras te cubre con su enredadera
la reverberación crepuscular.


II
No son para la Lira manos que odian la calma;
¡para cantarte me he pulsado el alma!
Con un temblor de novia que se inicia,
con un azoramiento de novicia,
el candor de las páginas, rebaño de gacelas,
aguarda ante mis ojos la llegada del Cántico,
virgen como la espuma del Atlántico
antes del paso de las carabelas.


III
¡La Partida! Cacique, alza la frente
y cuéntame de nuevo lo que has visto;
tres naves que llegaron del Oriente,
como los Reyes Magos al pesebre de Cristo.
Desprendida del texto, sobre la mar caía
de Balaam la vieja profecía.
Con un fulgor total de luna llena,
marcando el derrotero,
parecía colgada de una antena
la mirada de Dios en el lucero.
¡Estrella que defines sobre la frágil onda
la ruta del bajel,
en ti sintetizaron su mirada más honda
los ojos de Isabel.
Tú recuerdas al nauta en su camino
que es Dios quien fija el rumbo y da el destino
y el marino es apenas la expresión de un anhelo,
pues para andar sobre el azul marino
hay que mirar hacia el azul del cielo!
Melchor, Gaspar y Baltasar de España,
siempre en el aire inédito al bauprés,
¡y tú, Mar de los Indios, a su paso te abrías
como el Jordán herido por el manto de Elías
y el mar de los milagros al grito de Moisés!
Traen los Reyes el oro de las joyas reales,
la mirra de la luz
y el incienso que luego subirá en espirales
del alma de los indios al árbol de la Cruz.
¡Qué sorpresa oceánica, que abismal armonía
la de aquellas auroras sin tormenta ni bruma,
mientras en los costados de la «Santa María»
derribaban las olas sus jinetes de espuma!
¡Qué prodigio de azul!
Las carabelas
tienen azul arriba y abajo y adelante.
Sólo un blanco: las velas:
Y un verdor de esperanza: el Almirante.
¡Quiero volver a España! -clamó la algarabía-,
porque no presentía en esa hora
que estando atrás España, su barca dirigía
hacia España la proa.
Y cuando al fin la Anunciación de Triana
fue de grímpola en grímpola, de mesana en mesana,
y en pleno mar la Isla irguió su flor,
para los Reyes Magos que buscaban su nido,
aquel mundo, del mar recién nacido,
fue como el de Belén, el Salvador.


IV

Y el Cacique de carne, desde el vecino cerro,
vio salir de las aguas unos hombres de hierro...
Mis caciques son ágiles, escalan las montañas
y sus pies son pezuñas y sus uñas guadañas.
La sierpe del Origen
cubrió los rudimentos de la casta aborigen;
de ella sacó el abuelo su astucia recogida
y en las Evas indianas multiplicó su vida.
Fue su cuna un nidal; la hoja de parra
no llega hasta el secreto de su sapiencia suma;
ave fue, porque sólo del huevo, luz y bruma
que las carnes desgarra,
se engendra al mismo tiempo el pie de garra
y el arco iris de la sien de pluma.
Marcan la eternidad de sus dolores
en piedra de Epopeya diez Cuzcos, diez Tlaxcalas;
abajo las cenizas de los Emperadores,
y arriba, el cuerno errante, que es el dolor con alas.
No piden a su Dios la buena suerte,
ni vana holganza, ni alegría estrecha;
dejan a lo divino lo que sigue a la muerte,
y el resto lo confían al tino de su flecha.
Y es su Pascua, La Pascua Matutina,
más clara que la Pascua jovial de Palestina,
porque si en los católicos rebaños
el Pastor galileo nace todos los años,
cada aurora del Indio florece epifanías
porque el Sol, Dios supremo, nace todos los días...


Esa era América. ¡Nadie te dio nada!
De ti lo esperó todo, tú fuiste el Dios y el Hada;
su palma estaba sola bajo el celeste azul,
su luz no era reflejo, sino lumbre de estrella;
presintiendo tus cruces, ya había visto Ella
cien calvarios sangrando bajo la Cruz del Sur.
Y hubo sangre en mis montes y no en mis llanos,
y tú fuiste hacia el Mundo con un mundo en las manos.
América, desnuda, dormía frente al mar,
y la tomaste en brazos y la enseñaste a hablar.
Y toda la excelencia
de tu sagrada estirpe -valor, trabajo, ciencia-
floreció por los siglos en el hombre injertado;
indio, cerebro virgen, español, alma en vuelo...
así en el campo nuevo, cuando pasa el arado,
la primera cosecha no deja ver el cielo.


V
Para cantar a España, traigan a nuestro coro
unos, su voz de bronce, y otros su voz de oro.
Poeta, labrador, soldado, todos,
en diversos altares y por distintos modos.
¡Poetas, por el numen vital del optimismo!
¡Canten sus églogas los labradores,
entone el jardinero su madrigal de flores
y agite el navegante su poema de abismo!
Y canten por la España de siempre, por la vieja
y por la nueva: por la de Pelayo
y por la que suspira tras la reja,
por la de Uclés y la del dos de Mayo;
por la del mar y por la de Pavía
y por la del torero... ¡España mía!,
pues siendo personal eres más grande;
¡por la de Goya y por la de Berceo
por el Pirineo,
que ansiando más azul subió hasta el Ande!
Por toda España, torreón de piedra
con un Cristo tallado, bajo talar de yedra.
Por la que da una mano del Quijote en Lepanto
y en Calderón descifra, como Daniel, la Vida,
y por la que saluda y tira el manto
cuando la cigarrera va a la corrida...
Por Gerona sin Francia, por Numancia sin Roma,
por Galicia emigrante, por Valencia huertana;
por la que se sonroja cuando asoma
el estilete de Villamediana;
por un Alfonso diez, que hace las leyes;
por un Alfonso trece, que es la ley de los Reyes,
por la que, mientras ruge Gonzalo en Ceriñola,
toma una espina al huerto de Loyola,
toma una flor al huerto de Teresa;
por Aragón, donde la Pilarica
dijo que no quería ser francesa...
por León y Asturias, Aventino de España;
por Guipúzcoa, dormida en la montaña;
por los tres lotos de las Baleares.
y por Andalucía que va a Sierra Morena
y Andalucía de la Macarena
y Andalucía de los olivares.
Por Canarias del Teide, que es un fanal y un grito
-canario de Canarias-. ¡Oh, dulce Don Benito!...
por Cataluña, cuerno de abundancia;
por Navarra, que dijo: -¡Mala la hubiste, Francia!
Por las lanzas de Diego velando una Menina;
por la tierra que ríos de maravilla riegan
y por Castilla, a cuyos pies doblegan
Saúl la espada y Débora la encina.
Castilla, hembra de acero de forja toledana,
cuyo canto en la vía requebró Santillana,
Castilla, que en las armas de Santander gobierna
su nave con las velas hinchadas de galerna;
Castilla del Imperio y de Padilla,
Castilla, que en sus Reinos es la Madre Castilla
para los goces y los desamparos,
desde Isabel, que forma la Escuadrilla,
hasta Victoria de los ojos claros...
Y canten por la España ultramarina,
la que dirá a los siglos con su voz colombina
que el Imperio Español, no tiene fin,
¡porque aquí, Madre mía, son barro de tu barro,
lobeznos de Bolívar, cachorros de Pizarro,
nietos de Moctezuma, hijos de San Martín!


... Y una vez que refleje la exaltación suprema,
por el prodigio vasco sintetice el Poema;
¡por el prodigio vasco! Tierra de Rentería,
donde el primer Bolívar, mirando al mar un día
pudo decir: -¡También Vizcaya es ancha!
¡Por ti, cántabra piedra, que me diste la gloria
de Aquel que va gritando por Historia,
caballero al galope de un rocín de la Mancha!


VI
¡Madre! Europa está toda florecida de espinos...
Ven... Aquí verás musgo en los senderos,
porque para tus lanzas no tenemos molinos
y para tus escudos no tenemos cabreros.
-¡Madre mía!- te digo, y se diría
que mi voz va creciendo si dice «¡Madre mía»!...
Ven, que por ti somos mercado y jubileo,
ven con la cruz y con el caduceo,
con tu enseña de sangre, donde flota una espiga;
¡sé tú, Ximena y Carmen, laurel entre claveles;
sé la España que tiene los ojos de Cibeles
y la España que lleva la navaja en la liga!...
De ese huerto en que fundes barros americanos,
América florida se te dará en olor;
así Dios, aquel día, tomó el barro en sus manos,
y el barro tuvo lágrimas y floreció de amor...


¡Hazte a la mar, España! Eres su dueño,
porque tus carabelas le arrancaron al Sueño,
y desde que, angustiado de trinos españoles,
el turpial de «Goyescas» se abatió en las arenas,
hay más gemidos en los caracoles
y son más armoniosas las sirenas.
¡Hazte a la mar, Quijote! Nave de la Esperanza,
una adarga la vela y el bauprés una lanza;
cierra contra el rebaño que en las olas bloquea,
cobra al futuro el secular reposo,
que hay en estas riberas del Toboso
lecho de palmas para Dulcinea.
¡Todo el mar de Occidente rebota de murmullos!;
¡el Árbol de la lengua se arrebuje en capullos!;
haya en España mimos y en América arrullos;
¡el mismo vuelo tiendan al porvenir las dos,
y el Mundo, estupefacto, verá las maravillas
de una Raza que tiene por pedestal tres quillas
y crece como un árbol, hacia el Cielo, hacia Dios!...




jueves, 29 de marzo de 2012

Miércoles Santo en Caracas

NAZARENO -  ¿Dónde me viste, que me hiciste tan perfecto?
ESCULTOR - En mi corazón, Señor
El caraqueño católico  siente una devoción sincera por el Nazareno de San Pablo y recurre a él para resolver sus pequeños y grandes problemas. Esta devoción se muestra de manera multitudinaria el Miércoles Santo  (o Miércoles de Dolor) de cada año, cuando miles de fieles se agolpan desde altas horas de la madrugada frente a la Basílica de Santa Teresa, en el centro de Caracas, para "visitarlo", pedir favores o cumplir promesas. También muchos devotos se presentan en la Basílica el Martes Santo con orquídeas color lila (generalmente Cattleya mossiae) para adornar el "paso" o procesión. Dependiendo del año y la floración, la procesión del Nazareno estará engalanada por unas 7.000 a 10.000 orquídeas. Las flores sobrantes se le colocan a la Dolorosa o al Cristo crucificado (Santísimo Cristo de la Expiración) del mismo templo.

Un poco de historia
El Nazareno con sus orquídeas
En 1579 una una epidemia de viruela asoló a la naciente Caracas. El cabildo votó para la designación de un santo patrón para la ciudad contra la peste, resultando favorecido San Pablo, Primer Ermitaño, y en 1580 se comenzó la construcción de la Ermita de San Pablo, que con el tiempo llegó a contar con un hospital y hospicio para mujeres donde hoy queda la esquina de Hospital (una cuadra más al sur de la esquina de Miracielos donde, según la tradición, se habría producido el prodigio de los limones). Para entonces esta zona era un despoblado cercano a Santiago de León de Caracas.

La imagen del Nazareno es un siglo más reciente. Es una talla sevillana en madera de pino de Flandes, atribuida a Felipe de Ribas y entronizada en el templo por el obispo Fray Antonio González de Acuña OP, de feliz memoria. La leyenda caraqueña dice que cuando la talla estaba lista, el artista se retiró un tanto para admirar su obra y escuchó una voz que le dijo: "¿Dónde me viste que mi hiciste tan perfecto?" a lo que Ribas habría respondido: "En mi corazón, Señor" y muere en el acto.

No se sabe a ciencia cierta cuándo fue el portento de los limones en la esquina de Miracielos, pero lo más probable, si acaso, es que fuera en el período colonial, tal vez vómito negro o fiebre amarilla (no hay registro alguno de tal milagro). Es fácil relacionar a San Pablo Ermitaño, patrono contra la peste en Caracas, con la imagen del Nazareno y que los fieles lo invoquen en caso de enfermedad. Con el tiempo, Jesús con la cruz a cuestas remplazaría a San Pablo en el favor popular, aunque seguía conociéndosele como "de San Pablo". Al momento de la Independencia la zona ya estaba poblada por una incipiente clase media, entre los que se contaban la familia Salias, el famoso músico José Angel Lamas, quien en 1814 fue enterrado dentro de la Ermita, y posteriormente la familia Bolet Peraza.
Ermita de San Pablo, Caracas
Grabado de la época por Ramón Bolet Peraza

Durante la autocracia del General Antonio Guzmán Blanco, en plena persecución religiosa, se decreta la demolición del templo más antiguo de Caracas para construir un teatro que llevaría el nombre del dictador (hoy el Teatro Municipal de Caracas). Una tradición caraqueña asegura que estando Guzmán en el palco de su teatro, se le aparece el Nazareno y le increpa: "¿Qué hiciste con mi casa?" y al poco tiempo ordenó la construcción de un templo afrancesado con planta en cruz, el altar en el centro y dos entradas: Santa Ana y Santa Teresa de Ávila, en honor a su esposa Ana Teresa Ibarra.

Hay otra versión, a mi juicio más verosímil, que indica que la primera dama se encerró en su habitación a llorar desconsolada. Su marido, al verla, le preguntó la causa de su llanto, a lo que ella respondió: “Antonio, es que a ti te ha dado por ir en contra de la Iglesia; expulsas al Arzobispo, acabas con los conventos de monjas y curas; convertiste el Convento de San Francisco en Universidad; destruiste la Iglesia de La Trinidad y la convertiste en el Panteón Nacional y ahora demueles a San Pablo… ¿dónde vamos a meter a Nuestro Nazareno?”. Antonio, que amaba tiernamente a Ana Teresa, le regaló un templo que hoy es la Basílica Menor de Santa Teresa, la nueva casa del Nazareno. Tal vez todo esto sea propaganda política de los partidarios de Guzmán.

No son sólo favores individuales los que prodiga a sus fieles, sino que en momentos de apuro colectivo se recurre a él. Un caso reciente se dio durante una sequía prolongada, creo que fue en 1984; el Presidente Jaime Lusinchi pidió al párroco de Santa Teresa que dirigiera rogativas al Nazareno y de ser posible lo sacara en procesión para pedir la lluvia. Lusinchi asistió acompañado de su Ministro para el Ambiente y los Recursos Naturales Renovables y del Presidente del Instituto Nacional de Obras Sanitarias... y a los pocos días llegaron las lluvias.

Dejo a continuación este poema del gran Andrés Eloy Blanco, que relata el portento de Miracielos. Agregué algunas notas al pie para quienes no estén familiarizados.

NOTA: Para leer otro artículo sobre el Nazareno de San Pablo, ingresar por aquí.




EL LIMONERO DEL SEÑOR

En la esquina de Miracielos[i]
agoniza la tradición.

¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor?
Miracielos; casuchas nuevas,
con descrédito del color;
antaño hubiera allí una tapia
y una arboleda y un portón.
Calle de piedra; el reflejo
encalambrado de un farol;
hacia la sombra, el aguafuerte
abocetado de un balcón,
a cuya vera se bajara,
para hacer guiños al amor,
el embozo de Guzmán Blanco[ii]
en algún lance de ocasión.

En el corral está sembrado,
junto al muro, junto al portón,
y por encima de la tapia
hacia la calle descolgó
un gajo verde y amarillo
el limonero del Señor.

Cuentan que en Pascua lo sembrara,
el año quince[iii], un español,
y cada dueño de la siembra
de sus racimos exprimió
la limonada con azúcar
para el día de San Simón[iv].

Por la esquina de Miracielos,
en sus Miércoles de Dolor,
el Nazareno de San Pablo
Pasaba siempre en procesión[v].

Y llegó el año de la peste[vi];
moría el pueblo bajo el sol;
con su cortejo de enlutados
pasaba al trote algún doctor
y en un hartazgo dilataba
su puerta “Los Hijos de Dios[vii]”.

La terapéutica era inútil;
andaba el Viático al vapor
Y por exceso de trabajo
se abreviaba la absolución.

Y pasó el Domingo de Ramos
y fue el Miércoles del Dolor
cuando, apestada y sollozante,
la muchedumbre en oración,
desde el claustro de San Felipe[viii]
hasta San Pablo[ix], se agolpó.
Un aguacero de plegarias
asordó la Puerta Mayor
y el Nazareno de San Pablo
salió otra vez en procesión.

En el azul del empedrado
regaba flores el fervor;
banderolas en las paredes,
candilejas en el balcón,
el canelón y el miriñaque
el garrasí y el quitasol;
un predominio de morado
de incienso y de genuflexión.
“¡Oh, Señor, Dios de los Ejércitos.
La peste aléjanos, Señor!”

En la esquina de Miracielos
hubo una breve oscilación;
los portadores de las andas
se detuvieron; monseñor
el Arzobispo[x], alzó los ojos
hacia la Cruz; la Cruz de Dios,
al pasar bajo el limonero,
entre sus gajos se enredó.
Sobre la frente del Mesías
hubo un rebote de verdor
y entre sus rizos tembló el oro
amarillo de la sazón.

De lo profundo del cortejo
partió la flecha de una voz:
“¡Milagro! ¡Es bálsamo, cristianos,
el limonero del Señor!”

Y veinte manos arrancaban
la cosecha de curación
que en la esquina de Miracielos
de los cielos enviaba Dios.
Y se curaron los pestosos
bebiendo el ácido licor
con agua clara de Catuche[xi],
entre oración y oración.

Miracielos: casuchas nuevas;
la tapia desapareció[xii].
¿Qué mano avara cortaría
el limonero del Señor?
¿Golpe de sordo mercachifle,
o competencia de doctor
o despecho de boticario
u ornamento de la población?

El Nazareno de San Pablo
tuvo una casa y la perdió[xiii];
y tuvo un patio, y una tapia,
y un limonero, y un portón.
¡Mal haya el golpe que cortara
el limonero del Señor!

¡Mal haya el sino de esa mano
que desgajó la tradición!

Quizá en su tumba un limonero
floreció un día de Pasión
y una nueva nevada de azahares
sobre la cruz desmigajó,
como lo hiciera aquella tarde
sobre la Cruz en procesión,
en la esquina de Miracielos,
el limonero del Señor.



[i] Miracielos: esquina de Caracas en la parroquia civil de Santa Teresa, cercana a los teatros Municipal y Nacional.

[ii] Antonio Guzmán Blanco (1829-1899): Déspota ilustrado. Gobernó a Venezuela de forma autocrática directa o indirectamente en el último tercio del siglo XIX. Su gestión puede calificarse de modernizadora con la adopción del sistema métrico decimal, la instrucción pública obligatoria, un nuevo sistema monetario y el registro civil. Su afán “civilizador” lo llevó a destruir monumentos antiguos al querer convertir a Caracas en un París de un solo piso. Persiguió a la Iglesia católica, suprimió conventos y se robó las joyas de éstos últimos. Sus seguidores le dieron el título de Ilustre Americano.

[iii]  Licencia poética; podría ser 1815, 1715 o 1615.

[iv] Fiesta de San Simón Apóstol: por muchos años se celebró el onomástico de Simón Bolívar (28 de octubre). En el siglo XX se trasladó la fecha al 24 de julio (1783), fecha de su natalicio.

[v] A la imagen del Nazareno le corresponde el Miércoles Santo salir en procesión. Los otros pasos son: Oración en el huerto, Domingo de Ramos; Jesús en la columna, Lunes Santo; Humildad y Paciencia, Martes Santo; Cristo crucificado, Jueves Santo, y Santo Sepulcro, Viernes Santo.

[vi] La Peste: se refiere a uno de tantos flagelos que se padecieron en Venezuela durante el período colonial; bien puede ser vómito negro,  viruela, cólera y hasta hay quien dice que fue escorbuto. La peste bubónica apareció por primera vez en Venezuela en 1908 procedente de Trinidad, con reaparición sucesiva hasta 1919. Una leyenda ubica el milagro de la cura de la peste en el siglo XVII.

[vii]  Los Hijos de Dios: cementerio ubicado al norte de Caracas, clausurado en el siglo XIX.

[viii]  San Felipe: Se refiere al convento de los neristas, San Felipe Neri, ubicado en el área donde hoy están la basílica de Santa Teresa y el Teatro Nacional.

[ix] San Pablo: Ermita de San Pablo Primer Ermitaño, uno de los templos más antiguos y mejor dotados de Caracas, demolido por orden del Antonio Guzmán Blanco para construir el Teatro Guzmán Blanco (hoy Teatro Municipal. Entre las imágenes que se veneraban en la Ermita estaba el milagrosísimo Nazareno de San Pablo, protagonista del milagro que relata el poema. La leyenda cuenta que durante la inauguración del teatro el Nazareno se le apareció al presidente masón y ateo y le increpó: “¿Qué hiciste con mi casa?”. Guzmán mandó a construir una vistosa iglesia neoclásica dedicada a Santa Ana y a Santa Teresa de Ávila (hoy Basílica Menor de Santa Teresa) que corresponden a los nombres de su esposa Ana Teresa Ibarra, una de las mujeres más bellas de su tiempo.

[x] Monseñor el Arzobispo: da un indicio de que el hecho se produjo en el siglo XIX. Caracas es sede arzobispal desde 1803. Los arzobispos de Caracas hasta la época de Guzmán Blanco fueron: Francisco Ibarra (1803-1806), Narciso Coll y Prat (1807-1822), Ramón Ignacio Méndez (1827-1839), Ignacio Fernández Peña (1841-1849),  Silvestre Guevara y Lira (1852-1876) y José Antonio Ponte (1876-1883). De todos ellos, el ilustre Guevara y Lira fue víctima de los abusos del tirano.

[xi] Catuche: arroyo de aguas claras y saludables que discurría al norte de Caracas. Hoy es una cloaca infecta.

[xii] El poeta lamenta la desaparición de lugares de tradición, de interés cultural o histórico en aras de un progreso mal entendido.

[xiii] Se refiere el poeta a la demolición de la Ermita de San Pablo Ermitaño para construir un teatro.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Esta noche se nos muere un año...


Andrés Eloy Blanco
1896-1955
Poeta y político venezolano

LAS UVAS DEL TIEMPO


Madre: esta noche se nos muere un año.
En esta ciudad grande, todos están de fiesta;
zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;
claro, como todos tienen su madre cerca...
¡Yo estoy tan solo, madre,
tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año
pasado que se queda.
Si vieras, si escucharas esta alboroto: hay hombres
vestidos de locura, con cacerolas viejas,
tambores de sartenes,
cencerros y cornetas;
el hálito canalla
de las mujeres ebrias;
el diablo, con diez latas prendidas en el rabo,
anda por esas calles inventando piruetas,
y por esta balumba en que da brincos
la gran ciudad histérica,
mi soledad y tu recuerdo, madre,
marchan como dos penas.



Esta es la noche en que todos se ponen 
en los ojos la venda, 
para olvidar que hay alguien cerrando un libro, 
para no ver la periódica liquidación de cuentas, 
donde van las partidas al Haber de la Muerte, 
por lo que viene y por lo que se queda, 
porque no lo sufrimos se ha perdido 
y lo gozado ayer es una pérdida.


Aquí es de la tradición que en esta noche, 
cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega, 
todos los hombres coman, al compás de las horas, 
las doce uvas de la Noche Vieja. 
Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡FELIZ AÑO!, 
como en los pueblos de mi tierra; 
en este gozo hay menos caridad; la alegría 
de cada cual va sola, y la tristeza 
del que está al margen del tumulto acusa 
lo inevitable de la casa ajena.


¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes, 
sin conocerse, con la buena nueva! 
Las manos que se buscan con la efusión unánime 
de ser hormigas de la misma cueva; 
y al hombre que está solo, bajo un árbol, 
le dicen cosas de honda fortaleza: 
«¡Venid compadre, que las horas pasan; 
pero aprendamos a pasar con ellas!» 
Y el cañonazo en la Planicie[i], 
y el himno nacional desde la iglesia, 
y el amigo que viene a saludarnos: 
«feliz año, señores», y los criados que llegan 
a recibir en nuestros brazos 
el amor de la casa buena.


Y el beso familiar a medianoche: 
«La bendición, mi madre» 
«Que el Señor la proteja...» 
Y después, en el claro comedor, la familia 
congregada para la cena, 
con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado, 
y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa. 
¡Madre, cómo son ácidas 
las uvas de la ausencia!


¡Mi casona oriental[ii]! Aquella casa 
con claustros coloniales, portón y enredaderas, 
el molino de viento y los granados, 
los grandes libros de la biblioteca 
—mis libros preferidos: tres tomos con imágenes 
que hablaban de los reinos de la Naturaleza—. 
Al lado, el gran corral, donde parece 
que hay dinero enterrado desde la Independencia; 
el corral con guayabos y almendros, 
el corral con peonías y cerezas 
y el gran parral que daba todo el año 
uvas más dulces que la miel de las abejas.


Bajo el parral hay un estanque; 
un baño en ese estanque sabe a Grecia; 
del verde artesonado, las uvas en racimos, 
tan bajas, que del agua se podría cogerlas, 
y mientras en los labios se desangra la uva, 
los pies hacen saltar el agua fresca.


Cuando llegaba la sazón tenía 
cada racimo un capuchón de tela, 
para salvarlo de la gula 
de las avispas negras, 
y tenían entonces 
una gracia invernal las uvas nuestras, 
arrebujadas en sus telas blancas, 
sordas a la canción de las abejas...


Y ahora, madre, que tan sólo tengo 
las doce uvas de la Noche Vieja, 
hoy que exprimo las uvas de los meses 
sobre el recuerdo de la viña seca, 
siento que toda la acidez del mundo 
se está metiendo en ella, 
porque tienen el ácido de lo que fue dulzura 
las uvas de la ausencia.


Y ahora me pregunto: 
¿Por qué razón estoy yo aquí? ¿Qué fuerza pudo 
más que tu amor, que me llevaba 
a la dulce aninomia de tu puerta? 
¡Oh miserable vara que nos mides! 
¡El Renombre, la Gloria..., pobre cosa pequeña! 
¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria, 
cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!


Y esta es la lucha ante los hombres malos 
y ante las almas buenas; 
yo soy un hombre a solas en busca de un camino. 
¿Dónde hallaré camino mejor que la vereda 
que a ti me lleva, madre; la verdad que corta 
por los campos frutales, pintada de hojas secas, 
siempre recién llovida, 
con pájaros del trópico, con muchachas de la aldea, 
hombres que dicen: «Buenos días, niño», 
y el queso que me guardas siempre para merienda? 
Esa es la Gloria, madre, para un hombre 
que se llamó fray Luis y era poeta.


¡Oh mi casa sin cítricos, mi casa donde puede 
mi poesía andar como una reina! 
¿Qué sabes tú de formas y doctrinas, 
de metros y de escuela? 
Tú eres mi madre, que me dices siempre 
que son hermosos todos mis poemas; 
para ti, soy grande; cuando dices mis versos, 
yo no sé si los dices o los rezas... 
¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo 
toda una vida absurda, la promesa 
de vernos otra vez se va alargando, 
y el momento de irnos está cerca, 
y no pensamos que se pierde todo! 
¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta 
y en la última uva libo la última gota 
del año que se aleja, 
pienso en que tienes todavía, madre, 
retazos de carbón en la cabeza, 
y ojos tan bellos que por mí regaron 
su clara pleamar en tus ojeras, 
y manos pulcras, y esbeltez de talle, 
donde hay la gracia de la espiga nueva; 
que eres hermosa, madre, todavía, 
y yo estoy loco por estar de vuelta, 
porque tú eres la Gloria de mis años 
y no quiero volver cuando estés vieja!...


Uvas del Tiempo que mi ser escancia 
en el recuerdo de la viña seca, 
¡cómo me pierdo, madre, en los caminos 
hacia la devoción de tu vereda! 
Y en esta algarabía de la ciudad borracha, 
donde va mi emoción sin compañera, 
mientras los hombres comen las uvas de los meses, 
yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta. 
Mi labio está bebiendo de tu seno, 
que es el racimo de la parra buena, 
el buen racimo que exprimí en el día 
sin hora y sin reloj de mi inconsciencia.


Madre, esta noche se nos muere un año; 
todos estos señores tienen su madre cerca, 
y al lado mío mi tristeza muda 
tiene el dolor de una muchacha muerta... 
Y vino toda la acidez del mundo 
a destilar sus doce gotas trémulas, 
cuando cayeron sobre mi silencio 
las doce uvas de la Noche Vieja.


Año Nuevo en Caracas


FELIZ AÑO A TODOS, QUE EL 2012 ESTÉ LLENO DE COSAS BUENAS




[i] La Planicie: Antigua Academia Militar de Venezuela, luego Ministerio de la Defensa. Hoy es el Museo Histórico Militar. La costumbre dictaba un cañonazo desde la Planicie al marcas la medianoche del 31 de diciembre. En ese momento el carrillón de la Catedral de Caracas tocaba el Himno Nacional. Los ciudadanos se congregaban en la Plaza Bolívar para recibir el año. Originalmente se disparaba desde el Cuartel San Carlos, al norte de la ciudad.
[ii] Andrés Eloy Blanco era natural de Cumaná, estado Sucre, al oriente de Venezuela