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lunes, 11 de febrero de 2013

Tragedia en carnaval

¡A que no me conoces!...
Disfraz de "Negrita" a mediados del siglo pasado.
La novela Campeones (1939), de Guillermo Meneses, termina trágicamente en un carnaval sórdido de la Caracas de los años 30. No todo en ese momento eran los juegos de flores, confetti, perfumes y polvos de arroz propiciados entre las clases medias y altas por la dictadura gomecista y el gobierno democrático conservador de Eleazar López Contreras. A pesar de los esfuerzos por más de dos siglos del Estado y la Iglesia por frenar el desenfreno, este persistió en toda su barbarie hasta los años 60.

La foto que encabeza este artículo corresponde a un disfraz de "Negrita", que ocultaba el verdadero yo de quien lo portaba. En mi casa, donde el carnaval era mal visto, me advertían sobre lo que se ocultaba tras las máscaras... Muchas de las "negritas" -me decían-, eran hombres disfrazados de mujer. No sabía exactamente lo que era eso, pero recordaba el hermano de Manola, la gallega frutera, disfrazado de "Gitanilla de Triana"... ¡Qué feo lucía!

Alicia Freilich de Segal en el Prólogo crítico para la publicación de Cinco novelas de Guillermo Meneses por Monte Avila (Caracas, 1972), al referirse a Campeones, nos dice:
... Caracas suburbana se desviste en esta crónica como un enorme antro que posibilita el poder imaginario, la compraventa humana y la sistemática desintegración de las voluntades.
Carátula para una edición de bolsillo de
Campeones, por Monte Ávila Editores
Un pretendido combate decisivo no llegará jamás a su culminación. El engañoso triunfo del mendigo disfrazado de gran señor culmina en el más dramático fracaso. La supuesta redención del negro sólo se afirmará en el deporte, porque en su fanatismo, el público anónimo parece eliminar prejuicios de clase y raza, y la competencia misma encausa la agresividad, drena la denuncia y proporciona al competidor una sensación esporádica de libertad y dominio.
El carnaval caraqueño verifica otra modalidad de la farsa colectiva. Impetuoso de alcohol y travestismo, en funesta síntesis de rituales africanos y terapia grupal resentidos, compensa con su paródica fantasía, antiguas y retenidas frustraciones, huellas del hambre atávica. 
Recomiendo leer esta novela que comienza con unos muchachos ilusionados y llenos de esperanzas, y termina en tragedia degradante...:
Noche dominguera de Carnaval encendió focos de colores y brillo de lentejuelas por las calles caraqueñas. Jadeo, carcajadas, nervio oscuro, zumban y rezongan sobre la ciudad con aroma de aguardiente y perfume barato de polvos de arroz. Los papelillos multicolores, las delgadas serpentinas que, esta tarde, vivieron en la última roja luz del sol, forman ahora sucios montones de basura que encienden los chiquillos con las colillas de los cigarros. Ya se calentó en alcohol la caldera humana; ya está listo el deseo para el viaje a su propia hondura. Hay baile y música; risa y aguardiente; ímpetu y locura; odio y sexo. Y antifaz sobre todas las hambres.
Es en ese ambiente de desenfreno y abandono, donde Teodoro Guillén, el pitcher en decadencia, tratará de lavar la afrenta. Purita, su hermana, ha regresado a Luciano, su antiguo amante. De la casa del viejo Guillén las muchachas salían casadas "de velo y corona"... Luciano se la "había robado". Hay fiesta popular en El Silencio, por la esquina de Marcos Parra. Allí se presenta, acompañado de su padre, Teodoro, disfrazado de mujer, listo para vengarse:
... Teodoro había llegado, vestido de mujer y muy borracho.
-No me voy -dijo Luciano.
Había tomado varios tragos de ron y el calor alcohólico le hacía sentir coraje y rabia; por eso dijo "no me voy" y buscó entre las parejas quien podía ser Teodoro.
-¿Cómo es? ¿dónde está? -preguntó a Duzán.
-Ahí está, con vestido morado de terciopelo, bailando con otro hombre.
-¿Dónde está?
-Ahí. Míralo. Al lado del que está cobrando.
-Está desconocido. Parece pato.
Guillermo Meneses
Autor
Junto al cobrador, el corpachón robusto, marcado de músculos, metido en el brillo del terciopelo morado, formaba una extraña figura viciosa; Teodoro Guillén, alto, fuerte, viril, hacía muecas de hembra, movía las caderas borracho y su boca ancha de negro, pintada de un rojo escandaloso, forjaba mohines de besos mientras se apretaba el sombrero femenino sobre la pelambre espesa y fuerte.
-Está desconocido -repitió Luciano- ¿cuándo antes iba a ponerse así?
-Evita pendencia con él ¿oiste? Es hombre de mala intención.
Teodoro y su padre salen y buscan una navaja cacha blanca "tan grande que ningún policía la hubiera devuelto si se la descubre". Regresan al baile en Marcos Parra. ¿Qué pensará el viejo Guillén?
- Tienes que castigarlo.
-Si señor.
-Se ha burlado de nosotros.
-Si señor.
-A la Purita le voy a dar unos trancazos.
-Si señor
-¡Cará! Si no tuviera tan viejo no te hubiera buscado.
-¡Guá! Para eso estoy yo.
-¡No jó! Disfrazado de mujer.
-¡No juegue viejo! ¿Y usted qué se cree? Son diversiones de carnaval.
-No me gusta.
-Verá ahora si soy macho o no.
-¡Cará!Si yo no estuviera tan viejo...
Vista de El Silencio y zonas aledañas como lucía a la época de Campeones.
Al centro, en primer plano, el Teatro Municipal y el Hotel Majestic.
Al fondo a la izquierda, las escalinatas del Parque El Calvario.
Por allí están la esquina de Marcos Parra, donde se celebró el baile popular, y las calles del vicio
(...) El zambo Guillén, triste y desconcertado, contemplaba descontento la alegría del mabil y se acentuaba más en su pecho la ira que lo había llevado a buscar a Teodoro. Pensaba que, seguramente, el hijo vicioso no iba a tener valor, quizá él, viejo como estaba, tendría que hacerle frente a Luciano; y, cuando pensó esto, un algo frío le corrió por la espalda que le hizo meterse entre los que cerraban el mostrador y pedir un berro. Cuando terminó, ya Teodoro volvía sin que nadie se atreviera a decirle nada; el muchacho, serio bajo los coloretes, le devolvió la llave a Crucito y, haciendo señas al viejo, salió del mabil;...
Todo acaba en trifulca. Teodoro no puede herir a Luciano por la intervención de Duzán. Pura se va con Luciano "entre el desorden gritón que se ha formado".
(...) Por la calle enlunada ellos huyen junto a otras parejas que se desperdigan hacia las calles del vicio, huyen hacia su nido, mientras el ruido del baile popular se eleva nuevamente, como una llama, en el silencio de la madrugada.
¿Cuál fue su reacción?
-¡Pobre papá!-dice ella
-Si, buen pobrecito que quería que Teodoro me matara. Yo lo  ví señalándome con el dedo.
-Ténle lástima, negro. Por quererte es que...
-¿Por quererte? Yo también te quiero y él es un animal...
(...) -No seas bobo, mi amor. Tú sí que eres campeón. Campeón mío de todos los días.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Arqueología libresca

Recuerdos encontrados en un libro  usado: una foto de Menudo y una vieja circular de la UNA

Los libros usados, o viejos, tienen su historia y su arqueología; los desgastes,marcas y subrayados, los objetos olvidados en su interior por sus antiguos propietarios, forman parte integral de ellos y de su personalidad y hace mal el nuevo dueño en tratar de eliminarlos. Yo prefiero leer las anotaciones, subrayados y marcas al margen antes de entrar a la lectura del texto adquirido. En cuanto a los objetos: fotos, papeles, tarjetas, etc., las dejo en la misma página donde los encontré.

Cinco Novelas
foto tomada de Mercado Libre
Hace unos días, cuando paseaba por Candelaria, me acerqué al mercado de los libreros del puente de la Av. Fuerzas Armadas, Romualda a Plaza España, y busqué a unos libreros que me conocen (en el puesto 57). Estos dos jóvenes heredaron el oficio y el negocio de su padre a quien conocí hace más de 20 años; ellos saben lo que venden, conocen al cliente y a sus gustos, y dan buena conversación. Al llegar, el librero me invitó a pasar dentro del local y que revisara con calma; que lo que tenía afuera no serían de mi agrado. Entré y, en efecto, había cosas muy buenas e interesantes en literatura, historia, arte y hasta libros especializados. Atrajo mi mirada un ejemplar de Cinco Novelas (Monte Ávila Editores, Caracas, 1972) de Guillermo Meneses.

Se veía que el libro había sido usado de verdad y presentaba el desgaste que causa el uso y el tiempo, hojas amarillentas y aterciopeladas, orillas desgastadas, algún desgarre; marcas de cinta adhesiva o "celoteip" que sostuvo algún forro protector; los sellos de la librería donde se compró (El Gusano de Luz, frente al Parque Carabobo, hoy extinta)... Al abrir el libro, surgieron dos objetos de este "yacimiento arqueológico": una foto de Menudo en la que no aparece Ricky Martin y una circular de la Coordinación del Centro Local Metropolitano de la Universidad Nacional Abierta, con fecha del 28-05-92. El librero hace un comentario gracioso por el hallazgo y se lo compro por el módico precio de Bf. 40,00.  De allí fui a almorzar en un restaurant de la zona, donde los parroquianos en la barra disfrutaron con la foto y la cajera me identificó a cada uno de los integrantes del grupo.

Guillermo Meneses
Una vez en casa me puse a leer mi nuevo libro viejo. Allí están 5 novelas importantes de Guillermo Meneses:  Canción de Negros (tenía años buscándola), Campeones (de la que hablaremos próximamente), El Mestizo José Vargas, El Falso Cuaderno de Narciso Espejo y La Misa del Arlequín. El Prólogo crítico, muy interesante, es de la pluma de Alicia Freilich de Segal y no tiene desperdicio. Ese era el tipo de libros que ofrecía Monte Ávila Editores, en ediciones económicas, hechas para durar y que no eran de bolsillo porque se esperaba su uso y manoseo por jóvenes y adultos. También, por pura curiosidad, me puse a revisar www.mercadolibre.com para ver si se podría conseguir otro ejemplar de Cinco Novelas. Allí estaba, por el precio de Bf. 145,00, es decir más del triple de lo que yo había pagado bajo el Puente de las Viudas. Por eso siempre que puedo visito este mercadillo de libros usados, viejos y antiguos, donde consigo cosas interesantes, a buen precio y hasta con sorpresas ocultas en su interior. ¡Una verdadera ganga!


miércoles, 18 de julio de 2012

La balandra "Isabel" llegó esta tarde.

Guillermo Meneses
Cada vez que leo y releo el cuento La balandra "Isabel" llegó esta tarde, de Guillermo Meneses (1911-1978), no cesa de asombrarme la calidad del lenguaje utilizado y de las imágenes plasmadas por el autor en este cuento venezolano, que es un clásico desde hace mucho tiempo. Pero no me asombra tanto por ello, ya que un escritor debe tenerlo rico y expresivo (al menos, es lo que espero como lector), sino por la edad que tenía el autor cuando lo escribió. Cuando Guillermo Meneses publicó su Balandra, en 1934, contaba sólo con 22 años de edad. Lo comparo con los jóvenes de hoy que no logran aprender el castellano y hasta los 40 esperan que "papá los mantenga". La escritura de Meneses, al salir de la adolescencia, ya era madura, rica, florida, y sin un asomo de vulgaridad. ¡Qué diferencia!

Era ya era un hombre experimentado; en 1928 había formado parte del grupo estudiantil de oposición a la tiranía de Juan Vicente Gómez, con lo que se ganó trabajos forzados en la carretera a Guatire. Era un muchacho intelectualmente bien formado y comprometido. No era ésta su primera obra. Cuatro años antes la revista Elite había publicado su primer cuento.

Veamos cómo nos describe a la nave que se lleva a Segundo Mendoza -que se va para no volver, pero Esperanza no lo sabe:

Una balandra. "Isabel" era una nave como esta y
hacía cabotaje entre La Guaira y diversos puertos
del Oriente de Venezuela.
Una mujer desnuda -su única ropa el gran pañuelo blanco de las velas tremolando en los brazos- era Isabel al salir de La Guaira. Chirriante, alegre y sucia se echó en medio del viento sobre el mar.
Parecía una mujer. Porque todas las cosas del mar pueden parecerse a la mujer. Se hinchan las velas como pechos redondos; en el calor del sol hay un regazo ardiente y en los vientos toda una gran caricia amplia. Cuando chocan las olas, dentro de las espumas rotas, viven brazos desnudos y muslos y suaves torsos de mujer. Las tierras lejanas también son ariscas muchachitas oscuras dormidas sobre el mar.
Pero no es solo lenguaje exuberante y sensual lo que atrae. Aparece el habla popular, sin esa exageración que suena a falso como el llanero de Daniel Mendoza, o los negros de hablar mocho e incomprensible. Con Meneses, casi sin darse cuenta, uno siente el dejo y el acento local. Lo logra poniendo un lenguaje más sencillo en la boca de los protagonistas, mientras que el narrador usa una lengua culta. Es algo muy moderno.
Esperanza en el rancho de Pedro Martín
Fotograma de la película
La balandra Isabel llegó esta tarde (1949)

Guillermo Meneses también fue de los primeros autores venezolanos en llevar la vida y drama de gente del común a la literatura.Esto fue algo escandaloso en la Venezuela pacata de hace 80 años. Hoy es frecuente ver en nuestra literatura al delincuente, el drogadicto y la prostituta, pero en aquella época era impensable. En el prólogo de Carlos Sandoval a Diez cuentos (Fundación Educativa Caroní/ Universidad Central de Venezuela, Caracas, 2011), leemos:
En general, lo que ha hecho de la obra de Meneses una alcabala inevitable en el contexto de la narrativa venezolana es el tratamiento de ciertos temas considerados antes y quizá hoy, escabrosos. En su conjunto pueden tomarse como un alegato, lúcido e incisivo, contra las muelles conciencias de unos lectores reacios a admitir que se les mostraran, en código ficticio y sin doramientos, atroces e injustas realidades bullendo en sus propias narices apenas entrar a la calle. Es tal la magnitud de este hallazgo, de vastas repercusiones en el desarrollo de nuestro cuento, que resulta imperativo conocer ese tercer nivel de composición menesiana.
El oficio literario del autor siempre estuvo signado por polémicas y malentendidos. Su exacto debut como cuentista de peso: "La balandra Isabel llegó esta tarde" (debo repetirlo: 1934), cuatro años después de bautizar su nombre en las páginas de una revista, le acarreó fama de desadaptado y atrabilario. Se criticó, ya lo dije,  la libidinosidad de un par de menesterosos que se refocilan en el derruido cuarto de un puerto también precario. Se atacó el rito santero de unos negros cubanos como procedimiento de rescate de un amor no correspondido. Se cuestionó la metáfora desesperanzadora que, como saldo, nos deja su cierre. Sin embargo, el texto consigue estremecer la mansedumbre de los salones literarios -y de los lectores curiosos- narcotizados por una narrativa acusadora y reformista. Y es que "La balandra..." puso en evidencia un país oculto, una sensibilidad de arrabal tan plena y voluptuosa, legítima, como aquella otra que colonizaba, desde hacía décadas, la ficción. Más aún, dejó abierta la posibilidad de leer zonas secretas.
Esperanza (Virginia Luque) y Segundo Mendoza
(Arturo de Córdova). Fotograma de la película
Como mi idea no es copiar el cuento, sino invitar a leer y explorar la obra de Guillermo Meneses en su centenario, transcribo fragmentos del rito santero que tanto escándalo causó en su época.

Primero está la llegada de Esperanza al rancho de la loca María y la preparación para el rito:
Cuando llegó a la casa tuvo que saludar a José la Trinidá.  
El negrito se rió:
-¿Ahora empieza la cosa? Te voy a vigilar.
Desde dentro la llamó la negra loca.
- Anda, vente.
Esperanza entró temerosa, temblona. En ese momento le pareció que efectivamente no necesitaba a Segundo; que todo esto lo hacía así, como obligada. La negra cerró la puerta. Ya estaba echada la suerte.
-Ahorita viene Pedro Martín. Debe estar saliendo ya de su trabajo.
La negra, silenciosa, buscó bajo la cama y sacó una vela mohosa. Sonó la caja de fósforos en su mano y, dando vuelta al foco, dejó el cuarto a oscuras. Entre las sombras se acercó a Esperanza:
- Sostén la vela, muchacha.
Luego, la luz del fósforo hizo saltar los perfiles de las cosas pintándolas de un amarillo descarnado. La negra, lenta, cogió la vela y apagó el fósforo con un soplo suave, mirando cómo moría la llama pequeña.
-Bocú nos acompaña.
Despacio, caminó hacia el fondo del cuarto y corrió una cortinilla de tela basta. Tras la cortina estaba el "altar": sobre una mesa negruzca un Cristo boca abajo; dentro de una totuma, granos de maíz y caraotas rojas; una mazorca de maíz colgaba de la pared junto a un par de maracas redondas y, sujetos a un cromo de la Virgen del Carmen, chorreaban collares rojos y blancos y unas plumas de gallo negro. Bajo la imagen estaba otra totuma vacía y manchada.
Esperanza temblaba más. Enseñando la tapara manchada preguntó a la negra para qué servía.
- Está manchada de sangre. Ahí Bocú dejaba la sangre de los gallos. Yo no la toco. Es santa. Solamente los hombres la pueden tocar. Por eso viene Pedro Martín.
... ... ...
Esperanza se pegaba a la pared angustiada, llena de temores. Entre la oscuridad, la voz de los hermanos negros hacía sus rumores de misterios. Las palabras saltaban vestidas de raras excelencias. El negro decía un vago charloteo ininteligible.
- Bocú nos acompaña.
-Verdad.
-¿El hombre va por mar?
-Por el mar.
Las voces se huyen por las rendijas de las puertas desniveladas. Como mariposas  oscuras irán volando entre la noche negra, sobre las aguas del océano. Se ensedarán en los mástiles de la balandra Isabel. Se harán pensamientos del marinero oscuro que silba una canción.
-Por el mar va, el mar lo traerá. Enciende, María, negra cumbamba, mi hermana.
La vela brotó su luz entre las manos de la negra. Ante el altarcillo escondido, Pedro Martín se adelantaba desnudo. Entre los dedos largos, huesudos y morenos, de largas uñas amarillas por el tabaco, piaba el pollito negro.
-Oricha de Obatalá, que la sangre del gallo diga la verdá. María, el cuchillo.
La hermana le extendió el brillante pedacito de metal; y el negro, levantándolo en el aire, recitó el ensalmo.
-Si su sangre va a decir mentira, que no salga de su cuerpo.
Brilló el cuchillo un momento y terminó el pío-pío entre las manos del negro, que se extendieron para que la sangre cayera en la tapara ennegrecida.
Esperanza, abiertos los ojazos, miraba la escena. A cada momento que pasaba se le apretaba más el miedo en el cuerpo frío. Sobre el negro desnudo la luz temblona se la vela dibujaba sus brillos.
De pronto, Pedro Martín comenzó a cantar y a bailar. Ya no sonreía. María lo miraba asombrada y cantaba con él.
La culebra se murió.
Sángala muleque.
La culebra se murió.
El negro movía las caderas al son de una música grave, que repetía continuamente. Cuando se detenía, miraba fijamente a Esperanza, moribunda en su temblor.
De pronto, la negra María cesó de cantar. Tendido en el suelo su cuerpo huesudo saltaba como en el mal de San Vito, apretado en el castañeteo de sus dientes, salía de su boca el rezongo religioso de "la culebra se murió".
El negro, apresurado apagó la vela. Su voz alta brincó sobre el miedo de Esperanza.
-A la muchacha. Venga. Bocú dice así.
Entre un rezongo moribundo le negra se opuso: -Hermano. Acuérdate. Bocú era el taita. No lo nombres en vano.
-Lo nombro con buen fin. Venga, muchacha.
Esperanza, entre la sombra densa del cuartucho iba buscando al negro con los brazos delante. Al tocarlo se detuvo. Pedro Martín la atrajo hacia sí y, como la muchacha se oponía débilmente, siguió diciendo:
- El ensalmo lo necesita.
Entre la sombra densa del cuartucho su voz cálida se extendió:
-Eres divina, mi amor!...
Luego, volvió a sonar su alegría de siempre:
-María, negra cumbamba, mi hermana. Enciende la luz.
... ... ...
Puerto de La Guaira durante la década de 1930
Se ve una balandra como la "Isabel"
Tomada del grupo Caracas en Retrospectiva de Facebook

Escena fuerte, que 15 años después fue llevada al cine quitándole un buen porcentaje de morbosidad. Veamos al siempre recordado don Tomás Henríquez (Pedro Martín), para entonces un muchacho de 27 años, haciéndole el ensalme a Virginia Luque (Esperanza), asistido por Juana Sujo (María). La película se ganó el premio de fotografía del Festival de Cannes en 1951. Espero que la disfruten y que quienes detentan los derechos de autor no se quejen.

martes, 19 de junio de 2012

En el centenario de Guillermo Meneses

Guillermo Meneses
1911-1975
Autor
Sobre Guillermo Meneses (1911-1975) nos dice Pedro Díaz Seijas en La antigua y la moderna literatura venezolana (Ediciones Armitano, Caracas, 1966):
Desde el primer instante, se reveló como uno de los valores más firmes de la generación del año 28. Su celebrada La balandra "Isabel" llegó esta tarde, de ambiente marino, con sus hombres rudos, sus hechicerías, sus sugerentes paisajes enlunados, es uno de los cuentos más hermosos y más positivos en el balance general de la narrativa menor venezolana.
Después, Tres cuentos venezolanos refuerzan su primitiva tendencia a captar lo vernáculo desde un ángulo subjetivo. 
En los últimos años, Guillermo Meneses ha publicado un interesante libro bajo el título de La mujer, el as de oros y la luna. En él, Meneses reafirma sus grandes condiciones de narrador. Estos cuentos están inspirados en distintas situaciones, de profundas resonancias humanas. Desde lo puramente social hasta lo más íntimo y sugestivo, Meneses recorre todo un diapasón de variantes, que tiene como objetivo fundamental: el hombre y su paisaje.
Eso es más o menos lo que que nos enseñaban en bachillerato cuando correspondía estudiar la obra de este autor y te recomendaban algún texto suyo para conocer el estilo. Si mal no recuerdo fue algún capítulo de la novela Campeones... Tal vez los jesuitas -estudié en el mismo colegio que Meneses-consideraban un poco fuerte el tema de la Balandra Isabel o el de La mano junto al muro, ambos clásicos de primera categoría; así cumplían con el Ministerio de Educación y la formación moral de los adolescentes de la época.

Creo que el mejor homenaje que se le puede hacer a Guillermo Meneses en su centenario es aproximarse a su lectura y disfrutar en pleno del exquisito lenguaje de su obra. Algunos de sus cuentos, como La mano junto al muro, se encuentran en forma digital, y en las librerías, mejor aún, se pueden adquirir con facilidad alguna de sus novelas, pero no mucho. He tratado de conseguir Canción de negros, pero no la he visto por ninguna parte. En cuanto a la crítica sobre su obra, me parece interesante una que se puede leer por aquí.

Guillermo Meneses
Hice el inventario de las obras de Meneses que tengo en casa -muy pocas por cierto- y aparecen: en el tomo II de la Antología del cuento moderno venezolano (Biblioteca Venezolana de la Cultura, Caracas, 1940) La balandra "Isabel" llegó esta tarde; la novela El mestizo José Vargas (Ediciones del Ministerio de Educación Nacional, Caracas, 1948); La mano junto al muro (en Vasta Soledad, antología del cuento Venezolano del siglo XX. Alfaguara, Caracas, 2010)... y para de contar.

Hace unos días, para remediar en algo esta falta, compré un ejemplar de Diez cuentos (Universidad Central de Venezuela/Fundación Educativa Caroní, Caracas, 2011). Esta antología tiene el valor de que los cuentos fueron escogidos y agrupados en 1967 por el propio autor. Fue una buena selección la de Guillermo Meneses, pues en ella figura la evolución de su arte como cuentista. Nos dice Meneses:
....Precisamente por eso escribo estas líneas en el sentido de dar especial carácter a la sucesión de mis cuentos, desde "La balandra Isabel llegó esta tarde" -publicado en 1934- hasta "El destino de un dios olvidado" -incluido en la novela La misa de Arlequín, como sueño o invención de un personaje y publicado por primera vez en El Nacional en 1958.
Para algunos he tenido mis dudas. El llamado Tardío regreso a través del espejo, por ejemplo, supone cierta duplicidad que bien puede mirarse como defecto esencial; hay dos relatos allí y uno pesa sobre el otro hasta que llegan a anudarse. "La mujer, el as de oros y la luna" me parece, a veces, excesivamente retórico, aunque su comienzo me agrada todavía. Me parecen de poco interés "Rosita Guillén" y "Parucho es un hombre amargado".
Diez cuentos 
No se trata de iniciar autocríticas que terminarían por parecer pedantes ya que, entre nosotros, eso de criticarse está reservado en la mayoría de los casos a la más estricta conversación privada.
Y más adelante:
He creído que sería adecuado colocar dentro de una selección de cuentos míos aquel trabajo de 1930, por la evidente razón de que se me presenta hoy como base de mucho de lo que he escrito después. Bien podría decir que en ese "Juan del cine", que publiqué hace treinta y siete años, van incluidos muchos de los temas expuestos luego en El mestizo José Vargas, El falso cuaderno de Narciso Espejo y La misa de Arlequín, así como también aparecen sus huellas en "Tardío regreso a través del espejo", "Un destino cumplido" y, con toda seguridad en el cuento "Adolescencia".
Se imprimieron 1.100 ejemplares de esta antología, así que, por ahora, se consigue en buenas librerías. No es un libro caro y está bellamente presentado, con ilustraciones de Hernán Rodríguez. Es una buena adición para cualquier biblioteca. Invito a leerlo.

Fotograma del film La balanda "Isabel" llegó esta tarde