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martes, 7 de enero de 2014

Una reina bien pepiada

Reina pepiada clásica preparada en casa

Sería en 1965 o 66 cuando degusté mi primera "reina pepiada". Fue un sábado en la tarde con unos amigos del colegio: Antonio José Sucre, Jaime González Landa y, creo, Luis Bartolini. Los sábados eran un buen día para la piscina y almuerzo con los amigos. Del grupo surgió la idea de almorzar en una arepera cerca de la plaza de La Castellana, cuyo nombre no recuerdo bien. Creo que fue Jaime el de la idea de comernos unas "reinas" y, como no la desconocía (para entonces yo consideraba que una arepa se rellenaba con queso, jamón o diablitos y mantequilla), pregunté de qué se trataba. Me la describieron y la pedí. Fue una cosa exquisita: el relleno era una porción de ensalada de gallina, como la navideña, a la que se agregaba una tajada de aguacate en su punto.

Susana Duijm, Miss Mundo 1955
Tomada de missvlaoficial.tumblr.com
Desde hace unos días me apetecía comerme una buena reina, pero lo malo es que las de ahora son una asquerosidad, una zambumbia revuelta de mayonesa industrial, pollo cocido (se incluyen pellejos y cartílagos) y pedazos de aguacate. La última vez que traté de comerla fue hace unos meses y salí asqueado. Me pregunto cómo una delicia gastronómica  creada en honor de Susana Duijm cuando fue electa Miss World en 1955, pudo devenir en una bazofia semejante. La flojera, tal vez, y la falta de refinamiento culinario, seguro. Quise reproducir la Reina de Pepiada (con mayúsculas) que comí con los amigos, y lo logré.

ENSALADA DE GALLINA
Primero hice una ensalada de gallina tradicional en la que se combinaban sabiamente pequeños cubos de carne de gallina, papa, zanahoria y vainitas hervidas, más una dosis de manzana verde picadita. Le agregué un aderezo preparado con mayonesa, sal, azúcar, cebolla cortada muy menuda, mostaza de calidad y un toque de vinagre de vino. Revolví bien y le agregué una latica de guisantes o petit pois. Luego de mezclar, se deja reposar desde la víspera para que los sabores se compenetren bien. Una buena receta de ensalada de gallina se puede ver por aquí.
Luego busqué un buen aguacate maduro (el sabor no es el mismo, pues los aguacates de ahora son injertados) y preparé mi arepa con harina precocida (tampoco sabe igual, recuerdo que las arepas de mi primera "reina" eran de masa de maíz pilado). Luego procedí a ensamblar esta maravilla.

Preparación:

  • Se abre la arepa por la mitad y se le extrae el exceso de masa; 
  • Se unta bien con buena mantequilla criolla;
  • Se le agrega ensalada de gallina
  • Se termina colocando encima aguacate cortado en lonjas.


¡BUEN PROVECHO!


jueves, 13 de diciembre de 2012

De patinatas y arepitas dulces

Patinadoras en el Parque Los Caobos, Caracas
LAS PATINADORAS
Tal vez porque el lago de su pueblo no se helaba en invierno, o porque quiso hacer del patinaje un placer de todas las latitudes, un joven artesano holandés tuvo un día la idea de poner ruedas a sus zapatos. Así nació el patín que rodando por parques y avenidas del mundo, vino a sumarse a los elementos característicos de la Navidad caraqueña. De todas las cosas que la gran industria extranjera vuelca sobre nuestro país, el patín es la única que no ha contribuido a desnaturalizar la tradición. Por el contrario, se les puede considerar ya algo nacional como las hallacas y el furruco.
Nuestro amable "Pacheco" -fabuloso rey criollo de los aires decembrinos- no llega a darnos hielo para trazar en él signos mágicos con los filos de los patines; pero gracias al modelo de ruedas el patinaje es entre nosotros deporte de invierno, e invernal es la alegría que nos comunica. Tampoco tenemos laderas cubiertas de mansa nieve, pero el genio del niño criollo creó su versión caraqueña del trineo -un cajón y cuatro ruedas de patín- y se lanzo a volar por las cuestas de la ciudad.
Aquí están los patinadores, primer anuncio de la Navidad en Caracas. Algunos llevan flamantes "Kingston" bien ajustados al calzado de marca indescifrable; otros míseras "planchas" reconstruidas que se sujetan a las alpargatas con increíbles enredijos de guaral. Todos sin embargo, dicen lo mismo: sus risas, sus canciones, el estruendo de sus ruedas son el indicio más cierto de que faltan muy pocos días para que el Niño Jesús nazca en su Belén de cartón y paja teñida.
Y el vecino de sueño liviano que se queja por la bulla que hacen los patinadores, al saberlo será un poquito más indulgente con ellos, y los envidiará al pensar que acaso son los únicos caraqueños que conocen el gusto de quitarse el frío navideño conversando en torno a un fuego, aunque ésto sólo sea el de un criollo anafe de arepitas, pariente pobre de la legendaria chimenea septentrional.
Aquiles Nazoa
Ya esa bella tradición murió. Los muchachos caraqueños tenían sus lugares favoritos donde patinar. El más clásico era el Parque Los Caobos, como vemos en la foto que encabeza este artículo. Cuando se hicieron los trabajos de caminerías de este parque con motivo del cuatricentenario de Caracas, el Gobierno Nacional tuvo el cuidado de destinar un área al patinaje; una pista amplia, lisa, segura y con largos bancos de concreto para que los patinadores pudieran sentarse a ajustarse lo patines o comerse las arepitas dulces de rigor. Otros lugares para el ejercicio de esta afición era la Avenida la Paz y en las aceras circundantes a las iglesias parroquiales. Lamentablemente, una generación de "caraqueños" no participó con sus hijos en esta actividad. Tal vez estaban preocupados por comprar patines en línea, que nunca fueron populares, pero no se ocuparon en enseñar a sus hijos a patinar.

Esta tradición estaba vinculada a la celebración de las Misas de Aguinaldo, que es un privilegio de las diócesis venezolanas desde tiempo inmemorial (tal vez logrado por la diócesis de Caracas y Venezuela en el período colonial). Estas misas festivas, por excepción, se celebran temprano en la mañana entre el 16 y 24 de diciembre, amenizadas con el canto de aguinaldos tradicionales. Quién sabe cuál fue la razón alegada, pero el canto de los aguinaldos es una tradición de veneración al nacimiento del Niño Jesús arraigada por mucho tiempo. Según tengo entendido la única condición fue que las misas de aguinaldo fse celebrasen de madrugada. ¿A qué hora? Antes de la salida del sol, a golpe de 5:30 o 6:00 am.

Fuera del templo las vecinas de la parroquia ofrecían a la venta el desayuno a los asistentes (a provecho propio o con un fin social). La estrella era la arepita dulce de anís. Me imagino que en parroquias como Candelaria, con mayoría española, se ofrecerían churros con chocolate. Había señoras que se financiaban sus hallacas de diciembre haciendo estas deliciosas arepitas, que acompañadas con queso de mano son deliciosas.


Doy la receta de las arepitas dulces. Tal vez mientras las preparamos nos pondremos a cantar algún aguinaldo, como este, De Contento, que nos ofrecen Los Tucusitos, que debieron ser grandes patinadores.

 
AREPITAS DE ANÍS
 
Arepitas dulces con anís
Foto tomada de http://www.bearskitchen.com
Scannone las llama Arepitas fritas de papelón y anís, y nos da las cantidades para hacer 20 unidades

Ingredientes:
  • 1/2 Kg. de masa de maíz
  • 1 cucharadita de sal
  • 1 cucharadita de semillas de anís
  • 2 cucharadas de queso blanco duro, tipo llanero, rallado fino
  • 10 cucharadas de melado espeso de papelón
  • 1/2 cucharadita de bicarbonato de sodio
  • Aceite para freír

Preparación:
  1. Se trabaja bien la masa con la sal, el anís, el queso rallado, el melado de papelón a temperatura ambiente y el bicarbonato de sodio. Se envuelve la masa en un paño húmedo y se deja reposar por 20 a 30 minutos. Posteriormente se vuelve a amasar bien.
  2. Se divide la masa en bolitas de unos 5 minutos de diámetro y con las manos se hacen arepitas o tortitas muy delgadas y de espesor uniforme, de unos 7 a 8 centímetros de diámetro y 1/2 centímetro de espesor. Pueden hacerse también extendiendo una tela húmeda sobre una superficie plana o sobre un plato llano volteado al revés. Sobre la tela se deposita una bolita de masa y doblado la tela sobre la bolita se golpea con los dedos hasta formar una arepita del tamaño deseado. La tela debe enjuagarse antes de hacer cada arepita.
  3. En un caldero pequeño se pone suficiente aceite como para que floten las arepitas. En el aceite no demasiado caliente se van depositando una a una y moviendo el aceite, o empujando las arepitas lateralmente para que se abomben más fácilmente, se fríen hasta dorar por ambos lados. Las arepitas se abomban repentinamente después de 1 minuto de cocimiento y están listas en 2 minutos aproximadamente. Se sacan del aceite y se colocan en un colador forrado con papel absorbente para eliminarles el exceso de grasa.

Para el melado de papelón:
  • En una olla más bien grande para que no se derrame al hervir, se ponen el papelón (250 gr.) en pedacitos y el agua (3/4 de taza). Se lleva a un hervor y se cocina a fuego fuerte por 5 o 6 minutos. Se retira del fuego y se deja aparte a enfriar.
Variaciones:

Juana Berroterán (La cocina venezolana) No le agrega queso rallado, pero dice que se le puede poner blanco o amarillo, y en vez de melado de papelón le adiciona papelón rallado. No le pone bicarbonato, ni hace reposar la masa.

Graciela Schael (La cocina de Casilda) Se parece mucho a la de Scannone. Le pone papelón rallado, no melado de papelón. Lo más interesante es su explicación de cómo se fríen, que se parece más a la que me contaba mamá que había visto hacer en los años 20:
Se pone a calentar mucho aceite -el caldero debe quedar lleno hasta la mitad y las arepitas deben flotar y navegar en él- y, cuando hierva, se echan las arepitas con mucho cuidado para que el aceite no salte. Cuando estén a medio cocer, se empujan por una orilla con una púa especial, de madera o metal, para que giren y las arepitas levanten (hay que tener cuidado de no pincharlas, solamente hay que empujarlas). Se repite la operación 2 o 3 veces más si fuera necesario. Después que las arepitas hayan levantado, se dejan dorar un poquito y luego se voltean para que doren por el otro lado. Al estar listas, se pinchan con la púa, se sacan del caldero y se ponen sobre un colador para que escurra la grasa, que puede ser aceite en vez de manteca.
Agrega la Sra. Schael...
En el mes de diciembre, en los días de misas de aguinaldo, solían reaparecer las arepitas. A la salida de misa, acabadas de elaborar y acompañadas de la clásica tacita de café negro y bien caliente, eran un estupendo regalo al paladar.

domingo, 14 de octubre de 2012

Todo arepas

Todo arepas
Carátula
Desde hace tiempo no compro libros de cocina. La semana pasada, de visita en una librería,  se me ocurrió ojear la sección de recetarios; cada vez la oferta es más pobre (gracias, CADIVI), pero siempre se consigue algo. Una de las pocas novedades es Todo arepas (Círculo de Lectores, Bogotá, 2012), que contiene un amplio repertorio de recetas de arepas como se las prepara en las diversas regiones de Colombia y Venezuela. Debo admitir que dudé comprarlo, pero por suerte pude hojear un ejemplar que estaba abierto. En ambos países hay múltiples formas de preparar este pan indígena y no sólo con harina precocida (la pobre cajera me puso cara de asombro cuando le mencioné la arepa de coco).
La arepa, como se conoce más comunmente -señala la Introducción-, es una preparación hecha a base de maíz y un plato emblemático de Colombia y Venezuela y algunas partes de Perú -países donde conserva su nombre indígena. Aunque en otras partes su presencia no es tan predominante, las arepas se preparan y consumen desde el norte de México hasta el sur de Chile. La manera en que se hacen, los medios de cocción y los ingredientes que llevan además del maíz varían a lo largo del continente americano, pero se trata en términos generales de la misma clase de preparación. En Zapatecas (México) se les denomina "pacholas" o "totopostes"; en El Salvador, "pupusas"; en Honduras, "guirilas, en Costa Rica y en Chile, "panochas" y en países como Panamá y Ecuador se les denomina "tortillas" (o también "changas" en Panamá y "bonitísimas" en Ecuador).
Básicamente, la arepa es un pan de maíz de forma circular de distintos tamaños y grosores que van desde discos extremadamente delgados ("telas") hasta pequeñas y gordas bolas de masa. Este tamaño y grosor depende de las costumbres de cada región y en esta medida también del uso que se les quiera dar; si se van a usar como acompañamiento de una bebida caliente o un plato salado, o si se van a rellenar o cubrir posteriormente con algún guiso o ingredientes como queso o mantequilla. En general, las arepas más delgadas y grandes se usan para consumir solas y cubrir con un guiso hecho a base de tomate y cebolla, queso o simplemente mantequilla, y para acompañar bebidas como chocolate o café. Las arepas más pequeñas y gruesas se utilizan para acompañar platos salados como estofados y guisos hechos con granos y carnes, o sopas espesas que a su vez se acompañan con arroz, plátano, papa y otros carbohidratos.
El repertorio del libro es amplio e incluye además la cachapa y el casabe, que en Venezuela no consideramos arepas. Las recetas están diseñadas para la elaboración de la arepa tradicional, comenzando con el procesamiento del maíz, sea amarillo, pilado o cariaco, lo que hace del libro una adquisición interesante.

Me quedé con ganas de una buena arepa y aproveché el almuerzo del domingo para comer una con relleno a la llanera. Más adelante experimentaré con las recetas del libro.



Arepa rellena a la llanera:
parrilla de solomo, queso crineja, aguacate y una rueda de tomate

viernes, 31 de agosto de 2012

Un desayuno en Chacao


Para tener fuerzas en un día de mercado, nada mejor que un desayuno contundente.
Aquí tenemos una arepa de chicharrón, acompañada de chorizo criollo y una malta.
Existe la opción de acompañarla con morcilla o con queso.

De vez en cuando  me gusta acercarme a un mercado municipal, sólo por el placer de ver los arreglos de frutas y hortalizas, curiosear por los puestos de condimentos y especias y, si me apetece, tomar un desayuno "de mercado". No soy de los que van de compras generales, sino que adquiero lo que se me ocurra; sea alguna fruta de estación, una especialidad que sé que no existe cerca de mi casa, o cuando voy a cocinar para los amigos.

Esta mañana decidí salir temprano de casa y acercarme a Chacao y su mercado, que me trae recuerdos de la infancia, cuando se le conocía como Elmer Boutique y los puestos de venta de ropa ocupaban todas las calles del poblado los días jueves y sábado. Mis primeras orquídeas las compré en un puesto de hierbas curativas que quedaba en el viejo local de ese mercado, al igual que muchas golosinas criollas que en aquellos tiempos se conseguían.

Hoy me dije: ¿Recuerdas aquellas arepitas de chicharrón que viste el otro día en Chacao? Las hay con chorizo, morcilla o queso... Tal vez hasta son rebosadas y fritas como las arepas de antaño...

Resistíme a la idea porque es algo que suena a bomba de colesterol, y me dirigí al mercado con el firme propósito de no comerlas. Sin embargo, como un drogómano con síndrome de abstinencia, luego de comprar especias, té y cosas delicadas, me acerqué el puesto de los chicharrones y pedí una arepita de esas. Por suerte no eran rebosadas: ¿Con qué? -me preguntaron. Había la opción de morcilla, chorizo o queso... ¿Queso? sería lo clásico... La pedí con chorizo porque no quise arriesgarme y la acompañé con una malta. Usan molde para hacerlas; por eso tienen un rico faralao tostadito que considero un "bonus".

Adiós al almuerzo en el restaurante español de la calle Urdaneta. Con esa arepita me alcanzará para toda una jornada de actividad...

¡¡¡ALIMENTO DE PEONES!!!

Recomendable para los amantes de las comidas sustanciosas.


lunes, 31 de octubre de 2011

A don Lope no le den arepa ni cazabe



Don Lope de Aguirre, el terrible oñatiarra de vida novelesca, es conocido en la historia como el Tirano, el Peregrino, el Príncipe de la Libertad, el Azote de Dios, dependiendo de quién cuente su historia. Nació en 1514 "hijo de medianos padres", pobres pero decentes, diríamos en criollo; progenitores libres de herejía, limpios de sangre mora o judía. Hidalgos los padres, hidalgo el hijo por gracia de Ordenanzas Reales por el sólo hecho de haber nacido en Oñate, País Vasco. Murió en Nueva Segovia de Barquisimeto en en 1561, en la casa de don Damián del Barrio.

Salió del Perú alistado en la expedición de Pedro de Ursúa al Amazonas en la búsqueda del País de la Canela, cruzó América del Sur y llegó hasta Margarita a la que asoló. De allí se dirigió a Borburata, Valencia y Barquisimeto, buscando el regreso al Perú, donde se amarraban los perros con longaniza. Aguirre y sus Marañones encontraron resistencia en las menguadas fuerzas castellanas de Venezuela.  Era tal la pobreza en Tierra Firme que El Peregrino llegó a arengar a su desarrapada tropa:

"¡Por vida de tal! Que los hados permitan que yo sea vencido por esta gente vil de arepa y cazabe."

Y también:
"Mirad, caballeros, a qué tierra os ha traído Dios y vuestra fortuna y donde os queréis quedar y huir! ¡Mirad qué monteras los galeones de Meliola! ¡Mirad qué medrados están los servidores del Rey de Castilla! ¡Mirad! ¡Ánimo, marañones, a ellos, que ya estaremos holgando en Barquisimeto, como lo estuvimos hace un rato en La Margarita!".
Al final sus hombres desertaron y se acogieron a los perdones reales. Quedó muy mal parado el Gobernador Pablo "Faldetas" Collado, pero los pertrechos y la tropa marañona quedó en poder de las autoridades y sirvieron para avanzar en el proceso de conquista y población de la provincia de Venezuela. Los marañones arrepentidos se quedaron en Venezuela y aportaron sus genes para el establecimiento de muchas generaciones de amantes de la arepa.

Es nuestro pan nacional,  herencia aborigen que ha evolucionado junto con los venezolanos. Las hay dulces, con anís y papelón; también de coco, chicharrón o queso; de trigo o de plátano; fritas, asadas u horneadas; delgadas como una telita o grandes y gruesas como piedra de molino; de maíz pelado con ceniza; maiz amarillo o blanco, pero siempre circular. Una arepa cuadrada es mala, por eso redondear la arepa es bueno. Todo el mundo llega a la vida con la arepa bajo el brazo.

La arepa básica, la blanca, es un gusto adquirido porque sola es realmente insípida y, muy a nuestro pesar, no place todos. Don Pablo Morillo, el Pacificador que nos envió Fernando VII, confesó a sus amigos criollos realistas que: “Todo lo puedo pasar en esta tierra, menos esas perrísimas tortas de maíz que llaman arepas, que sólo se han hecho para estómagos de negros y de avestruces”. Pero no sólo los extranjeros rechazaban la arepa. Los positivistas, liberales y masones del siglo XIX atribuían a la arepa el retraso cultural del venezolano y preferían el pan de trigo. Afortunadamente no todo el mundo era positivista y la arepa sobrevivió incólume.

La peor amenaza que tuvo que enfrentar nuestra arepa fue el surgimiento de la industria petrolera y la consecuente agitación de la vida moderna, además de la incorporación de la mujer al mercado del trabajo. Hacer una arepa en el pasado requería mucho tiempo y esfuerzo. Suponiendo que se adquiriese el maíz blanco pilado, aún había que escogerlo, lavarlo, hervirlo, reposarlo, molerlo fino y amasarlo hasta que la masa tomara la consistencia adecuada. Luego había que formarlas, asarlas en el budare y luego hornearlas. Había señoras que levantaban dignamente su familia preparando masa y arepas. En efecto, estaba destinada a desaparecer a mediados del siglo XX, de no haber sido por el ingeniero Luis Caballero Mejías, inventor de la harina de maiz precocida, y el surgimiento de las areperas.

La harina precocida permitió prepararlas para la familia con poco tiempo y esfuerzo. Las areperas la popularizaron en forma de tostadas (rellenas), que resolvió el problema de comer rápido fuera de casa. Volveremos en otra oportunidad al tema de la arepa comercial y sus rellenos. Bástenos mencionar ahora que fueron los portugueses dueños de areperas quienes ampliaron la paleta tradicional de rellenos con gustos lusitanos como el salpicón de oreja de cochino, el bacalao o el atún a la vinagreta. Luego de estos dos eventos, la arepa se eternizará.


En mi caso, desde que en mi casa se comenzaron a hacer arepas de harina precocida me puse casi al nivel de Lope de Aguirre. Aún mi memoria gustativa se aferra a las arepas que hacía La Mamá de Coca, cerca de mi casa. El sabor de la arepa de maiz pilado y procesado de la manera tradicional es inigualable, la costra y miga interna toman una consistencia que no logra la masa "de paquete". Recuerdo el "sabor" de mi primera arepa de harina y la comparo con las originales. Lamentablemente, en casa no puedo hacerlas como aquellas. En la búsqueda de la textura y sabor de antaño, hago mis arepas usando un aripo o budare de barro que compré en Maturín y hasta he conseguido la harina precocida que más se ajusta a mi gusto. Quedan bien, pero no es lo mismo. En la foto, mi budare con dos arepas de queso de año.