domingo, 27 de noviembre de 2011

Cicerón nos muestra cómo envejecer



Hace unos días me topé en una librería con un libro clásico: El Arte de Envejecer (Eduven, Colección Sapientiae, Caracas, 2011), obra de Marco Tulio Cicerón (106 adC - 43 adC). Como ya se acerca el momento que entre a la Tercera Edad, comience a cobrar mi pensión del seguro social y a disfrutar de pequeños privilegios tales como viajar gratis en metro, recibir trato preferecial en los bancos, o pagar la mitad de la entrada al cine, me compré un ejemplar. Aunque no represento la edad, la tengo y me imagino de los órganos internos lo saben, por eso quise saber lo que me diría Cicerón si nos sentáramos a conversar en un triclinio en su casa del Palatino.

Del prólogo del editor, entresacamos:

De entre la vasta obra de Cicerón destacan dos escritos en forma de diálogos: Cato mayor sive senectute (Catón Mayor o sobre la vejez) y Laelius sive de Amicitia (Lelio o sobre la amistad) que en este volumen ofrecemos como el Arte de envejecer. Esta obra constituye todo un tratado de moral práctica, en el que se manifiesta el talento de su autor. Dedicado a Tito Pomponio Ático, se hace eco de una conversación que tuvo lugar en 150 adC entre Catón el viejo, Escipión Emiliano, el segundo africano, y Lelio. Catón (234-149 adC) fue cuestor en 204, cónsul en 195 y censor en 184, destacando en el ejercicio del cargo como modelo de severidad.  ... El segundo, hijo adoptivo de Publio Conelio Escipión, era profundo conocedor de la cultura griega, y famoso por sus victorias sobre Cartago en la tercera guerra púnica y sobre los españoles (sic) en el asedio de Numancia. El último de éstos, Lelio, llamado el Sabio, gozó de prestigio entre los oradores de su tiempo y alcanzó fama de profundo conocedor de los aspectos religiosos y en el derecho augural.
Asombrados ambos interlocutores del Censor al observar cómo afrontaba las circunstancias de la vejez, Catón se constituye en defensor de esta última etapa de la vida y hace frente a las socorridas censuras que suelen hacerse, tales como; que la senectud aparta a los hombres del manejo de la cosa pública, debilita su vigor físico, es obstáculo para el goce de los placeres de la vida y constituye el augurio de la proximidad de la muerte.
Pero dejemos que sea Catón quien nos aconseje:

  • No hay fuerzas en la vejez; tampoco ella las pide, ni las necesita para nada. De manera que por las leyes y costumbres, absuelven a nuestra edad de las tareas que no pueden cumplirse sin vigor físico; así no estamos obligados a hacer lo que no podríamos hacer; sino tampoco aquello que aún lograríamos hacer.

  • ¿Qué hay de raro en que los viejos sean débiles y enfermos, si los jóvenes tampoco lo pueden evitar? Lelio y Escipión: hay que enfrentar la vejez con coraje y compensar sus defectos con los cuidados, hay que combatir contra ella como contra una enfermedad, hay que cuidar la salud.

  • Practicar el ejercicio con moderación y comer y beber cuanto basta para reponer las fuerzas y no para saciarse: no se debe atender sólo el cuerpo sino más bien la mente y el ánimo para evitar que ellas se apaguen con la vejez, como sucede con una lámpara que no se agregara el aceite, la vejez los apaga; y mientras el cuerpo se siente pesado, gracias al ejercicio, el ánimo se hace más ligero.

  • La vejez es respetada si se sabe defender por sí sola, si mantiene inalterados sus derechos, si se sabe gobernar con absoluta independencia, si hasta el final ejerce la autoridad y el predominio sobre todos los suyos. Por tanto, así como se alaba a un joven que tiene algo de viejo, así también se debe aceptar el viejo que tiene algo de juvenil; quien se atenga a esta norma llegará a ser viejo de cuerpo pero jamás de espíritu.

  • (Luego de contarle a Escipión y Lelio cómo se mantiene activo) ...Porque el que vive estudiando y trabajando, no siente cuando llega la vejez. De esta manera, transcurre la vida envejeciendo; no se advierte la quiebra de la edad, sino que a fuerza del mucho vivir, la vida se acaba.

  • Decía Arquitas (de Tarento) que no había dado la naturaleza a los hombres más dañina enfermedad que los deleites del cuerpo, cuyos perturbadores deseos del placer sensual, excitan las pasiones más desenfrenadas. Esta es la razón de la traición de la patria, el derrumbe de las repúblicasa, las secretas complicidades con los enemigos; en suma, no hay delito ni crimen que no tenga su razón de ser en la tiranía del placer, y el estupro, el adulterio y cualquier otra infamia semejante no tienen otro origen que la incitación a los deleites.

  • Pero ¿qué quiero decir con todo esto? Que entendáis que si no bastara la razón y la sabiduría para lograr rechazar el placer, deberíamos agradecer a la vejez el hecho de no dejarnos desear lo que no debemos. Los deleites, en efecto, obstaculizan la capacidad de juicio, sion enemigos de la razón y, por así decirlo, obscurece los ojos de la mente y no tiene ninguna relación con la virtud.

Pero también nos indican Catón y Cicerón:

  • Tened presente que cuando en mi discurso alabo a la vejez, me propongo alabar tan sólo la vejez que reposa sobre los principios de una buena juventud. De ello deriva que, como ya lo he mencionado con la aprobación de todos, la vejez es miserable si necesita apologías. No pueden el cabello cano y las arrugas conquistar de golpe la autoridad; el transcurrir de la vida, si ha sido buena, es la que consigue mayores frutos de ella...

  • Se dice que los viejos suelen ser intratables, inquietos, iracundos e imprtinentes, y hasta avarientos, pero estros son vicios de las costumbres, no de la vejez. En cuanto a estos vicios que he mencionado, algunos tienen excusa, no diré legítima pero por lo menos en parte comprensible.

Excelente libro y me he deleitado leyéndolo. Me recuerda a un amigo quien, luego de casi 30 años sin verme, me pregunta sobre "el secreto de mi eterna juventud". A él y a los que me preguntan por el retrato de Dorian Gray que supuestamente tengo en un clóset, les digo: Vivir como los romanos; es decir, dar a cada uno lo suyo (Suum cuique tribuere, diría Ulpiano), vivir honestamente y no hacer daño a nadie. Agrego que disfruto de ligeros placeres de la vida, como la buena mesa, la lectura, la música, la bebida con moderación, las orquídeas y el cultivo de la amistad.

Gracias, Cicerón, por tus consejos.

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