Mostrando las entradas para la consulta yepes ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta yepes ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

lunes, 27 de enero de 2014

La media noche

La Noche, por William-Adolphe Bouguerau (1883)

LA MEDIA NOCHE

A LA CLARIDAD DE LA LUNA

AL DOCTOR CECILIO ACOSTA

...en ninguna parte de la Naturaleza nos penetra más
de un sentimiento que su grandeza: en ninguna parte
ella nos habla más y más fuertemente, que bajo el cielo
de la América.
Dr. Felipe Larrazábal


Opacos horizontes
Y rumor de airecillos y cantáres,
Y sombras en los montes,
Y soledad dulcísima
En la tierra infeliz de los palmares;
Y allá léjos la luna que se encumbra
Y un cielo azul de porcelana alumbra.

Y en el lago sin brumas
La onda medio caliente entumecida,
Coronada de espumas
Sonando melancólica:
Y como tregua ó sueño de la vida
En el hogar del hombre; y como inerte
La creacion, y el sueño como muerte.

La gran Naturaleza
Ó vacila ó se asombra, y muda y grave,
Pálida de tristeza,
Ve sus astros inmóviles...
Suspension de la vida, que no sabe,
Maravillada el alma, si le asusta, 
Ó le aplace por quieta ó por augusta.

Tal es, sobre su coche
Que silencioso por el orbe rueda, 
La estraña media noche
De las regiones índicas:
Así, al tañer de la campana, queda,
Su voz oyendo por el aire vago,
La ciudad de las palmas en el lago.

Aquí empieza el imperio
De esas visiones sin color ni nombre
Que en inmortal misterio
Guardan las noches tórridas.
Aquí no alcanza a comprender el hombre
La cifra ó la razon de cuanto mira,
Ó si despierto está, sueña ó delira.

Tanta trémula estrella
Que de rubíes el espacio alfombra,
Tanta roja centella
Que con la luna pálida
Penetra y brilla en la nocturna sombra,
Causa son de terror, causa de duelo
Si ya la media noche sube al cielo.

¿Quién sabe por qué crece
Entónces el penacho de esa palma,
Y el viento la remece
Y la despierta súbito,
Y á su voz el concierto y dulce calma
De la noche se rompe, cual si fuera
Hablando una palmera á otra palmera?

¿Quién sabe por qué luego
Se vuelven las conchuelas con la luna
Margaritas de fuego,
Y cuando boga rápido,
Sonriendo de sus espléndida fortuna,
Nauta feliz que ansía por cojerlas,
Ni conchas halla ni radiantes perlas?

¿Quién sabe, quién alcanza
Por qué se cierne la nocturna nube
Con monstruosa semblanza,
Y envuelta en sombras tétricas
Desciende al llano, á la colina sube
Para mostrar despues, como un tesoro
El plateado cendal con fimbria de oro?

Mentira! bajo el peso
De tanta maravilla, grita el mundo.
Acaso será eso...
Pueda que los fantásticos
Prestigios de la luz, tras el profundo
Rumor que alzan los vientos que campean,
Finjan visiones y mentiras sean;

Pero algo está escondido
Que bulle y vive y lúgubre se extiende
Al solemne tañido
De ese cristiano símbolo.
Algun prodigio el hombre no comprende
En esas altas horas: algo existe
De indefinible, pavoroso y triste.

No es que la noche ayude
Los Génios á salir de sus recintos;
No la mar se sacude,
Ni murmuran los céfiros,
Ni el santuario los dorados plintos
Caen sonando, ni la sobra pasa,
Ni el trueno zumba, ni la luz abrasa;

Mas con todo, á tal hora
Brota, se desvanece, canta, gime,
Brilla, se descolora,
Azota  el aire trémulo,
Empaña el éter, la materia oprime
Una sombra, una luz, un sér ¡quién sabe!
Que llena el orbe y que en la chispa cabe.

Entre el hombre que piensa
Y los astros que alumbran se descorre
Como una cosa inmensa,
Impalpable, magnífica;
Y cuando la parduzca y vieja torre
Su postrimera campanada vibra,
De eso como infinito ¿quién se libra?

Salve augusto misterio
Que encierras tan hondísimos arcanos;
En tu silente imperio
De sonidos insólitos,
Y de pálidas luces, y de vanos
Pavorosos fantasmas, todo es triste
Y se transforma todo cuanto existe.

Mas la razon del hombre,
Al impulso inmortal de su sentimiento
Instintivo y sin nombre,
Penetrará recóndito,
Ó explicarse querrá con noble aliento,
Ese mundo invisible que reposa
Oculto entre la noche silenciosa.

Soledad del desierto
Y rumor de airecillo en los fragantes
limonares del huerto:
Y en el azul vivísimo
Rubias estrellas, fuegos vacilantes
Y claridad de la luna que se encumbra
Y hasta el sombrío limonar alumbra.

Tal es, como su coche
Que silencioso por el orbe rueda,
La extraña media noche
De las regiones índicas:
Así, al tañer de la campana, queda,
Su voz oyendo por el aire vago,
La ciudad de las palmas en el lago.



Hace poco más que un año colocamos en esta bitácora un poema del poeta romántico venezolano, José Ramón Yepes, quien destaca sobre otros de su generación por la calidad de su lenguaje. Se trata de Himno epitalámico, que acompañamos de comentarios salidos de la pluma de Luis Correa, ensayista, autor de Terra Patrum, el cual se puede leer por aquí.

Para el poema de colocamos hoy, transcribimos un breve artículo de presentación publicado por el Marqués de Rojas en su Biblioteca de escritores venezolanos contemporáneos, publicada en París en 1875. Lo copio textual del la edición facsimilar del Concejo Municipal del Distrito Federal (Caracas, 1975):
José Ramón Yepes
1822-1881
José Ramón Yépes nació en Maracaibo, ciudad occidental de Venezuela, el 9 de Diciembre de 1823. Gravemente enfermo en su infancia, comenzó tarde sus estudios, y no progresando en los de matemáticas, que habia preferido, los abandonó, dedicándose á la marina. Fué esta una fortuna para Yépes, porque en su nueva carrera ha ganado dos especies de laureles; - los que le ha dado su patria en recompensa de sus constantes y heróicos servicios; y los que ha brindado á su númen la Musa de las Letras, pues debe saberse que fue en la vida solitaria del marino, llena de tempestades y peligros, que su carácter, indomable y desaplicado ántes, volvióse melancólico y reflexivo, y que despertó en su ánimo el deseo de recuperar eñ tiempo perdido, consagrándose día y noche al estudio y en especial á la lectura de los clásicos españoles.
Además de los empleos que Yépes  ha desempeñado en el ejercicio de su profesion, como Capitán de Puerto, comandante de Apostadero, Catedrático de Náutica y Gefe de Escuadra en campaña, hasta merecer los más altos grados, ha sido diputado a la Legislatura nacional y miembro del Senado de la República. En la actualidad es Director de Marina en el Ministerio de este nombre.
Yépes es uno de los poetas más notables de Venezuela y á esta circunstancia auna dos que le hacen brillar mas todavía, - la modestia sin afectación y un franco y honrado carácter. 
En 1881, el Almirante Yepes murió ahogado en el Lago de Maracaibo en un accidente mientras cumplía con su deber.


domingo, 21 de octubre de 2012

Himno epitalámico

Nacimiento de Venus, por William-Adolphe Bouguerau (1879)

HIMNO EPITALÁMICO




No en esa estancia penetréis divina:
Sobre el ara de aromas,
Pálida de pasión, llevó Ericina
Sus risueñas palomas.

¡Atrás! ¿No veis que hasta el dorado plinto
Cae el flotante velo?
La diosa ha descendido a ese recinto
En un rayo del cielo.

Velad tanto esplendor, oculte Apolo
La luz de sus mañanas:
Que a la estancia nupcial penetren sólo
Las flores por galanas.

La madre del amor desciñe estrecho
El ceñidor de oro.
Roja la boca y palpitante el pecho
Del oculto tesoro

Suelte temblando, al seductor desvío
La crencha perfumada…
¡Cuán divina estarás, rosa de Chío,
Así, medio velada!

Fortunado amador, la diosa esbelta
Yá besa al dulce niño;
Mirad como el rapaz sonriendo suelta
Su túnica de armiño.

¡Silencio! Ni un suspiro en el imperio
De los castos amores.
No temáis que una flor rompa el misterio.
Que mudas son las flores.


El autor de este Himno Epitalámico es José Ramón Yepes (con S, no con Z), uno de los más destacados poetas románticos venezolanos, nacido en Maracaibo en 1822. De él nos dice Luis Correa en un artículo escrito en diciembre de 1922 y publicado en Terra Patrum (Biblioteca Popular Venezolana, Caracas, 1961):
...educado en el peligro, fuerte de ánimo y robusto de complexión, caldeado en su niñez por los hálitos de la epopeya emancipadora y en contacto con muchos de sus héroes, en el pecho de Yépez ardía la llama de las supremas resoluciones.
El amor, en hombre de tal reciedumbre debía ser, no pasión momentánea ni deseo escurridizo, sino compromiso de honor, apretada sensación de belleza, empeño sostenido, lumbrarada perenne. Sus versos amatorios llevan casi todos el nombre de la compañera de su vida.
Su cultura literaria, los buenos estudios que hizo bajo la dirección de maestros inolvidables, y un sentido permanente de las reglas, paralelo al recto concepto del deber que cimentó su vida ciudadana, lo libraron de las manifestaciones de mal gusto, de las caídas dolorosas y de los desbordamientos de la inspiración en que abundan los poetas de su época. Fue comedido y señoril en la espera de la amada, y dio así a sus versos cierto sesgo elegante, cierta gracia inconfundible en el cancionero de amor venezolano.
Tardas, La Ramilletera, la Elegía a la niña María Luisa Álvarez y su Canto Epitalámico en las bodas de Ignacio de la Plaza, figuran en las antologías como obras de un arte exquisito, suave y consolador. Adornado con ellas, como con un ramo de rosas pálidas, su nombre ha traspasado los lindes inciertos de la posteridad.
En efecto, cuando se revisa la poesía del siglo XIX venezolano hay mucha hojarasca sensiblera, palabrería patriotera, o halagos al caudillo de turno; la obra de Yepes destaca. Nuestro poeta, quien fue también Almirante, murió ahogado en el Lago de Maracaibo de un accidente, en el cumplimiento del deber. Sucedió en 1881.