martes, 10 de diciembre de 2013

La renuncia


LA RENUNCIA


He renunciado a ti. No era posible.
Fueron vapores de la fantasía;
son ficciones que a veces dan a lo inaccesible
una proximidad de lejanía.

Yo me quedé mirando cómo el río se iba
poniendo encinta de la estrella...
hundí mis manos locas hacia ella
y supe que la estrella estaba arriba...

He renunciado a ti serenamente, 
como renuncia a Dios el delincuente;
he renunciado a ti como el mendigo
que no se deja ver del viejo amigo;
como el que ve partir grandes navíos
con rumbo hacia imposibles y ansiados continentes;
como el perro que apaga sus amorosos bríos
cuando hay un perro grande que le enseña los dientes;
como el marino que renuncia al puerto,
y el buque errante que renuncia al faro,
y como el ciego junto al libro abierto,
y el niño pobre ante el juguete caro.

He renunciado a ti, como renuncia
el loco a la palabra que su boca pronuncia;
como esos granujillas otoñales,
con los ojos estáticos y las manos vacías,
que empañan su renuncia soplando en los cristales
de los escaparates de las confiterías...

He renunciado a ti, y a cada instante
renunciamos un poco de lo que antes quisimos,
y al final, ¡cuántas veces el anhelo menguante
pide un pedazo de lo que antes fuimos!

Yo voy hacia mi propio nivel. Ya estoy tranquilo.
Cuando renuncie a todo, seré mi propio dueño;
desbaratando encajes, regresaré hasta el hilo.
La renuncia es el viaje de regreso del sueño...


Andrés Eloy Blanco
Poda (1934)


Andrés Eloy Blanco
(1896-1955)
Ayer conversaba con Jesús el Librero sobre el costo de vida, la inflación y los precios de los bienes y servicios, en un ambiente en que no se avizoran aumentos salariales ni mejoras en la condiciones de vida. La depreciación del trabajo campea y la gente debe tomar decisiones las más de las veces desagradables y dolorosas. Me comentaba que muchos lectores habían comenzado a restringir sus compras de libros, pero seguían haciendo el esfuerzo. Sin embargo, hay un sector importante de lectores, los más jóvenes, que sencillamente ya no pueden leer lo que desean y sufren cuando entran a una librería y ven los precios. Coincidí con Jesús en este respecto, y acoté que el caso de los jóvenes es el más lamentable; que al menos la gente de mi generación tuvo acceso a la cultura a precios asequibles. Recordé en ese momento el poema de Andrés Eloy Blanco que acabamos de leer y que le prometí transcribir con un breve comentario.

He renunciado a varias cosas, "como el niño pobre ante el juguete caro", para poder leer lo que deseo. He aprendido a escoger entre un libro y dos o tres copas de vino y he reducido mis visitas a los restaurantes (yo cocino mejor). Como no soy materialista ni consumista no me interesan los últimos perolitos tecnológicos, ni los trapos; por allí encuentro la manera de hacerme de algunos buenos libros y doy gracias a Dios que en casa tengo una buena reserva -como las reservas monetarias de un Estado serio- para asegurarme la lectura en el momento de las vacas flacas.

Dedico este artículo a los libreros que ven en peligro la existencia de las librerías y a aquellos lectores que ven mermadas sus posibilidades de leer.

La renuncia es el viaje de regreso del sueño...




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