martes, 13 de diciembre de 2011

¡Como el Jamón Planchado de antes, no hay!

Jamón de supermercado... Me reservo el comentario
Cuando paso por el supermercado y veo en la sección de charcutería los "jamones planchados" que ofrecen para las fiestas de fin de año, no me queda sino comparar esa pelota que simula un jamón con aquel que se consumía en Venezuela hasta los años 60. Las comparaciones son odiosas, pero la textura, aroma y sabor de ambos productos son de una diferencia abismal.  Estos jamones "planchados" industriales son muy buenos para hacer un sándwich de jamón y queso, o para cualquier preparación culinaria que requiera un jamón con sabor, pero no merece lucirse en una mesa navideña.

El jamón que se consumía tradicionalmente en las mesas venezolanas era de otro tipo. En primer lugar involucraba todo un ritual para su preparación; los olores que despedía en todo el proceso eran parte de la Navidad. Citemos a Rafael Cartay en su libro El pan nuestro de cada día:

Las piernas de jamón eran el alma de los banquetes y de las navidades del siglo XIX venezolano (en gastronomía uno siempre debe decir: "del siglo XIX de los venezolanos...con recursos", pues la mayoría del pueblo era pobre, analfabeta, desnutrida y estaba desasistida. Su dieta era poco variada y rutinaria).
Quizá la pobreza del pasado explique el afán goloso y opíparo de las cenas navideñas de los años 50 y 60, cuando las clases medias en ascenso gastaban el dinero despreocupadamente. Paz social, riqueza petrolera, mejores empleos y ganas de recuperar el tiempo perdido llevaron a los venezolanos a consumir lo que sus padres o abuelos ni tan siquiera soñaron probar en la Venezuela depauperada por las guerras civiles, las enfermedades y la pobreza. Los jamones del siglo XIX venezolano tenían varios lugares de origen: Westfalia de Alemania; York (marca Morton), del Reino Unido; y el Ferry's, un jamón ahumado, de Estados Unidos. En el siglo XX, el gusto de los venezolanos apuntó a adoptar este último para sus cenas de fin de año y se le conocía como "Jamón de Ferrys", como si la marca comercial fuera su denominación de origen. Los Ferry's eran piernas enteras de cerdo con su hueso y piel; venían envueltos en un saco de yute y requerían todo un procedimiento para hacerlos comestibles. Dejemos que sea José García de la Concha quien nos describa el proceso en el siglo XIX, según su libro Reminiscencias:

Jamón planchado, con hueso. Hay diferencia ¿no?
Se prefiere el jamón de York. Se descose la coleta con que viene envuelto. Luego se lava y se seca. Por otra parte, se monta sobre un anafe la lata vacía de manteca, con agua hasta la mitad. En ella se ponen unos granos de sal común y hojas de laurel. Al primer hervor, se le mete la pata de jamón y se tapa, para que hierva bien. Con un tenedor grande y largo, que llaman "trinchante", se puya para saber si está cocido. Se saca y se monta sobre una mesa para que repose un rato. Luego con un cuchillo se le saca la epidermis, el pellejito de encima. En el anafe se montan un par de planchas. Una vez calientes, se le pasan encima del jamón, después de espolvorearlo con azúcar. Se espolvorea con azúcar y se plancha nuevamente, y así hasta que quede de un color acaramelado. Luego se decora con clavos de especies (sic). Con pliegos de papel florete sin rayas, cortado en tiras, y adornado con flecos, se cubre la parte delgada de la para para poder agarrar sin engrasarse las manos.
Por la descripción se nota que García de la Concha no era cocinero y que probablemente tuviera sirvientes que lo prepararan en "latas de manteca vacías" y con planchas de hierro calentadas al carbón. Los jamones Ferry's se preparaban de manera similar, pero usando una olla muy grande y planchas eléctricas que se destinaban a ello. Tal vez por influencia estadounidense la presentación se hacía "a la Hawaiana", con ruedas de piña y cerezas confitadas. El agua de cocción también varió y se le ponía en vez de hojas de laurel, la piel del ananás.

La falta de tiempo y de personal de servicio doméstico, la carestía de la vida y la reducción del tamaño de las familias ha hecho abandonar esta tradición y preferir los jamones industriales ready made, que vienen ya con piñas y cerezas incluidas, y hacerse la ilusión de comer jamón. ¡Vaya diferencia! De los jamones Ferry's se usaba todo, hasta el hueso. Hoy, si uno desea comer un jamón que se asemeje al de antaño, debe ir al mercado municipal más cercano y comprarlo por lonjas, cortadas con cuchillo; es el jamón tipo tender. Yo hago así cuando pienso servirlo. El otro jamón que quede para hacer sandwiches, si acaso.

Para quienes deseen hacer en casa su propio jamón (Jambon au torchon) desde el principio, aquí tienen el vínculo para acceder a la receta que nos da Armando Scannone. http://www.elplacerdecomer.com/webs/website2/hallacas2000/Jamon/PlaJam.htm

¡No me atrevo!

domingo, 11 de diciembre de 2011

El gran Pan de Jamón

Figuras del Pesebre al estilo de Botero y el pan de jamón,
recién llegado de la panadería

A principios de la década de los 60 alguien, no recuerdo quien, tal vez un fabricante de jamón, preocupado por la posible "desaparición de las tradiciones criollas", mantuvo por la radio una pequeña campaña en defensa de lo nuestro. Recuerdo la copla que recitaban en el aviso publicitario:

Volvamos a lo nuestro,
que lo nuestro es lo mejor;
la chicha, el Nacimiento
y el gran Pan de Jamón.

El temor a la desaparición de nuestras costumbres navideñas no era infundado. En los años 50 el flujo de inmigrantes, principalmente europeos cada grupo con sus propias costumbres nacionales, se hacía sentir; los venezolanos disfrutaban de una bonanza económica sin precedentes y comenzaron a importar en grande: árboles de Navidad del Canadá, Whisky de Escocia, manzanas, uvas y peras de Argentina y Chile, nueces y frutos secos de Europa y Estados Unidos, turrones y mazapanes de España, champaña de Francia... Todo se importaba desde el pavo hasta el panettone y el vino Chianti. Pocas esperanzas tenía el menú criollo con olor a ruralidad, ante semejante invasión. 

Pero las cosas buenas no desaparecen. Después de 50 años las cenas de Navidad y Año Nuevo siguen siendo fundamentalmente las mismas: hallaca, pan de jamón, ensalada de gallina, pernil al horno y/o jamón planchado.  Hoy hablaremos del Pan de Jamón que, sin ser tan antiguo como la hallaca, no puede faltar en las mesas decembrinas. Al contrario de lo que se pensaba, no sólo no desaparecieron, sino que conviven en perfecta liga con los recién llegados.

Este pan de aspecto europeo, pero especialidad criolla, no es una creación hogareña, sino que surgió del horno de un panadero profesional. Hoy día se consigue en todas las panaderías de Venezuela desde mediados del mes de noviembre, de diversas calidades, desde el más gustoso y elegante hasta el atrozmente incomible. No es un pan que pueda conservarse por un mes; eso es imposible. La costumbre de catar los panes de las diversas panaderías de confianza comienza en noviembre y se va tomando nota de los mejores para que el 24 y el 31 de diciembre tengamos en la mesa el de nuestro agrado.

También hay quienes se deleitan haciéndolo en sus hogares, luego de varios meses de investigación y de intercambio de recetas con los amigos.  Lo malo del pan casero es que la levadura y la harina que se compra en los supermercados no es la ideal. El horno doméstico tampoco es un horno profesional, pero siempre queda la agradable sensación de decirle a tus comensales: Lo hice yo... ¿Qué te parece? Otro aspecto a tener en cuenta es el jamón; que sea de buena calidad y sabor. Algunas personas usan tocineta ahumada para tratar de compensar por jamones de segunda o tercera. Mejor no usar tocineta; no es lo mismo, ni se escribe igual.

Al final del artículo pondré la receta que nos da el Dr. Armando Scannone, está probada con 100% de buenos resultados. Algunas modas tratan de imponerse, como por ejemplo usar masa de brioche o de hojaldre (a mi juicio esta última no sería pan, sino un feuilleté tamaño gigante). Otro detestable invento es el uso de jamón de pechuga de pavo. Eso es muy insípido, mejor el gusto clásico.
Personal de la panadería Ramella a principios del siglo XX.
Debemos esta creación a la panadería de Lucas Ramella, ubicada cerca de la Plaza Bolívar de Caracas, en la navidad de 1905. De inmediato fue un éxito y pronto (1906) las panaderías competidoras de Banchs y de Montauban estaban haciendo sus propios panes de jamón. Originalmente llevaba sólo jamón de pierna marca Ferry´s. Para 1909 ya se le adicionaban uvas pasas y hacia 1920 ya tenía también almendras, aceitunas, nueces y hasta alcaparras. El gusto del cliente llevó a fijar hacia 1940 el relleno con jamón de York, aceitunas rellenas de pimiento y uvas pasas. De Caracas se extendió a todas la ciudades del país y ahora es un pan nacional, al igual que las Acemas, el Pan de Dios, el Golfeado y tantos otros amasijos criollos.

NOTA: Para la receta de Claudio Nazoa ingresar por aquí.

A continuación la receta prometida, tomada de la página El Placer de Comer http://www.elplacerdecomer.com/webs/website2/hallacas2000/panjamon/PJam.htm:


PAN DE JAMÓN 
(10 porciones)

Ingredientes:


  • 45 gramos, unas 3 cucharadas, de levadura en pasta o granulada; 
  • 1/2 taza de agua tibia; 
  • 1 cucharadita de azúcar; 
  • 1/2 kilo de harina, alrededor de 4 tazas; 
  • 3 cucharadas de azúcar; 
  • 3/4 de cucharadita de sal; 
  • 6 cucharadas de mantequilla; 
  • 1 huevo; 
  • 6 a 8 cucharadas de leche tibia; 
  • harina, para enharinar la mesa; 
  • 1 cucharada de mantequilla; 
  • 1/2 kilo de jamón planchado, picadito (en lonjas); 
  • la pulpa picadita de 25 aceitunas (en ruedas); 
  • 3/4 de taza de pasas; 
  • 1 amarillo de huevo; 
  • 1 cucharadita de azúcar.



Preparación:


  1. En un envase pequeño se ponen la levadura, el agua tibia y la cucharadita de azúcar. Se revuelve y se deja cubierto y en un lugar abrigado por unos 30 minutos.
  2. En un envase o sobre una mesa se pone la harina. Se le hace un hueco en el medio y allí se agregan la levadura con el agua, el azúcar, la sal, la mantequilla y el huevo y, progresivamente, mientras se mezcla y se amasa, se le va agregando la leche, hasta obtener una masa suave y que se despegue del envase o de la mesa, sin estar pegajosa. Se hace una bola, se pone en un envase enharinado y se deja reposar aparte, cubierto con un paño y en un lugar abrigado hasta doblar de volumen, por lo menos alrededor de 1 1/2 hora.
  3. Se engrasa una bandeja grande con la cucharada de mantequilla.
  4. Se pone la masa sobre una mesa enharinada, se amasa un poquito y, con un rodillo enharinado, se extiende hasta obtener un rectángulo de unos 25 x 45 centímetros y de 1 centímetro de espesor.
  5. Encima de la masa se extienden uniformemente el jamón, las aceitunas y las pasas y luego se enrolla firmemente como un brazo gitano. Se le cierran los extremos.
  6. Se pone sobre una bandeja engrasada con la cucharada de mantequilla, teniendo cuidado que la orilla de la masa quede hacia abajo, pisada por el rollo. Se pone la bandeja, cubierta con un paño, a reposar en un lugar abrigado, hasta doblar de volumen, alrededor de 1 hora.
  7. Se precalienta el horno a 400 grados.
  8. Se mete la bandeja con el pan en el horno y se hornea hasta estar bien dorado, alrededor de 20 minutos.
  9. Se bate el amarillo de huevo con el azúcar y se pone aparte.
  10. Se saca la bandeja del horno. Con una brocha se le extiende por encima la mezcla del huevo con el azúcar, se vuelve la bandeja al horno y se hornea 5 minutos más.
  11. Se saca el pan del horno y se deja enfriar para comerlo.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Ponche Crema, bebida para todos

Eliodoro González P.
Se puede decir con propiedad que el primer encuentro de un niño venezolano con una bebida alcohólica se produce a muy tierna edad, tal vez cuando llega al uso de razón (7 años); lo más probable en un día cercano a la Navidad, tal vez servido por alguna tía o alguna vecina quien le ofrecerá algún dulce y una copita de Ponche Crema. Casi seguro es que el ponche que se le sirva es un producto hecho industrialmente que lleva nombre de persona: Eliodoro González P.

Don Eliodoro nació cerca de Caracas en 1871 y murió en 1923. Era perfumista, químico de profesión e inventor de bebidas alcohólicas, para las cuales utilizaba ingrediente típicos de Venezuela. En 1900 desarrolla una fórmula para la elaboración del Ponche Crema, utilizando leche, azúcar, huevos y alcohol de uva. Fue registrado como producto de su propia invención, dando prueba de sus ingredientes, pureza y calidad. Fue en 1904 cuando el general Cipriano Castro, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, le otorga la patente. Demás está decir que el secreto de la fórmula está muy bien guardado, como el del Amargo de Angostura por la familia Siegert en Trinidad. Según la revista literaria El Cojo Ilustrado (1915)  es "una bebida compuesta en un 86 por ciento de leche, huevos y azúcar, en proporciones desconocidas, un 10 por ciento de cognac, y un 4 por ciento que se desconoce. El contenido alcohólico es de 14°GL". En el 4% desconocido está el secreto.
Parte del éxito de su Ponche Crema estaba en lo que promocionaba la etiqueta: "Esta bebida se conserva mucho tiempo inalterable a la temperatura ambiente, por lo tanto, se aconseja no helar sino la cantidad que se ha de consumir. Téngase acostada la botella y agítese al usarla". Allí estaba su ventaja sobre los ponches hechos con recetas caseras. Tiene duración indefinida y su sabor y consistencia se mantienen inalterables con el tiempo.

Nuestro químico creía en la publicidad para la promoción comercial de sus productos. Ello lo llevó a viajar por América y Europa con su Ponche Crema. Uno a uno, fue visitando los eventos más prestigiosos donde competían alimentos y bebidas del mundo entero. Ponche Crema causó sensación en la Feria Mundial de San Luis, Missouri, la primera feria que reunió los inventos y novedades del siglo XX, donde fue galardonado. De igual manera, los británicos le otorgaron el  "Grand Prix", en Londres. Fue recibido muy bien en la Exposición Marítima Internacional de Burdeos y en el Salón de Alimentación e Higiene de París. La etiqueta en la botella sigue mostrando las preseas conseguidas en las competencias internacionales.

En 1946 se establece una alianza estratégica entre los herederos de Don Eliodoro y H.L. Boulton, grupo especializado en el mercado licorero. Se establece la primera planta industrial de Ponche Crema, se adquieren maquinarias y equipos de la más alta tecnología de la época, se contrata personal calificado y la firma Eliodoro González P. Sucesores se transforma en Compañía Anónima Ponche Crema, Sucesora de Eliodoro González P. Sucesores, que es su nombre actual.

Si bien Eliodoro González no inventó el ponche de huevos y leche, su nombre se asocia con este producto y con las festividades decembrinas. El Ponche Crema tiene recetas domésticas muy antiguas, tal vez traídas de España en el período colonial, o por influencia foránea en los albores de la República. El valor del proceso industrial fue el de la conservación y estabilidad del producto sin necesidad de refrigeración.

Generalmente se sirve frío en un vaso old fashioned, con varios cubos de hielo.

He aquí una receta de Ponche procedente de Ciudad Bolívar

PONCHE GUAYANÉS

Ingredientes:

  • 1/2 Kg. de azúcar
  • 10 huevos
  • 1 cucharada de amargo de Angostura
  • 1 botella de ron

Preparación:

  1. Se baten las claras a punto de nieve. Se le agregan una a una las yemas, luego el azúcar.Se sigue batiendo hasta que salga picos. Se le agrega el ron y el amargo. Se mezcla bien. Se sirve en vasos espolvoreados con canela en polvo.


Otra fórmula de un recetario familiar manuscrito, procedente de la ciudad de Trujillo:

PONCHE CREMA

Ingredientes:

  • 1/4 de botella de brandy
  • 1 libra de azúcar
  • 12 amarillas de huevo
  • 1 litro de leche
  • 1 cucharada de vainilla
  • 1 cucharada de amargo de Angostura.

Preparación:

  1. Se pone a hervir la leche con el azúcar y se retira del fuego cuando haya mermado dos dedos. Al enfriarse, se le agregan las 12 amarillas de huevo bien batidas. se cuela, se somete otra vez al fuego, batiéndola continuamente y sin dejarla hervir. Al retirarla del fuego se le agrega el brandy, la vainilla y el amargo de Angostura.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La multisápida Hallaca

Hallaca, hayaca o ayaca

Se atribuye a Rómulo Betancourt, dos veces Presidente de Venezuela, el calificativo de "multisápidas"que le damos a las hallacas, nuestro principal plato navideño. A don Rómulo le gustaba usar palabras como esa y otras similares, tales como "periclitado" como sinónimo de obsoleto. Hay tantas recetas de este plato como hogares existen en el país; las he comido de todas la regiones y alguna con un gustillo italiano o portugués, dependiendo de quién las haga. Tampoco nos hemos puesto de acuerdo con la ortografía: hallaca (así la escriben ahora), hayaca, o como prefería Arturo Uslar Pietri, ayaca (sin H y con Y). Tampoco hemos concordado en cuanto a su origen, que parece legendario.

Arturo Uslar Pietri
Dejemos que sea Arturo Uslar Pietri quien nos hable de la "Ayaca". Según él para finales del siglo XVIII ya estaba fijado el gusto de al menos la hallaca caraqueña; la que comieron Francisco de Miranda, Simón Bolívar y Andrés Bello:
En su cubierta está la hoja de plátano. El plátano africano y americano en el que el negro y el indio parecen abrir el cortejo de sabores. Luego está la luciente masa de maíz. El maíz del tamal, de la tortilla y de la chicha, la más americana de las plantas.
En la carne de gallina, las aceitunas y las pasas está España con su historia ibérica, romana, griega y cartaginesa. En lentas invasiones sucesivas fueron llegando a la península estos alimentos. Toda la tremenda empresa de la conquista esta como sintetizada en la reunión, por medio de sus frutos, de las gentes del maíz, con las de la viña y los olivos. Pero también, en el azafrán que colorea la masa y almendras que adornan el guiso, están los siete siglos de la invasión musulmana.
La elaboración de este plato, que la tradición quiere que sea navideño, es laboriosa; se requiere de logística, distribución del trabajo y sabiduría a la hora de preparar el guiso o relleno. En el siglo XIX don Tulio Febres Cordero en su libro Cocina Criolla nos habla de su preparación, cuyo secreto se rige por "la caprichosa ley de los gustos":
Tulio Febres Cordero
La masa de maíz debe llevar un poco de manteca con onoto y quedar blanda, a fin de extenderla lo más delgada posible sobre la hoja de plátano que ha de envolver la hallaca. Esta se forma del modo siguiente: hecha la arepa de masa, más bien larga que redonda, se pone encima de ella, hacia un extremo, la cantidad suficiente de relleno, de modo que no ocupe más de la mitad de la arepa; luego se le pone una cucharada de guiso, cuatro o cinco pedacitos de tocino, repartidos convenientemente, y las alcaparras, aceitunas y pasas que se quiera, añadiéndole por último, un poquito de agua en que está adobado el relleno. Para cerrarla, se cubre todo con la otra mitad de la arepa, doblándola, al efecto, con la misma hoja y comprimiendo enseguida la masa en torno del relleno, para que no se salga el agua.

Con la explicación de don Tulio, quienes no conozcan la hallaca quedarían desorientados, así como mucho venezolano no entendería lo de la "arepa" dentro de una hallaca, pero cualquier poblador de los Andes venezolanos de su época lo entendería claramente.

Para un venezolano, sin hallaca no hay Navidad ni Año Nuevo. Evoca en nosotros los recuerdos de la infancia y llena de añoranza a quienes no se encuentran en la Patria para compartirlas con familiares y amigos. La esperanza de los exiliados, que siempre los ha habido, era "el año próximo, comeremos las hallacas en Venezuela". Su olor es el olor de la Navidad y "las mejores son las de mi mamá".



La arepa de don Tulio, extendida con el relleno

Hacer hallacas tiene mucho trabajo y no vale la pena el esfuerzo para hacer sólo una docena. Entre 80 y 120 unidades por tanda es una cantidad manejable para una familia pequeña. El proceso toma varios días, que es lo que va a permitir elaborar un producto de calidad, que no se descomponga fácilmente.

Recuerdo las de mi infancia. El primer día, iba al mercado con mi tía Trina a "llevarle la bolsa". Allí ella compraba las hojas de plátano ya ahumadas, pero aún con restos vegetales y su vena. Luego pasaba por los puestos de verdulería y escogía lo vegetales necesarios. Parecía un artista escogiendo colores y motivos para un cuadro. Compraba onoto o achote (Bixa orellana), para dar color a la masa) aceitunas rellenas de pimiento, alcaparras y uvas pasas. Luego pasaba por la venta de maíz blanco pilado y compraba todo el necesario (mucho, a mi juicio). Finalmente pasaba por los puestos de carne y compraba tocino crudo, gallina, cerdo y manteca de cerdo (luego lo cambió por aceite de maíz, que no es lo mismo, ni sabe igual). A ese momento son como las 10:30 am del primer día. En la tarde, luego del almuerzo, continuaba su labor.

Montaba una olla de amplia capacidad y ponía a cocinar las carnes (cerdo, gallina, res o la combinación de ellas) hasta que se ablandaran a un punto que ella conocía. Mientras tanto, comenzábamos a preparar las hojas. Con una tijera, cortábamos las venas y luego las hojas a lo ancho de tal manera que todos los trozos tuvieran más o menos el mismo tamaño. Se clasificaban en Hojas de Primera (perfectas, sin perforaciones y muy flexibles); de Segunda (con algunas imperfecciones que podrían sufrir a la hora de doblarlas) y Fajas, para reforzar los empaques y suplir cualquier emergencia. Luego se lavaban con cuidado, Se enrollaban en paquetes de 20 y se hervían para esterilizarlas. Ya es casi de noche. Sólo resta retirar las carnes del caldo y dejarlas enfriar, bajar las hojas del fuego y ponerlas a escurrir.

El segundo día lo dedicaba a la preparación del guiso y a cocinar el maíz pilado. Se escogían los granos y se limpiaban de cualquier impureza. Se lavaban muy bien y hervían hasta que estuvieran cocidos a perfección. Se les dejaba reposar para llevarlos a moler al día siguiente. Pero antes se hacía el guiso. Me permitían cortar los vegetales, mi tía se reservaba para sí el corte de las carnes. Eso tiene su explicación; mientras menos personas intervengan en la preparación del guiso, mucho mejor. Mamá decía que si otras personas metían sus manos en el proceso, el guiso "herviría" al enfriarse (aunque mi hermana Chencha dice que se fermenta si lleva gallina y que ésta debe agregársele alfinal, junto con los adornos). Nunca lo creí hasta que vi cómo se fermentaba rápidamente una paila de guiso, parecía que estuviera hirviendo. Como parte del proceso, mi tía calentaba bastante manteca de cerdo y en ella freía los granos de achote para que soltaran su color. Agregaba la grasa al guiso cuando estuviera montado con el caldo en el que se cocinaron las carnes, debidamente liberado de sus impurezas. Dejaba reducir todo hasta el punto que ella conocía. Lo bajaba del fuego y lo dejaba enfriar.

El tercer día era el más laborioso. Muy temprano en la mañana se llevaba el maíz a ser molido. Eso lo hacía una señora que vivía de moler maíz y hacer arepas. Se pasaba dos veces por la máquina para que la masa quedara muy fina, como nos dice don Tulio Febres Cordero. Mientras tanto, se preparaban los "adornos" y se organizaba el trabajo de ensamblaje en cadena. Primero se amasaba muy bien el maíz molido agregando del caldo reservado de las carnes y manteca coloreada, de la que flotaba sobre el guiso. Si faltaba más grasa, se freía un poco más de aceite o manteca con onoto. La masa tomaba un bello color dorado. En una mesa grande se disponían todos los materiales en orden y mis tías ubicadas como soldados en formación. Una extendía la masa sobre las hojas, otra rellenaba con guiso y adornos y la otra las doblaba y amarraba con hilo de cocina. Se hervía la primera hallaca o "de prueba" para catar la calidad del producto. Ese día no había almuerzo. Como a mediodía me enviaban al restaurant italiano de la esquina a comprar Spaghetti Napoli, ellas comían y seguían con su labor. Como a las 4 de la tarde ya habían terminado y la última tanda de hallacas estaba cocinándose. Se las dejaba enfriar bien antes de guardarlas en la nevera. Para ver la receta de la tía Trina, ingresar por aquí.

A pesar de lo laborioso del proceso, la carestía y la agitación de la vida moderna, el venezolano sigue haciendo religiosamente este tamal. La harina precocida de maíz y la facilidad de comprar las hojas de plátano ya limpias y cortadas, ha facilitado parte del trabajo. Desde el mes de noviembre los restaurantes ofrecen su "Plato Navideño", unos más afortunados que otros, pero todos muy mediocres. Un "Plato" de éstos trata de copiar una cena navideña: hallaca, ensalada de gallina, pernil al horno (o pavo) y pan de jamón. En otra ocasión hablaremos de los diversos componentes de la cena navideña de Venezuela.

Así como cada hogar tiene su receta, cada región tiene su estilo. La hallaca caraqueña es la más barroca de todas y lleva almendras y ciruelas pasas; la andina lleva garbanzos con un guiso crudo y un mayor tiempo de cocción; algunas regiones incluyen comino, otras le dan un toque dulzón y la de Maracaibo es más sencilla junto con la "Angostureña", que no necesita refrigeración. Todas son sabrosas, pero una hallaca mal hecha puede ser infernal. ¡Y que me lo digan!

Para una receta de hallaca de pescado, ingresar por aquí.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Don Ramón y su geografía gastronómica


Ramón David León
En diversas oportunidades, en la descripción de algunos platos venezolanos,  he citado a Ramón David León y a su libro Geografía Gastronómica de Venezuela. La obra es un clásico para los amantes de la cocina criolla a pesar de sus múltiples inexactitudes y su redacción extraña. Algunos recetarios han tratado de reproducir los platos descritos, como el caso del libro La Cocina Venezolana, de Juana Berroterán, o el que nos promete editar Rubén Osorio Canales.  A pesar de ser un clásico, ha sido editado muy pocas veces. La primera en vida del autor (1954), una segunda edición por la Tipografía Garrido en 1984, y la última en 2004 por la revista Exceso, Colección Cocina y Vino.

Geografía Gastronómica aparece al público en un momento en que Venezuela transitaba de la economía agropecuaria a la petrolera, con la consecuente incorporación de la mujer al mercado de trabajo y una vida más agitada. Desde finales de la década de los 40, consolidada la paz mundial, se produjo una avalancha de exportaciones estadounidenses, que penetró el mercado venezolano, gracias al poder adquisitivo originado por el negocio petrolero. Así, ingresan junto con los nuevos productos, los equipos electrodomésticos y el American way of life. Difícilmentre podrían sobrevivir los platos de la Venezuela rural.

Los artículos (o biografías como las llamaba León) que aparecen en el libro fueron primero publicados semanalmente en el diario La Esfera a partir de 1951. Dejemos que sean don Ramón quien nos hable:
En ellas se utilizan referencias históricas, y se traen a cita lugares nuestros, costumbres, tipicidades regionales que, conectados con la cocina criolla, constituyen detalles psicológicos y panoramas geográficos de Venezuela. Me empeñé en que fuesen eminentemente locales en el dato, e integral y genuinamente venezolanos en el conjunto, para que reprodujeran con lealtad ambientes populares nativos. Son una contribución sincera al folklore nacional. Algunos simpatizantes, acaso con exceso de indulgencia, opinaron que, por sobre cualquier otro mérito que pudiera descubrírseles, tenían el de la originalidad con que era presentado el tema gastronómico. Noventitrés notas integran la serie.
Carátula del recetario de Juana Berroterán
Ramón David León (1890-1980) fue un periodista, escritor y diplomático, nacido en Cumaná, estado Sucre.  Fundador de varios diarios regionales en su ciudad natal. Fue Jefe de Redacción de El Universal de Caracas. En 1927 figura entre los fundadores del diario La Esfera y fue su director hasta 1957. En 1951 obtiene el premio internacional de periodismo María Moors Cabot. Publicó varias obras de interés económico, político y social. Fue Embajador en Perú y Cuba. Políticamente era militante de la derecha nacionalista. Fue uno de los últimos positivistas venezolanos, y como tal, muy cercano a las dictaduras de Juan Vicente Gómez (1909-1935), la Junta Militar de Gobierno (1948-1952) y Marcos Pérez Jiménez (1952-1958).

Si no hubiera sido por este libro muchos venezolanos actuales no tendrían ni idea de lo que es la tortilla charera, el pisillo guariqueño, el pebre o las migas heróicas. Por eso debemos agradecer a don Ramón su esfuerzo y dedicación. Arriba mencioné a doña Juana Berroterán y su libro. Ella se ocupó de convertir las descripciones de Ramón D. León en recetas fáciles de hacer en casa. Ya tendremos oportunidad de probar alguno de esos platos tradicionales que han desaparecido de las mesas venezolanas. Eso se llama labor de Patria.