viernes, 31 de agosto de 2012

El proceso



El proceso
carátula
Soy poco amigo de los libros ilustrados, a menos que sean de arte o cocina, y mucho menos de los "comics". Cuando el librero me mostró un ejemplar de la novela de Franz Kafka EL PROCESO (Ediciones Sinsentido, Madrid, 2011), presentado por los editores como una novela gráfica, no pude resistir la tentación de comprarlo y leerlo.

De la solapa: El Proceso, reinventado en esta asombrosa novela gráfica, es el crudo relato de Joseph K. -detenido una mañana por razones que nadie le explica-, quien se debatirá contra un proceso judicial desconcertante. K se ve empujado de un encuentro a otro, a cada cual más desorientador, mientras se va acrecentando su desesperación por demostrar su inocencia por unos cargos desconocidos. Es su retrato sin paliativos de una burocracia autoritaria que pisotea a sus ciudadanos alienados, El Proceso sigue tan vigente en nuestros días como siempre.

Las ilustraciones, macabras e inquietantes, son obra de Chantal Montellier en colaboración con el dramaturgo David Zane Mairowitz. Muy interesante el libro, aunque se pierde la prosa de Kafka. La literatura "ilustrada" está de moda, tal vez para atraer al público no lector. Se lee de una sentada y uno queda con ganar de entrarle al original. Yo mantengo este tipo de libros en una sección aparte en la biblioteca. Recomendable, aunque sigo prefiriendo mis libros sin imágenes.





Un desayuno en Chacao


Para tener fuerzas en un día de mercado, nada mejor que un desayuno contundente.
Aquí tenemos una arepa de chicharrón, acompañada de chorizo criollo y una malta.
Existe la opción de acompañarla con morcilla o con queso.

De vez en cuando  me gusta acercarme a un mercado municipal, sólo por el placer de ver los arreglos de frutas y hortalizas, curiosear por los puestos de condimentos y especias y, si me apetece, tomar un desayuno "de mercado". No soy de los que van de compras generales, sino que adquiero lo que se me ocurra; sea alguna fruta de estación, una especialidad que sé que no existe cerca de mi casa, o cuando voy a cocinar para los amigos.

Esta mañana decidí salir temprano de casa y acercarme a Chacao y su mercado, que me trae recuerdos de la infancia, cuando se le conocía como Elmer Boutique y los puestos de venta de ropa ocupaban todas las calles del poblado los días jueves y sábado. Mis primeras orquídeas las compré en un puesto de hierbas curativas que quedaba en el viejo local de ese mercado, al igual que muchas golosinas criollas que en aquellos tiempos se conseguían.

Hoy me dije: ¿Recuerdas aquellas arepitas de chicharrón que viste el otro día en Chacao? Las hay con chorizo, morcilla o queso... Tal vez hasta son rebosadas y fritas como las arepas de antaño...

Resistíme a la idea porque es algo que suena a bomba de colesterol, y me dirigí al mercado con el firme propósito de no comerlas. Sin embargo, como un drogómano con síndrome de abstinencia, luego de comprar especias, té y cosas delicadas, me acerqué el puesto de los chicharrones y pedí una arepita de esas. Por suerte no eran rebosadas: ¿Con qué? -me preguntaron. Había la opción de morcilla, chorizo o queso... ¿Queso? sería lo clásico... La pedí con chorizo porque no quise arriesgarme y la acompañé con una malta. Usan molde para hacerlas; por eso tienen un rico faralao tostadito que considero un "bonus".

Adiós al almuerzo en el restaurante español de la calle Urdaneta. Con esa arepita me alcanzará para toda una jornada de actividad...

¡¡¡ALIMENTO DE PEONES!!!

Recomendable para los amantes de las comidas sustanciosas.


Páez y Manuelote

Mi prima Margarita y un ciberamigo me piden que les eche el cuento de Manuelote, el soldado realista que había sido mayordomo del Hato La Calzada cuando José Antonio Páez era un simple peón. El Centauro de los Llanos contó la historia en su Autobiografía (Ediciones Antártida, 1960), de donde tomo la historia, manteniendo la ortografía original. Recordemos que a los 17 años de edad, José Antonio Páez Herrera, un muchacho de familia, luego de matar a un salteador de caminos que quería robarle, huye hacia Barinas y hasta las riberas del Apure, temeroso de que las autoridades españolas lo hicieran preso (así sucede con los gobiernos ineptos; se hacen los suecos con los malandros y molestan al que se defiende). Eso sucedía en 1807.
(...) Tocóme de capataz un negro alto, taciturno y de severo aspecto, a  quien contribuía a hacer más venerable una híspida poblada barba. Apenas se había puesto el novicio a sus órdenes, cuando, con voz imperiosa, le ordenaba que montase un caballo sin rienda, caballo que jamás había sentido sobre el lomo ni el peso de la carga, ni el del domador. Como ante órdenes sin réplica ni excusa, no había que vacilar, saltaba el peón sobre el potro salvaje, echaba mano a sus ásperas y espesas crines, y no bien se había sentado, cuando la fiera empezaba a dar saltos y corcovos, o tirando furiosas dentelladas al jinete, cuyas piernas corrían graves peligros, trataba de desembarazarse de la extraña carga, para él insoportable, o despidiendo fuego por los ojos y narices, se lanzaba enfurecida en demanda de sus compañeros en los llanos, como si quisiera impetrar su auxilio contra el enemigo que oprimía sus ijares.
La doma
Tomada de www.llanero.webs.com
Páez nos cuenta de seguidas cómo era la doma de un caballo y las sensaciones del peón en la faena, antes de entrar a describir su relación con Manuelote, el mayordomo, quien debió ser un esclavo de suma confianza del viejo Pulido:

El hato de la Calzada se hallaba a cargo, como he dicho, de un negro llamado Manuel o, según le decíamos todos, Manuelote, el cual era esclavo de Pulido y ejercía el cargo de mayordomo. El propietario no visitaba en aquella época su finca, por haberse quemado la casa de habitación, y todo cuanto existía en el hato se hallaba a la disposición del ceñudo mayordomo. Las sospechas que algunos peones habían hecho concebir a Manuelote, de que, bajo el pretexto de buscar servicio, había ido yo a espiar su conducta, hicieron que me tratase con mucha dureza, dedicándome siempre a los trabajos más penosos, como domar caballos salvajes, sin permitirme montar sino los de esta clase; pastorear los ganados durante el día, bajo un sol abrasador, operación que por esta causa y la vigilancia que exijía, era la que yo más odiaba; velar por las noches las madrinas de los caballos, para que no se ahuyentasen; cortar con hacha maderos para las cercas, y finalmente, arrojarme con el caballo a los ríos, cuando aún no sabía nadar, para pasar como guía los ganados de una ribera a otra. Recuerdo que un día, al llegar a un río, me gritó: "Tírese al agua y guíe el ganado ". Como yo titubease, manifestándole que no sabía nadar, me constó en tono de cólera: "Yo no le pregunto a Ud. si saber nadar o no; le mando que se tire al río y guíe el ganado".
Guiando el ganado
Tomada de www.talleres-jadani.blogspot.com
Mucho, mucho sufrí con aquel trato: las manos se me rajaron a consecuencia de los grandes esfuerzos que hacía para sujetar los caballos por el cabestro de cerda que se usa para domarlos, amarrado al pescuezo de la bestia, y asegurado al bozal en forma de rienda. Obligado a bregar con aquellos indómitos animales, en pelo o montado en una silla de madera con correas de cuero sin adobar, mis muslos sufrían tanto que muchas veces se cubrían de rozaduras que botaban sangre. Hasta gusanos me valieron en las heridas, cosa no rara en aquellos desiertos y en aquella vida salvaje; semejantes engendros produce la multitud de moscas que abundan allí en la estación de las lluvias.
Los ñames de Manuelote serían como estos, tal vez.
Tomada de www.cuentaelabuelo.blogspot.com
Acabado el trabajo del día, Manuelote; echado en la hamaca, solía decirme: "Catire Páez, traiga un camazo de agua, y láveme los pies"; y después me mandaba que le meciese, hasta que se quedaba dormido. Me distinguía con el nombre de catire (rubio), y con la preferencia sobre todos los demás peones, para desempeñar cuanto había más difícil y peligroso que hacer en el hato.
Cuando algunos años después lo tomé prisionero en Mata de la Miel, le traté con la mayor bondad, hasta hacerle sentar en mi propia mesa, y un día que le manifesté el deseo de serle útil en alguna cosa, me suplicó como único favor que le diera un salvo-conducto para retirarse a su casa. Al momento lo complací, por lo que, agradecido al buen tratamiento que había recibido, se incorporó más tarde en mis filas. Entonces, los demás llaneros en su presencia solían decirse unos a otros con cierta malicia: "Catire Páez, traiga un camazo de agua y láveme los pies": Picado Manuelote con aquellas alusiones de otros tiempos, les contestaba:"Ya sé que Uds. dicen eso por mí; pero a mí me deben tener a la cabeza un hombre tan fuerte, y la patria una las mejores lanzas, porque fui yo quien lo hizo hombre".
Páez, detalle de Vuelvan Caras
Arturo Michelena
Después de vivir  dos años en el hato de La Calzada, pasé con Manuelote al Pagüey, propiedad también de Pulido, con el objeto de ayudar a la hierra y a la cojida de algún ganado para vender. Allí tuve la buena suerte de conocer a Pulido, quien me sacó del estado de peón, empleándome en la venta de sus ganados, y como mi familia me había recomendado a él me ofreció su protección conservándome a su lado...
Aquí tenemos a dos personajes importantes en la vida del León de Payara: Manuelote, que lo hizo hombre y lo enseñó a domar hombres y bestias; y don Manuel Pulido, propietario de varios hatos, quien reconoció su talento, le enseñó un oficio y luego lo instó a luchar por la patria y la libertad.



jueves, 30 de agosto de 2012

La diablocracia


Vuelvan Caras
Arturo Michelena

Como ofrecí al tratar el tema de la guerra social en Venezuela, ahora averiguaremos cómo la República convirtió a una horda infernal en un ejército de libertadores.

Mariscal de Campo
Francisco Tomás Morales,
pulpero y militar
1781-1845
Boves muere a lanzazos en Urica; sea que Pedro Zaraza "acabó con la bovera", o que Francisco Tomás Morales aprovechó para deshacerse del jefe incómodo. Al igual que Boves, era  pulpero, oficio que parece engendraba gente mala y feroz. El canario se hace proclamar jefe de las hordas realistas. Me imagino lo orgullosa que se sentiría su esposa, la barcelonesa Josefa Bermúdez, ante el progreso de su maridito.

No era Morales un militar disciplinado (Miguel de la Torre y Pando experimentó su indisciplina en plena Batalla de Carabobo en 1821). Fue efectivo por su crueldad y llegará a ostentar el grado de Mariscal de Campo y Capitán General de Venezuela hasta el 3 de agosto de 1823. Estaba en Carúpano cuando, el 7 de abril de 1815, llega la expedición de pacificación y reconquista de Costa Firme al mando de don Pablo Morillo, "El Pacificador". Mala noticia para Francisco Tomás, digo yo, porque llegaba un poco de orden en medio del caos. No es lo mismo comandar las fuerzas realistas en una Capitanía General sede vacante, que presentarse ante una fuerza expedicionaria experimentada y disciplinada como cabecilla de una partida de bandoleros.

Don Pablo Morillo, El Pacificador
I Conde de Cartagena, I Marqués
de La Puerta
 La expedición partió de Cádiz en febrero de 1815, dirigida a las Provincias del Río de la Plata, aunque su fin último eran Venezuela y Nueva Granada. Constaba de unos sesenta y cinco buques principales, de los cuales dieciocho eran de batalla incluyendo al San Pedro Alcántara, nave capitana, de setenta y cuatro cañones. El total de la expedición entre la marinería, servicios logísticos y fuerza de combate sumaban unos 15.000 hombres, aunque el ejército destinado a combatir estaba formado por 10.642 hombres, organizados en seis batallones de infantería, dos regimientos de caballería, dos compañías de artilleros, un escuadrón a caballo, y un piquete de ingenieros militares, además de pertrechos y víveres. Fue el mayor esfuerzo que saldría de España en el curso de la contienda. Veamos qué nos dice un realista, que he encontrado citado por Salvador de Madariaga en su  Bolívar (Editorial Hermes, México, 1951):
El 6 de abril, la flota pasaba frente a Carúpano, "que parecía una taza de oro desde el mar, arbolaron en el fuerte el pabellón español, tiraron algunos cañonazos en señal de salva, y vino a bordo una balandra con el brigadier Morales". Dice Sevilla que convinieron en tomar la Isla de Margarita, pero ya el proyecto venía en las instrucciones de Morillo. Morales pidió permiso para embarcar un batallón de negros zambos, que eran, dice Sevilla, "el terror del enemigo".
Más adelante, Madariaga nos da la clave para responder nuestra pregunta; se encuentra en la instrucciones redactadas por el Ministro Universal de Indias, un mexicano de apellido Lardizábal:

Mapa de la Expedición de Morillo
Con una sola, aunque grave, excepción, las instrucciones son bastante razonables. "Ocupada la Isla de Margarita se emplearán para su sosiego y buen orden todos los medios de dulzura, apoderándose tan sólo de las personas encontradas con las armas en la mano, y de los buques o efectos que no pertenezcan a vasallos de S.M., por lo que el Gobernador que allí quede debe ser de buen juicio, activo y vigilante". Se encarece la importacia de la Isla de Margarita "por la proximidad a Cumaná y porque estando a Barlovento es la guarida de los cosarios y el asilo de los insurgentes arrojados del continente". En cuanto a la actitud para con los insurrectos, los párrafos 4 a 8 son a la vez generosos y sagaces: habrá amnistía general, pero dentro de ciertos límites de tiempo; pasado este límite (aquí viene la grave excepción) "podrá a precio las cabezas de aquellos que más influencia tengan"; cláusula que iba a ser simiente de grandes males. Se declaraban libres los negros armados por el adversario, pero quedaban alistados como reclutas, y sus dueños acreedores a indemnización. Se mandaban a España los caudillos desterrados y las personas de dudosa conducta "con pretextos lisonjeros para ellos". Y viene por último un párrafo, evidente alusión al tipo de guerrillero sangriento y cruel como Boves, Zuazola y el propio Morales, que conviene citar por entero: "En un país donde desgraciadamente está el asesinato y el pillaje organizado, conviene sacar las tropas y gefes que hayan hecho allí la guerra, y aquellos que como algunas de nuestras partidas han aprovechado el nombre del Rey y Patria para sus fines particulares cometiendo horrores, debe ir separándoselos con marcas muy lisongeras, destinándoles al Nuevo Reyno de Granada y bloqueo de Cartagena."
Se les acabó el pan de piquito... Ahora el objeto de la lucha dejaría de ser la rapiña, el robo de haciendas y la violación de blanquitas, sino servir disciplinadamente a la causa del "Rey y Patria". Lo demostraron en la toma de Cartagena, donde acuchillaron, bajo las órdenes de Morales (o tal vez del Indio Pacheco), a 400 civiles indefensos. La apropiación de bienes y los abusos corresponderán a las juntas de secuestro y a tipejos como Salvador de Moxó. Otra fuente nos menciona que, en el afán de poner orden en las tropas que fueron de Boves, Cervériz y Zuazola, algunos fueron pasados por las armas, otros enviados como guarnición a Puerto Rico, e incluso a España, donde tuvieron que disciplinarse o perecer. Llegó el momento de saltar la talanquera.... Preferible una disciplina horizontal a la criolla que una disciplina vertical peninsular. El mono sabe en qué palo trepa.

Volveremos a Pablo Morillo y su expedición cuando hablemos de la Virgen del Valle y varias leyendas caraqueñas que lo involucran.

José Antonio Páez
El Catire Páez, en su Autobiografía (Ediciones Antártida, 1960), nos menciona a dos de estos personajes que tomaron las armas contra la Patria y la Libertad. Uno de ellos fue Manuelote, el esclavo capataz del Hato La Calzada, quien mucho humilló al joven José Antonio, y el otro es Pedro Camejo, o Negro Primero, valiente soldado hasta la muerte. Negro Primero tuvo una conversación muy interesante con Simón Bolívar en un campamento, y nos la narra Páez:
Cuando yo bajé a Achaguas después de la acción del Yagual, se me presentó este negro, que mis soldados de Apure me aconsejaron incorporase al ejército, pues les constaba a ellos que era un hombre de gran valor y sobre todo muy buena lanza. Su robusta constitución me lo recomendaba mucho, y a poco hablar con él, advertí que poseía la candidez del hombre en su estado primitivo y uno de esos caracteres simpáticos que atraen bien pronto el afecto de los que los tratan.

Llamábase Pedro Camejo y había sido esclavo del propietario vecino de Apure, don Vicente Alfonzo, quien le había puesto al servicio del rey porque el carácter del negro, sobrado celoso de su dignidad, le inspiraba algunos temores.
Después de la acción de Araure quedó tan disgustado del servicio militar que se fue al Apure, y allí permaneció oculto un tiempo hasta que vino a presentárseme, como he dicho, después de la acción del Yagual. 
Pedro Camejo (a)
Negro Primero
Pedro Centeno Vallenilla

Admitíle en mis filas y siempre a mi lado fue para mí preciosa adquisición. Tales pruebas de valor dio en todos los reñidos encuentros que tuvimos con el enemigo, que sus mismos compañeros le dieron el título de Negro Primero.

Estos se divertían mucho con él, y sus chistes naturales y observaciones sobre todos los hechos que veía o había presenciado, mantenía la alegría de sus compañeros que siempre le buscaban para darle materia de conversación.
Sabiendo que Bolívar debía venir a reunirse conmigo en el Apure, recomendó a todos muy vivamente que no fueran a decirle al Libertador que él había servido en el ejército realista.

Semejante recomendación bastó para que a su llegada le hablaran a Bolívar del negro, con gran entusiasmo, refiriéndole el empeño que tenía en que no supiera que él había estado al servicio del rey.


Así, pues, cuando Bolívar le vio por primera vez, se le acercó con mucho afecto, y después de congratularse con él por su valor le dijo:

-¿Pero que le motivó a usted a servir en las filas de nuestros enemigos?
Miró el negro a los circundantes como si quisiera enrostrarles la indiscreción que habían cometido, y dijo después:

-Señor, la codicia.
Simón Bolívar
-¿Cómo así? preguntó Bolívar.
- Yo había notado, continuó el negro, que todo el mundo iba a la guerra sin camisa y sin una peseta y volvía después vestido con un uniforme muy bonito y con dinero en el bolsillo. Entonces yo quise ir también a buscar fortuna y más que nada a conseguir tres aperos de plata, uno para el negro Mindola, otro para Juan Rafael y otro para mí. La primera batalla que tuvimos con los patriotas fue la de Araure: ellos tenían más de mil hombres, como yo se lo decía a mi compadre José Félix; nosotros teníamos mucha más gente y yo gritaba que me dieran cualquier arma con que pelear, porque yo estaba seguro de que nosotros íbamos a vencer. Cuando creí que se había acabado la pelea, me apeé de mi caballo y fui a quitarle una casaca muy bonita a un blanco que estaba tendido y muerto en el suelo. En ese momento vino el comandante gritando “a caballo”. ¿Cómo es eso, dije yo, pues no se acabó esta guerra?

-Acabarse nada de eso, venía tanta gente que parecía una zamurada.
-¿Qué decía usted entonces? dijo Bolívar.
-Deseaba que fuéramos a tomar paces. No hubo más remedio que huir, y yo eché a correr en mi mula, pero el maldito animal se me cansó y tuve que coger monte a pié.
El día siguiente yo y José y Félix fuimos a un hato a ver si nos daban que comer; pero su dueño cuando supo que yo era de las tropas de Ñañá (Yáñez) me miró con tan malos ojos, que me pareció mejor huir e irme al Apure.
-Dicen, le interrumpió Bolívar, que allí mataba usted las vacas que no le pertenecían.
-Por supuesto, replicó, y si no ¿Qué comía? En fin vino el mayordomo (Páez) al Apure, y nos enseñó lo que era la Patria y que la diablocracia no era ninguna cosa mala, y desde entonces yo estoy sirviendo a los patriotas.
Conversaciones por este estilo, sostenidas en un lenguaje sui generis divertían mucho a Bolívar, y en nuestras marchas el Negro Primero nos servía de gran distracción y entretenimiento

Batalla de Araure
Tito Salas


martes, 28 de agosto de 2012

La guerra social

Bolívar y la Guerra Social.
 
Prometí, al comentar la novela Boves el Urogallo, que trataríamos el tema de la guerra social en Venezuela a través de una obra del político e intelectual dominicano Juan Bosch.  Conocí este ensayo cuando, siendo Segundo Secretario, se me asignaron los escritorios de las Antillas Mayores en la Dirección de Política Internacional del MRE.

Cada escritorio tenía una pequeña biblioteca nutrida con los libros que enviaban las Embajadas; poco había sobre Haití; de Cuba mucha propaganda del régimen, pero República Dominicana tenía, entre otros, Bolívar y la Guerra Social, título interesante que se hacía aún más provocativo cuando se conocía al autor; el legendario Juan Bosch.

Los pocos ratos de ocio que disfrutaba, y alguna hora extra, aproveché para medio leer este libro. Como no acostumbro a apropiarme de lo que no es mío, no me quedé con él (nadie lo hubiera notado) y me propuse conseguirlo. Unos 25 años después, paseando por el mercadillo de libros usados, estaba Juan Bosch gritándome desde una pila de libros: ¡Aquí estoy!... Bolívar y la guerra social (Editora Alfa y Omega, Santo Domingo, 1979). La misma edición del que había leído con anterioridad.

La tesis que sostiene el Dr. Bosch afirma que no fue afán de gloria lo que llevó a Simón Bolívar a libertar media América, sino el temor a un resurgimiento de una guerra social tan destructiva como la que encabezó el Taita Boves. Veamos lo que nos dice el autor:
Tropas del Taita Boves
Los resultados de la guerra social venezolana de 1812-1814 fueron inmediatos y tardíos. Los primeros significaron la destrucción física de la nobleza criolla, los mantuanos que proclamaron la independencia; los segundos resultaron, desde el punto de vista de la lógica aparente de la historia, los más inesperados. Pues fueron los mismos hombres que aniquilaron a los independentistas de Venezuela los que hicieron bajo el mando de Bolívar la independencia de ese país y de varios más, y fue el miedo de Bolívar a que la guerra social venezolana se reprodujera en Venezuela lo que le llevó hasta el Potosí y lo que le hubiera llevado, de permitirlo la situación política internacional, hasta Cuba y Puerto Rico. Bolívar libertó media América porque les buscó ocupación en lugares lejanos a los hombres que podían resucitar en Venezuela la guerra social; esto es, convirtió en libertadores de Nueva Granada, de Ecuador, Perú y Bolivia a los llaneros de Boves y Morales, y faltó poco para que los llevara a las islas españolas del Mar Caribe, por miedo a que hicieran de nuevo lo que ya habían hecho una vez.
Simón Bolívar
El Libertador
1783-1830
Simón Bolívar no hizo eso de manera inconsciente o por afán de gloria, aunque él amaba la gloria en forma casi desesperada. En muchos de sus manifiestos, en muchas de sus cartas, dejó dichas cuáles fueron las razones que lo llevaron a derramar ejércitos libertadores por lugares lejanos; y no lo dice de manera confusa o sibilina, sino en forma que no deja lugar a dudas.
El país que Bolívar quiso verdaderamente, con pasión casi primitiva, fue el suyo, Venezuela, "Caracas", como le llamaba él en las horas en que se quedaba a solas con los recuerdos de su infancia; y esa Caracas, desorganizada primero por Monteverde  y destruida después por Boves, fue la imagen que tuvo siempre en el corazón. Bolívar llegó como Libertador hasta los Andes del Sur porque necesitaba alejar de Venezuela a los que podían reiniciar en cualquier momento la obra de Boves. Vano intento el suyo, pues como las condiciones sociales que hicieron posible la aparición de Boves permanecieron sin transformación, a mitad del siglo XIX, cuando todavía no habían comenzado a pudrirse los huesos del Libertador, Venezuela volvió a ser escenario de otra guerra social de poder destructor parecido al de la primera.
Ezequiel Zamora
1817-1860
Esta fue la llamada Guerra Federal. Su jefe no era el asturiano José Tomás Boves sino el venezolano Ezequiel Zamora; su bandera no era la del absolutismo de Fernando Séptimo sino la del liberalismo que predicó Antonio Leocadio Guzmán; sin embargo, a pesar de las diferencias de sus jefes, la Guerra Federal fue una segunda parte de la Guerra Social, ni más ni menos. De manera que el miedo de Bolívar había tenido razón de ser y la historia lo justificó.
La segunda parte de la guerra social venezolana hubiera podido evitarse únicamente mediante la transformación de las condiciones sociales y económicas del país; no, como lo pretendió Bolívar, sacando de Venezuela a los que podían hacerla. Esos no la hicieron, pero la hicieron los que eran o podían ser sus hijos. Ahora bien, el genio de Bolívar produjo resultados de gran utilidad a la historia americana, pues con los llaneros que sacó de Venezuela libertó a Nueva Granada, Ecuador, Perú y Bolivia. Otro con menos categoría que él hubiera pretendido resolver el problema llevando al patíbulo a los jefes de los posibles revolucionarios -y de hecho, él comenzó a actuar así cuando fusiló a Piar-. A su claro juicio político, pues, hay que atribuir la desviación de la guerra social venezolana hacia una guerra libertadora americana, y no a falta de condiciones para imponer el terror.
Juan Bosch
autor
1909-2001
El ensayo de Juan Bosch no sólo está bien documentado y escrito, sino que también está desprovisto de esa tendencia a la mitología patria tan frecuente en la historiografía venezolana. Bosch escribió su libro durante su exilio en Puerto Rico (1964), a partir de una notas que había tomado en Caracas para la publicación de una biografía del Libertador (Distribuidora Escolar, Caracas). Él mismo se excusa al lector por la falta de citas bibliográficas "...pero puede asegurar que el hecho de que cada cita haya sido tomada y escrupulosamente copiada, de la correspondencia y de otros papeles de Bolívar, así como el hecho de que en cada cita se mencione la fecha de la carta, la proclama o el discurso del Libertador en que figuran sus palabras, permite hallar con facilidad la fuente".

Queda una pregunta en el tintero... ¿Cómo convenció Bolívar a esos criminales de guerra a convertirse en libertadores? Llega don Pablo Morillo luego de la muerte de Boves... Ese será el tema de la próxima entrega.

Y un poco de humor, porque no todo puede ser rigor...


Boves "El urogallo"

Boves, el Urogallo
Portada de la última edición
por Alfaguara
Cuando publiqué la historia de Guardajumo, prometí comentar la novela Boves el Urogallo, de Francisco Herrera Luque. El ejemplar que tengo corresponde a la 5° edición (Editorial Fuentes, Caracas, 1973), que compré hace unos días de segunda mano. Ya lo había leído en otra edición en los lejanos años 70. He buscado por todas las librerías de Caracas la edición de Alfaguara, donde aparece, además, un perfil psicológico de José Tomás Rodríguez Boves, pero parece estar agotada. Ya aparecerá, o la reeditarán, porque ésta es una novela que, aunque ya no sorprende, sigue gustando al lector venezolano.

Desde la fecha de su publicación en 1972 fue un best seller, alcanzando 5 ediciones en poco más de un año. Para entonces el Dr. Herrera Luque, psiquiatra caraqueño, era conocido por tres obras importantes: Los viajeros de Indias, La huella perenne y Las personalidades psicopáticas, todas con muy buena aceptación por parte del público. Boves el Urogallo forma parte de una trilogía integrada también por Los amos del Valle y En la casa del pez que escupe agua, las cuales comentaremos otro día.

Boves el urogallo
Editorial Fuentes
1974
La edición de octubre de 1973 contiene, además, algunos párrafos con apreciaciones de críticos e historiadores que a muchos hoy les pueden parecer inoportunos, pero que en su momento sirvieron para orientar a un público cuyo conocimiento sobre el terrible asturiano era Venezuela Heroica, de Eduardo Blanco. Pero antes citemos de la solapa:
Un éxito sin precedente en la bibliografía venezolana, que a primera vista puede parecer sorpresivo, pero que se justifica en forma total al leer el libro, ha acompañado a este "BOVES EL UROGALLO", de Francisco Herrera Luque.
Retrato de Boves, según la descripción
de D. F. O'Leary
Obra de carácter histórico en lo esencial, aunque estructurada en forma de novela, presenta un panorama de los primeros años de la Guerra de Independencia, cuando el asturiano José Tomás Boves se convirtió en el terror de los republicanos y en el caudillo prepotente que seguían sin vacilar los grupos sociales desposeídos y explotados: negros, indios, esclavos, mestizos, en fin, aquellas masas que sostenían con su trabajo toda la estructura del orden colonial.
Con lenguaje fluido, ameno, se van presentando los sucesivos cuadros históricos, desde las pintorescas costumbres coloniales hasta las dantescas matanzas que no respetaban ancianos, niños ni mujeres. Una acertada elaboración del autor permite comprender los episodios de aquella trágica época de Venezuela.
COMPRENDER; allí está la clave. No se pueden tomar las novelas de Herrera Luque como libros de historia, sino como creaciones literarias con basamento histórico, pero también con licencia del autor. Para los puristas de la historia, o para el investigador, existen otros textos. El doctor Herrera Luque, como siempre acostumbró, nos dejó un apéndice sobre el valor histórico de los hechos presentados: qué es real, qué es recreación, qué es tradición.

Urogallo, ave asturiana que se enceguece
cuando corteja a la hembra
El resumen de la novela es simple: el joven José Tomás Rodríguez Boves, natural de Oviedo, se embarca para las Indias, egresado del Instituto Real en su ciudad natal. En Puerto Cabello es recibido por don Lorenzo Joves, asturiano como él y amigo de la familia, quien lo protege y le consigue una plaza como guardamarinas. Pronto, el muchacho se ve involucrado en un asunto de contrabando que lo lleva a su destierro en Calabozo. Allí se hace un buen nombre como comerciante. Cuando se declara la independencia, es de los primeros en apoyar la causa de la República. Una serie de injusticias en su contra por el estamento mantuano, lo lleva a variar su posición política. Afortunadamente para él, llegan a Calabozo las tropas realistas, que lo liberan y se une a su causa. Allí comienza el año terrible (1813-1814), cuando Venezuela experimenta hambre, muerte, venganza y destrucción.... no se respetó ni la santidad de los altares. Todo termina con la muerte de Boves, de un lanzazo, en la sabana de Urica...
- Deben ser los rompelíneas -se dice Boves. Es un batallón especial compuesto tan sólo por oficiales y que tiene por misión, como lo dice su nombre, lanzarse sobre las filas enemigas para romper sus cuadros. El jefe del batallón es Pedro Zaraza.
José Tomás le echa un vistazo y no tarda en descubrir al compadre que ahora, vengador, avanza sobre él a galope. Ya se acerca el momento y echa la última mirada al grupo enemigo. Entre los que avanzan reconoce a un oficial de apellido Belisario a quien le infamó una hermana. Ya faltan quinientos pies, y los caballos del enemigo ya deben venir agotados. Es el momento. Boves da la orden:
- ¡Carguen...!
Como un dique que se revienta se desbordan los lanceros; pero el caballo del Caudillo se queda trabado.
- ¡Arre, Urogallo! ordena imperioso, pero tan sólo logra que la bestia se le pare en dos patas cuando le hincó las espuelas. El choque de los lanceros cubrió el pantano de lamentos, sangre e insolencias. El Batallón Tiznados, con su jefe trabado en la retaguardia ha despedazado a los insurgentes que huyen en desbandada hacia la sabana, perseguidos por los hombres del asturiano. Pedro Zaraza, sin embargo, seguido de seis hombres, ha traspuesto la línea y corre hacia el Caudillo, que con la bestia paralizada está inerme frente al enemigo.
- ¡Arre Urogallo! -grita desesperado el Caudillo, mientras ve venir, convergentes, seis lanzas que buscan su cuerpo. A la cabeza del grupo viene Zaraza; también viene Belisario.
- Arre, Urogallo!

Boves muerto en Urica
Fotograma de la película El Taita
Mañana comentaremos sobre lo que sucedió con las legiones infernales de Boves a partir de 1815 (Bolívar y la guerra social) y de cómo surge de vez en cuando el espíritu de Guardajumo para espantarnos.

José Tomás Boves es un personaje que se presta a la leyenda por ser más malo que Guardajumo y que pareciera haber tenido pacto con Mandinga. También debería serlo para la investigación histórica. Siempre me ha intrigado este personaje; quién sabe si la historia hubiera sido diferente si se le hubiese alistado, como él deseaba, a la causa republicana y se le hubiese tratado con decencia. Hay estudios sobre este personaje y su época, de los que tengo en la biblioteca:

  • Boves; aspectos socioeconómicos. Germán Carrera Damas (Ministerio de Educación, Caracas, 1968)
  • Boves a través de sus biógrafos. J. A. De Armas Chitty (Editorial América Libre, Caracas, 1976)
  • Boves ¿Justicia maldita?. Arnulfo Poyer Márquez (EMMCA, Mérida, 2007)
  • José Tomás Boves. Edgardo Mondolfi Gudat (El Nacional BBV, Caracas, 2005)
  • José Tomás Boves. A. Valdivieso Montaño (Línea Aeropostal Venezolana, Caracas, 1953)

lunes, 27 de agosto de 2012

Más malo que Guardajumo

José Tomás Boves
1782-1814
Enfrentó a Guardajumo.
En Venezuela existe la expresión: ...más malo que Guardajumo, o bien, ...éste es peor que Guardajumo. Con el deterioro de la cultura nacional y el abandono del habla tradicional venezolana, la expresión ha caído en desuso. Pocos la aplican a pesar de su valor histórico y de lo bien que suena para calificar a quien así lo merece; porque no a todos los malos se les puede aplicar con propiedad. Se requieren, pues, ciertas condiciones y grados de maldad para ser honrado como un Guardajumo redivivo. La historia nacional está repleta de personajes torvos y malos, pero no todos ellos se hacen acreedores a ese dudoso honor.

Guardajumo (también se le conoce como Guardahumo o Guardajumos) fue un personaje histórico que se hizo famoso por sus fechorías por los llanos de Venezuela, en los años que precedieron el colapso del sistema colonial. ¿Quién era este famoso bandolero? El Diccionario de Historia de Venezuela (Fundación Polar, Caracas, 1997), usando una extraña y parca redacción, nos lo presenta con nombre y apellido:
Torre de la Catedral de Calabozo, ciudad donde
fue ajusticiado Guardajumo
Ochoa, Juan Nicolás (San Felipe 1767 - Calabozo 1802)
Bandolero de la región de los llanos de Guárico conocido con el apodo de Guardajumo o Guardahumo, que pasó a ser en el lenguaje popular sinónimo de maldad. Indígena, su madre lo llevó muy pequeño al hato de Vicente Rodríguez donde se crió; luego se avecinó en la Misión de Nuestra Señora de los Ángeles. A fines del siglo XVIII, se generaliza la presencia de bandoleros en los llanos, que no sólo roban ganado, sino que asaltan casas y hatos, acometen y hieren a las personas, violan y roban a las mujeres. Uno de estos malhechores fue Juan Nicolás Ochoa, mejor conocido como Guardajumo, quien actuó en los llanos de Guárico  desde 1786. Capitaneaba un grupo de indios, vivían de la caza, pesca y robo de ganado, movilizándose continuamente, lo que impedía su captura, además que nadie se atrevía a denunciarlo por el temor que infundía y creer que tenía pactos con el demonio. Su detención se produjo en Guariquito en octubre de 1798 donde fue sorprendido. Trasladado a la villa de Calabozo, se le inició proceso el 3 de noviembre, y culminó 4 años más tarde con una sentencia a muerte en la horca, que se llevó a cabo en la plaza de la villa de Calabozo.
Escena llanera.
Ilustración tomada del portal de la UNERG
¡Qué pobreza! Por otros lados he leído cosas más interesantes sobre este famoso cuatrero. Veamos qué nos dice el filólogo Ángel Rosemblat cuando toca el tema Más malo que Guardajumo (Buenas y malas palabras, Vol II, Edime, Madrid, 1982). Su artículo es más completo e interesante:
Gracias a Manuel Landaeta Rosales y a Arístides Rojas, conocemos su triste historia. Guardajumo era el apodo de un indio guamo llamado Nicolás Chepegüire, que había nacido  hacia 1780 en la misión de Nuestra Señora de los Ángeles, al sur de Calabozo (en una Real Provisión del 1° de abril de 1800, conservada en el Archivo General, figura con el nombre de Juan Nicolás Ochoa, "alias Guarda Humo"). Desde niño robaba cuanto podía y lo vendía a los muchachos. Estuvo preso varias veces, y en la prisión, que es una gran escuela, perfeccionó sus conocimientos. Ya adulto, cometió una serie de crímenes horrendos, y hacia el año 1800 era jefe de una banda infernal, que asaltaba los hatos, robaba ganado, asesinaba a los viajeros y tenía bajo terror a toda la comarca de Calabozo y los Llanos de Aragua y Barcelona. Conocedor de la sabana, de las matas y chaparrales, aparecía y desaparecía como por encantamiento. Y por eso, y por su ferocidad, adquirió fama demoníaca.
Más adelante, Rosenblat aporta un dato surgido de la tradición nacional, que involucra a dos jóvenes que luego figurarían en bandos opuestos durante la Guerra de Independencia:
Jacinto Lara
1778-1859
El Ulises de América
Se enfrentó a Guardajumo
Se cuenta que en una ocasión asaltó una caravana que llevaba mercancías desde el puerto de Güiria hasta el Guárico. Y tuvo que vérselas con dos comerciantes que después iban a transfigurarse con la guerra de independencia: José Tomás Rodríguez, el célebre Boves, y Jacinto Lara, el famoso general Lara que acompañó a Bolívar hasta el Perú. Guardajumo, herido, tuvo que huir. Cuatro de los suyos quedaron muertos.
Bueno, ¿Qué hacían estos dos muchachos viniendo desde Güiria? Tal vez contrabandeaban productos ingleses desde Trinidad.... José Tomás tenía antecedentes en Puerto Cabello. ¿Serían socios? Boves conocía a muchos futuros héroes de la independencia, como el general Pedro Zaraza, el Taita Cordillera... a quien se atribuye el lanzazo que mató a Boves en Urica (diciembre de 1814), aunque fuentes realistas apuntan a uno de los suyos, tal vez el isleño Francisco Tomás Morales (1781-1845). Zaraza nunca alardeó del hecho y Morales fue el gran beneficiario.

Pedro Zaraza Manrique
(a) Taita Cordillera
1775-1825
Aquí tenemos a dos personajes famosos: José Tomás Rodríguez Boves, el terrible astur, (más malo que Guardajumo, según la opinión de la mayoría de los venezolanos), que asoló Venezuela en el Año Terrible de 1813-1814, y el caroreño Jacinto Lara, el Ulises de América, quien para la fecha del encuentro con el indio Ochoa comerciaba con ganado entre Barinas y Caracas, y 1810 se uniría a las filas independentistas. Su condición de héroe de la independencia ha hecho que se olvide la degollina cometida contra 22 misioneros capuchinos en Caruachi (1817) en la que se vio involucrado mientras era Comandante Militar de las Misiones del Caroní. Un hecho confuso, gracias al cual el Imperio Británico pudo arrebatarle luego a Venezuela 160.000 kilómetros cuadrados. Pero el tema no es la cuestión de límites con Guyana, sino la maldad de Guardajumo.

Don Ángel nos completa la información sobre el legendario bandido:

Plaza de las Mercedes en
Calabozo. Lugar de ejecución
de Guardajumo
Su tío Chepe Gune o Chepe Güire, bandolero también, lo denunció a las autoridades. Guardajumo fue preso y condenado a la horca. Pero no hubo en Calabozo verdugo que se atreviese con él, pues había asegurado que tenía medios para que la cuerda no le tocase el cuello, y que se escaparía de la horca. Un verdugo traído expresamente de Caracas, donde sin duda los había muy buenos, le ajustó la cuerda en la Plaza de las Mercedes de Calabozo, el 24 de mayo de 1802. La gente, congregada alrededor, esperaba que apareciese el demonio a libertarlo o a buscar su alma. Por lo visto Dios, que es más poderoso que el demonio, quiso que muriese. Su cabeza permaneció varios días clavada en una estaca, para ejemplo y escarmiento. Una Real Provisión del 27 de octubre de 1804 ordenó al Subdelegado de la Real Hacienda de Calabozo el pago de los costos causados por la ejecución de la sentencia.
Seguro que el Tío Chepe quería ajustar cuentas con el sobrinito ¿Cuánto le habrán pagado? Tal vez se dio por satisfecho al ver con la lengua afuera a la competencia, y de paso mostraba su lealtad a la Corona; para algo le serviría.

Los lanceros de Boves
Fotograma de la película El Taita
La fama de malo de Guardajumo pronto pasó al habla popular y su apodo a usarse como calificativo. Tenemos, por ejemplo, el caso del subteniente don Manuel Antonio Landaeta, natural y vecino de Valencia, a quien en 1812 se le siguió un juicio de infidencia por haber sido uno de los reos que habían mantenido hasta el último momento las banderas de la insurrección y no perdía las esperanzas de que ésta reviviese. Uno de los testigos declaró que Landaeta era también conocido por el nombre de Guardahumo... ¿Qué tal? De allí saltó la la literatura, en la que, finalmente, pasó a ser un personaje de la novela Boves, el urogallo, de Francisco Herrera Luque, obra sobre la que comentaremos mañana.
A fines del siglo XVIII - agrega Ángel Rosenblat-, los Llanos atravesaban un período de crisis, y como consecuencia cundió el bandolerismo. Los dueños de los hatos tenían a veces que hacerse justicia por sí mismos. Calabozo vivía aislado, unido a Caracas por un inseguro camino de recuas. Humboldt, que pasó por allá en marzo de 1800, dice: "Los hatos de ganado han sufrido considerablemente en estos últimos tiempos de las gavillas de bandoleros que recorren las estepas matando animales únicamente con el fin de vender su piel. Este bandolerismo ha aumentado desde que se ha hecho más floreciente el comercio con el Bajo Orinoco". Era la época de Guardajumo.
Eso es lo que sucede cuando las autoridades no se ocupan del bienestar del pueblo, ni de su seguridad, sino que lo que buscan es mantenerse en el poder. Las autoridades coloniales, que eran capaces de arrancar de raíz cualquier revuelta, se mostraban incapaces de perseguir a las gavillas de bandoleros, o mejorar las condiciones de vida de la población; aún teniendo cerca el ejemplo de Haití. ¿A quiénes culpar? ¿A los cuatreros? ¿A los mantuanos? Debe servir de reflexión a cualquier gobernante. Doce años después del ajusticiamiento de Guardajumo, Venezuela ardía por los cuatro costados, habían desaparecido el régimen colonial, la Primera República y tambaleaba la Segunda. Venezuela ya no sería la misma.


Emigración a Oriente
Tito Salas
Colección Casa Natal del Libertador



domingo, 26 de agosto de 2012

Maracaibo mía


Botica Nueva. Plaza Baralt
Maracaibo
Tomada de Viejas Fotos Actuales


¡MARACAIBO MÍA!
Porque yo te canto desde que el destello
Primero del alba sube monte arriba,
Al viejo ”Empañado”, que miente un camello,
La testa le bruñe, le dora la giba;
Porque yo te canto cuando el foco bello
Del sol en la altura sus llamas aviva,
Y allá me figura fantástico sello
Que sella del cielo la vasta misiva:
Porque yo te canto cuando el disco rojo
Del astro poniente reproduce el ojo
De algún Polifemo, sobre ápices zarcos:
Porque yo te canto diciéndote “mía”;
Me ladra y me muerde la burda ironía,
Los canes hidrófobos de los Aristarcos.
¡Que ladren y Muerdan…! Mientras los palmares
De insomnes penachos que orlan tu laguna,
Sean a mis ojos así como una
Falange de indios que celan sus lares…
Y finjan tus sombras nocturnos manglares;
Y un arco guajiro tu menguante luna,
Que clava en los flancos de la noche bruna
Las flechas de oro de tus luminares…
Mientras que tus islas, que oyeron mis loas,
Me acuerdan los rudos chozos primitivos
De maras y aliles. Moporos y toas
Y de su vernácula vital sinfonía
Aves, auras, frondas… me brinden motivos:
Yo te diré “mía”, Maracaibo mía.
“Mía”, cuando evocas tus hombres de gesta
Cuando sus hexámetros vibran tus cantores,
Y en labios y plumas, sin ruines temores,
Brasa de Isaías, arde tu protesta.
“Mía” cuando tiendes la mano, dispuesta
A vendar heridas, a calmar dolores,
A empuñar la esteva de los labradores
O el hacha que abre la inculta floresta.
Cuando amparas niños, viejos y mujeres,
Y cual hormiguero bullen tus talleres,
Y hay en tus escuelas sol y greguería.
“Mía”, cuando ríes, “mía”, cuando oras,…
“Mía”, a todas horas, Maracaibo mía.
¡Cuna de mis padres y de mis abuelos,
Cuna de mi Ida, para siempre ida,
Cuna de mi prole, y en donde mi vida
Se abrió como un cáliz al sol de tus cielos!
En tí han frutecido todos mis anhelos,
Tú has sido en mis luchas mi escudo y mi égida,
Diste a mis victorias láurea florecida
Y a mis desventuras ceñiste asfodelos.
Mis aves de ensueños colgaron sus nidos
En tus rosaledas, y duermen en calma
Bajo tus cipreses mis muertos queridos.
¡Que ladre y que muerda la tropa jauría!,
Mientras yo te llamo con voces del alma,
“Mía”, a boca llena, Maracaibo mía.


Cine Alcázar (ya demolido). Maracaibo
Tomada de Viejas Fotos Actuales
Udón Pérez
1871-1926
autor
 Udón Pérez es el pseudónimo con el que se conoce al poeta venezolano Abdón Pérez Machado (una buena biografía breve se puede leer por aquí), nacido en Maracaibo en 1871 y fallecido en 1926. Siempre, desde que escuché por vez primera el Himno del estado Zulia, me gustó la riqueza y exuberancia de su lenguaje y las imágenes líricas que transmite. Tengo en casa un ejemplar de su poemario Ánfora Criolla (Gobernación del Estado Zulia, Maracaibo, 1951), libro que me ha dado buenos momentos de grato esparcimiento.
Udón fue amigo de toda la vida de mi abuelo materno, lo que supe hace unos dos años porque me lo contó una tía. Hoy en homenaje a este amigo de la familia, que contribuyó como el que más que a Maracaibo se la conociera como la Atenas de América,  transcribo el poema "Maracaibo mía".
Sirva también como celebración de la efemérides de ayer, 24 de agosto. El día de San Bartolomé de 1499, Alonso de Ojeda, acompañado de Juan de la Cosa y Américo Vespucio, descubre el Lago de Maracaibo.

Calle antigua de Maracaibo
La conocí así.

sábado, 25 de agosto de 2012

Las crecidas del Guaire

El Guaire a la altura de Colinas de Bello Monte
24 de agosto de 2012 a las 12:30 pm.
El torrencial aguacero que se desató ayer sobre Caracas me impidió hacer las diligencias bancarias que tenía previstas. Llovía a cántaros y, por supuesto, pensaba en los daños que causaría el río Guaire desdordado de su cauce, en Petare, Las Mercedes, u otras zonas de la ciudad que tradicionalmente se inundan. Como no tenía nada más que hacer, y a la espera de poder salir de casa, me senté ante la computadora. Al rato leo que el río se había desbordado en Petare. Después salí y me acerqué al río y aproveché de tomar una fotos con mi celular. Para cuando capturé las imágenes ya había bajado un tanto su cauce, pero aún se veía peligroso.

El Guaire a la altura de las Nalgas de Rómulo
En la tarde, vi un artículo sobre los destrozos que la crecida a la altura de la Plaza Venezuela y lo compartí en mi perfil de Facebook. Mi amiga Mary Heras comentó que era increíble y se preguntaba si eso ocurriría en los años 50. Mi hermana Flora le respondió que eso era el "calentamiento global". Pues bien, ambas tienen razón y no la tienen. El Guaire tiene una larga historia de salirse de su madre y causar destrozos, pero también existe el calentamiento global que hace que el fenómeno ocurra con más frecuencia y sea más evidente. Les prometí a ambas publicar en este Blog algo sobre el tema.

Voy a transcribir de un artículo de Carmen Clemente Travieso, titulado El Guaire era un bello río, lo relativo a las crecientes (fue escrito en los años 50 del siglo XX):
Cuando interrogamos a un caraqueño que sobrepasa los cincuenta años, sobre sus recuerdos del Guaire, éste, indefectiblemente, pone una mirada romántica, casi perdida en ensoñaciones, en recuerdos que se esfuman en los tiempos ya idos. Pero al regreso, también, indefectiblemente, expresa con voz un tanto temblorosa:
- El Guaire era un río precioso... Le daban belleza al paisaje, las vegas, los sauces, las siembras verdes en todos los tonos que pueda imaginar un pintor.... Y los pozos... Los pozos... Dígame ese pozo de La Vieja, ¡era una delicia! Yo siempre me iba a bañar ya pasadas las doce, que era cuando el agua estaba tibiecita... Por la mañana estaba muy fría.


Joaquín Crespo. Entró a Caracas durante
la inundación de 1892.
En el año 1892 se recuerda la más tremenda creciente del Guaire, que tumbó ranchos y casas, y arrancó de cuajo árboles, dejando sus raíces afuera, y tendiéndolos de una a otra orilla... Los muchachos lo atravesaban caminando sobre los troncos. En esta crecida, que fue la más terrible, el agua llegó hasta la esquina de La Palmita, por un lado, y por el otro hasta la desembocadura del túnel del cementerio, según explican quienes lo presenciaron. Comenzó con un fuerte aguacero que duró una semana.
Algunas personas que presenciaron este aguacero y la gran corriente que arrolló todo lo que encontró a su paso, dicen con voz que tiene tonos de admiración:
Plano de Caracas de 1897. En el recuadro azul la zona
afectada en 1892: al norte entre las esquinas de Palmita
y Peláez y al sur el túnel del Cementerio
- Parecía el diluvio universal. La vida de Caracas se paralizó entera. Los vecinos estaban todos ocupados en auxiliar a las personas damnificadas con la creciente. Porque no era nada el aguacero, sino el ruido de ese monstruo que cada día iba creciendo más y más... Y pasaron muchos días antes que la vida se normalizara.

La otra crecida que recuerdan fue la de 1900. Y cuentan que esta creciente se efectuó en momentos en que se alzaba el Mocho Hernández. El doctor y General Acosta salió a incorporarse a la revolución del Mocho y se aventuró en su caballo por el río Guaire, pereciendo ahogado junto con su cabalgadura. El acontecimiento causó general expectación, angustia y espanto, entre los habitantes de Caracas. Y los enemigos, naturalmente, lo consideraron un castigo del cielo por "haberse alzado" contra el poder constituido: el castrismo y su secuela de vicios y atropellos.
José Manuel Hernández, El Mocho
Otras inundaciones importantes han sido las de 1949 y, que yo recuerde, 1959. No es nuevo, pero sí se ha agravado no sólo por el cambio climático (tenemos ya dos años sin estación seca), o la falta de mantenimiento a las obras de embaulamiento del río y sus afluentes, sino también por el incremento de la población; la deforestación de lomas y cerros circunvecinos, y la gran superficie del valle de Caracas pavimentada y asfaltada, que impide que el suelo absorba agua y que discurra toda directamente al Guaire.


Para leer el artículo sobre el derrumbe en la Plaza Venezuela ingresar por aquí.


Mapa de las zonas de riesgo de Caracas: A (en azul) zonas inundables; B (en verde) zonas de deslaves y
C (en amarillo) riesgo sísmico.

jueves, 23 de agosto de 2012

Silencio, silencio, un profundo silencio...

Venerable Fray José de Carabantes (1628-1694), misionero
con dotes muy excepcionales. Venezuela debe mucho
a este capuchino.
Don Lucas Manzano nos cuenta un hecho insólito sobre los orígenes del nombre del bullicioso y ruidoso barrio caraqueño de El Silencio.

La historia aparece en su libro Caracas de mil y pico (Centro Simón Bolívar, Caracas, 1974) y me llamó la atención porque está vinculada a la labor misionera de Fray José de Carabantes, cuyo cuerpo incorrupto se encuentra sepultado en el convento de las Clarisas de Montforte de Lemos (Lugo, España) desde 1694. Está en curso su causa antes la Santa Sede. La idea que yo tenía del padre Carabantes se asocia con los indios chaimas y cumanagotos, gramáticas y catecismos en lenguas indígenas, la conversión de indios y la fundación de pueblos.

Debo confesar que cuando leí el artículo de Lucas Manzano me entró la duda y me puse a investigar y, en efecto, el Venerable padre José de Carabantes no sólo realizaba su labor entre los sufridos indígenas, sino que también realizaba misiones en poblaciones de castellanos, donde los pecados iban más allá y eran más feos. En los anales venezolanos, la historia de este buen capuchino se pierde cuando regresa a España a defender a su orden de acusaciones sin fundamento. Cuando uno lee el artículo de Manzano y lo empata con  la información aparecida en Internet se forma un panorama completo, con nombres y apellidos.

Plano de Caracas en1884. En rojo la zona de El Silencio y el punto
verde corresponde al Puente de San Pablo, sobre el Caroata, que
comunicaba la zona con el resto de Caracas
Según Lucas Manzano, los hecho suceden poco después de designación de don Pedro de Porres Toledo y Vosmediana, Conde de Dabois, Vizconde de Booyo, Señor de las villas  de Villanueva, La Torre y Temeroso, Caballero de Santiago y Gentilhombre de la Copa del Rey, como Gobernador y Capitán General de la Provincia de Caracas o Venezuela. Don Pedro llegó a Caracas a tomar posesión de su cargo el 26 julio de 1658. De acuerdo a lo establecido por el Patronato Regio, se celebró la ceremonia de rigor en la Iglesia metropolitana y se invitó como predicador a uno de los frailes que más expectativas causaban, Fray José de Carabantes, cuyo verbo lo mismo reducía con dulzura a la indios, que fustigaba con firmeza y severidad a los castellanos.

Vista aérea de El Silencio, luego de la reubanización
realizada por el Arq. Carlos Raúl Villanueva
Foto de www.centenariovillanueva.web.ve
Nos dice el cronista que una vez que el buen fraile subió al púlpito, "su palabra cayó como una tempestad" sobre la naciente ciudad. Decía el capuchino que luego de contemplar asombrado el más atroz espectáculo de inmoralidad que vieran ojos humanos en cierto sitio de Caracas, en breve sufrirían castigos tremendos por el irrespeto que se cometía contra la moral; que en cierto sector cercano al templo de san Pablo, los padres no respetaban sus hijas, ni los hermanos sus hermanas, por cuyas ofensas a Dios, los ganados se morirían de sed, las sementeras serían víctimas de las plagas, y una epidemia inexorable daría cuenta de justos y pecadores.

Acusaba Fray José de Carabantes a la desatinada administración de gobernador anterior, Don Martín de Rojas Villafañe, que permitía tales atrocidades. Entre los presentes se encontraba Don Lorenzo de Meneses y Pacheco, II Marqués de Marianela (o Reclús), quien sintiéndose aludido por haber sido Teniente de Gobernador de Rojas Villafañe luego escribiría al rey acusando al misionero de corrompido, con el propósito de lograr su extrañamiento de los Llanos de Caracas, en los cuales desempeñaba su labor misional.

Ermita de San Pablo en el siglo XIX. A una cuadra al oeste
de esta plaza, el Puente de San Pablo comunicaba a El Silencio
con el resto de caracas.
Aún estaban los 8.000 habitantes de Caracas y autoridades festejando al nuevo gobernador, cuando llega la noticia que en el sector oeste de la Quebrada de Caroata, los habitantes de la ranchería eran víctimas de una epidemia, a consecuencia de la cual los cadáveres permanecían insepultos en casas y calles. El pánico y la ausencia de servicios médicos suficientes para enfrentar el flagelo aumentaron el estrago causado por la enfermedad, llegando al extremo de detenerse todo tipo de actividades en el valle de Caracas. Los cementerios de las diversas iglesias de la ciudad estaban colapsados con los cadáveres apilados. Sólo quedaba a los caraqueños el consuelo de la oración:

Aplaca, Señor, tu ira,
tu justicia y tu rigor;
dulce Jesús de mi vida;
Misericordia, Señor...
Cuando se logró controlar la epidemia, 27 días después, había muerto la cuarta parte de la población de Caracas; es decir, 2.000 habitantes. Para hacernos una idea de la magnitud del desastre, es como si en la Caracas actual murieran en 4 semanas millón y medio de personas.

Felipe IV
Una vez cesada la epidemia, el nuevo gobernador quiso conocer el verdadero estado de la situación y ordenó a los Regidores Ordinarios Don Gonzalo Marín Granizo y Don Pedro Jaspe de Montenegro a levantar el informe correspondiente. Cuando lo consignaron al Ayuntamiento decía textualmente: "... En cuanto a las rancherías situadas al Oeste de la quebrada Caroata, donde comenzó la epidemia, sólo se advierte silencio, silencio; un profundo silencio...". Tal es el origen del nombre de la popular urbanización caraqueña.

Cuando el Rey de España, Felipe IV recibió en su residencia del Buen Retiro la noticia de la desgracia ocurrida en Caracas, ordena por Real Cédula que "...en la armada que está presta a zarpar para las costas de Caracas, se envíen ropas y otras provisiones cuyo costo no ha de exceder de 400 a 500 ducados".

Enfermos de viruela
Quedé intrigado sobre esta epidemia y cuál era la enfermedad. Buscando, encontré en la Academia de la Medicina un documento que me da la respuesta: Viruela. El interesante documento se llama La viruela en Venezuela, y se puede leer por aquí. Según el autor, Dr. Vidal Rodríguez Lemoine, "en la epidemia de 1658 murieron casi todos los esclavos, y afectó las plantaciones de cacao alrededor de la población de Caucagua". No fue esta la primera ni la última de las epidemias de viruela que atacaron a Venezuela,  que tuvo que esperar por la vacuna hasta el final del período colonial.


Ahora la pregunta; ¿Qué sucedió con el padre Carabantes? Como era su deber, con verdadero celo apostólico, atendió física y espiritualmente a las víctimas de la viruela. Sin embargo, hubo de viajar a España y a Roma para defender a los capuchinos de las maliciosas acusaciones de don Lorenzo Meneses y Pacheco. Allí fue recibido con honores y aprecio. Hay un interesante artículo sobre este gallego-venezolano que publicó El Correo Gallego, y nos muestra el valor de este buen fraile. Se disponía a regresar a Venezuela cuando por obediencia debió quedarse a realizar labor misionera en España.